ERUDICION Y MASS MEDIA: EL AUGE DE LOS THRILLERS HISTORICOS
En la fría comodidad de un supermercado, refundidos en el laberinto multicolor de los quioscos afincados cerca de las bocas de metro o apilados en las rumas que exhiben novedades de las librerías corporativas están, desde hace buen tiempo, creciendo cada vez más los ejércitos de lo que se llama thriller histórico. Así, como todo tiene un inicio, para este caso concreto debemos remontarnos a la publicación de Il nome della rosa de Umberto Eco. Con dicha novela nacía uno de los mejores exponentes de la novela histórica (madre del subgénero del que venimos hablando); sin embargo, el ingrediente de novela policial que venía de la mano con los tufos y paisajes medievales de la misma marcó la pauta que habría de ser seguida, luego, por diversos escritores interesados en aplicar, con conocimiento de causa o no, la máxima horaciana de docere delectare: algunos, sin la erudición de un medievalista como Eco, buscarían ofrecer una visión fabulosa del pasado, entendido este como época oscura en la que todo es misterio. Dicho fenómeno, al parecer, se explica en la medida que existe un prejuicio “popular” en repetir la máxima “ la Edad Media es una época oscura”. En efecto, por mucho tiempo se pensó que lo que hoy llamamos “Edad Media” (periodo que comprende el predominio del latín como lengua franca y el posterior advenimiento de las lenguas neolatinas o romances) fue una época dominada por una Iglesia Católica inflexible dispuesta a desaparecer del Orbe al Islam (cruzadas) y a los vestigios bárbaros de los pueblos germanos, sajones, jutos, normandos y un largo etcétera que llega hasta los celtas y sus gaitas; sin embargo, dicho pensamiento sigue siendo un prejuicio. Ya en 1942, Christopher Dawson, el notable scholar británico, publicaba Medieval Essays, libro en el que no solo recopilaba sus trabajos anteriores, sino que además -como lo venía haciendo desde la década de 1930- demostraba que la Edad Media era una fuente de conocimiento y cultura, lejos de la imagen peyorativa propia de quien tan solo mira los logros renacentistas. Lamentablemente, el público en general, ajeno a los estudios sobre dicho periodo, prefiere trasladar la culpa de los males de nuestra época hacia un espacio y tiempo para él ignotos. Qué mejor entonces que utilizar la Edad Media : época de la Historia que hoy incluso se confunde para un joven de 10 años con la imaginería de The Lord of the Rings.
No obstante, hay thrillers históricos que pueden ser muy bien trabajados, mas si uno de estos libros tiene la pretensión de ser un éxito de ventas, un verdadero best seller , debe ofrecer pan y circo; es decir, una versión del pasado en la que se encierra un misterio que nos permita, aunque sea perversamente, tentar la posibilidad de cambiarlo todo. Uno de los ejemplos recientes más conocidos del susodicho subgénero de novela, debido a su éxito editorial, es el de The Da Vinci Code (en adelante DVC). Esta novela ha causado todo un revuelo en los medios de comunicación e, incluso, agitado las casi siempre quietas aguas de la Fuente Castalia de la “academia”.
De DVC se ha dicho de todo. Personalmente, comparto la idea de que se trata de una novela mediocre si es que valoramos su estilo efectista en el que no hay cabida para el trabajo de la prosa, del “estilo” (para citar un término ambiguo y problemático caro a los seguidores del Pseudo Longino, como Harold Bloom): por ejemplo, concluir cada capítulo con un suspenso de la acción para retomarlo en el siguiente o tener que hacer amplificaciones didácticas de pseudoteorías sobre la historia y la religión. Sin embargo, cada vez que puedo se la he recomendado a mis amigos e, inclusive, he llagado a redactar un ensayo sobre ella. ¿Por qué? ¿Tarde he descubierto el masoquismo? No. Creo que dicha novela es un nítido espejo de una de las muchas aristas que exhibe lo que entendemos como posmodernidad o, acaso, que marca la pauta para su desarrollo futuro. Ya sabemos que han caído las ideologías y que las religiones atraviesan épocas de cambio. Sabemos que cada vez más se refuerzan los grupos llamados “protestantes” en la medida que plantean una organización económica en torno del culto y que todos los días nace una secta nueva fruto de la New Age. Asimismo, podríamos afirmar que pocos fueron los que se creyeron eso de que “Dios ha muerto”, por la sencilla razón de que muchos lo siguen buscando, solo que ahora dicha búsqueda viene preñada de heterodoxia. En tal sentido DVC, nos ofrece un detallado informe de los hechos.
Dan Brown, en primer lugar, trata de dotar -cada vez que puede delante de las cámaras o frente a los micrófonos- a su novela de un valor histórico intrínseco. Su thriller histórico, pues, trata de cruzar la barrera entre la ficción y la realidad entendida como verdad (¿No les recuerda el conflicto que hubo a fines del siglo XV en Italia y, luego, en España en torno de las fábulas caballerescas? Afortunadamente, sobre las “fabulas mintirosas” nos basta con citar a Cervantes). Ciertamente, la fábula o trama de su libro sugiere al lector que todo lo planteado por el “erudito” Robert Langdon y su antagonista -endemononiadamente erudito, dentro de las limitaciones bibliográficas que nutren la imaginación de Brown- Liegh Teabing es verdad. Todo lo que dice, infundadamente, sobre la antigua Diosa Madre y sobre los intríngulis de la Iglesia Católica caen con el peso de verdad dogmática sobre lectores. Entonces, la novela ya no solo sirve como simple instrumento de placer (delectare), sino que utiliza el docere horaciano con fines que podría llamar “ideológicos”. Brown asume la pose de un profeta que ha quitado el velamen misógino e inmundo de la palabra de Cristo: la historia nos muestra cómo un historiador del arte (Langdon) descubre en distintos cuadros y libros mensajes de una sabiduría oculta y conocida solo por una secta (Priorato de Sión) que nos hablan de la dimensión femenina de la religión Católica. Cristo no eligió un sucesor sino una sucesora con la cual tuvo una hija llamada Sara. El feminismo heterodoxo de Brown gana el afecto de la mujer que se sabe ahora parte de un “plan divino” y el del hombre que goza el descubrimiento de una nueva dimensión oculta de la historia de la humanidad.
DVC es una novela que aprovecha en dosis homeopáticas los ingredientes narrativos provenientes de las canteras de la erudición más inaccesible. Sus comentarios ligeros sobre obras de arte o sus especulaciones sobre ciertos aspectos del dogma católico solo pueden sorprender a neófitos. Sí estremece, por el contrario, el efecto que tiene sobre los millones de lectores que lo leen en lengua original y en traducciones. La Iglesia Católica al criticarlo no hace más que enriquecer sus arcas: al censurar la novela la dota por su parte de valor de verdad. Solo falta esperar que Brown, dentro de poco, diga que proviene del linaje de Jesús para que DVC pase a ser un neoevangelio.
Y así como tenemos novelas como la de Brown que utilizan la historia y la erudición con fines ideológicos altamente rentables, tenemos otra vertiente del subgénero que apuesta por una versión más elitista, proclive en apariencia al goce por el goce mismo. Existe un libro, cuya autoría todavía se discute, llamado Hypnerotomachia Poliphili, cuya editio princeps es una verdadera joya bibliográfica. El libro en sí es una rareza que algunos estudiosos abordan para comprender ese difícil tránsito de la Edad Media al Renacimiento. Mi interés por ese libro me ha llevado siempre a buscar bibliografía sobre este, así como a conseguir distintas ediciones y traducciones. Mi sorpresa fue grande cuando, vía Google, di con una novela que trataba sobre ese fascinante e inaccesible libro: The Rule of Four, en adelante RF, de Ian Caldwell y Dustin Thomason, ambos amigos graduados de Princeton, cuna, para muchos, del esnobismo intelectual norteamericano que se jacta de haber comprado para sus Escuelas los tesoros bibliográficos de Europa (En efecto, dicha universidad puede jactarse de tener uno de los ejemplares de la Hypnerotomachia).
RF, a diferencia de DVC, es un thriller histórico que regala una prosa casi siempre cuidada que se regocija en el uso de adjetivos arcaicos y que mantiene un registro verosímil de los distintos niveles lingüísticos de los personajes. Seduce, además, con la inclusión de un asesinato en uno de los recintos más exquisitos de la universidad, la colección que ostenta el ejemplar de la Hypnerotomachia. Sin embargo, RF, a su vez, puede ser leída como una segunda metáfora (ya usé la ciceroniana de “espejo” para DVC) de la posmodernidad. Si DVC trata de instaurar una nueva mirada más abarcadora sobre el fenómeno religioso contemporáneo, RF trata de legitimar el establishment académico norteamericano respecto del europeo. ¿Cómo lo hace? Tom Sullivan y Paul Harris, estudiantes ficticios de Princeton, emprenden una lectura detectivesca de la Hypnerotomachia con el fin de resolver el misterio del asesinato de un estudiante que a su vez fue seducido por el mismo libro. (En ese sentido nos recuerda a la ya citada Il nome della rosa, en el que una serie de asesinatos iban de la mano de otra rareza bibliográfica -esta vez mucho más digna de la imaginación de Borges y de la erudición de Eco-: el segundo inexistente tomo de la Poética de Aristóteles en el que se trata de la comedia y los efectos de la risa sobre la gente.) Así, dos excelentes estudiantes de una de las mejores universidades del mundo, como siempre lo confirman los “inocentes” rankings elaborados por las mismas universidades estadounidenses, le demuestran al público lector cómo ellos, y solo ellos, pueden resolver el “misterio” de uno de los libros más arduos que la historia del arte y la filología europeas no han podido resolver.
Pero antes de proseguir, me veo en la obligación de aclarar la exacta dimensión de los problemas que plantea la ficción de la novela. Ciertamente, la Hypnerotomachia Poliphili es un libro extraño formal y lingüísticamente; de ahí parte de su misterio. Por una parte, es un romanzo alegórico que combina rasgos de la ficción pastoril con la tradición enciclopédica de escritores medievales como Isidoro de Sevilla y Ramón Llull (Plinio mediante); por otra, es un artefacto verbal que propone una koiné erudita, digna de los círculos florentino-neoplatónicos de la época, al mezclar el griego con el latín el hebreo, el toscano y el lombardo. Asimismo, un verdadero misterio del libro lo sigue siendo su autor: están quienes se inclinan por la autoría de Francesco Colonna y quienes lo hacen por la de Leon Battista Alberti. Más allá de eso solo está el aura de misterio que puede sentir una persona que no cuenta con los medios para acceder a un ejemplar del mismo y tiene que conformarse con leer lo que otros dicen al respecto. Afortunadamente, en lengua española se puede encontrar una traducción completa de la obra reeditada recientemente por la editorial catalana El Acantilado (Gracias Pilar Pedraza). Leerla en lengua(s) original(es) es más complicado si es que uno acostumbra leer las novelas que aquí se comentan.
Pero los alumni de Princeton no podían conformarse con imitar el esquema narrativo de la novela de Eco: ellos quisieron descubrir la pólvora, y lo hicieron de manera mucho más discreta que Brown. En la ficción de RF, Sullivan y Harris descubren un “mensaje cifrado” en la novela: esta encierra las pistas necesarias para acceder a una “cámara secreta” en la que el autor del libro (para ellos, como lo es para la crítica anglosajona, Colonna) resguardó una exquisita colección de libros de la antigüedad pagana, que de no ser protegidos hubieran ardido en las manos obcecadas de los católicos ortodoxos. De esta manera, dos jóvenes académicos estadounidenses (metáfora ingenua del progreso) descubren en un libro que ni los mismos eruditos europeos (quienes en realidad ostentan los mejores estudios acerca del libro: cito solo a la Princesa Emanuela Kretzulesco Quaranta) una fuente de sabiduría que habría de permitir la reescritura cultural de Occidente… Las universidades estadounidenses ya no son un museo sublime en manos de ricachones ignorantes (gracias Orson Welles por reflejar tan bien lo dicho en Citizen Kane), sino que ahora dan sus frutos académicos y se permiten tener una visión mucho más precisa de Occidente. La tradición europea de la cultura, en realidad, se entiende mejor gracias a la lectura de los estadounidenses.
De la lectura de tan solo estas dos novelas gringas, recomendables como objeto de reflexión y no de goce absoluto, se puede comprobar que los E.E.U.U. de Norteamérica no solo quieren acaparar los gustos de la aldea global en lo que respecta a usos alimenticios, moda de vestir y arte popular como el cine de Hollywood, sino que también tiene la firme pretensión de establecerse como fuente de nuevos paradigmas del conocimiento. Me pesa tener que encontrar razones ideológicas para justificar un fenómeno editorial como el de los thrillers históricos, pero la lectura de los mismos me obliga a volver a novelas como Memorias de Adriano, Opus nigrum y Bomarzo para disfrutar de modo parejo de un paseo por bellos museos guiados por la delicada voz de sus autores. Queda constancia que, a veces, es obligación leer algo que no nos gusta para comprender lo que millones de personas consideran valioso. El peligro, bien lo apuntó Cervantes, está en leer a la ficción como “historia verdadera”.
© Elio Vélez
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