WALKMAN
Ricardo Silva Romero | Colombia, 1975 | Estudió Literatura en la Universidad Javeriana y recibió un Master de Cine y Televisión en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado los cuentos Sobre la tela de una araña (1999), y las novelas Tic (2003) y Parece que va a llover (2005). Asimismo, ha colaborado para publicaciones como El Malpensante, Número, A+, Artifex, Cambio, Babelia, El Tiempo y Plan B. Sitio web: www.ricardosilvaromero.com |
Escribo. De eso se trata. Todo esto ocurre en las palabras. Mis ideas viajan desde la música que viene de este walkman, mis dedos imaginan un piano, van y vuelven de una letra a la otra en el teclado, y sobre la pantalla, como una respuesta inesperada a mis plegarias, aparecen las sílabas, las voces, las palabras, las ideas corregidas por un sector impreciso de mi mente, o de mi corazón, o de mi alma, si se trata del alma y de regiones invisibles. Escribo. Y en un primer plano, mientras la imagen en mis gafas se aclara poco a poco, veo la figura de un semáforo que, como un mensaje de humo enviado por el mundo, cambia del disco rojo al disco verde.
Es el miércoles 1 de abril de 1998. El día comienza. Hace frío y el agua se queda en las ventanas, hecha un rastro del infierno de la noche. La gente camina por la acera con afán, con un par de números en la cabeza, con una sensación que viene de otro tiempo y en verdad es la sospecha de algún terremoto por venir. Y Alejandra, mi amiga editora, una mujer de veinticinco años muy blanca y con los ojos verdes, llega igual que un náufrago al semáforo, y, porque no logra cruzar la calle en el primer intento, se dedica a ver pasar los carros como si el mundo fuera la pantalla de un televisor y todo pudiera reducirse a un mal programa a punto de acabarse.
La imagino en la acera de enfrente. Parece distraída. Algún pensamiento le ocupa todo el cuerpo. Mira hacia los lados, consulta el reloj que le regalé hace unos meses, sonríe víctima de una nostalgia inabarcable. Va hasta una cabina telefónica. Marca mi número. Y yo, mientras eso, escribo. Escribo cuando el teléfono se queja en la habitación, mientras me levanto y doy un paso y el siguiente y llego hasta el marco de la puerta de mi cuarto. Ahí está mi cuarto: al lado de la cama destendida, sobre la mesa de noche de madera, hay una lámpara sencilla y un teléfono inalámbrico. En la pared, sobre la cabecera de la cama, colgados de puntillas imperceptibles, unos retratos de mis amigos en rotundos, redondos y redentores ataques de risa. Una foto de mis papás, cuando jóvenes, riéndose mientras miran a la cámara.
No, no quiero olvidar. En un tiempo no quedará piedra sobre piedra de este lugar, mi cuarto, en donde he dormido desde el día en que nací, y sólo porque ahora lo describo y lo cargo de significados podré soñar con él en el futuro: el teléfono suena otra vez, como un recuerdo, y veo, en mi habitación, una biblioteca llena de mis libros, una repisa ocupada por mis discos y una fotografía de la masacre ocurrida en Bogotá el 9 de abril de 1948. Sobre el tapete veo una guitarra, dos revistas de cine y los jeans, la camisa y el saco que me puse ayer en la mañana. Sobre un pequeño escritorio están los manuscritos de mis cuentos. Y una pequeña torre de libros que, no sé por qué, me recuerdan los pocos días felices que pasé con Mariana.
El teléfono suena. Y, junto a una silla mecedora, veo el maletín deportivo en donde guardé sus cosas, las cosas de Mariana, y de inmediato siento una tristeza demasiado mía, una intuición sobre la imposibilidad de corregir el pasado y sobre el horror de acercarse al puerto del futuro. Más allá de la pared, detrás de cada uno de los signos de mi cuarto, en el fondo del fondo de las cosas, queda un lugar horrible, un sitio sin mis papás, sin mi hermano Eduardo, una tierra hecha de hambre, de heridas, de prótesis, de sectas y de fuerzas subterráneas. Es la región invisible de todos mis miedos. El lugar en donde tiemblo.
Contesto el teléfono inalámbrico. Oigo la voz de Alejandra. Mi situación vital es, palabras más, palabras menos, la de un profesor de literatura de veintidós años que quiere ser un buen escritor, pero que no ha logrado escribir nada, ni un cuento, ni un poema, ni una línea, después de redactar la tesis de grado. Vivo en un apartamento, el 603, del edificio La Gran Vía. Y mi familia, como todas, tiene problemas, pasados inconclusos, cuentas por resolver (no entro en detalles: los bancos nos llaman como si quisiéramos escaparnos sin pagar una serie de deudas que no son más ni menos interesantes que las de los demás), pero mi papá, mi mamá y yo nos reímos juntos todos los días porque nos cuidamos en la pobreza, en la enfermedad y los desalientos.
En la otra cara del mundo, mi único hermano, Eduardo, el abogado, que vive en París desde hace cuatro años, ha decidido casarse el próximo 16 de julio con Patricia de Vitton, una sicóloga francesa que habla argentino, y como ha anunciado que nos visitará el 10 de abril de este año, y no quiero que piense que no sirvo para nada, me he propuesto escribir un cuento, un poema, una buena línea antes de que llegue. Debo escribir algo, cualquier cosa, para sobrevivir estos nueve días y tener la certeza de que al menos no me he dado por vencido. Esa es mi meta. Así funciono. Me he puesto este plazo para descubrir si soy un escritor o sólo un sufridor de oficio.
Para olvidarme del bloqueo (que a mi edad bien puede significar que no he encontrado mi vocación, no he hallado mi oficio y no soy ni voy a ser nunca un escritor), camino, camino y camino (lo hago por la mañana porque no soy capaz de hacerlo por la noche: vivo en Bogotá) y mientras avanzo la música triste que viene de mi walkman me hace sentir lejos del mundo, a salvo en mi cuerpo, preparado para ser el único testigo del desastre.
Antes de que se acaben las mañanas, dicto una clase en el colegio en donde estudié. Pero no, no es suficiente. Por las tardes, si no voy a cine con mis dos amigos principales –tengo otros tres, Miren Vitore, Daniel, Carlos Manuel, pero los tres ahora mismo están de viaje-, me veo en la necesidad de conversar con ellos, con Germán, Germán Pardo, mi hermano adoptivo, el mejor amigo en la Historia de Occidente desde la aparición de Obélix, y con Julián, Julián Saad, mi bastón que se ríe todo el tiempo, el ejemplo que siempre doy de la nobleza. No son dos gordos, no, pero no les iría bien si los comparáramos con dos flacos. Estudian periodismo y persiguen cualquier ataque de risa. Trabajan conmigo en la edición de catálogos, de revistas, de anuarios.
Y no, no es suficiente, ahí no acaban mis jornadas: antes de quedarme dormido lamento algunas escenas de mi historia (corregir esto: que no parezca que sufro con mi dramita personal ni suene como que “mi pasado me tortura”) y, aunque sé lo extraño que puede llegar a parecer, oigo voces, siento que alguien abre y cierra la puerta del apartamento, que hombres y mujeres se reúnen a morir en nuestra sala y (aún no lo hemos hablado, no, pero sé que mi papá y mi mamá también la han oído) que una anciana fantasma se ríe en el sillón que da la espalda al corredor. Sí, así son mis madrugadas. El mundo es una pantalla oscura y lo único que queda son esas carcajadas de ático o de sótano. Es horrible.
Yo sé que no estoy loco. Y sé que no lo estoy porque podría estarlo. Es sólo que no me doy cuenta de que todo lo que me está ocurriendo en estos días tiene la lógica de una pesadilla. Es sólo que juro que estas voces, las que oigo en la noche, son reales. Que hay un pequeño infierno en este apartamento. Y ya no se me ocurre nada más salvo pedirle a Dios, casi en silencio, que no me deje atrás de mí mismo, que me devuelva el aire y alivie mis sentidos. Todo eso quiero antes de dormir: que termine esa obra de teatro a oscuras, que el bloqueo se acabe y mis papás y yo comencemos en paz una vida sin marianas, sin cuentas atrasadas y sin puertas que se abren y se cierran en el fondo.
Pero, bueno, es suficiente. Es hora de empezar. Contesto el teléfono inalámbrico y Alejandra me saluda. Le digo “¿qué ha habido?” Me responde con una voz perdida, de súplica en el piso de abajo, para obligarme a preguntarle en dónde está. Dice “en la esquina de la 92 con 15”. ¿Y qué hace ahí?, ¿por qué no se mueve?, ¿no va ir a trabajar? No sé, no me responde. Me interroga sobre por qué no le contestaba el teléfono hace un rato. Le respondo que estaba en el baño y al parecer no logra oírme. Le repito “estaba en el baño” y, como su voz se pierde en el auricular, le grito que no le oigo una palabra. Ella, por supuesto, dice algo. Y, cuando le repito “no le oigo”, vuelve a decirme en vivo y en directo dónde está. Es un periodista desde el lugar de los hechos.
Al final lo logramos. Dice que vendrá para acá. Nos despedimos, cuelgo el teléfono, analizo su actitud. Se trata, pienso, de la muy noble sensación de no querer salir de la casa. Es esa bifurcación mental con la que amanecemos. Alejandra no quiere ir a la editorial porque el trabajo, de acuerdo con el Génesis y el negrito del Batey, lo hizo Dios como castigo. Y sobre las mujeres de ahora, se sabe, llueven y llueven los castigos.
Eso pienso apenas cuelgo el teléfono. No uso las mismas comas, ni los mismos puntos, ni los mismos adjetivos, pero eso pienso hasta que la música del walkman se detiene. Que este mal sueño, con su absurdo, sus pliegues y sus espejos invertidos, ha dado el primer paso. Que ya ha venido el primer día de abril. Y que los hechos son muy simples: el casete se ha detenido, Alejandra está en camino y yo no me he bañado. Pienso, para darle piso a mis ideas, en las equis sobre los mapas de los centros comerciales. “Usted está aquí”, me digo: “usted está aquí y aquí comienza todo”.
Fragmento de la novela inédita Walkman
© Ricardo Silva Romero |