LAS HIJAS DEL TERROR
Rocío Silva
Santisteban | Perú,
1963 | Poeta, narradora y periodista. Ha ganado el Premio Copé de Plata en 1986 y el Concurso Nacional de Guiones 1995. Entre sus obras publicadas están los poemarios: Asuntos circunstanciales, Ese oficio no me gusta, Mariposa Negra, Condenado Amor, Turbulencia y el libro de cuentos Me perturbas. Con Las hijas del terror obtuvo el Premio Copé de Plata 2005. Página web en Los Noveles: Rocío Silva Santisteban |
Desde 1980 y durante el transcurso de la guerra interna en el Perú las mujeres fueron violadas y violentadas por el personal militar cuando, muchas veces sin motivo alguno, fueron acusadas de terroristas. De la misma manera los miembros de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru secuestraron a muchas jóvenes bajo el pretexto de la militancia guerrillera pero con la finalidad última de convertirlas en esclavas sexuales. Por ambos lados las mujeres fueron sometidas, humilladas, doblegadas, oprimidas y avasalladas. ¿Por qué? Porque el cuerpo de la mujer, desde los primeros enfrentamientos humanos, ha sido motivo de caza, de pelea, de discusión pero, sobre todo, botín de guerra y ensañamiento con el enemigo.
Este libro es una versión de parte de los años del terror: un intento por poetizar el miedo, el dolor, la indiferencia y la crueldad. No puedo hablar “en vez de” las mujeres que sobre sus cuerpos llevan la marca del sometimiento y de la humillación. Trato de acercar mi palabra, en la medida de mis posibilidades y limitaciones, a las huellas que sus cuerpos dolientes han dejado sobre todas nosotras y nosotros, huellas que con increíble autoritarismo monologante la ciudad letrada se ha negado la mayoría de las veces siquiera a mirar.
Es imprescindible volver a gritar que lo personal es político para entender el proceso perverso del sometimiento durante los años del terror y el rol que todos cumplimos en él. Pero, a su vez, es bueno recordar lo que la poeta Adrianne Rich escribió sobre Marie Curie, y que cito de memoria y mal por estricta conveniencia: “la fuente de sus heridas era la fuente de su poder…”
tiempos de carencia
Domingo. Despierto con el ruido del mar
golpeando la pared del acantilado
tengo el libro de Eliot sobre las piernas
al frente, en la cuna, la niña infla los cachetes y parece
que va a pronunciar la magnífica palabra.
Pero sólo gime y solloza. La llamo por su nombre
ella restriega sus ojos con las manos regordetas
y desde mis piernas la extraña sonrisa de Mr. Thomas Stearn
es una censura
una amenaza
la niña lanza un grito
aprieta los dientes, las encías enrojecen
y yo apaciblemente sentada sobre una manta
me convierto en la voyeur de ese placer.
Puja, hija mía, puja
esperemos con los dedos entrelazados
la sentencia.
Mr. Thomas Stearn partido en dos por la solapa del libro
me mira fijamente
el iris claro típico de los perversos
y la sonrisa de los bancarios, agestada.
Dime algo, por qué no me dices nada. Habla
y sigue pujando hasta que puedas contar
tus excrementos o tus muertos
no se sabe cuántos son ya, mantienen
un sabor misterioso que sólo se siente
en el fondo del paladar.
Las plazas se llenan de visiones y de sombras, ojeras
tras ojeras en las colas por un kilo de azúcar
una miga de pan.
Todos estamos aquí con nuestras manos lacradas.
Extiende una vez más esas manos. Implora. Reza.
Yo abro las piernas y dejo
que él fornique sobre mí como un cerdo
como un cerdo rosado
—frota tu sucio placer, ¡frótamelo!—
por un kilo de azúcar
una lata de leche.
Puja, hija mía, puja
es lo único que me interesa, eso
y rayar esta hoja en blanco,
el olor de amoniaco en la batea
y la mitad de un pollo muerto.
piojos
Me saco los piojos a las dos de la mañana
mi bata blanca se mancha de estrellas negras
sobre la silla del comedor veo un mandil
recuerdo:
una niña llena de llagas, asmática, en la puerta del colegio
esperando para siempre a su papá
me dicen que ta ta ta tan: eres una mujer de éxito
—¿sí?, ¿de verdad?, no lo creo—
quiero que salgas en el who´s who
vanidosa comento que quizás eleve mi autoestima
(es un chiste estúpido
por la noche tengo que bañarme
para dejar de llorar)
me equivoco
esos son los grandes pecados
una piojosa sale en The Peru Report
¡te envidio!— me dicen las chiquillas
las miro con compasión
hablo y engullo comida, los críticos literarios
escriben sobre la voz operística que lamenta su gordura
y no saben qué hay detrás de cada gramo de grasa
trabajo como todas, como todas me levanto
y lloro como todas alguna vez lo han hecho
como todas alguna vez lo dejaron de hacer
me saco los piojos
me rasco los sobacos
y me miro en el espejo con el vaho del baño
adherido como carca
—¡cochina!—
—deja de ser dramática—
los rituales repetidos, quizás otras
lloren por el hambre o por el cuerpo en descomposición
es absurda la frivolidad de este sufrimiento, lo sé,
estudio el sistema sexo-género
la ciudadanía y la individuación
pero más allá de mi razón
algo supura
es el moho, la carne podrida, corroída
está adentro
la cociné con paciencia
con cada error
(hay tantos nombres propios)
torpezas que escondo como los piojos
y por más que rastrillo mi cuerpo centímetro a centímetro
no encuentro aparentemente nada
nada de nada
pero están ahí, ahí están aunque no los vea
todos se esconden en esas zonas oscuras
me arden me pican me vuelven loca.
confesiones a un ingeniero mecánico
Cada mañana al despertar hay una imagen que inevitablemente
vuelve sobre mí, ingeniero
una imagen que aún no puedo mencionar
porque desde acá
ya no tengo nada que perder
ni que ganar.
Las vidas de las personas son gigantescos planos paralelos
de pronto se acercan peligrosamente
las órbitas de Marte y de la Tierra
un instante un minuto un par de horas
y la energía de Marte sobre la Tierra
deja su huella.
Los seres humanos alrededor ni siquiera
se dan cuenta
pero hay una diferencia casi imperceptible
en las comisuras de una leve sonrisa.
Le echo la culpa al paisaje seco, a las piedras
cargadas de memoria, a lo que significa ahora
Ayacucho en la historia del país
la densidad de los lugares sagrados
que nos tocan con la daga de su pesadumbre
para devolvernos
humanidad.
Y en medio de todos esos cruces
saco de adentro lo podrido y corroído
para exponerlo a la cura del sol.
La Tierra proyecta su cono infinito y azul.
Un rayo solar cruza las persianas de esta casa
y cae sobre el manso cuerpo de mi niña, dormida, apacible
de espaldas a ese dolor acumulado tras tantos años.
Debería recordar a los muertos, a los héroes,
con rabia a los asesinos, debería
escribir una protesta con las manos hechas un puño
pero sólo lo recuerdo a Ud.,
con esa imagen obsesiva.
Y no siento vergüenza, ni remordimiento
ni una pizca de culpa, ingeniero,
todo lo contrario
el chorro de palabras sale borboteando
y yo sonrío feliz.
Confieso que ese otro poema no lo escribí
para Ud., sólo fue
una táctica, una estrategia, una llamada
desesperada. Es extraño
cómo algunas palabras pueden ocasionar mareas y terremotos
o tal vez absolutamente nada: miedo
a veces y temor.
Los juegos de la seducción conllevan su riesgo,
aún ahora a mis cuarenta años
cuando debería estar buscando la sabiduría
en vez del amor.
Ay, ingeniero, por qué seguir
haciendo más confesiones
(a pesar de la dulzura de este paisaje de remanso
debajo convulsiona el peligro de la vida.)
Una mujer con un polo negro
sobre un hombre con un polo lacre
moviéndose y gozando. Podría
congelar esa imagen, detenerla, ponerla en secuencia al infinito
y seguir disfrutando de su contemplación o su recuerdo.
No importa que la Tierra no deje rastros de su locura
azul sobre el planeta rojo
el peligro de colisión fue parte de lo excitante
y hoy cada cual anda por el tiempo
dentro de su propia órbita.
Gozar y moverse, gozar y moverse, gozar
y moverse: a eso debería estar resumida
la historia de la eternidad.
los muertos huelen en la parte más profunda del paladar
Una ciudad bañada por el mar es una ciudad privilegiada.
Eso se suele decir en los manuales de turismo. Pero la prisionera-de-sí-misma odia esta ciudad: es un pueblo de asmáticos, de olor a mar revuelto, peces varados en la orilla, basura que se va acumulando con los días en los rincones y con los días va anegando todo con un olor a muerto.
Los muertos huelen en la parte más profunda del paladar.
Los muertos de esta ciudad forman una línea que lleva kilómetros y que se extiende como un desierto. En el desierto que circunda esta ciudad no hay un solo mensaje. Los niños no juegan. Los ancianos caen en las pistas y nadie se atreve a recogerlos. Los comerciantes pintan las paredes de toda la ciudad para engañar a los niños y a los ancianos, para inventar la prosperidad.
A la prisionera-de-sí-misma no le importa ni la prosperidad ni la miseria. No pone mucha atención a nada. Hojea las revistas y envidia a las modelos de cuerpos esbeltos, de pechos amplios. Compra carteras, faldas, zapatos de taco, zapatos sin taco, compra lápices cuando no tiene dinero para comprar. Compra para sonreír pero no para tener. No le importa acumular objetos, lo único que busca es una sonrisa entre los probadores de un centro comercial. Porque los que quieren huir de esa ciudad y no pueden sólo compran para sonreír. Escuchan música también para sonreír. Cualquier cosa para poder sonreír un poco.
Los muertos huelen en la parte más profunda del paladar.
La prisionera-de-sí-misma suele caminar por la calle con lentes de sol de color amarillo-naranja y piensa que la ciudad mejora con ese color reposando sus ojos turbios. No mira las esquinas, no saca la mano en los semáforos, no golpea a los transeúntes. Se coloca los lentes amarillo-naranja sobre los ojos y todo empieza a mejorar. Saca el tubo de ventolín de la cartera, lo aprieta dos veces sobre su boca y los pulmones empiezan a recobrar su función. Un par de pastillas rosadas y las cosas van en alza. Un trago, una cita, un beso furtivo, algo de sexo rápido y la ciudad empieza a despejarse.
La bruma se disipa.
Los colores de las luces en la noche cobran dimensiones inexplicables. Las bombillas rojas, el neón lila de las discotecas, el aire denso, los anuncios de las tiendas.
Pero el olor sigue ahí, ahí, en el fondo del paladar.
Fragmentos del poemario Las hijas del terror (Premio Copé de plata 2005) © Rocío Silva Santisteban |