HOTEL EUROPA
Luis Hernán Castañeda | Perú, 1982 |
Estudió Literatura Hispánica en la Universidad Católica. Ha publicado la plaqueta Regreso a Ítaca, Casa de Islandia, novela-revelación 2004 según Vano Oficio, programa de televisión conducido por el escritor Iván Thays, y en 2005 la novela Hotel Europa. Es subdirector de la edición peruana de La mujer de mi vida y colaborador de Los Noveles. Su obra ha sido incluida en Selección Peruana, por editorial Estruendomudo. Blog de Luis Hernán Castañeda: www.luishernancastaneda.invazores.org |
Cuando los cerros de basura, los edificios del área céntrica y las hordas de hombres pestilentes desaparecen, la zona más agradable del pueblo es un campo de colinas pobladas de arbolillos retorcidos que trepan hacia las montañas de cresta blanca. Allí resplandece una laguna de espléndidos matices verdosos. Cerca de la orilla hay un chalet de piedras negras que ha sido abandonado. Crucé la verja oxidada y empujé la puerta. En el piso de tierra apisonada de la habitación había montículos de paja para ganado. Tiré mi mochila y me recosté sobre la paja. Si la descortesía provinciana se negaba a ofrecerme una mísera posada de cinco dólares la noche, consideré que estaba en mi derecho, como visitante ilustre de la localidad, de tomar por asalto aquella pocilga y usarla como albergue. Intenté dormir. Pero antes de lograrlo, escuché pasos en la oscuridad y salí furibundo (¿se daban el lujo de perturbar mi sueño?) a verificar si había llegado el propietario.
– Hola – lo saludé casi feliz –. ¿No te he visto en alguna parte?
Era Fellini, el mocoso que había visto en el autobús que me trajo hasta San Andrés. Su única respuesta fue arrugar la frente afectando sorpresa, como si nunca en su vida me hubiera visto. Entró sin pedir permiso, jadeando un poco por el esfuerzo que le costaba cargar con su gordura, y se detuvo en mitad de la habitación. Estaba oscuro, pero no se había quitado los lentes de tuerto. Me miró de pies a cabeza con su ojillo celeste, demostrando una soltura que no se había permitido mientras jugaba con su pantalón. Quizá se sentía avergonzado y pensó que podía engañarme presentando su aparición como un encuentro casual en vez de admitir que me había estado siguiendo.
Tenía un objetivo claro y se ahorró las presentaciones formales.
– ¿Puedo tocar? – chilló, señalando con un dedo taladrante lo que inequívocamente era mi pecho –. Tu voz no me impresiona. Hasta eso saben imitar los impostores, ya no hay ninguna diferencia.
Hundió su dedo en mi tetilla izquierda con la precisión de un bisturí, como para medir la suavidad y resistencia de la carne. Parece que el experimento no dio resultado, pues se apartó con sobresalto y agachó la cabeza.
– Estás muy flaca. Ni siquiera tienes tetas.
– ¿Por qué debería tenerlas?
– Porque todas las tienen. Todas las mujeres tienen tetas.
– ¿Y qué te hace pensar que soy una mujer?
Me observó desconcertado.
– ¿Qué quieres decir? Entonces, ¿eres una Mujer Falsa?
– ¿Qué es eso? Soy un chico o algo parecido, ¿acaso no es obvio?
Fue obvio que estos datos no despertaban su interés. Separó los labios, pero no dijo nada. Sus ojos volvieron a mi pecho. Tras un segundo de vacilación bajaron decididamente a mi pubis.
– ¿Podrías ayudarme? Busco un hotel donde pasar la noche. No conozco el pueblo, llegué hoy mismo. Soy peruano. Trabajo para una revista llamada La mujer de mi vida. ¿Vives por aquí? ¿Sabes si hay un hotel?
– Sólo hay una forma de saberlo – sus ojos no se separaban de mí – . Muéstrame lo que tienes.
– ¿Qué dices? ¿No crees que soy un hombre?
– Te creo, pero me gustaría tener pruebas. ¿Puedo ver? Si aceptas, te mostraré un hotel.
La dirección de su mirada era imposible de malinterpretar. Esbozó una sonrisa y juntó las palmas en actitud de súplica. El gesto resultó ligeramente teatral, inoportuno, y lo encontré divertido.
– Está bien, pero sólo puedes mirar.
Me encogí de hombros, llevé las manos a mi cintura y me bajé un poco el pantalón, dejando ver un pedacito del calzoncillo rojo que tanto le gusta a Rothko.
– Está bien, te creo.
– Claro que me crees. ¿Te sorprende?
– Más o menos. Veo que no tienes lo necesario para ser una de ellas. Son muy graciosas, ¿las has visto? Yo tengo dibujos y fotografías, pero no es igual cuando ves a una de verdad. Espera, ¿quieres que yo te lo muestre, para que no tengas dudas? Somos iguales, pero la mía es un poco más grande.
Antes de que pudiera detenerlo, se bajó el pantalón y el calzoncillo y me mostró lo que había debajo, escrutando mi cara como si esperase que empezara a morderme los labios. No era tan grande como había prometido y se exhibía en toda su graciosa plenitud.
– ¿Cuántas veces te has masturbado en tu vida? Dicen que empieza a crecer más cuando la ejercitas diariamente. Nosotros somos así, pero ellas son distintas. Es raro, ¿no lo crees? ¿Te has acostado con alguna mujer?
– Sí, lamentablemente.
– Qué extraño. A mí ellas me gustan como son, sin lo que nosotros tenemos. Pero tú eres raro. Tienes el pelo largo, eres suave, delicado, no sé cómo decirlo: femenino. No soy el único que te ha confundido. Además, te pareces demasiado a una persona, a una mujer que conozco. Son prácticamente gemelas.
– Tienes razón, no eres el único. Pero no vine aquí para hablar de mi apariencia. ¿Vas a cumplir tu promesa?
– ¿Qué promesa? Yo no recuerdo nada.
– Perfecto. Buenas noches, buscaré a alguien que sí pueda ayudarme.
Retrocedí dispuesto a largarme. Fellini se alarmó y, pensando que huiría a menos que hiciera algo, habló con desesperación.
– Por favor, no te vayas. Disculpa mi torpeza, debí fijarme mejor antes de hablar. ¿Un hotel? Conozco uno, queda en la plaza. Hace tiempo que no hay turistas, no creo que esté abierto a estas horas, pero podemos acomodarnos aquí y mañana temprano yo mismo te llevaré. Me llamo Salvador.
– Pues hubiera preferido que te llamaras Ingmar Bergman. Me identifico mucho con Liv Ullman, ¿sabes?
Me tendió una mano negra y lampiña y sonrió con una alegría realmente encantadora, mostrándome todos sus dientes de maíz. Tardé un rato en darle la mía, pues no podía decirse que la dudosa promesa del chiquillo abriese perspectivas muy halagadoras. Dormir con él en un establo después de cinco horas de viaje en autobús con el culo en llamas, de una involuntaria transformación en actriz porno sin sueldo fijo, de una aventura frustrada con un Jack Nicholson futbolista, y de al menos un par de horas de vagabundeo inútil por un pueblo que más parecía un cementerio, no me resultaba necesariamente más atractivo que decirle adiós a su oferta de ser mi escolta por una noche, coger mis bultos y seguir buscando mejores puertos por mi cuenta, evitándome el riesgo de ser violado mientras dormía por un chiquillo regordete y conversador. No obstante, debo reconocer que acepté su mano tendida y la estreché con más gusto del que me gustaría confesar. Salvador me había causado una buena impresión a pesar de todo, su torpeza con las mujeres y su ignorancia inverosímil de la anatomía femenina me enternecieron. Quizá la avidez que demostró por conocer mi lado íntimo debió alertarme de sus posibles intenciones de vendarme los ojos y convertirme en su esclavo sexual apenas tuviera la oportunidad, pero lo cierto es que el sueño me vencía. Cuando lo vi prender una fogata y salir por agua para llenar una cacerola que había hecho aparecer como por arte de magia, todas mis pretensiones de independencia se fueron al traste y quedé ovillado como un cadáver sobre la paja, confiando toda mi esperanza a un vago conocimiento intuitivo de los desconocidos.
Calentamos el café que traje de Lima y compartimos un mendrugo seco que Salvador escondía en su mochila. El mocoso hablaba sin parar, me contaba chistes groseros y anécdotas escolares (que transcurrían invariablemente en un baño) con el propósito de borrar alguna falta ambigua, sin entender que su vulgaridad no podía hacerle ninguna gracia a un caballero como yo. Quería congraciarse, actitud que fortaleció mi simpatía inicial. Resultó ser un poco mayor de lo que pensaba: diecisiete años cumplidos. Me contó que había nacido en la capital y que su padre se trasladó con él a San Andrés cuando cumplió los nueve. Ahora estaba en quinto grado de secundaria y ya no vivía con su padre, sino en una especie de albergue para niños. ¿Qué había pasado con el padre? Prefirió no responderme. Desde que algunas personas que él llamaba “los Románticos” (no sin antes mirar a ambos lados con temor) tomaron el pueblo, se había decretado un estado de emergencia y ya no asistía a clases. El uniforme escolar era su única prenda de vestir. Quizá sin necesidad de hacerlo, intenté disculparme por haber rechazado sus avances e inventé que me encontraba indispuesto por “motivos femeninos” que le arrancaron una carcajada. Preferí omitir, para no ofenderlo, que su aspecto me parecía deplorable y que, a pesar de mi patética situación económica, no me acostaría con él aunque me ofreciese financiar mi expedición periodística.
Ya que habíamos desarrollado cierta confianza, le pregunté el nombre de su madre. Fue una pregunta espontánea, dictada por el entusiasmo del diálogo. Salvador contestó que no tenía madre. Quise saber si había muerto y él dijo que no lo sabía. Ni siquiera la recordaba. “No entiendo”, protesté. “Eso es muy difícil de creer. Todo el mundo tiene una madre, tú también la tienes o la tuviste y por alguna razón quieres ocultarlo, ¿es una costumbre de aquí, negar a tu propia madre, o es que te da vergüenza hablar de ella con un desconocido?” Negó lentamente con la cabeza, como si quisiera decirme que yo no sabía nada. Tendría que explicármelo desde el principio. ¿Acaso no me había dado cuenta cuando llegué al pueblo? La ausencia resultaba bastante notoria. Era una especie de trauma local. Había un gran número de jóvenes que, como él, no recordaban a su madre, aunque estaban seguros de haberla tenido alguna vez. ¿Qué pasó con las madres? ¿Qué pasó con las niñas, las jóvenes y las ancianas? Salvador desconocía la respuesta, apenas podía referirme su experiencia personal y repetir unos relatos que, imagino, pertenecían a la mitología del pueblo y daban explicaciones fantásticas al fenómeno. En realidad, nadie tenía claro qué había sucedido, ni siquiera los hombres mayores. El resultado era una incertidumbre generalizada, un caos de versiones contradictorias que no llegaban a unificarse.
– Dicen que las mataron – explicó Salvador –. Otros, que las subieron a un tren y se las llevaron lejos, o que se fueron solas. Yo prefiero no pensar en ello. El hecho es que aquí no hay mujeres.
Sonreí con dulzura, procurando esconder mi incredulidad. Estábamos sentados frente a frente, junto al fuego, acabando nuestro café. Iba a preguntarle más cuando oímos voces que venían del exterior. Salvador me tapó la boca con la mano. No entendí su reacción, podía tratarse del dueño del chalet, tal vez si ofrecíamos pagarle nos diera mantas y algo para cenar. Se levantó de un brinco y fue a espiar por la ventana. Lo que percibió en la oscuridad lo puso frenético. Me preguntó si había una puerta trasera, y antes de que pudiera responderle, se internó en las habitaciones polvorientas y empezó a revolver trastos con gran alboroto. Regresó con un cuchillo de cocina y me miró fijamente con las pupilas agigantadas. Sus piernas temblaban y había empalidecido. Verlo así me puso nervioso y decidí investigar por mi cuenta. Corrió hacia mí, intentó detenerme, pero le dije que se estuviera quieto mientras yo resolvía la situación y salí del chalet.
Cuatro sombras cayeron sobre mí, recibí un golpe en el vientre y alguien cubrió mi cara con una capucha de tela tosca. Grité con toda la fuerza de mis pulmones, repartí patadas y arañazos ciegos sin alcanzar el bulto de algún cuerpo, pero pronto atraparon mis piernas y mis brazos como las amarras de una camisa de fuerza y sentí que me cargaban en peso y empezaban a correr, no uno, sino muchos hombres, quizá cuatro o cinco que se marchaban conmigo en brazos mientras voces distintas chillaban insultos en mis oídos, me llamaban perra, puta asquerosa. Aquella confusión relativa a mi género parecía ser una enfermedad contagiosa. Por más que forcejeaba no podía liberarme y así empecé a flotar en la noche sin rumbo conocido, alejándome sin piedad de la única persona que me había tratado bien en varios días. Una voz de hombre, ronca y gangosa, quizá envalentonada por el alcohol, me preguntó si me acordaba del partido de fútbol. Luego me preguntó por qué había escapado, si sólo querían jugar conmigo, por qué no lo había esperado quietecita en mi lugar, sentadita como la niña buena que parecía ser. “Ella es Allison”, escuché que les decía a los demás, “Allison Richter ha regresado por nosotros”. No cabía duda, era Jack Nicholson. Conseguí quitarme la capucha y llegué a distinguir, no podía equivocarme, el brillo enloquecido de unos ojos acaramelados y bellísimos. Pensé que ahí acabaría todo: si los dejaba hacer tal vez pudiera salvarme, aunque conservar la vida después de aquello, pensar en la vida después de aquello que ya podía imaginar no me seducía demasiado. “En fin”, pensé, con un dramatismo ridículo para la ocasión, “creo que ahora podría decir adiós, adiós a todo el mundo, nunca más sabrán de mí. Dirán que viví como un hombre o algo parecido y que fallecí como una mujer, nada más humillante”. Caí varias veces, pero los hombres volvieron a levantarme y siguieron corriendo. De pronto un disparo retumbó sobre nuestras cabezas, escuché un juramento atronador y sólo entonces mis captores se dieron por vencidos y me dejaron caer sobre un lecho pedregoso. Los escuché huir en desbandada, soltando alaridos de monos salvajes. Salvador apareció jadeando, con el cabello mojado de sudor. Corrió un trecho tras los malditos, pero su velocidad era endiablada y los perdió en la oscuridad.
Cuando volvió por mí, Salvador tenía un revólver en la mano y su camisa blanca apestaba a pólvora, a fuego. Quiso ayudarme a ponerme de pie y lo rechacé de un manotazo furibundo que lo dejó desconcertado. Me sacudí los pantalones llenos de tierra y eché a caminar sin dirección. Salvador no vio otra alternativa que seguirme como un perro faldero, sin dejar de preguntarme cosas estúpidas con la voz dolida y apremiante de quien se tiene por ofendido, y tal vez con toda justicia, pero es incapaz de guardar un silencio decoroso y acusador: si me sentía bien, si me había hecho daño, si no quería descansar un poco antes de seguir, revelando desvergonzadamente su incapacidad para comprender que mi única intención era dejarlo todo atrás y continuar mi camino, olvidar el incidente y a todos sus protagonistas. Lo tenía resuelto, empezaría desde cero una vez más, encontraría un hotel a como diera lugar y dejaría claramente establecido que no necesitaba un guardaespaldas, que podía valerme por mí mismo. No era la primera vez que tenía una experiencia semejante, Lima es una ciudad riesgosa y un chico que conoce las calles suele viajar preparado: llevaba una navaja suiza en la mochila y podía usarla sin prejuicios de ninguna clase y con más placer que destreza. Si mi héroe improvisado se hubiese tardado un poco más en socorrerme, si me hubiese dado ocasión de probar la navaja, quizá no me habría encontrado en la situación de tener que dar las gracias.
En mi opinión, si alguien te ayuda sin que tú se lo hayas pedido es porque asume que conoce tus fuerzas y ha decidido desdeñarlas sin consultarte: “aquí vengo yo, ya que tanto me necesitas”. Aturdido, esperando quizá que diera media vuelta y le mostrara una sonrisa de damisela deslumbrada, Salvador me siguió entre los escombros y los edificios derruidos, como un francotirador que ha perdido las municiones y se limita a admirar de lejos la calidad de una presa inalcanzable. Cuando decidí que la penitencia llegaba a su fin y le dirigí la palabra, el chiquillo se portó como si nada hubiera sucedido, me habló en un tono casual y exento de reproches. La inteligencia de su reacción me dejó sorprendido y casi le agradezco esa muestra de superioridad sobre todos los hombres que yo había conocido en mi vida. Cuando se trata de nosotros y, en cierta medida, de cualquier asunto escogido al azar, los hombres actúan sin comprender. Sin comprender nada, en realidad. Sólo hay dos clases de hombres: algunos se encolerizan y quieren golpearte, ansiosos por demostrar quién es el jefe, mientras que los otros, los más jóvenes y los derrotados, nos agradan siempre más porque mantienen la compostura, aceptan su ignorancia y ofrecen el cuello a la navaja como si no les quedara otra salida.
Debían de ser las tres o cuatro de la mañana. Salvador sacó de su mochila un costal negro, le hizo tres agujeros con mi navaja y me obligó a cubrirme la cabeza como una religiosa de clausura o un condenado a la horca. “Idiota”, pensé, “encapuchado como voy llamaré más la atención”, pero me sentía algo culpable y lo dejé hacer. Comprendí que mi apariencia “ambigua y provocativa”, como él la llamó, podía seguir confundiendo a los hombres y provocar una conmoción generalizada, de ahí que Salvador temiera dejarme solo y se ofreciera a escoltarme hasta el hotel. El lugar resultó ser una posada para viajeros ubicada en la misma plazoleta central, un cuchitril con pisos de cemento, paredes desconchadas y baños comunitarios al final de los pasillos, administrado por un anciano que parecía extranjero y se hacía llamar el señor Galetti. No tenía luces ni letreros, pero apenas Salvador tocó la puerta (dos golpes, una pausa, tres golpes, otra pausa, parecía una especie de clave secreta), Galetti abrió una ventanita y nos preguntó:
– ¿Media hora, una hora, hora y media?
– ¿A dónde me has traído? – le susurré a Salvador –, ¿a un hostal de putas fantasmas?
– Es el único sitio – dijo entre dientes, mirando a Galetti y sonriendo –. ¿Vas a comportarte?
Después de dejarme instalado, salió prometiendo que no tardaría en volver. Horas más tarde, alguien tocó la puerta y el primero en entrar, dando saltitos y persiguiéndose la cola, fue mi querido Rothko. Nunca supe de dónde lo sacó. Era una bestezuela preciosa, enana y ladradora, de raza indefinida y blancas mechas ensortijadas. Según Salvador, venía a cuidar de mí mientras él no estuviera cerca. Añadió que era muy inteligente, y que entre sus numerosos talentos estaba la pintura. Al parecer, alguien le había enseñado a sujetar el pincel con los colmillos y a corretear por la habitación trazando líneas y figuras sobre el lienzo vacío del aire, sin mayor propósito artístico o sentido de la composición de los que yo pueda tener. La verdad es que no parecía estar listo para ninguno de los dos trabajos. Miré sus brillantes ojillos negros de peluche inservible, y supe que si mi seguridad hubiera dependido de él, habría hecho bien en darme por muerto.
Era la hora del lobo y no pude dormir. Rothko estuvo corriendo en círculos y brincando entre el piso y la cama durante horas, así que no me quedó otra salida que charlar con Salvador para matar el tiempo hasta el amanecer.
– No es muy frecuente – le dije –. Me ha pasado antes, tres o cuatro veces, pero nunca en un sólo día y con tantas personas. ¿Viste a los pasajeros del autobús? No dejaban de mirarme. Algo no anda bien. No sé si reírme, sentirme halagado o tener miedo.
– Piensa un poco. En un pueblo que no tiene mujeres, los hombres andan desesperados y se lanzan sobre lo primero que encuentran.
– Gracias por el cumplido. En fin, quizá tengas razón. Creo que escribiré una crónica divertida para la revista: de cómo una horda de hombres ciegos confundió a este joven periodista andrógino con una mujer.
– Es más complicado de lo que crees. No basta decir que todos son ciegos o simplemente estúpidos. A veces nos dejamos engañar por un espejismo y perdemos de vista la realidad. Otras veces, no nos queda otra opción que ver lo que necesitamos ver. Los sueños son un refugio para los que no tienen nada, querida Allison.
– Mi nombre no es Allison. Estoy de acuerdo, pero yo no tengo nada que ver con esos sueños.
– Podrías hacer algo más que quedarte cruzado de brazos. Mucho más.
– Explícate.
– Usa tu imaginación. Acabas de llegar y todos creen o quieren imaginar que eres una mujer. Los engañaste fácilmente, sin esforzarte ni actuar. Me engañaste a mí, que no soy nada tonto, y sin buscarlo. ¿Qué pasaría si quisieras?
– ¿Si quisiera ser una mujer?
– No, si hicieras un esfuerzo para continuar el engaño. Si asumieras la farsa a un nivel profesional.
– ¿Y por qué querría hacerlo?
– Por favor, usa tu imaginación. Aquí no hay mujeres. Tú serías la única, todos te adorarían como a una diosa.
– Tienes demasiada imaginación para ser tan joven, y me sorprende tu facilidad de palabra. Muchas gracias, pero tengo que rechazar tu ayuda. La idea es absurda. Mi hermano Sebastián estaría encantado con ella. Yo no estoy tan necesitado de amor.
– Quieres decir que no la entiendes. Tú tranquilo, tu trabajo no es entender. Eso déjalo en mis manos. Te convertiré en una estrella. Dirás que eres extranjera, que vienes de Europa. Todos adoran a las mujeres europeas.
– Estás loco. Has perdido la cabeza.
– Puede ser, pero estoy seguro de que podría funcionar.
Al rato le pregunté quién era Allison Richter.
– Una mujer que se parece demasiado a ti. La cara perfilada, la estatura mediana, el cuerpo delgado y elegante, incluso detalles más curiosos: algunos gestos, la voz. Los ojos. El glamour.
– ¿Glamour? ¿Qué pasa, acaso saliste a consultar un diccionario? Pero es extraño ahora que lo dices. Uno de los deportistas también me llamó de ese modo. ¿Tú conociste a esa mujer?
– No, soy demasiado joven. Aquí todos saben quién fue Allison Richter, pero nadie la ha visto más que en fotografías. Era hermosa. Era popular. Más hermosa y popular que una actriz de cine.
– Ya entiendo, algo así como una Marilyn Monroe andina.
No pareció comprender.
– ¿Quién es Marilyn Monroe? – preguntó.
Fragmento de la novela Hotel Europa (PEISA, 2005)
© Luis Hernán Castañeda |