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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

 

COMO DESAPARECER COMPLETAMENTE

Mariana Enríquez | Argentina, 1973 | Nació en la ciudad de Buenos Aires y es Licenciada en Comunicación Social (Universidad Nacional de La Plata) y periodista. Actualmente escribe en los suplementos Radar, RadarLibros y Las 12 del diario Página/12 y es columnista de la revista TXT. Su primera novela, Bajar es lo peor, fue publicada en 1994. También es autora del libro Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004).

 

Matías paró a charlar con la Gorda Suárez después de comprar cigarrillos. Le daba mucha lástima. La gente del barrio apenas la saludaba cuando la veían sentada, enorme y enferma en la puerta de la casa, sobre dos sillas, sola. No podía levantarse sin ayuda. Matías no podía evitar preguntarse, cuando le decía buenas tardes, si la señora Suárez usaba pañales o se aguantaba o si a cada rato alguno de la familia la buscaba y la llevaba al baño. Él la saludaba y le hablaba, era el único del barrio que lo hacía, desde que Cristian se había ido. La Gorda siempre le decía que él y su hermano eran los mejores chicos del barrio, que tenían un gran corazón. A Matías le daba vergüenza que dijera eso, pero le gustaba un poco.

No quedaba ninguno de los chicos Suárez. Marcelo se había casado y vivía en Temperley. Carlitos vivía solo en Constitución y había entrado en el sindicato de los gastronómicos, por suerte, así no lo podían echar del trabajo. Mario estaba preso, por robar coches y venderlos a desarmaderos. Sólo quedaba el señor Suárez, verdulero, y su hermano Ovidio que, como trabajaba de noche, la acompañaba a la tarde, los dos sentados en la puerta comiendo bizcochitos y tomando mate. Ovidio era sereno en el cementerio de Lanús.

Carla, Cristian y El Tigre nunca habían sido amigos de los chicos Suárez. Les tenían miedo: decían que el tío limpiaba cadáveres y no se lavaba las manos para comer. Y a veces atendía la verdulería de su cuñado con las manos sucias. Decían que le robaba anillos y ropa a los muertos. Así que casi nadie jugaba con los chicos Suárez, morochos, y silenciosos.

Pero espiaban a la Gorda Suárez. Antes, Matías se acordaba, en su casa había una pileta honda, celeste, al lado del galpón del fondo. No era de plástico, no estaba empotrada en el suelo: era de material, levantada sobre la superficie del patio, y cuando se rajó, Papá la tiró abajo para ampliar el galpón. A Matías le encantaba esa pileta, y había llorado cuando Papá destruyó con la ayuda del albañil Samuel. Los Suárez tenían una Pelopincha naranja, y se los podía espiar desde el techo del galpón. Cristian, El Tigre, Carla y Matías podían pasar gran parte de la tarde en el techo, muertos de calor, quemándose con la chapa que ardía sólo para ver entrar en la pileta a la Gorda Suárez.

Llegaba, y con una lentitud de elefante, metía primero una pierna violácea, después la otra. Y tambaleando se dejaba caer, con el batón puesto. Nadie podía imaginar que se atreviera a usar una malla.

El batón se hinchaba y flotaba a su alrededor, enorme. Los chicos casi siempre salían de la pileta cuando ella entraba, o quedaban como apéndices de un monstruo marino agarrados de los esquineros de plástico celeste. La Gorda sonreía, feliz y agitada. Le gustaba el agua, la refrescaba, la ponía contenta.

La apuesta de la tarde era si la entrada de la Gorda Suárez iba a rebalsar o no la pileta. La señora sabía que se reían de ella y sufría. Pero saludaba a todos desde la puerta, preguntaba por los parientes enfermos, por el estudio, por el trabajo, y algunos chicos le regalaban mandarinas. Ella las desmenuzaba con sus manos moradas. Le gustaban las mandarinas. Olía a mandarinas, y a sudor.

Una vez, la señora se metió en la Pelopincho y empezó a chapotear, y Carla a reírse. Pero el Tigre se paró sobre el techo de chapa, bronceado, con sus shorcitos de jean y dijo:

--Le está agarrando un ataque, boluda, callate.

Carla siguió riéndose, igual. La Gorda gruñía y hacía gestos espasmódicos, la boca ovalada para juntar aire.

--Mamá se ahoga --gritaba Carlitos Suárez, y toda la familia corrió hacia la pileta, y Cristian se bajó del techo. Enseguida lo vieron aparecer en el fondo de los Suárez.

La señora ya no se movía, y el sereno del cementerio gritaba que era el corazón, que le había fallado el corazón. El papá Suárez gritaba pidiendo una ambulancia.

Cuando Carla dejó de reírse, Cristian y los demás trataban de sacar a la Gorda de la pileta. Bufaban, querían dar vuelta la Pelopincho , pero nada. Cuando el enterrador dejó de gritar y los ayudó, lo lograron.

--Si vienen los doctores con esas planchas que te ponen para revivirte en las series de médicos, se electrocutan, o la electrocutan a la Gorda. Se va a morir --sentenció el Tigre.

El papá puso la cabeza entre las tetas de la Gorda y gritó. El Tigre tuvo que taparle la boca a Carla, para que no la escucharan reírse. Y entonces el papá y Cristian se sentaron sobre la Gorda y empezaron a golpearle el pecho como si fuera un timbal, con los puños, para atravesar la grasa.

La Gorda reaccionó.

Después empezó el sainete porque la camilla le quedaba chica y tuvieron que sacarla de la casa izada por un montón de sábanas, mientras boqueaba y gemía.

Cristian nunca más pagó en la verdulería. El señor Suárez fue a agradecer y lloró y le dijo que era un héroe. La señora Suárez lo miraba con timidez y pudor, y él empezó a visitarla, a sentarse con ella en la puerta, cuando volvió a salir a la calle. Charlaban. Nadie sabía qué se decían. Cristian nunca lo contó.

Papá y Mamá habían dicho que mejor la hubieran dejado morir, pobre. Todos los vecinos decían eso. Igual que cuando Carla intentó volarse la cabeza y le había errado, pero no tanto: se quedó solo con media cara, con lengua, casi sin nariz.

 

*****

Está tan flaca, pensaba Matías, que da miedo. El codo puntiagudo era difícil de mirar, parecía el de un cadáver, una momia seca. Y verla masticar así, con tanta insistencia y tirar la cabeza para atrás al tragar, ayudándose con los dedos. No le gustaba vigilarla para comer, aunque sabía que tenía que hacerlo porque Carla podía ahogarse. Él no quería que se ahogara, le parecía. Por lo menos no quería que se ahogara delante de él. Matías trató de imaginarse cómo sería no tener lengua y no pudo.

Los médicos decían que Carla podía aprender a hablar de nuevo, pero que tenía que practicar mucho y ella no quería. Se arreglaba escribiendo en un papel. Pero últimamente usaba la lapicera cuando quería ir al baño --había que ayudarla, porque estaba demasiado débil para hacer la caminata sola-- o pedía ver a su hijo. Ya no iba al psicólogo, y comía cada vez menos.

Carla empujó el plato. Matías odiaba que hiciera eso, ¿qué necesidad de portarse como un animalito, como un bebé?

--¿No querés más?

No, con la cabeza. Por suerte tenía el pasamontañas, aunque el pasamontañas era bastante feo también. Carla, por algún motivo, quería usar uno solo, el blanco, y dejaba que se lo sacaran sólo para lavarlo. Siempre estaba sucio en los bordes alrededor de la boca, con restos de puré pegoteados, y se estaba deshilachando a la altura del cuello. Pero no había forma de obligarla a usar otro. Tenía un modelo negro, que la hacía parecer una terrorista hambreada. El color, pensaba Matías, era más adecuado porque la mugre se notaría menos. Pero Carla lo odiaba y pateaba cuando intentaban ponérselo. Después de todo, pensaba Matías, que se quedara con el blanco si le gustaba. Igual, nadie la veía, no se suponía que debía quedarle bien.

--Bueno. ¿Tomás algo?

Sorbía rápido. El pasamontañas no escondía los labios deformados. Uno de los ojos verdes lo miraba con atención. Del otro no quedaba nada, pero Matías no podía verlo, porque estaba oculto por una venda. Si hasta el pelo rubio, antes tan lindo, ahora parecía de muñeca sucia y vieja, corto y aparentemente canoso.

¿Tenía que hablarle a su hermana del Tigre y todo ese asunto del container? No, seguro que no. Él había escuchado decir en la televisión a un psicólogo que para enfrentar-y-superar-situaciones-traumáticas-había-que-hablarlas, pero a Matías le parecía que estaba equivocado, por lo menos en el caso de Carla. No se atrevía a darle ánimo y convencerla de que con la cirugía iba a quedar bien, porque no tenían plata para operarla, ni obra social, y además a Matías no le parecía que su cara tuviera arreglo. A lo mejor tenía que hablarle de Juan, decirle que el nene la necesitaba y la quería, pero... tampoco. ¿Y si ella lloraba o se enloquecía del todo?

A veces pensaba en esas situaciones de película de televisión norteamericana, y se imaginaba que su hermana le decía "matame" o "ayudame a matarme" o le contaba que iba a intentar suicidarse otra vez y le pedía que no dijera nada. ¿Qué haría él en esas circunstancias? Bueno, no la ayudaría, pero tampoco la pararía si quería volver a probar. Nadie le iba a echar la culpa... si todos querían que Carla se muriera. O no, que se muriera no, pero sí que no le hubiera errado, eso seguro. Qué pesadilla haber errado así. Él no había estado en el momento del tiro, pero había visto la sangre después y... parecía que hubieran descuartizado animales en la habitación. Todo salpicado de sangre: la pared, las sábanas, la mesita de luz, el desagradable detalle de los restos de dientes y hueso de la mandíbula por el suelo, eso sí lo había visto. Qué loco que fallara, pobre Carla. Le hubiera gustado hablar con Cristian y preguntarle qué podía hacer, o decir, pero Cristian no estaba.

 

Fragmento de la novela Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004)

© Mariana Enríquez