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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

LAS HIJAS DEL TERROR

Rocío Silva Santisteban | Perú, 1963 | Poeta, narradora y periodista. Ha ganado el Premio Copé de Plata en 1986 y el Concurso Nacional de Guiones 1995. Entre sus obras publicadas están los poemarios: Asuntos circunstanciales, Ese oficio no me gusta, Mariposa Negra, Condenado Amor, Turbulencia y el libro de cuentos Me perturbas. Con Las hijas del terror obtuvo el Premio Copé de Plata 2005. Página web en Los Noveles: Rocío Silva Santisteban

 

Desde 1980 y durante el transcurso de la guerra interna en el Perú las mujeres fueron violadas y violentadas por el personal militar cuando, muchas veces sin motivo alguno, fueron acusadas de terroristas. De la misma manera los miembros de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru secuestraron a muchas jóvenes bajo el pretexto de la militancia guerrillera pero con la finalidad última de convertirlas en esclavas sexuales. Por ambos lados las mujeres fueron sometidas, humilladas, doblegadas, oprimidas y avasalladas. ¿Por qué? Porque el cuerpo de la mujer, desde los primeros enfrentamientos humanos, ha sido motivo de caza, de pelea, de discusión pero, sobre todo, botín de guerra y ensañamiento con el enemigo.

Este libro es una versión de parte de los años del terror: un intento por poetizar el miedo, el dolor, la indiferencia y la crueldad. No puedo hablar “en vez de” las mujeres que sobre sus cuerpos llevan la marca del sometimiento y de la humillación. Trato de acercar mi palabra, en la medida de mis posibilidades y limitaciones, a las huellas que sus cuerpos dolientes han dejado sobre todas nosotras y nosotros, huellas que con increíble autoritarismo monologante la ciudad letrada se ha negado la mayoría de las veces siquiera a mirar.

Es imprescindible volver a gritar que lo personal es político para entender el proceso perverso del sometimiento durante los años del terror y el rol que todos cumplimos en él. Pero, a su vez, es bueno recordar lo que la poeta Adrianne Rich escribió sobre Marie Curie, y que cito de memoria y mal por estricta conveniencia: “la fuente de sus heridas era la fuente de su poder…”

 

tiempos de carencia

 

Domingo. Despierto con el ruido del mar

golpeando la pared del acantilado

tengo el libro de Eliot sobre las piernas

al frente, en la cuna, la niña infla los cachetes y parece

que va a pronunciar la magnífica palabra.

 

Pero sólo gime y solloza. La llamo por su nombre

ella restriega sus ojos con las manos regordetas

y desde mis piernas la extraña sonrisa de Mr. Thomas Stearn

es una censura

una amenaza

 

la niña lanza un grito

aprieta los dientes, las encías enrojecen

y yo apaciblemente sentada sobre una manta

me convierto en la voyeur de ese placer.

 

Puja, hija mía, puja

esperemos con los dedos entrelazados

la sentencia.

 

Mr. Thomas Stearn partido en dos por la solapa del libro

me mira fijamente

el iris claro típico de los perversos

y la sonrisa de los bancarios, agestada.

 

Dime algo, por qué no me dices nada. Habla

 

y sigue pujando hasta que puedas contar

tus excrementos o tus muertos

no se sabe cuántos son ya, mantienen

un sabor misterioso que sólo se siente

en el fondo del paladar.

 

Las plazas se llenan de visiones y de sombras, ojeras

tras ojeras en las colas por un kilo de azúcar

una miga de pan.

 

Todos estamos aquí con nuestras manos lacradas.

 

Extiende una vez más esas manos. Implora. Reza.

 

Yo abro las piernas y dejo

que él fornique sobre mí como un cerdo

como un cerdo rosado

—frota tu sucio placer, ¡frótamelo!—

por un kilo de azúcar

una lata de leche.

 

Puja, hija mía, puja

es lo único que me interesa, eso

y rayar esta hoja en blanco,

 

el olor de amoniaco en la batea

y la mitad de un pollo muerto.

 

piojos

 

Me saco los piojos a las dos de la mañana

mi bata blanca se mancha de estrellas negras

 

sobre la silla del comedor veo un mandil

recuerdo:

una niña llena de llagas, asmática, en la puerta del colegio

esperando para siempre a su papá

 

me dicen que ta ta ta tan: eres una mujer de éxito

—¿sí?, ¿de verdad?, no lo creo—

quiero que salgas en el who´s who

vanidosa comento que quizás eleve mi autoestima

 

(es un chiste estúpido

por la noche tengo que bañarme

para dejar de llorar)

 

me equivoco

esos son los grandes pecados

una piojosa sale en The Peru Report

¡te envidio!— me dicen las chiquillas

las miro con compasión

 

hablo y engullo comida, los críticos literarios

escriben sobre la voz operística que lamenta su gordura

y no saben qué hay detrás de cada gramo de grasa

 

trabajo como todas, como todas me levanto

y lloro como todas alguna vez lo han hecho

como todas alguna vez lo dejaron de hacer

 

me saco los piojos

me rasco los sobacos

y me miro en el espejo con el vaho del baño

adherido como carca

 

—¡cochina!—

—deja de ser dramática—

 

los rituales repetidos, quizás otras

lloren por el hambre o por el cuerpo en descomposición

es absurda la frivolidad de este sufrimiento, lo sé,

estudio el sistema sexo-género

la ciudadanía y la individuación

pero más allá de mi razón

algo supura

 

es el moho, la carne podrida, corroída

está adentro

la cociné con paciencia

con cada error

(hay tantos nombres propios)

torpezas que escondo como los piojos

y por más que rastrillo mi cuerpo centímetro a centímetro

no encuentro aparentemente nada

nada de nada

 

pero están ahí, ahí están aunque no los vea

todos se esconden en esas zonas oscuras

 

me arden me pican me vuelven loca.

 

confesiones a un ingeniero mecánico

 

Cada mañana al despertar hay una imagen que inevitablemente

vuelve sobre mí, ingeniero

una imagen que aún no puedo mencionar

 

porque desde acá

ya no tengo nada que perder

ni que ganar.

 

Las vidas de las personas son gigantescos planos paralelos

de pronto se acercan peligrosamente

las órbitas de Marte y de la Tierra

un instante un minuto un par de horas

y la energía de Marte sobre la Tierra

deja su huella.

 

Los seres humanos alrededor ni siquiera

se dan cuenta

pero hay una diferencia casi imperceptible

en las comisuras de una leve sonrisa.

 

Le echo la culpa al paisaje seco, a las piedras

cargadas de memoria, a lo que significa ahora

Ayacucho en la historia del país

 

la densidad de los lugares sagrados

que nos tocan con la daga de su pesadumbre

para devolvernos

humanidad.

 

Y en medio de todos esos cruces

saco de adentro lo podrido y corroído

para exponerlo a la cura del sol.

 

La Tierra proyecta su cono infinito y azul.

 

Un rayo solar cruza las persianas de esta casa

y cae sobre el manso cuerpo de mi niña, dormida, apacible

de espaldas a ese dolor acumulado tras tantos años.

 

Debería recordar a los muertos, a los héroes,

con rabia a los asesinos, debería

escribir una protesta con las manos hechas un puño

pero sólo lo recuerdo a Ud.,

con esa imagen obsesiva.

 

Y no siento vergüenza, ni remordimiento

ni una pizca de culpa, ingeniero,

todo lo contrario

el chorro de palabras sale borboteando

y yo sonrío feliz.

 

Confieso que ese otro poema no lo escribí

para Ud., sólo fue

una táctica, una estrategia, una llamada

desesperada. Es extraño

cómo algunas palabras pueden ocasionar mareas y terremotos

o tal vez absolutamente nada: miedo

a veces y temor.

 

Los juegos de la seducción conllevan su riesgo,

aún ahora a mis cuarenta años

cuando debería estar buscando la sabiduría

en vez del amor.

 

Ay, ingeniero, por qué seguir

haciendo más confesiones

 

(a pesar de la dulzura de este paisaje de remanso

debajo convulsiona el peligro de la vida.)

 

Una mujer con un polo negro

sobre un hombre con un polo lacre

moviéndose y gozando. Podría

congelar esa imagen, detenerla, ponerla en secuencia al infinito

y seguir disfrutando de su contemplación o su recuerdo.

 

No importa que la Tierra no deje rastros de su locura

azul sobre el planeta rojo

el peligro de colisión fue parte de lo excitante

y hoy cada cual anda por el tiempo

dentro de su propia órbita.

 

Gozar y moverse, gozar y moverse, gozar

y moverse: a eso debería estar resumida

la historia de la eternidad.

 

los muertos huelen en la parte más profunda del paladar

 

Una ciudad bañada por el mar es una ciudad privilegiada.

Eso se suele decir en los manuales de turismo. Pero la prisionera-de-sí-misma odia esta ciudad: es un pueblo de asmáticos, de olor a mar revuelto, peces varados en la orilla, basura que se va acumulando con los días en los rincones y con los días va anegando todo con un olor a muerto.

Los muertos huelen en la parte más profunda del paladar.

Los muertos de esta ciudad forman una línea que lleva kilómetros y que se extiende como un desierto. En el desierto que circunda esta ciudad no hay un solo mensaje. Los niños no juegan. Los ancianos caen en las pistas y nadie se atreve a recogerlos. Los comerciantes pintan las paredes de toda la ciudad para engañar a los niños y a los ancianos, para inventar la prosperidad.

A la prisionera-de-sí-misma no le importa ni la prosperidad ni la miseria. No pone mucha atención a nada. Hojea las revistas y envidia a las modelos de cuerpos esbeltos, de pechos amplios. Compra carteras, faldas, zapatos de taco, zapatos sin taco, compra lápices cuando no tiene dinero para comprar. Compra para sonreír pero no para tener. No le importa acumular objetos, lo único que busca es una sonrisa entre los probadores de un centro comercial. Porque los que quieren huir de esa ciudad y no pueden sólo compran para sonreír. Escuchan música también para sonreír. Cualquier cosa para poder sonreír un poco.

Los muertos huelen en la parte más profunda del paladar.

La prisionera-de-sí-misma suele caminar por la calle con lentes de sol de color amarillo-naranja y piensa que la ciudad mejora con ese color reposando sus ojos turbios. No mira las esquinas, no saca la mano en los semáforos, no golpea a los transeúntes. Se coloca los lentes amarillo-naranja sobre los ojos y todo empieza a mejorar. Saca el tubo de ventolín de la cartera, lo aprieta dos veces sobre su boca y los pulmones empiezan a recobrar su función. Un par de pastillas rosadas y las cosas van en alza. Un trago, una cita, un beso furtivo, algo de sexo rápido y la ciudad empieza a despejarse.

La bruma se disipa.

Los colores de las luces en la noche cobran dimensiones inexplicables. Las bombillas rojas, el neón lila de las discotecas, el aire denso, los anuncios de las tiendas.

Pero el olor sigue ahí, ahí, en el fondo del paladar.

 

Fragmentos del poemario Las hijas del terror (Premio Copé de plata 2005)

© Rocío Silva Santisteban