jorge garcía sabal

Por Paulina Vinderman


 

Encallado para siempre
sin barco
------------ -para siempre
¿adónde ir?
-----------------los remos
están fijos
---------------y en la noche
la luna es la única estrella
redonda y fría
-------------------¿adónde ir?
estemos aquí
-------------------estemos digo
hasta cantar
-------------------al agua de lava
hasta cantar
-------------------la canción del pirata
¿adónde ir?

Este poema, con el título de Canción, cerró Lugares propios, el cuarto libro de poesía que publicó Jorge García Sabal en 1987 y, en cierta forma, estableció un espacio: ese "lugar propio" desde el cual un poeta se adueña de su voz y nos la devuelve, íntegra -no importa si áspera o dulcemente - a la memoria, al corazón.

"Estemos aquí, estemos digo/ hasta cantar", decía Jorge, mientras construía una poesía sólida, reflexiva, cada vez más abstracta y solitaria, cada vez más bella y más cerrada.

"No conozco/las ciudades del mundo/ y en las líneas de mi mano/ no hay viajes/ en el futuro/ no hay ciudades", decía Jorge en ese mismo libro, y se comprometía en un viaje que iba a durar toda y a fondo, su - demasiado corta - vida y nos legaría seis libros de una poesía rigurosa y nada estridente, que carga de sentido al mundo iluminándolo con luz de luna, no con el artificio de los spots. Acecha, espera la luz necesaria, la palabra justa, la luna más redonda, el viento más secreto que se mueva entre los objetos, mientras relee a Kavafis, a Eliot, a Valéry, a Cortázar o a Quevedo.

Poco a poco los personajes, las criaturas del mundo que aireaban sus poemas, abandonan el barco: La sonámbula por ejemplo y El abuelo, de Lugares propios y esos inolvidables hombres y mujeres del pueblo de Tabla Rasa (premio La Nación, 1990), esa gente que "cubre/ y descubre lo que un día ha de nombrar". La voz se hace más ronca, más tabacal, asfixiada. El paisaje se borra. El cuarto se achica.

Los poemas de Sutura, su último libro, de 1994, de una dureza y desesperanza casi sin concesiones, logran, sin embargo, ganar en belleza e intensidad. La belleza como último gesto de fe, de orden ante la certeza de la destrucción. La intensidad como concentración y culminación.

Rigor y dolor se unen de un modo conmovedor, genuino. Lenguaje y existencia se dan la mano en un territorio despoblado, casi un páramo, donde abundan los dibujos, los trazados de un mapa que tiene clavado un alfiler en la escena de muerte: una imagen de infancia que se repetirá en cada sonido posterior, en cada cueva que prepare para protegerse.

Dice Sabal: "en la imaginación de luz y de sombra,/el mundo, el silencio raro del mundo, / el miedo".

Su palabra enumera, reitera, niega, insiste, y se convierte en una fortaleza sombría, una particular manera de resistir, similar a la resistencia de "Esas flores casi secas que insisten/ en el color, que insisten en la parecida/ belleza del primitivo color, esas flores/ que parecen mirar el tiempo, resistirlo, / anudarlo, hacerlo quieto, eterno, único,/ van a caer, rancias, oscuras.../ esas flores fatigadas que nos miran y miramos/ se parecen a nosotros".

En un homenaje ideal, pondría un disco de Billie Holiday ("la voz llena de pasto y agria"), o una ópera (¿Norma?) o proyectaría Sunset Boulevard una vez más (üno de los mejores guiones de la historia del cine"). Y en ese homenaje ideal le diría aquello que escribiera en Sitio (parafraseado, claro):"Ahora amanece, es el día para siempre./ hiciste bien, todo bien".

Hiciste bien, querido compañero de ruta, de generación. Uno de los mejores. No hay música. En su lugar elijo un poema. Un poema del poeta portugués Herberto Helder:

a los amigos

Amo despacio a los amigos que son tristes con
---------------------------------------------------cinco dedos de cada lado.
Los amigos que enloquecen y están sentados, cerrando los ojos,
con los libros detrás ardiendo para toda la eternidad.
No los llamo, y ellos se vuelven profundamente
dentro del fuego.
--Tenemos un talento doloroso y oscuro.
--Construímos un lugar de silencio.
De pasión.

 



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