HISTORIA
DEL REY TRANSPARENTE
Rosa
Montero | España,
1951 | Periodista
y escritora madrileña. Ha publicado
novelas como Temblor, Bella y oscura, La hija del
Caníbal, La loca de la casa, y libros de
cuentos: Amantes y enemigos. En 1997 ganó el
I Premio Primavera de Novela por La hija del Caníbal.
En el año 1999 recibió el Primer
Premio Literario y Periodísitico Gabriel
García Márquez por su trabajo en
el diario El País. Recientemente publicó la
novela Historia del Rey Transparente (Alfaguara,
2005) Sitio web: www.rosa-montero.com |
Soy mujer
y escribo. Soy plebeya y sé leer. Nací sierva
y soy libre. He visto en mi vida cosas maravillosas. He hecho
en mi vida cosas maravillosas. Durante algún tiempo,
el mundo fue un milagro. Luego regresó la oscuridad.
La pluma tiembla entre mis dedos cada vez que el ariete embiste
contra la puerta. Un sólido portón de metal y
madera que no tardará en hacerse trizas. Pesados y sudados
hombres de hierro se amontonan en la entrada. Vienen a por
nosotras. Las Buenas Mujeres rezan. Yo escribo. Es mi mayor
victoria, mi conquista, el don del que me siento más
orgullosa; y aunque las palabras están siendo devoradas
por el gran silencio, hoy constituyen mi única arma.
La tinta retiembla en el tintero con los golpes, también
ella asustada. Su superficie se riza como la de un pequeño
lago tenebroso. Pero luego se aquieta extrañamente.
Levanto la cabeza esperando un envite que no llega. El ariete
ha parado. Las Perfectas también han detenido el zumbido
de sus oraciones. ¿Acaso han logrado acceder al castillo
los cruzados? Me creía preparada para este momento pero
no lo estoy: la sangre se me esconde en las venas más
hondas. Palidezco, toda yo entumecida por los fríos
del miedo. Pero no, no han entrado: hubiéramos oído
el estruendo de la puerta al desgajarse, el derrumbe de los
sacos de arena con que la reforzamos, los pasos presurosos
de los depredadores al subir la escalera. Las Buenas Mujeres
escuchan. Yo también. Tintinean los hombres de hierro
bajo las troneras de nuestra fortaleza. Se retiran. Sí,
se están retirando. Al sol le falta muy poco para ocultarse
y deben de preferir celebrar su victoria a la luz del día.
No necesitan apresurarse: nosotras no podemos escapar y no
existe nadie que pueda ayudarnos. Dios nos ha concedido una
noche más. Una larga noche. Tengo todas las velas de
la despensa a mi disposición, puesto que ya no las vamos
a necesitar. Enciendo una, enciendo tres, enciendo cinco. El
cuarto se ilumina con hermosos resplandores de palacio. ¡Y
pensar que nos hemos pasado todo el invierno a oscuras para
no gastarlas! Las Buenas Mujeres vuelven a bisbisear sus Padrenuestros.
Yo mojo la pluma en la tinta quieta. Me tiembla tanto la mano
que desencadeno una marejada.
Me recuerdo arando el campo
con mi padre y mi hermano, hace tanto tiempo que parece otra
vida. La primavera aprieta, el verano se precipita sobre nosotros
y estamos muy retrasados con la siembra; este año no
sólo hemos tenido que labrar primero los campos del
Señor, como es habitual, sino también reparar
los fosos de su castillo, hacer acopio de víveres y
agua en los torreones, cepillar los poderosos bridones de combate
y limpiar de maleza las explanadas frente a la fortaleza, para
evitar que puedan emboscarse los arqueros enemigos. Estamos
nuevamente en guerra, y el señor de Abuny, nuestro amo,
vasallo del conde de Gevaudan, que a su vez es vasallo del
Rey de Aragón, combate contra las tropas del Rey de
Francia. Mi hermano y yo nos apretamos contra el arnés
y tiramos con todas nuestras fuerzas del arado, mientras padre
hunde en el suelo pedregoso nuestra preciada reja, esa cuchilla
de metal que nos costó once libras, más de lo
que ganamos en cinco años, y que constituye nuestro
mayor tesoro. Las traíllas de esparto trenzado se hunden
en la carne, aunque nos hemos puesto un peto de fieltro para
protegernos. El sol está muy alto sobre nuestras cabezas,
próximo ya al cenit de la hora sexta. Al tirar del arado
tengo que hundir la cabeza entre los hombros y miro al suelo:
resecos terrones amarillos y un calor de cazuela. La sangre
se me agolpa en las sienes y me mareo. Empujo y empujo, pero
no avanzamos. Nuestros jadeos quedan silenciados por los alaridos
y los gritos agónicos de los combatientes: en el campo
de al lado, muy cerca de nosotros, está la guerra. Desde
hace tres días, cuatrocientos caballeros combaten entre
sí en una pelea desesperada. Llegan todas las mañanas,
al amanecer, ansiosos de matarse, y durante todo el día
se hieren y se tajan con sus espadas terribles mientras el
sol camina por el arco del cielo. Luego, al atardecer, se marchan
tambaleantes a comer y a dormir, dispuestos a regresar a la
jornada siguiente.
Día tras día,
mientras nosotros arañamos la piel ingrata de la tierra,
ellos riegan el campo vecino con su sangre. Caen los bridones
destripados, relinchando con una angustia semejante a la de
los cerdos en la matanza, y los caballeros de la misma bandera
se apresuran a socorrer al guerrero abatido, tan inerme en
el suelo, mientras los ayudantes le traen otro caballo o consiguen
desmontar a un enemigo. La guerra es un fragor, un estruendo
imposible; braman los hombres de hierro al descargar un golpe,
tal vez para animarse; gimen los heridos pisoteados en tierra;
aúllan los caballeros de rabia y de dolor cuando el
ardiente acero les amputa una mano; colisionan los escudos
con retumbar metálico; piafan los caballos; rechinan
y entrechocan las armaduras.
Antoine y yo tiramos del arado,
padre arranca una piedra del suelo con un juramento y ellos,
aquí al lado, se matan y mutilan. El aire huele a sangre
y agonía, a vísceras expuestas, a excrementos.
Al atardecer los movimientos de los guerreros son mucho más
lentos, sus gritos más ahogados, y por encima de la
masa abigarrada de sus cuerpos se levanta una bruma de sudor.
Veo ondear la bandera azul del señor de Abuny y la oriflama
escarlata de cuatro puntas de los reyes de Francia: están
sucias y rotas. Veo las heridas monstruosas y puedo distinguir
sus rostros desencajados, pero no siento por ellos la menor
compasión. Los hombres de hierro son todos iguales:
voraces, brutales. En el sufrimiento que flota en el aire hay
mucho dolor nuestro.
—Así se maten todos —resopla
mi hermano.
Me da lo mismo quién
gane este combate. Bajo el Rey de Aragón o el Rey de
Francia nuestra vida seguirá siendo una mísera
jaula. Para el Señor sólo somos animales domésticos,
y no los más preciados: sus alanos, sus bridones, incluso
sus palafrenes son mucho más queridos. Tenemos que trabajar
las tierras del amo, reparar sus caminos y sus puentes, limpiar
las perreras, lavar sus ropas, cortar y acarrear la leña
para sus chimeneas, pastorear su ganado y hacerlo pasear por
los campos del señorío para fertilizarlos con
sus excrementos. Tenemos que pagar el diezmo eclesiástico,
y los rescates de Abuny y sus hombres cuando resultan vencidos
en sus estúpidos torneos; tenemos que costear el nombramiento
de caballero de sus hijos y las bodas de sus hijas, y contribuir
con una tasa especial para las guerras. El molino, el horno
y el lagar son del amo, y nos pone un buen precio cada vez
que vamos a moler nuestro grano, a cocer nuestro pan o prensar
nuestras manzanas para hacer sidra. Ni siquiera podemos casarnos
o morirnos tranquilos: tenemos que pagarle al amo por todo
ello. No conozco a un solo villano que no odie a su Señor,
pero somos animales temerosos.
—No es miedo, es sensatez —dice
padre cuando Antoine o yo nos desesperamos—. Ellos son mucho
más fuertes. Ya habéis visto lo que pasa si te
rebelas.
Sí, lo hemos visto.
Todos los años hay alguna revuelta campesina en la comarca.
Todos los años un puñado de hombres creen que
se merecen una vida mejor y que van a ser capaces de conseguirla.
Todos los años unas cuantas cabezas acaban hincadas
en lo alto de las picas. Todavía se recuerda el caso
de Jean el Leñador, siervo del señor de Tressard,
en las tierras al otro lado del río. Jean era joven
y cuentan que era guapo: mi amiga Melina lo vio pasar un día
y dice que tenía los ojos azules, el cuello como un
tronco y los labios jugosos. Jean hablaba bien y se llevó detrás
a muchos hombres. Se refugiaron en los bosques y duraron bastante:
varias semanas. Vencieron en algunas escaramuzas y mataron
a un par de caballeros, y mi padre ataba a mi hermano por las
noches para que no se escapara y se les uniera. Por un momento
pareció que todo era posible, pero los campesinos no
somos enemigos para los hombres de metal. Llegaron los guerreros
y los destrozaron. A Jean le apresaron y, para burlarse, le
ciñeron una corona de hierro al rojo vivo, proclamándole
el rey de los villanos. Quizá alguno de los caballeros
que ahora se destripan aquí al lado estuvo presente
en el suplicio; quizá se rió del dolor del plebeyo.
Así se maten todos en sus batallas absurdas.
—Mejor lo dejamos —dice padre,
apoyado sin resuello en el arado—. Vámonos a casa.
Sé por qué lo
dice y lo que está pensando. En el campo vecino, el
combate languidece. Los hombres de hierro levantan sus espadas
con exhausta lentitud y descargan desatinados golpes. No quedan
demasiados caballeros y están todos heridos: festones
de sangre se coagulan sobre sus yelmos abollados. La guerra
está a punto de acabar, esta pequeña guerra entre
otras muchas, y no hay nada más peligroso que la soberbia
de un caballero vencedor o el miedo de un caballero vencido.
Mejor desaparecer de su vista, retirarnos por el momento de
esta tierra de muerte, como animales domésticos pero
prudentes.
Recogemos con sumo cuidado
la reja del arado y la envolvemos con nuestros petos de fieltro,
rígidos y empapados de sudor. La brisa me refresca el
pecho a través de la camisa húmeda y me estremezco.
Aunque caminamos despacio, entorpecidos por el arado, pronto
nos encontramos bastante lejos. Todavía se escuchan
los tañidos de lata de los combatientes, pero el aire
ha dejado de oler a putrefacción. Al llegar al camino
de Mende nos topamos con Jacques.
—¿Sigue la batalla? —pregunta.
—Terminará pronto.
Jacques tiene quince años,
como yo, y nos casaremos este verano, en cuanto terminemos
de reunir los diez sueldos que tenemos que pagarle al amo por
la boda. Jacques pertenece también al señor de
Abuny, como es preceptivo, y nos conocemos desde que somos
niños. Hasta que nos hagamos nuestra casa, iremos a
vivir con padre y con Antoine. Madre murió hace tiempo,
de parto, junto con la niña que la mató. También
murieron otros cuatro hermanos. Ninguno vivió lo suficiente
como para tener nombre, salvo una, Estrella, que era tan hermosa
que alguien nos la aojó, a pesar de que madre le manchaba
la cara con cenizas para protegerla de la envidia.
—¿Te vienes al río? —me
pregunta Jacques.
Miro a padre pidiéndole
permiso. Veo que arruga el ceño, no le gusta, tengo
que ir a casa y preparar la cena, y, además, teme que
ande expuesta y sola por los caminos precisamente ahora, con
la guerra tan cerca. Pero también sabe que es primavera,
que tengo quince años, que Jacques me ama, que la tarde
huele a hierba nueva y que hay pocos momentos dulces en la
vida.
—Está bien. Pero no
tardes.
Les veo seguir camino de casa,
cargados con el arado como dos escarabajos, y siento los pies
y la cabeza lige ros. Doy unos pasos de baile sobre el camino
y Jacques me abraza y me levanta en vilo.
—Déjame, déjame,
bruto... —me quejo con el fingido enfado de la coquetería.
Pero Jacques me estruja, me
besa y me muerde el cuello.
—Sabes muy salada...
—He sudado muchísimo.
Vamos a bañarnos.
Corremos campo a través
hasta nuestra poza en el Lot y nos metemos en el río
vestidos. El sol poniente cabrillea sobre la superficie y pone
destellos de oro en las salpicaduras. Chapoteo en la poza y
dejo en el agua el polvo y el sudor y el pegajoso recuerdo
de la sangre de los guerreros, toda esa ferocidad y ese dolor,
esos cuerpos lacerados y maltrechos. Pero mi cuerpo es sano
y joven, y está intacto. Al salir trepamos por el talud
y nos sentamos arriba, sobre la hierba tierna. La camisa mojada
refresca las rozaduras que el esparto ha dejado sobre mis hombros.
Los campos se extienden ante nuestros ojos, mansos y serenos,
dorados y verdes, coronados por una cinta de color violeta
que el atardecer ha pintado junto al horizonte. Arranco un
puñado de hierbas y su jugo aromático se me pega
a los dedos. A mi lado, muy cerca, mi Jacques también
huele a pelo mojado y a ese olor acre y caliente que tan bien
conozco. No es guapo, pero es fuerte y es listo y es bueno.
Y tiene unos dientes limpios y preciosos, y ese olor tan rico
de su cuerpo. En una rama cercana, una urraca de gordo pecho
blanco me mira y me guiña un ojo. Sé que me está diciendo
que la vida es hermosa. Tal vez tenga razón, tal vez
la vida pudiera ser siempre así de hermosa. Los frailes
dicen que este mundo es un valle de lágrimas y que hemos
nacido para sufrir. Pero no quiero creerles.
—Deberíamos aprender
a guerrear.
—¿Qué?
—Digo que deberíamos
aprender a combatir y a manejar la espada y todo eso.
—¿Quiénes? —dice
Jacques, levantándose sobre un codo y mirándome
con estupor.
—Nosotros. Los campesinos.
Y el arco, el arco es muy importante. Dicen que los bretones
insulares tienen un arco nuevo que es terrible.
—¿Y tú qué sabes
de todo eso?
—Lo oí contar en el
molino.
—Tú estás loca,
Leola. ¿De dónde íbamos a sacar las armas,
si no tenemos dinero ni para el arado?
Contemplo el horizonte. La
cinta violeta está siendo borrada por una bruma espesa.
Es la niebla del atardecer, el mojado aliento de la tierra
antes de dormirse. Detrás de esa niebla se extiende
el mundo. Campos y más campos que nunca pisaré.
—¿Qué hay más
allá?
—¿Qué va a haber?
Los dominios del señor de Tressard.
—¿Y más allá?
—Más tierras y más
señores.
—¿Y más allá?
—Más allá, muy
lejos, está Millau.
—¿No te gustaría
verlo?
—¿Millau? No sé,
bueno, sí. Mi padre estuvo una vez. Dice que no es gran
cosa, que nuestro Mende es más grande y mejor. Si quieres,
cuando nos casemos podemos ir... Padre tardó tres días
en llegar.
—No estoy hablando de Millau.
Hablo de todo. ¿No te gustaría verlo todo? Tolosa,
y París, y... todo.
Mi Jacques se ríe.
—Qué cosas dices, Leola... ¿Es
que quieres ser un clérigo vagabundo? ¿O un guerrero? ¿No
prefieres ser mi ternerita?
Rueda hacia mí, frío
y mojado, y me acaricia el vientre con sus manos callosas.
Y a mí me gusta. Sí, quiero ser su ternerita.
Quiero quedarme aquí con él, y abrirme a él,
y enroscar mis piernas alrededor de sus caderas. Quiero tener
hijos con él y vivir la bella vida que anunciaba la
urraca. Pero siento en el pecho el peso de una pequeña
pena, una pena extraña, como si echara de menos campos
que nunca he visto y cosas que nunca he hecho, cielos que no
conozco, ríos en los que no me he bañado. Incluso
me parece echar de menos a un Jacques que no es Jacques. Le
aparto de un empujón.
—Quita. Ahora no. No tenemos
tiempo. Además, mira qué niebla se está formando.
El horizonte está envuelto
en una densa neblina y el sol baja rápidamente hacia
la franja velada. Nunca lo hemos hecho, Jacques y yo. Nos hemos
tocado, nos hemos besado y conocemos nuestros cuerpos, pero
nunca hemos llegado hasta el final porque es pecado. Claro
que, como nos vamos a casar este verano, creo que pronto acabaré abriendo
mis muslos para él: será pecar, pero muy poco.
Sin embargo, no lo haremos hoy, no ahora. Padre y Antoine me
esperan y la noche se acerca. La noche tenebrosa y peligrosa,
las horas oscuras de las ánimas. Por la noche el mundo
es de los muertos, que salen del infierno para atormentarnos.
Nadie en sus cabales quiere estar a la intemperie por las noches.
Jacques me abraza de nuevo
y aprieta fuerte, como quien sujeta a una cabritilla que se
debate.
—¡Déjame, te
digo!
—Espera un poco, Leola, ya
nos vamos... Escucha, hay un sitio que sí me gustaría
conocer... Se llama Avalon y es una isla en la que sólo
viven mujeres.
—Qué tontería.
Lo dices para que me quede un rato más.
—No, es de verdad. Se lo escuché a
un juglar en la feria de Mende. También la llaman la
Isla de las Manzanas y la Isla Afortunada... porque es un lugar
maravilloso. Está gobernado por una reina llena de sabiduría
y de belleza, la mejor reina que ha existido hasta ahora. Hay
diez mil mujeres que viven con ella, y no conocen al hombre
ni las leyes del hombre...
—Ah, pícaro, por eso
quieres ir... A mi pesar, estoy interesada. Esto es lo que
más me gusta de él: sabe contar cosas y sabe
interesarme. Reconozco en sus palabras las palabras del juglar,
porque Jacques posee buena memoria.
—Las mujeres visten ropas
majestuosas y mantos de seda bordados en oro, y la tierra florece
todo el año como si fuera mayo. En la isla de Avalon
no hay muerte, enfermedad ni vejez; los frutos siempre están
maduros, los osos son dulces como palomas y no es necesario
matar a los animales para comer.
Mi urraca sería muy
feliz en semejante reino.
—¿Y dónde está esa
isla?
—Muy lejos, donde los bretones,
en el mar frío del Norte. Pero ya te digo que en Avalon
siempre es primavera.
Sus manos están sobre
mis pechos, sus dedos ásperos me raspan los pezones.
Y a mí me gusta. Hago un esfuerzo y vuelvo a rechazarle.
—Déjalo, Jacques. De
verdad que es muy tarde.
Me levanto, pero él
sigue sentado en el talud. Contempla algo a lo lejos y está frunciendo
el ceño.
—No es sólo niebla,
Leola. Es humo. Mira.
Tiene razón: el horizonte
está tiznado por doquier con negros penachos de humo.
El mundo se quema. Inmediatamente pienso en los guerreros y
en su implacable furia.
—¡Dios misericordioso! ¿Qué está pasando?
Jacques me agarra de la mano
y echamos a correr hacia mi casa. Primero empezamos a oler
a quemado, luego el viento nos trae jirones de humo, después
vemos los primeros campos incendiados, los árboles frutales
ardiendo como pavesas. Un redoble de cascos nos alerta y saltamos
del camino justo a tiempo para evitar ser arrollados: dos hombres
de hierro pasan al galope a nuestro lado con teas encendidas
en las manos.
—Son de los nuestros. Llevan
los colores de Abuny.
Seguimos adelante con los
ojos escocidos por el humo. Jacques va tirando de mí:
las piernas me pesan como si fueran de piedra y el costado
me duele al respirar. Nunca he corrido tanto en toda mi vida,
y aun así llego tarde. Ya estoy viendo mi casa: el corral
está en llamas. Pienso en mi gorrino, en mi pequeña
cabra. Delante de la puerta, un grupo de soldados y un caballero.
Los soldados están forcejeando con Antoine, que intenta
liberarse. Junto a él, padre, sujeto por dos hombres.
—¡El amo no puede hacernos
esto! —gime padre.
—Es la guerra —contesta el
caballero—. Se prepara una gran batalla, nos replegamos hacia
el castillo del conde de Gevaudan y necesitamos a todos los
hombres.
Sabes que te debes a tu Señor.
—¿Y los campos, las
vides, nuestros animales? ¡Nos moriremos de hambre!
—No podemos dejarle nada al
enemigo.
En este preciso momento, los
soldados nos descubren. Uno señala a Jacques:
—¡Hay otro ahí!
Jacques me suelta y echa a
correr. Pero está cansado, y ni siquiera los pies más
fuertes y ligeros pueden nada contra los cascos de un caballo.
El guerrero galopa detrás de él y le golpea en
la cabeza con el pomo de la espada. Jacques se derrumba. Corro
hacia él y llego un instante antes que los soldados.
—¡Vete, Leola, vete!
No puedes hacer nada, ¡escóndete! —murmura, medio
atontado, mientras intenta incorporarse.
Le cojo la cabeza, le beso
las mejillas, le aprieto contra mi pecho como si fuera un niño.
Estoy llorando. A mi lado, el hombre de hierro parece muy alto
y muy oscuro encima de su enorme caballo de combate. Le miro
desde abajo: tiene un rostro fino y los ojos del color de las
uvas. Tiene un rostro pétreo y sin emociones. Clava
en los míos sus hermosos ojos sin corazón y dice
con voz quieta:
—Es la guerra.
Los soldados arrancan a Jacques
de entre mis brazos y lo levantan. Entonces vuelvo en mí:
pego un tirón, me suelto de la mano del hombre que me
sujeta y echo a correr. Sé que no vienen buscándome
a mí, pero las mujeres siempre estamos en peligro en
los tiempos difíciles, y aún mucho más
las mujeres solas. Así es que corro y corro sin mirar
hacia atrás, a mi casa, cuyo techo ya ha empezado a
prenderse, a mi padre, a mi hermano. Corro y corro entre las
briznas encendidas que se mecen en el aire, entre las hilachas
de humo y el restallar de los árboles que arden, mientras
los soldados del señor de Abuny se llevan a mi Jacques.
Fragmento de Historia del Rey Transparente
© Rosa
Montero |