EL DETECTIVE SALVAJE: ROBERTO BOLAÑO AVALOS (1953-2003)
Salvador Luis Raggio, oficinas de Los Noveles, Florida, diciembre de 2005. Me parece que una persona conocida desde la instrucción primaria, sobre todo si esta se ha dado de manera precaria en un país del Tercer Mundo, no puede ser tratada de “amiga”: con el pasar de los años se le percibe ya no mediante la objetividad del juicio -si es que lo hay-, sino desde la visceralidad; es decir, o se le odia a muerte o se la estima como si fuese un adorno sempiterno en la casa de los abuelos: su presencia, lejos de ser un bálsamo, se configura como un malestar al que hay que prestar atención de cuando en cuando. Odio o no de por medio, me vi obligado a solicitarle una vez más algún escrito sobre un autor que se puede sugerir tendenciosamente como “lectura obligatoria” de los asiduos visitantes de este revista espectral. Debo confesar que me sorprendió que eligiese a un novelista latinoamericano contemporáneo; dada su ignorancia en la materia.
Raúl Nemés, en un claro del pantano, Macondo, in illo tempore. Pucha, yo le dije que Bolaño era un novelista como pocos. Sí, pues, es cierto que también es poeta y cuentista, pero sobre todo hay que leerlo como novelista. Esa vez hablamos de su libro póstumo, 2666, y de algunas de sus colecciones de cuentos como Amberes, por ejemplo. Claro, ya recuerdo, entonces alguien recordó que el Bachiller Rodríguez Mansilla, a quien extraño dolidamente y cuyo recuerdo grato cobijo en mi seno, había hecho circular entre nosotros -me refiero a una caterva infame de intelectualoides formada desde 1998 más o menos- un famoso fragmento de la novela Los detectives salvajes en el que Juan García Madero -citando a Ernesto San Epifanio- disertaba sobre la “sexualidad” de la literatura. Esto debe haberle dado mucha risa, pero, sobre todo, interés en conocer más de la novela en la que se insertaba un juicio tan sugerente según el cual Octavio Paz es un poeta marica y Rubén Darío, el paradigma poético de las locas. Claro, pues, los novelistas eran los machos, los “hétero”; los cuentistas, unos doble filo y los poetas, maricas. Ah, sí todo eso es ficción, seguro...
Armando Velarte, en plena mudanza desde Pueblo Libre, Lima, agosto de 2005. Nadie puede negar que Roberto Bolaño es un novelista excelente. Acaso, muchos podrían pensar que después del boom no hay nada tan interesante como su obra. Claro, es cierto que yo, por el momento, me concentro en la obra de Mariano Belli Atino porque creo que es un producto muy interesante de lo que se denomina “posmodernidad”, pero también creo que dedicar días y noches a las novelas de Bolaño no es una pérdida de tiempo, en absoluto. Sin ser un “creador” me aventuraría a decir que escritores como este pueden formar actitudes sólidas y críticas respecto de la relación entre el lector y la literatura. ¿Qué otra cosa rescato de su obra? Sus notables momentos de erotismo decadente insertos en la parodia de la novela policial, por su puesto.
Salvador Luis Raggio, en uno de los baños de las oficinas de Los Noveles, Florida, diciembre de 2005 con la Navidad a la vuelta de la esquina. ¿Recordará mi infame colaborador que Roberto Bolaño fue, además, poeta? Porque pocos lo recuerdan, y como él no lee muchas novelas, menos contemporáneas, podría obviarlo... Recuerdo que conversando con un tahitiano en una clase que llevé sobre cine pakistaní, este me confeso -para mi asombro- que era un asiduo lector de Bolaño. Sin embargo, recuerdo que mi amigo confundía la ficción de Los detectives salvajes (1998) con la realidad. En efecto, en esa fascinante novela se menciona una agrupación poética anacrónicamente vanguardista llamada “real visceralismo”. Dicho nombre encubre, acaso, el de un movimiento que sí existió en México D.F. en la década de 1970: el “infrarrealismo”. Fue en 1974 cuando Roberto Bolaño retorna al D.F. luego de una estadía en Chile y, junto con Mario Santiago (el supuesto modelo del Ulises Lima de la novela), funda el susodicho movimiento. Un elemento que se repite en la ficción y en la realidad es el odio que el movimiento tuvo respecto de Octavio Paz (a quien si mal no recuerdo catalogan -ya no si ficcional o realmente- de “marica”). Dicho grupo contó con la presencia de Bolaño hasta 1979.
Armando Velarte, afincado en Lince y saboreando anticipadamente una grosera tajada de panetón con mantequilla, Lima, 21 de diciembre de 2005. Sí, sí, este barrio es tranquilo, no te preocupes que nadie robará tu carro... Ah, claro, otro de los aspectos que estimo valiosos de la obra de un autor como Bolaño es la capacidad que tiene para crear una ficción del todo verosímil (por ende, creo, efectiva) que se nutre de rasgos de oralidad y que se da el lujo de recrear el uso de distintas variedades nacionales del español americano, tanto como distintos niveles de socio e ideolectos. Sí, tienes razón: a veces Bolaño confunde el español de los limeños con el de los mexicanos, pero debes aceptar que se trata de asperezas menores que no le restan el efecto de “coralidad” a sus novelas. Además, está el hecho de que Bolaño tiene la capacidad innegable de crear ficciones amparadas en referentes propios de la cotidianeidad con niveles muy creativos de referencia metaliteraria. En tal sentido, Los detectives salvajes y 2666 son casos paradigmáticos. Inclusive podría mencionarte un hecho que pocos, creo, han advertido: en su poemario Tres se incluye una sección llamada “Un paseo por la literatura”, la cual puede ser leída de manera comparativa, incluso intertextual, con las novelas mencionadas. No lo dudes, alguien que escriba sobre Bolaño debe advertir que su obra, tanto poética como narrativa (porque, ojo, escribió cuento y novela. Sin contar obviamente sus escritos varios de opinión que se compilaron en un libro titulado Entre paréntesis) es recorrida por una metáfora, por un argumento casi mítico, podría decirse: la metáfora de la literatura como “espejo de la vida” y el argumento del viaje simbólico que alude a la “iniciación” en el conocimiento.
Raúl Nemés, todavía en un claro del pantano, pero más primitivo que nunca con un roedor entre sus colmillos que agoniza, Macondo, in illo tempore per sæcula sæculorum. No, pues, no me jodas. Bolaño no es un simple escritor “maldito”. ¿No me vas a decir que porque titula a una de sus novelas Putas asesinas ; a otra, Una novelita lumpen y, claro, porque también está la célebre novela Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce ya puedes decir que es un escritor que busca vender gracias a títulos provocadores? ¡Esto parece una discusión bizantina! Mira, en el fondo, Bolaño puede, en efecto, ser leído por muchos escritores jóvenes, sobre todo aspirantes a novelistas, porque recoge una visión crítica, muy ácida por cierto, de la “tradición” literaria. Él podría representar el paradigma exitoso de un sudamericano que conoce la tradición occidental (pero no necesariamente la de los “cánones” de autores que todavía tienen cerebros universalistas) tal y como esta se le ha presentado, pero que se da el lujo de vivir de premios y de trabajos que realiza como free lance... Es un bohemio que pudo ver sus libros publicados en editoriales como Anagrama: fantasía de muchos, no hay que olvidarlo. Más allá de todos los elementos públicos que circundan la figura de Bolaño, tienes que tener en cuenta que se trata de un tipo con seso, con maña, que no hace las cosas de manera desarreglada. Todo en él está calculado. ¿Ya leíste su Literatura nazi en América? ¿No? Pues léela.
Armando Velarte, un poco mareado en Lince (¿será por el chocolate caliente con el que acompañaba sus panetones?), Lima, 01 de enero de 2006. Es lo que te vengo diciendo: se trata de un escritor que tiene una conciencia privilegiada de la condición artificial de los artefactos literarios que fabrica. Por ejemplo, si lees Literatura nazi de América te puedes dar cuenta que hay una necesidad urgente de modificar las herramientas con las que se juzga hoy en día a la literatura. Dicho libro es una parodia excelente tanto de los manuales como de los diccionarios literarios. Inventa biografías y novelas amparándose en elementos reales: el trasfondo de esa especie de else world es la historia latinoamericana en la cual, Post Colonial Studies o no, Europa sigue siendo un referente crucial al momento de esbozar una definición de “América” (¿Te conté o no que Bolaño vivió en Barcelona? ¿Sí?, Ya ves...) Y es que uno no puede negar que el ser humano tiene, pues, un impulso que en ocasiones lo conduce a la destrucción, incluso cuando su intención es la de crear algo. Así podemos comprender a los movimientos vanguardistas de inicios del siglo XX en Europa. Bolaño tiene, y no lo podemos negar, una sana actitud irreverente respecto de la literatura entendida como tradición: el asunto con él es que no la entiende como un estamento medieval inamovible; por el contrario, busca el desplazamiento incluso en la esfera ya no propiamente creativa, sino también en aquella metaliteraria propia del discurso especializado de la “ciencia” que estudia a la literatura. Además, al igual que los vanguardistas, Bolaño “destruye” aquello que previamente ha “construido” simbólicamente; es decir, una tradición literaria forjada a base de lecturas muy variadas que abarcan a poetas como Anacreonte, Li Tai Po y Walt Whitman, sin mencionar a otros tantos novelistas. No es, pues, el adolescente (o adulto en estado adolescente) que se lanza como kamikaze al vacío con un ladrido de banzai carente de referencias.
Salvador Luis Raggio, con la mirada fija en un punto cualquiera de las oficinas de Los Noveles, Florida, 4 de enero de 2005. Aunque lo más probable es que, en contra de lo esperado, se ocupe más de la producción lírica de Bolaño y deje de lado su aporte narrativo; hecho que podría ser perjudicial para nuestra revista porque entonces nos acusarían de obviar parte significativa del aporte de un escritor tan leído últimamente. En realidad, no debí aceptar que escribiera sobre un autor al que posiblemente no conozca del todo bien. Claro, tienes razón: la mía es una actitud algo prejuiciosa. Quizá, por lo menos, su nota contenga algunos datos biográficos, acaso mencione alguna de sus obras. En el peor de los casos, siempre podré editar lo que escriba y verificar que sus datos no contengan errores de fecha o peor aún de tipografía. Me hubiese gustado, por ejemplo, que incluyera un comentario o una cita que le muestre a nuestros lectores que Bolaño es un autor que sorprende por su constancia, por su coherencia al momento de urdir ficciones. Hubiese sido grato, además, que recordase que él mismo se convertía en sus personajes, cuando decía, así, en los poemas de Un paseo por la literatura:
17.
Soñé que era un detective viejo y enfermo y que buscaba gente perdida hace tiempo. A veces me miraba casualmente en el espejo y reconocía a Roberto Bolaño.
(...)
53.
Soñé que volvía a los caminos, pero esta vez ya no tenía quince años sino más de cuarenta. Sólo poseía un libro, que llevaba en mi pequeña mochila. De pronto, mientras iba caminando, el libro comenzaba a arder. Amanecía y casi no pasaban coches. Mientras arrojaba la mochila chamuscada en una acequia sentí que la espalda me escocía como si tuviera alas. |
Que pudiese, sin anotar comentarios frívolamente académicos, rescatar algo del espíritu de su obra, que lograra reflejarlo como el novelista y poeta que fue; viendo a la literatura como un recorrido iniciático y al libro, como una metáfora de la finitud de la vida... Como el mejor y el más salvaje de los detectives que dedicó su vida a la literatura que es, a su vez, la vida misma, ¿no?
© Elio Vélez
Marquina |