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El otro poeta
Elio Vélez Marquina

 

 

Cuando oímos hablar de poesía peruana recordamos, sin mayor esfuerzo, el nombre de César Vallejo, y más precisamente recordamos su poemario Trilce (1922). Otros asociarán a las letras de dicho país el nombre del simbolista José María Eguren, quien junto al primero, en voz de muchos críticos, constituye uno de los pilares de la lírica peruana.

Sin embargo, Vallejo y Eguren son ya materiales de la filología y de la historia, aún cuando sus versos resuenan en las aulas escolares y son comentados en las universidades. Así, la poesía peruana ha tenido que crecer (y cuando no intentar la superación) dentro de los márgenes trazados por una tradición riquísima que se nutre no sólo del verso (libre o métrico) sino también de una prosa tan exquisita como lo es la de Ricardo Palma, por ejemplo. Fruto de esta noble caterva, de esta valiosa prosapia es Carlos Germán Belli.

Belli nació en Lima, en Chorrillos, el 15 de setiembre de 1927. Es hijo primogénito de Rómulo Belli Richetti y de Pilar de la Torre Cabrera.

Su trayectoria académica, tanto como la artística, demandaría varios kilos de papel (o bytes en nuestro caso) y no competiríamos con la crítica especializada en el tema. En cambio, sí nos permitimos comunicar lo que consideramos esencial (si es que existe algo parecido a la "esencia"... En todo caso nos conformamos con ofrecerles lo mejor de su poesía) en su trayecto poético, rescatando sus mejores versos, atendiendo los juicios más inteligentes vertidos en torno a su verbo.

Los inicios poéticos de Belli exploran sin vacilaciones las técnicas de la vanguardia europea. Su primer libro intitulado Poemas (1958) así lo demuestra. Su verso inicial conversa abiertamente con experimentos fonéticos y con algunos postulados del futurismo, cuya doctrina rindió culto a la "maquina". Gia uomo gamba abokoró / con bastones troc troc / Nella mattina gamba abokarié / nella notte gamba abokoró. Esta conversación con las técnicas de ruptura no marcó su verso como si lo hizo la lírica hispánica del Siglo de Oro y la poesía provenzal, cuando no el Dolce Stil Novo.

Ciertamente, una lectura de la obra primera de Belli nos puede llevar a la conclusión de que este poeta trata de retomar el brío de las vanguardias de los años veinte; sin embargo, su poesía más reciente nos indica que hay mucho más...

Un hecho destacable de su compleja arte poética es la elección del verso métrico como medio de su poesía. Su empleo es hoy en día definitivo y no da señas de querer explorar la libérrima vía del versolibrismo. Este deseo nos hace pensar en toda una tradición que se vuelca sobre los vocablos novísimos que utiliza el poeta. Marco Martos, fino poeta de la generación del sesenta, pone como ejemplo, siempre, en el taller de poesía que dirige junto con Hildebrando Pérez, el poema belliano intitulado Plexiglás. Tampoco podemos olvidar el famoso personaje belliano "la Hada Cibernética", que para Jorge Cornejo Polar tiene una gran influencia de "la Niña de la Lámpara Azul" egureniana. Sí, la poesía de nuestro artista no vacila en mezclar el arduo e intrincado léxico del Siglo de Oro Español (¡y qué decir de la sintaxis!) con temas que o bien corresponden a problemas actualísimos de la sociedad, o bien , y como es natural, comprometen su psyche más íntima, su entraña más personal.

En 1966, Belli publicó Por el monte abajo. Este libro trajo al caldero nuevo material de sumo interés para sus exégetas. Por una parte, Belli procuró el ejercicio de formas estróficas de tan antigua data como la sextina provenzal (Arnaut Daniel nos viene a la mente) y las estrofas de versos sáficos adónicos. El villancico y, sobretodo, la canción provenzal (de fuerte estirpe petrarquesca) fueron deliciosos platillos de su banquete poético. Por otra parte, nuestro trovador marcó un importante hito en la ideología personal que venía mostrando, sutilmente, mediante sus entregas. Con Por el monte abajo comenzó el ascenso de un peregrinaje que comenzó por los infiernos. Ya Belli había confesado que de Petrarca heredó la forma más no la ideología. Su recorrido escatológico (volviéndolo psicopompo cual Orfeo y Eneas) lo aproxima más a un poeta como Dante Alighieri que no escatima en modelar con endecasílabos todo una visión del mundo. Subiendo el monte, Belli inicia su paseo por el Purgatorio explorando ya no las heridas y el dolor que la modernidad causa en los humanos (que Belli no escatima en llamar "peruanitos") sino las posibilidades de una salvación, de la visión del Creador.

Así llegamos a ¡Salve, spes! (2000) y a En las hospitalarias estrofas (2001) donde Belli canta a la vida, a la esperanza, a la poesía y a un largo etcétera que vale la pena deleitar en los sabrosísimos endecasílabos que nos ofrece su menú. La obra belliana, según nuestra opinión, debe leerse de manera ordenada, de principio a fin, como se leen las sagas épicas (las verdaderas, no la del Señor de los brazaletes, o de los zarcillos, como sea que se llame). Sabemos que su obra es difícil de conseguir, incluso para nosotros los peruanos, por eso disfrutemos las ediciones españolas, chilenas o venezolanas que nos regalan tan sublime arte de manera tan sencilla y placentera.

© 2002 Elio Vélez Marquina



 

 

 

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