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Invitados
Especiales
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e
d m u n d o | p a z - s o l
d á n | Bolivia, 1967 |
Doctor en Lenguas y Literaturas
Hispánicas por la Universidad de Berkeley. Actualmente
se desempeña como profesor de literatura latinoamericana
en Cornell University. En 1997 ganó el Premio de
Cuento Juan Rulfo con Dochera.
Ha publicado las novelas Río
fugitivo, Días
de papel (Premio Erich Guttentag), Alrededor
de la torre, Sueños
digitales, La materia
del deseo y El delirio
de Turing (V Premio Nacional de Novela de
Bolivia), los libros de cuentos Las
máscaras de la nada, Desapariciones,
Amores imperfectos
y la antología Simulacros.
También ha coeditado la antología de cuentos
Se habla español.
Su obra ha sido traducida al inglés, alemán,
finlandés y danés. |
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j
o s é | s a n j i n é s |
Bolivia,
1959 | Doctorado
por la Universidad de Syracuse. Especialista en la semiótica
del cine, la cultura y de los lenguajes del arte. Actualmente
se desempeña como profesor y director del programa
de lenguas en Coastal Carolina University. Ha publicado
artículos en revistas tales como Point of Contact,
Semiotica y Semiotics. Además de
poesía y cuentos para niños, es autor de Paseos
en el horizonte, un libro sobre la obra de Julio
Cortázar. |
Una
noche en Mi Medusa
Había
conocido a Laura (o mejor: había creído conocerla)
en la estación de tren, como suele ocurrir en las películas
románticas. Lo irónico era que ese primer encuentro
haya ocurrido en esta misma estación en la que Madelo esperaba
ahora, adormilado y con un descomunal dolor de cabeza, que llegara
el tren que lo llevaría lejos de Piedras Altas.
Ella había ido a despedir
a su enamorado de turno y todavía tenía un pañuelo
en la mano cuando se dio la vuelta de improviso al dejar el andén
y se topó cara a cara con él. Ella murmuró
unas disculpas, continuó su camino y de pronto se detuvo,
giró sobre sus talones y le preguntó si no era Ricardo
Madelo, el director de cine. Él dijo que sí, ella
sonrió, y la rueda de acontecimientos comenzó a
andar bajo su torpe, desasosegada, improvista dinámica.
Desde
su asiento en la estación, y casi a punto de volver a caer
dormido, Madelo no pudo distinguir si era su tren que llegaba
a la estación u otro que se alejaba de ella. Le pareció
oír unas sirenas y supuso (quiso creer) que la policía
tardaría al menos un par de días en recibir el sobre
y darle una nueva ojeada al Mi Medusa. Nadie lo echaría
de menos a él por unos días, no, Sarah sabía
que estaba de viaje y no iba a extrañarlo; tampoco echarían
de menos a Laura hasta el fin de semana, cuando su ausencia en
los restaurants y discotecas de moda sería un hueco fulgurante
en el corazón de la fiesta. Extraña, contradictoria
Laura, encerrada en su apartado caserón de lunes a viernes,
y de pronto un torbellino de presencias en los lugares más
palpitantes de la ciudad, hasta hacer pensar a la gente que se
trataba de múltiples Lauras las que tomaban Piedras Altas
por asalto.
Que la próxima escena
entablara con la última le pareció casi natural
a Madelo. A la espera de Sarah que llegaba de Las Lomas se había
distraído viendo a dos chicos jugar fútbol con una
naranja en un rincón del andén donde se arremolinaba
el polvo. De golpe la vio. Llevaba unos pantalones elásticos
con un diseño felino que parecía como pintado desde
las botas de taco alto hasta la cintura. Vio otra vez su ombligo.
Recordó haber recorrido su esbelta figura como si por una
fracción de segundo fuera invitado a explorar un peligroso
territorio que terminaba en una discreta sonrisa de boquita pintada
y en dos fijos ojos negros. Ella había vuelto a pronunciar
su nombre, y antes de que pudiera preguntarle cómo era
que lo conocía, escuchó su voz de nuevo...
--Me gustó Una noche en Mi Medusa...
Desde esa voz, Madelo recibió el título de su último
documental como una oferta. Esa voz...
--Mucho. Claro, quedó mejor con los arreglos que le hice.
--¿Qué arreglos?
--Las tijeras todo lo pueden. Alguna de estas noches deberías
verlo. De por ahí no lo reconozcas, pero ese es tu problema,
¿no?
Madelo sintió el tono
burlón en la voz calmada, la insólita agresión
que lo empujaba contra una pared. ¿Quién era esta
mujer que se había atrevido a cortajear su obra, y que
de paso le decía que la había mejorado? Era normal,
en su profesión, tener que soportar a esos artistas de
café que venían a contarle lo grandes que eran pero
que no eran capaces de escribir su nombre en una servilleta. Tanta
gente que se la daba de artista por nada más juntar un
par de frases sueltas en su cabeza, un par de imágenes.
Madelo la volvió a mirar, se dijo que su belleza merecía
que, al menos por un rato, le siguiera el juego.
--Espero que haya encontrado
suficiente material para hacer sus confecciones.
Seguro que esta chica creía, como tantos, que un documental
no era nada más que un reflejo automático de la
vida. Cosa de apuntar la cámara, hacerla rodar, y ya. La
pobrecita estaría convencida de que sus tijeras fueron
las primeras en entrar en escena. Ni idea tendría de que
filmar esa noche en el Mi medusa le había tomado casi seis
meses. La verdad que era divertido imaginarla haciendo remiendos
con sus tijeras, pero tener que volver a hablar ahora de montaje
entre imagen y sonido o de metaforización por enfoque le
parecía tan aburrido como esas recepciones en la universidad
donde sí había que ser un verdadero artista para
poder escabullirse de ellas para regresar a la calle y refugiarse
en algún taxi que lo llevara a otro lado. Y aunque Madelo
no le había dado mucha importancia al éxito de sus
anteriores películas, para él Una noche
era distinta. Una noche era un poema articulado como
las vicisitudes del deseo en el pequeño bar oscuro donde
había sido filmada.
--No ponga esa cara. Usted no me pidió permiso para incluirme
en su versión. Sí, yo estaba esa noche en Mi
Medusa. Soy esa mujer semiborracha acurrucada junto a dos
hombres que se puede ver un par de veces detrás de la pareja
bailando ese blues meloso. Creo que usted me recordará
mejor por la minifalda negra. Además no sólo hice
alteraciones, también me tomé la libertad de añadir
algunas nuevas escenas, las mejores del film, pienso, pero si
quiere verlas tendrá que hacerlo en otro medio.
Madelo hizo una mueca de hombre
de mundo. Ah, las mujeres de hoy, queriendo devolverle un poco
de sofisticación a lo que no era más que una transacción
entre cuerpos. “Si quiere verlas tendrá que hacerlo
en otro medio”. Debía reconocer que el camino para
llegar a esa frase-anzuelo había sido el más entreverado
de todos en los que había intervenido en su accidentada
vida de mujeriego sin pausas. No podía enfocar del todo
a esa mujer que desplazaba su identidad entre la muchachita que
acababa de conocer a su galán y la araña que tejía
sus hilos con placer y se relamía al ver cómo los
hombres, esos animales indefensos, caían sin misericordia.
--¿Qué otro medio?
--Tendrá que visitarme.
--¿Cuándo?
--Mañana. Pasado. El fin de semana. Cuando quiera.
--Ahora.
--Más vale temprano que tarde.
Madelo sonrió al ver que había recuperado la iniciativa
pero tuvo la sensación de que alguien se había tomado
licencias para escribir la escena. Al paso en que iba este diálogo
sólo faltaba que ella dijera la gata tiene hambre y que
él respondiera en cualquier otra mujer esos pantalones
serían cursis. Reconoció otra vez la arraigada proclividad
profesional que lo llevaba a verlo todo desde afuera. Acaso era
por eso que hace tanto que no se había enamorado. El artista
siempre solo, como Velásquez en las Meninas, y cosas así.
A Sarah, que descendía la escalerilla del tren, le pareció
reconocer la silueta del hombre que se alejaba con esa mujer que
a pesar del camuflaje parecía andar desnuda. Uno de los
residuos de la noche de Piedras Altas, buena para una de las brillantes
ideas de Ricardo, pensó irónicamente, segura de
que él la esperaba o se apresuraba para no llegar tarde.
Recordó algunas de las partes que había escrito
para ella: Renata, la decente ama de casa en conflicto con sus
fantasías; Verónica, la misteriosa femme fatale
del auto-stop; Laura, la más difícil de todas, siempre
esquiva, como un sueño.
--Vamos a un hotel --dijo Madelo que por primera vez se atrevía
a dejar plantada a Sarah.
--No ahora --arañó la mujer subiéndose al
primer taxi de la fila--. Esta noche a las diez en Mi Medusa.
Ya sabrás como reconocerme. Y no te olvides de andar en
busca de lo que más te gusta.
La mujer desapareció y Madelo se rascó la cabeza.
La noche prometía sorpresas.
--¿Con quién hablabas? --escuchó, de pronto.
Giró y se topó con Sarah.
--Una vieja amiga --improvisó Madelo, dándole un
tibio beso en los labios.
--¿Cuán vieja? ¿Quince minutos, tal vez?
Había molestia en la voz. Madelo pensó que si Sarah
hubiera llegado cinco minutos antes, se habría producido
un encuentro similar al del desenlace en Muerte sin nombre,
su primera película. La vida se esforzaba por imitar a
ese mundo de magníficas coincidencias del cine. El esfuerzo
terminaba en fracaso, las líneas convergían con
intenciones de encontrarse y, en el instante final, volvían
a bifurcarse. Sarah jamás llegaría a conocer a esa
mujer, salvo si ambas estuvieran dentro de los confines de un
guión. Era patético.
Entonces Madelo tuvo una idea
que lo remeció con su amenazante, cristalina lógica.
--No seas celosa, si precisamente le estaba hablando de ti...
Está de visita y no conoce a nadie. Quedé en que
los dos nos encontraríamos con ella esta noche. A las diez,
en Mi Medusa.
Esa
noche Mi Medusa parecía abjurar el ritmo de la
noche. Afuera llovía mansamente sobre los viejos adoquines
que reflejaban jirones de la luna. Madelo puso las manos sobre
los hombros de Sarah al entrar al concurrido local que ardía
con las muchas lenguas del deseo. El fervor de las voces se mezclaba
sin fisuras con la música y los móviles contornos
en el aire espeso del tabaco. No sé si te besaría
o te mataría si te volviera a ver fueron las primeras
palabras de la canción que Madelo alcanzó a escuchar.
Lo primero que reconoció Sarah fue el acecho de las miradas.
Se sintió hermosa y excitada como ante el ojo de la cámara,
pero ésa era una mirada mucho menos amenazadora que las
que venían de las sombras.
--No sé como pudiste filmar nada en esta luz, dijo ella
alzando la voz sobre la música.
Madelo se encogió de hombros.
--Lo que sé es que estoy seco. Vamos a pedirnos unos tragos.
Sentados en un rincón de la barra Sarah prendió
un cigarrillo.
--Hay cada personaje aquí... Mira cómo tienen la
ropa y los ojos esa pareja que salieron casi juntos del baño
de las mujeres. No sé por qué pero este lugar siempre
me recuerda a Laura. Aparte que tenía que tomarme unos
tragos antes de decir sus líneas --confesó Sarah
relajándose con los primeros calores del coñac--.
¿Y si no viene tu amiguita? ¿Cómo dijiste
que se llamaba?
--Si no se aparece, allá ella --fue la respuesta de Madelo
a la primera pregunta, y evadiendo la segunda continuó
casi sin pausa...
--Nos calentamos un poco más aquí, nos vamos a casa,
te dibujo unas gaviotas en los senos, y me chupo sus vuelos para
que no se vayan...
--Basta con que dibujes una. Más vale un pájaro
en mi mano que mil volando...
Ya alegres y las once, y todavía
ni rastros de la mujer de la estación. Vámonos,
dijo Sarah un poco borrachita. Una canción más,
pidió Madelo buscando minifaldas negras. "Ya sabrás
cómo reconocerme. Y no te olvides de andar en busca de
lo que más te gusta", le había dicho como en
clave. Era raro, pero al pensar en ella sentía su presencia.
Entonces escuchó el comienzo de la canción.
--¡Ay no! Otra vez el tema de Laura --exclamó Sarah
sin ganas para meterse en tanta deseosa nostalgia--. Se ha hecho
popular y yo quise hacerla única.
Casi al mismo tiempo Madelo reconoció
esa voz. ¿Podía ser...? No, no podía. Había
visto el video de ese tema y la Laura que aparecía allí
no tenía nada que ver con la mujer de la estación.
O era que un juego o una manipulación digital había
permitido que el rostro de esa mujer fuera diferente en la pantalla,
o era que efectos especiales baratos --maquillaje excesivo, una
peluca-- la habían hecho irreconocible esa mañana.
Pero la voz no mentía. ¿O sí? Uno no estaba
seguro de nada en estos tiempos. Al menos, pronto tendría
la respuesta. Pronto aparecería ella.
--¿Por qué quisiste hacerla única? --preguntó
Madelo, tratando de seguir la letra de la canción, y sin
pausa añadió una segunda pregunta, la que de veras
le importaba... --¿te das cuenta que ésta es una
nueva versión?
--Parece que el tema se ha vuelto música de karaoke. Pero
la voz no está mal... no, no está nada mal. ¿Y
que por qué quise hacer única a Laura? --repitió
con tono de incredulidad. --Tenía que ser única
porque todas las mujeres de su tipo llevan jeans apretados y terminan
en aprietos por sus jeans, a todas les gusta hablar de Telemann
en la mesa pero prefieren ver la tele en la cama con su man. ¿Quieres
que siga?
--No me hinches --dijo Madelo para ocultar que se sentía
un poco burro por haber pensado en manipulación digital
y maquillaje excesivo ahora que la voz de Laura le volvía
a llegar nítida como un monedita. Era, claro, una nueva
versión del tema musical que fue el trasfondo emocional
de Sarah en la película que luego popularizó el
video con la voz y letra de Franchesca. Pero ahora era otra voz
la que cantaba el fantasma de tu amor ronda por ahí...
--Vámonos --volvió a decir Sarah--. Ya ardo, Ricardo.
Madelo la miró con deseo. Estaba deliciosa en esa luz y
con esa música. Sintió que una mano se posaba, cálida,
sobre su muslo. Y no podía ser la mano de Sarah que encendía
un nuevo cigarrillo.
--¿Usted es el director de cine? --era uno de los mozos
del bar. Madelo apartó la mano de su músculo. Respondió
que sí.
--No se asuste. Una señorita me dejó un autógrafo
y se fue.
El mozo sonrió con picardía
y se perdió entre las sombras. Madelo leyó la nota
en letra apurada, que le decía que había cambiado
de idea y que los esperaba en su caserón a las afueras
de la ciudad. Un mapa dibujado con trazos firmes acompañaba
la nota.
--¿Qué pasa, Ardorcito? --dijo Sarah.
--Nada. Que hay gente que se cree muy viva. ¿Vamos?
Salieron del bar. En el camino al auto, Madelo se preguntó
por qué diablos, si el plan de ella era de entrada llevarlos
a su casa, los había citado en el bar. Lo había
citado, se corrigió Madelo; porque para Sarah, la mujer
de la estación iba a ser una sorpresa. Se le ocurrió
que acaso en esa larga hora había sido filmado por una
cámara oculta detrás de algún espejo, o desde
alguna esquina del recinto opresivo en humo. Había siempre
ojos que los miraban, y cámaras que los registraban.
Debía sacar ese pensamiento
de su mente. La paranoia no conducía a nada --salvo quizá
a mantenerse alerta. Acaso era mejor evitar ese juego peligroso,
no ir en busca de la mujer de la estación, y proponerle
a Sarah volver a casa a hacer el amor acompañados por la
porno de turno en Venus TV. Una de las maneras de digerir los
fuegos que ardían esa noche en Mi Medusa.
Subieron al auto. Madelo reflexionó que nada le gustaba
más que sentirse habitando un film noir, y que,
por lo tanto, el siguiente obvio paso era seguir las instrucciones
para llegar a ella.
Pasó por alto la primera
luz roja y la segunda, acelerando calle abajo sobre los adoquines
del viejo centro de Piedras Altas. Acostumbrada ya a su manera
de manejar, Sarah hizo un esfuerzo por leer las instrucciones
de la nota bajo la débil luz de la guantera.
--La letra de esta tu amiguita es un dédalo del carajo,
pero en el dibujo está claro que pasamos la plaza del soldado
desconocido o, como la llamas vos, la del dormido, en la estación
doblamos a la izquierda y seguimos por la Sarmiento o Sacramento
--dijo ella, bamboleándose hermosamente de un lado a otro.
--¿Cómo dijiste que se llama tu amiguita? --agregó
al ver que la nota no llevaba firma.
--Laura --respondió Madelo sin pensar y casi al mismo tiempo
la sorpresa de haberle dado ese nombre a la mujer de la estación.
El jeep cruzó uno de los
puentes del río de Los Bajos para trepar en segunda el
cerro empinado por el camino de tierra. Buscaban la calle Málaga
número 21. Se detuvieron en una tienda mal alumbrada para
pedir direcciones y comprar cervezas y cigarrillos. Luego fueron
a arrimarse al borde del camino para ver las luces de la ciudad
desde las alturas. Y ahí Ricardo y sus modos de saborear
la noche; y ahí Sarah abriendo otras dos latas y dejando
caer como distraída sus dedos sobre su entrepierna. "Una
ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes",
recitó él sin saber bien en qué o en quién
pensaba. A eso de las doce siguieron rumbo arriba, Magnolia primero,
después Málaga.
Ella fue la primera en ver la
silueta del oscuro caserón iluminado por las luces de Piedras
Altas. La casa era un fantasma agazapado. Madelo apagó
el jeep y miraron la casona en silencio. Una luz se encendió
en una de las ventanas del segundo piso, como para recibirlos.
-----Bajaron.
La puerta se abrió. No había nadie. Madelo y Sarah
entraron, vacilantes. Sintió la mano de Sarah buscando
su apoyo. Esperaron unos minutos hasta acostumbrarse a la oscuridad,
vieron el rellano de la escalera y Madelo sugirió subir,
había una luz esperándolos en el segundo piso.
--Ya no quiero seguir --dijo Sarah--. Tengo miedo.
--No te preocupes --dijo Madelo, preocupado--. Estás conmigo.
Y entonces todo volvió a él. Se acordó de
aquel tonto guión que había escrito más de
veinte años atrás, el primero que había intentado
vender sin suerte. Era un pastiche de estilos, el noir
encabalgado con el western y el gothic, un homenaje
continuo a aquellos grandes que admiraba --Lang, Wilder, Ford--,
tan continuo que uno no podía encontrar una sola línea
original de Madelo (le habían dicho que todo eso era un
plagio pretencioso, pero él pensaba que hasta para plagiar
había que ser original). Se le ocurrió que todos
los actos de ese día habían sido dictados por alguien
que conocía ese guión, era una trampa de la cual
Laura era apenas la punta del iceberg. ¿Pero, por qué?
¿Y para qué?
Se acordó de que en su guión, el detective, en la
escena final, subía las escaleras de la casona abandonada
en busca de la femme fatale que había asesinado
a su esposo para beneficiarse con su seguro de vida. Recordó
que en su guión el detective moría (por eso los
grandes estudios lo habían rechazado, el detective no podía
morir en una película).
Vacilante, palpitando, Madelo
dio el primero paso y comenzó a ascender los escalones
en la penumbra. Vio a Sarah que se agarraba a él con fuerza
y lo miraba con grandes ojos como preguntándole si estaba
seguro. No lo estaba. Sin saber por qué Madelo siguió
subiendo los peldaños sigilosamente, tomando excesivo cuidado
al poner en ellos el peso de su cuerpo. Reconoció primero
en sí la avidez de quien se esfuerza por no hacer ruido
para no despertar, después el culpógeno temor de
que alguien lo escuchaba y casi al mismo rato la insoportable
certeza de saberse escuchado.
Se detuvo al final de la escalera.
Frente a ellos se extendía un corto corredor bordeado por
un endeble pasamanos de madera. Al fondo una puerta entreabierta
de donde provenía una luz que centelleaba débilmente.
Casi no respiraba. Se esforzó por aguzar el oído
pero lo ensordecía el galopar de la sangre en su cabeza.
Nada. Sólo el suave golpe de los tacos de Sarah que se
apegaba más a él.
De pronto oyó una risa de mujer.
--Veo que a ustedes hay que tratarlos con pinzas.
La ironía los sacó de la parálisis, pero
el miedo continuaba. Escucharon el comienzo de una canción
que provenía del cuarto con luz. Madelo creyó reconocer
la música.
Se aproximaron. Sarah respiró
hondo y empujó la puerta, casi con desafío. Madelo
la siguió, incrédulo.
--Hagan de cuenta que están en su cama, chicos... viendo
una película. Pobre profesor, tan acostumbrado a Poe y
le hacemos recordar a Stephen King… Le juro no romperle
las piernas. Y usted señorita, veo que la estimula la mirada
de las cámaras. Háganme el favor de entrar y tomar
asiento. La casa es chica pero el corazón es grande…
y sin censuras.
Entraron en la habitación
iluminada por el ojo parpadeante de un televisor. Escucharon nuevamente
esa voz, sin poder saber de dónde venía.
--Pensé en prepararles un cuarto con un bar y un gramófono
como me gusta a mí, pero sé que a usted le gustan
Hitchcock y Lang ¿o dijo Pabst? No importa. Entonces pensé
que quizá sería mejor un cuarto con un proyector
de películas de las de 16, a la antigua. Me gusta usted,
no porque crea saber cómo apropiarse con originalidad la
obra de otros, sino porque creo que en el fondo lo que usted busca
es el fermento del alma. Por lo pronto prefiero que vea usted
unos cortes de nuestra obra. Perdón, de su obra.
Madelo escuchó su risa
deseosa y relajada en la que se sentía el placer de la
ironía.
--Recuerdo haber leído en algún lado que usted piensa
que la manipulación digital es el curso del futuro, dentro
de pocos años nadie sabrá si la imagen lleva un
toque o no, por la ventana la autenticidad ontológica de
la imagen, y por la ventana la estética de la ventana.
Madelo vio reflejadas en la pantalla
las imágenes de una de sus películas. Pero no eran
precisamente las imágenes de su obra.
En el trasfondo de una escena de Una noche en Mi Medusa
pudo ver, nítidamente y por primera vez, a un grupo de
adolescentes inquietos que bebían y bailaban y se drogaban
y se toqueteaban junto a la barra, y ver también a un hombre
que yacía de bruces sobre su mesa. Un borracho, había
pensado Madelo mientras captaba la imagen, y había seguido
rodando, despreocupado. Pero esta vez era como si alguien hubiera
manipulado sus imágenes y añadido un zoom que lo
acercaba al borracho para revelar que el borracho estaba tirado
sobre un charco de sangre. Para revelar que el borracho era un
hombre muerto.
--¿Lo recuerda? --dijo la voz--. Pedro Granados, el gran
industrial secuestrado y de quien no se sabe su paradero. El esposo
de la joven mujer de sociedad Laura Biagiotti, que, de acuerdo
a los chismes, le era infiel con adolescentes imberbes que encontraba
en los bares que solía frecuentar. Laura, sospechosa del
secuestro de su esposo y de posible asesinato.
¿Qué hacía
Pedro Granados en su película? Madelo intentaba armar un
argumento lógico, lograr que la coherencia racional lo
sacara del enredo en que se hallaba y en el que había metido
tontamente a Sarah. ¿Qué quería la mujer?
¿Qué carajo quería la mujer?
La imagen se congeló en
la pantalla.
--Si preguntas por la técnica, no es más que un
entramado digital. Si preguntas los porqués, tendrás
que resolverlo por tu cuenta.
--Laura... --llamó Madelo buscando un rostro a quien dirigir
la voz--. Sus arreglos dejan mucho que desear. Tecnológicamente
interesantes pero la verdad que me parecen hasta ahora pobres
estéticamente.
Hubo una pausa cargada, lacerante.
--¿Está usted a punto de cometer un crimen y sólo
se le ocurre subestimarme? Recuerde que ante un jurado la opinión
popular, la doxa como la llamó usted en una de
sus clases, tiene cien veces más fuerza de verdad que la
verdad misma.
--Puede ser, pero si quiere que hablemos del otro lado de ese
problema hágame el favor de salir de su escondite. No hemos
venido aquí para repetir juegos de adolescente ni de detective.
--¿Repetir? Me imagino que lo dice porque piensa en esa
película en la que el amante sube sigilosamente la escalera
de una vieja casa, una casa como ésta, así, igualita.
La sube revisando la carga en el tambor de su revolver mientras
la mujer que desea lo espera en la cama de su alcoba con un cuchillo
entre las sábanas. ¿Recuerda cómo el cuchillo
penetra en el corazón de la amante precisamente al mismo
tiempo que la bala destruye el del amante? Los corazones eran
distintos pero era uno el deseo. Me pareció una bella metáfora
del amor, maestro. Pero no se preocupe, ni se haga ilusiones,
le aseguro que este misterio encubre un crimen mucho menor que
el del amor. Se lo digo para ayudarlo a llegar al corazón
de un laberinto en el que, conociéndolo, seguramente cree
que lo espera una cama o una fiesta.
--Dudo que te sorprenda que me cuesta aceptar tus garantías
--pronunció Madelo, en tono suave, a la vez seducido y
buscando seducir a esa voz de otra manera. --Desde esta mañana
en la estación estás en todas partes y en ninguna.
--Le estás hablando a esa voz como un enamorado --reclamó
Sarah con tono de mujer herida. --¿No te das cuenta que
esto no es un juego? Esta casa tiene más ojos que Argos,
y todos están abiertos y parece que nos estás escuchando
hasta el pensamiento.
Como a manera de respuesta la imagen congelada en la pantalla
de vidrio dio paso a otra. La nueva escena aparentemente no añadía
nada a la intriga: una pareja bailaba un blues abandonadamente,
una mano acariciaba una cadera. Pero nuevamente un zoom al cual
Madelo no estaba acostumbrado acercaba lentamente al grupo de
personas que ocupaba un raído sofá detrás
de la pareja que bailaba. Se trataba de una mujer reclinada entre
dos hombres, tenía las manos en la espalda aparentando
que estaban atadas y jaladas hacia arriba, en posición
de sumisión.
Sin poder aún deducir el propósito, Madelo pensó
que lo más probable fuera que la imagen hubiera sido apresada
en otro bar, porque si bien de vez en cuando entraban algunos
góticos curiosos al Mi Medusa, todos sabían
bien que ellos preferían sus propios locales, y además
Madelo no recordaba haber visto ni sombra de vampiros durante
la filmación de Una noche.
Todos los puentes de la razón
se derrumbaron de golpe cuando Madelo, estupefacto, vio en la
pantalla que el rostro de ese cuerpo extenuado que miraba de soslayo
al ojo seco de la cámara con un deseo mórbido, dulce
y peligroso era el rostro de la mujer de la estación. Era
la gata deseosa, era Laura con fuegos de humedad, Laura Biagiotti,
sí --Madelo ahora recordaba haber visto su fotografía
en la prensa-- pero también, y sin saber ni cómo
ni por qué, era Sarah, era Sarah en el papel de la Laura
de su film, de pronto nítidamente ella, la imagen de Sarah
que había filmado en un cumpleaños en casa de sus
tías, y enseguida Laura, seductora, depravada, sedienta,
casi irreconocible ahora que el montaje hacía que su rostro
proteico pareciera lamer la sangre de Pedro Granados.
--¿No le gusta? --preguntó
la voz. --Aún no es tarde para hacer algunos cambios.
Y claro, para completar el círculo, esa voz que no se parecía
a la de Laura, también debía ser la de Sarah. Madelo
se soltó de Sarah con brusquedad, se alejó de ella.
La miró y trató de verla como era ella antes de
Laura. No, no podía, esa imagen se superponía y
contaminaba a la otra, y ahora era él --o su activa paranoia--
el que terminaba por superponer ambas voces y no saber si lo que
estaba viviendo, esa Sarah de carne y hueso que lo miraba ahora
con distancia, era más real que la sucesión de imágenes
congeladas en la pantalla.
--Lección para todos los seudointelectuales --dijo Sarah,
una mueca sardónica en el rostro--. Que el estudio de las
femmes fatales y de su recreación en tus films
no te impidan ver más allá de tus narices y darte
cuenta que una más peligrosa que todas juntas duerme contigo
todas las noches.
Madelo la miró incrédulo.
En el umbral, de improviso, se
recortó una silueta. Era Laura.
--Tranquilízate Ricardo, es lo que piensas --dijo Sarah
con esa sonrisa y en ese tono dulzón con que sabía
ganarlo --. Brindemos por eso.
Y acercándose a uno de
los muebles sacó una botella y llenó dos vasos.
Luego se acercó a Laura y le dio un beso en los labios.
Laura sonrió y deslizó su mano suavemente por la
cintura de Sarah. Sarah miró a Madelo dulcemente restriñendo
los labios en un beso que a la vez lo libaba y desafiaba.
Aún atónito, Madelo
se tomó el vaso de un trago, sentándose en el primer
sillón. Sarah se sentó a su lado, acercando su copa
a sus labios, haciendo el gesto de tomar. Volvió a llenar
la copa de Madelo incitándolo a tomar con la mirada.
Sin poder resistir, Madelo volvió a beber y sintió
que se adormecía lentamente. Con el trasfondo de la música
de Una noche que venía del televisor, llegó a pensar
en ese viejo recurso de película en blanco y negro, las
viscosas gotas disolviéndose en el whisky, llegó
a escuchar la voz de Sarah que le recordaba haberle dicho que
no era muy tarde para hacer cambios, ¿qué cambios?,
la voz de Sarah diciéndole sólo quería
verte y que me vieras por última vez ya que después
de esta noche no creo que tengas ganas de volver a buscarme.
--Sabemos que eres muy bueno para
explorar el deseo en tus películas --dijo Sarah, socarrona--.
Pero monotemático.
--Siempre --continuó Laura--, el deseo de un hombre por
una o por varias mujeres. Por eso, supongo, no viste lo que ocurría
en tus narices. No dejabas que a tu mujer se le acercaran los
hombres. Pero, por suerte, no tenías problemas con las
mujeres.
Sarah abrió una puerta que daba a un corto corredor. Laura
la siguió. Madelo las siguió sin decir nada. Tuvo
que sujetarse a Laura cuando descendieron por unas escaleras mal
iluminadas. Adormilado, intentó comenzar a deducir los
pormenores de la tramoya. Añadir a Una noche una
imagen del cuerpo inerte de Granados, otra que con un close-up
revelara el resplandor de un disparo o de un cuchillo, luego
el rostro inequívoco de Madelo con las manos en la masa.
En el rellano Sarah abrió
otra puerta. Luchando contra el sueño, Madelo se dejó
guiar hasta el fondo del cuarto, se dejó acomodar en un
viejo sofá. Cuando sintió que una de ellas le daba
un beso en los labios, Madelo quiso concluir que Sarah había
decidido vengarse de sus muchas travesuras con una mucho más
desorbitada. Casi placenteramente vencido pensó que ahora
era sólo cosa de esperar a Laura y atenerse a lo mejor.
--Laura
y yo nos cansamos de nuestros maridos--escuchó decir a
Sarah--. Y decidimos comenzar de cero. Así que, después
de esto, nos borraremos por un rato. Hay que darle un poco de
tiempo a esos sabuesos para que por fin puedan ver bien y apreciar
tu película. Seguro que Mi Medusa les va a gustar
tanto como nos gusta a nosotras. Y a ti suerte, querido.
Vio venir a Laura pero no pudo
tocarla. Vio venir a Sarah pero no pudo tocarla. Vio que una se
fundía en la otra. Sarah, o Laura, de tacos altos, lúbrica
y a la vez discreta, entrando en un hotel del centro, y en la
siguiente escena la niña sonriente partiendo torta con
sus amigas, ahora las dos bailando juntas en esa secuencia que
Madelo había tomado de la Lulú de Pabst, Sarah,
o Laura, con un collar de seda negra en brazos del muchacho imberbe,
ellas posando junto a él en el sofá para una cámara
oculta en ese mismo cuarto donde una pantalla de vidrio repetía
sus imágenes.
Era
mejor, después de todo, que la última imagen que
lo visitara antes de perder el conocimiento no fuera la de la
Sarah real, ni la de la Laura real, sino la de alguna de las imágenes
que creó en honor a las mujeres, por ellas, para ellas.
Cuento inédito
© Edmundo Paz Soldán y José Sanjinés
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