LA CIRCUNFERENCIA INCONCLUSA
Octavio Vinces | Perú, 1968 | Ha residido en Perú, Venezuela, Argentina y los Estados Unidos. Estudió Letras y Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú e hizo un postgrado en la Universidad de Cornell. Ha escrito cuentos y el poemario inédito La distancia. También es autor de novelas Las fugas paralelas (Premio Primera Novela-UNAM-Alfaguara 2003) y de La circunferencia inconclusa. |
El Metro sigue marchando con inmejorable fluidez a lo largo de su ruta encajonada. Desde mi ubicación las sucesivas estaciones vienen apareciendo como una serie indefinida de películas superpuestas y en las que los actores se afanan en huir de la escena. Pálidos, risueños, agobiados, los ya contados pasajeros se miden, se observan con temor o desconfianza o indiferencia. Algunos callan, pocos leen. Otros conversan en grupos pequeños e improvisados o se animan a hacer un comentario o un chiste sobre la situación del país. Y yo me siento completamente ajeno.
Salvo la ocasión en que estuve con Mayra en la ruta del sentido contrario, nunca he viajado acompañado en este sistema de transporte. De alguna manera esto me ha permitido jugar el tranquilizante papel de personaje anónimo (o a lo sumo un extra). Han sido pocas veces en realidad: un par de idas y venidas a la avenida San Martín, la visita al centro comercial, algún otro viaje cercano y sin mayor trascendencia.
Frente a mí está sentada una mujer de mediana edad y con el cabello rubio, que subió en la estación de Bellas Artes. Quizá sea hija de españoles o de portugueses. Bajo la tela blanca de sus pantalones unos muslos resistentes y ligeramente carnosos logran sugerirse. Imagino que debe de tener un par de piernas aún apetecibles. Está completamente concentrada en su walkman y en una revista de variedades, por lo que difícilmente alguien podría considerar la posibilidad de establecer una conversación con ella. Sin embargo me gustaría intentarlo. Cuestión de curiosidad o deseos de evadir el aburrimiento.
Simulo que mi boleto del Metro cae accidentalmente hacia su posición (un casi imposible físico, de no mediar una voluntad expresa). Para mi buena suerte, fue a parar justo debajo de sus piernas. Además lo ha visto.
Al observar que inclino mi cuerpo hacia ella, lo recoge del piso y me lo entrega. Aprovecho la oportunidad para dirigirle unas palabras y entonces se quita momentáneamente los auriculares.
—Muchas gracias. —Me esfuerzo en subrayar mi acento extranjero—: Si tú no me lo devuelves no lo habría encontrado.
—A la orden —me responde con una típica sonrisa de relax caribeño. Una reacción positiva teniendo en cuenta lo avanzado de la hora y que soy un total desconocido que la está interrumpiendo. Es mi ocasión para buscar una atención superior a la que merecería un episódico intercambio de palabras:
—Voy a la avenida San Martín, cerca de la iglesia de San José. Debo bajarme en Capuchinos, ¿verdad?
—Sí. Yo me bajo una estación después, en Maternidad, así que te puedo avisar cuando lleguemos.
Volvió a colocarse los auriculares y a su patética revista.
Bingo, me digo en verdad satisfecho.
Por el pasillo del vagón avanzan un par de hombres negros con corbatas y camisas de manga corta, que se detienen como a dos metros de mi ubicación. A pesar de que hay suficientes asientos vacíos prefieren permanecer de pie. Sostienen un diálogo a viva voz en una lengua que invita a pensar en una especie de francés arcaico o troglodítico. Gesticulan con vivacidad y elocuencia, y señalan a ratos el techo del vagón (tal vez un símil del cielo o de la vida eterna). No puedo evitar acordarme de la falsa y fatídica historia de los zapatos Nike de Cheíto.
Hoy no tuve ganas de ir a la oficina, y Giles me llamó un par de veces al celular. Luego lo hizo a la casa (supongo que el anterior director le habría dado su teléfono personal por cualquier emergencia: solidaridad de extranjeros que nace de la necesidad y del compartir una misma no pertenencia, no de la amistad o la auténtica simpatía). Sobre el final de la tarde —cuando suponía que ya todos se habrían marchado— pasé por ahí, y por fin me decidí a revisar los e-mails de Ginebra. Giles volvió a asomarse y me preguntó si no necesitaba cualquier cosa: hablar un rato, beber un trago, o tal vez comer algo o meterme una línea de cocaína. Le dije no, gracias. Lo que menos quería era seguir creando dependencias, abriendo mayores flancos a través de los cuales él pudiese seguir espiándome como un voyeur impertinente.
Ya estaba seguro que conocía el contenido de mis e-mails antes que yo.
No lo busqué para despedirme. Me retiré de la oficina, tomé el ascensor y salí a la calle. Enfrente de la fachada del edificio la terraza del café de moda seguía estallando de felicidad e insufrible exhibicionismo. Mis manos sudaban, mi párpado palpitaba. Mi mente me repetía que la suerte estaba echada.
Caminé unas cuantas calles sin dirección aparente. Pasé delante de mi edificio, luego del Beirut. De pronto me estaba preguntando por qué mis recientes contactos habían generado invariablemente conclusiones erróneas. Pensé especialmente en Cheíto, en las causas de su estática e intolerable existencia. Y en Mayra, en su permanente camuflaje, la falsa paternidad sobre la que pretendía fundamentar su permanencia —o su cárcel— junto al esbirro cornudo.
Y entonces percibí los rasgos comunes con la historia de Monique.
Me acerqué a la estación de Parque del Este. Compré un boleto de ida y vuelta. Tuve que correr por las escaleras y el andén para abordar este vagón.
Cuando ingresé al baño Monique estaba saliendo de la ducha. De inmediato reaccionó poniéndose la bata, como si fuese preciso cubrir su desnudez ante una invasión que le resultaba impertinente o repulsiva. Nada de eso me lo dijo. Ni me consta. Yo especulaba, yo ataba cabos. Y sacaba conclusiones.
—Traidora —susurré, y ella me miró con extrañeza, como no comprendiendo lo que sucedía.
No le di tiempo para aclarar o preguntarme nada.
Mis manos aún palpan su cuello latiente, mis ojos aún contemplan sus rodillas hincadas en el piso del baño.
No estaba del todo seguro de mis conclusiones. Tan sólo me fié de la especulación, del ciego fanatismo que sobre mí ejercía mi capacidad de inventiva. Ese fue mi acierto o mi pecado.
Por eso he abordado este tren que recorre con un ritmo doloroso las profundidades de esta ciudad momentánea. Me he propuesto culminar lo que el marido de Mayra no culminó —por ignorancia, sadismo, o simple debilidad—. No dejaré paso a la traición que se repite ante mis ojos, esta vez sí con todas las evidencias del caso (lo relatado por ella me permite incluso afirmar que a confesión de parte, relevo de prueba). Como es obvio, Cheíto será incapaz de oponerme resistencia. Y respecto de Mayra —la mujercita de ese maldito, como la llamó Graziella con total conciencia— tendré que apelar a la poca o mucha confianza que aún debe tenerme.
Todavía me quedan unos minutos más en este vagón. Cierro los ojos confiado en que la rubia del walkman me anunciará que hemos llegado a la estación indicada.
Fragmento de la novela inédita La circunferencia inconclusa
© Octavio Vinces |