DEJA-VU,
O LOS REINOS DE LA POSICION HORIZONTAL
Guillermo
Martínez | Argentina,
1962 | Nació en
Bahía
Blanca. Es autor de Infierno
Grande (Premio del Fondo de las
Artes 1988), Acerca
de Roderer, La
mujer del maestro. Colabora regularmente
con artículos, cuentos y reseñas
en La Nación, Clarín y Página
12. En 2003 publicó el libro de
ensayos Borges
y la matemática y también
la novela Crímenes
imperceptibles (Los crímenes
de Oxford), que
obtuvo el premio Planeta. En 2005 publicó el
libro de artículos y ensayos sobre literatura: La
fórmula de la inmortalidad. |
Llego a mi casa y están todos: mi madre, que me abre
la puerta; mis hermanas que salen de a una de las habitaciones
para saludarme, todavía algo fantasmales por el sueño;
mi hermano menor, vistiéndose lentamente a lo lejos.
Pregunto por mi padre.
--Pasó una noche muy mala -dice mi madre-: otro ataque
de asma. Tuvo que dormir sentado en el sillón.
Voy por el largo túnel del pasillo a la biblioteca,
que está en penumbras, y levanto las persianas. Mi
padre está en su sillón con la cabeza echada
hacia atrás, envuelto en una robe de franela. Tiene
la boca entreabierta en un ronquido espasmódico y
por una de las comisuras se desliza al mentón un hilo
brillante. Abre los ojos, acuosos, aterrados por un instante,
y al verme allí frente a él pasa avergonzado
el dorso de la mano por el costado de la boca y para demostrarme
su lucidez dice una frase sarcástica. Se pone solo
de pie y nos reunimos a desayunar en la cocina. Preguntan
por mi viaje y por mi tesis. Tratamos cautelosamente de no
ver cuánto cambiamos y tanteamos en la conversación
los antiguos resortes, para que todo sea como antes. Pregunto
en un momento por mi abuela.
--Deberías ir a verla alguna vez, nunca fuiste a
la clínica en estos nueve años –dice mi madre
y agrega-. Aunque para qué: sigue igual.
--No, igual no –dice una de mis hermanas-: empezó a
cantar un día, con los ojos cerrados. Canciones en
ruso, de su infancia.
--Pero no sabía ruso –digo extrañado.
--Se lo había olvidado –dice mi madre-. Pero el médico
nos explicó que a veces pasan cosas así: está regresando
a la infancia. Reminiscencias, las llaman.
--El famoso déjà vu –sentencia algo inconexamente
mi padre-. Pensar que los pitagóricos, y después
Sócrates, habían fundado en el déjà vu
la esperanza de otras vidas anteriores y mutatis mutandis,
quizá de otras futuras. ¡Poverelli! El déjà vu no
es más que la vejez sarmentosa y sarnosa. Vive lo
suficiente y todas las caras te resultarán conocidas
y habrás estado en todos los agujeros y al abrir cada
libro dirás como Godofredo: esto ya lo leí,
esto ya lo leí.
--Y ahora, ¿todavía sigue cantando? –pregunto.
--No –dice mi hermana-, ahora sólo repite una palabra
todo el tiempo, pero en voz muy baja: nadie puede entender
qué dice.
Mi hermano, ausente de todo, se dedica con un dedo sobre
el mantel a la caza de la miguita.
--Voy a ir a verla esta tarde –digo.
Es verano y salgo a la calle a la hora centelleante de la
siesta. Las veredas están desiertas y escucho mis
pasos como si fueran de otro, los pies que se mueven obedientemente
y recuerdan desde siempre el camino. Paso por el frente imponente
de la casa donde vivía mi abuela. Se ha vendido hace
años para pagar la clínica, pero los nuevos
dueños la han conservado intacta, e incluso pintaron
la fachada con el mismo color tiza. No mucho más allá,
en una cortada imprevista y silenciosa, está la clínica.
Es una casa antigua de piedra, con una altísima puerta
de madera, sin timbre. El llamador es un pequeño puño
dorado. Me abre una mujer hombruna con una sombra de bigote,
unos anteojos de armazón negro y un largo guardapolvo
celeste. Cuando digo el nombre de mi abuela me conduce por
un pasillo de pinoteas manchadas de lavandina, con los tablones
exhaustos. Estábamos por cambiarle las sábanas,
me dice, como si quisiera prevenir una queja, y me hace pasar
a una habitación grande y cuadrada sin ventanas.
Me quedo solo por un momento, de pie junto a la única
silla. Debajo de un crucifijo, en la cama inmensa con barrotes
de bronce, casi oculto por la sábana, está el
pequeño bulto de lo que alguna vez fue mi abuela.
La luz que entra por la claraboya me deja ver su frente,
los pliegues acribillados de manchas, los pocos pelos lacios
pegados a la sien y sus mejillas blandas por el sueño,
como un recién nacido cruelmente arrugado. Siento
el antiguo terror con que la espiaba en mi infancia cuando
supe por primera vez de las leyes de la herencia y el salto
de la transmisión genética de abuelos a nietos.
La puerta se abre a mis espaldas y entra una mujer todavía
joven, erguida, con un delantal muy delgado que parece puesto
directamente sobre el cuerpo desnudo. Trae sobre las dos
manos, como una bandeja, un juego de sábanas blancas
que deja al pie de la cama. Cuando gira hacia mí echa
hacia atrás los hombros con una sonrisa desvergonzada
y puedo ver cómo se traslucen debajo del delantal
las tazas erguidas y desafiantes de un corpiño negro.
Subo los ojos y encuentro su sonrisa más acentuada.
--No me digas nada, ustedes son todos iguales: la misma
frente, los ojos claros. Todos igualitos.
Se acerca un poco como si fuera a estudiarme y veo entre
los botones del delantal pedazos intermitentes de su piel.
--Sos el hermano mayor que estaba afuera estudiando, ¿no
es cierto?
Digo que sí.
--¿Y qué era lo que estudiabas?
--Lógica matemática.
--Que vendría a ser... ¿cómo filosofía? –me
pregunta distraídamente mientras quita de un solo
movimiento la sábana que cubre a mi abuela.
--Como filosofía, sí -acepto.
--Ah, yo no sirvo para esas cosas tan complicadas: yo soy
al pan, pan. Bueno, tengo que cambiar las sábanas. ¿Me
ayudarías a sentar a nuestro bebé en esa silla?
Nos situamos uno a cada lado de la cama. Sillita de oro,
dice, y cuando se inclina para pasar los brazos debajo del
cuerpo desmadejado, veo sus gruesas tetas que se juntan y
sobresalen apenas contenidas por el escote. Extiendo a mi
vez los brazos y encuentro del otro lado sus manos cálidas
y algo rugosas. Mi abuela se queja en sueños cuando
la izamos y empieza a murmurar algo en un barboteo, como
si hubiéramos puesto en marcha un mecanismo descompuesto.
Tiene una levedad de pájaro y sólo el camisón
de flores hace recordar su sexo. La depositamos con cuidado
sobre la silla y nos quedamos mirando un momento los labios
que se mueven en ese suspiro insistente y casi inaudible.
--¿Qué estará diciendo? –pregunto-. ¿Sigue
así indefinidamente?
La mujer baja su cabeza hasta acercarla a la cara de mi
abuela y lleva un dedo a sus labios.
--Shhhh! -El ruido, seco y muy fuerte, me sobresalta, pero
mi abuela se calla milagrosamente, como una canilla que hubiera
dejado de gotear, y la mujer sonríe, orgullosa: --Aquí todos
saben que tienen que obedecerme –me dice mientras lleva hacia
atrás los brazos para atarse el pelo con una gomita.
Gira a la cama en el estrecho espacio que le deja mi cuerpo
y cuando se inclina para sacar la sábana de abajo
me toca por un instante sólidamente con su trasero.
En una esquina del colchón que quedó al descubierto
veo un monograma que me resulta familiar. Me pongo en cuclillas
para leer la etiqueta descolorida y la mujer me mira con
curiosidad.
--Es uno de los colchones que fabricaba mi abuelo –digo,
todavía asombrado, y miro otra vez la corona de cinco
puntas, como si fuera un signo que pudiera decirme algo trascendente-.
Toda la ciudad dormía en una época sobre sus
colchones. Se llamaba a sí mismo el rey de la posición
horizontal.
La mujer se aproxima y se inclina junto a mí para
mirar la etiqueta. Nuestras caras quedan muy cerca y siento
el soplo de su aliento. Veo sobre sus labios unas gotitas
de sudor. Una de sus rodillas toca mi pierna.
--El rey de la posición horizontal, mirá vos –no
se separa y mueve su rodilla más arriba por mi pierna-.
Y al nieto, ¿qué posición le gusta?
Nos besamos. Su lengua, muy grande, tiene algo de blando
y mugiente y busca derechamente el fondo de mi garganta.
Hundo una de mis manos en su delantal y saco fuera del corpiño
una teta caliente, pesada y oscura, con el pezón sobresalido.
Las manos de ella ya abrieron mi bragueta y ahora desabrochan
el cinturón y me bajan el pantalón hasta los
tobillos. Rodea mi miembro con una mano, alza sus ojos hasta
encontrar mi mirada y pasa la lengua por el costado sin dejar
de mirarme, ascendiendo lentamente hacia la punta. Contempla
por un instante el glande, abre la boca por encima con los
labios curvados y deja deslizar con una ondulación
de la lengua una película líquida de saliva.
--Por los microbios, ¿viste? –me dice. Un hilo transparente
une sus labios con mi miembro. Echa hacia atrás su
pelo y se lo mete enteramente en la boca con chupadas largas
y rítmicas. Lo saca de pronto, con una última
succión satisfecha.
--Ahora me pongo en cuatro y me la enterrás, ¿sí?
Se pone de pie, pasa las manos debajo del delantal y deja
caer la bombacha al suelo con un movimiento de los muslos.
Apoya en el borde del colchón las dos rodillas separadas
y extiende los brazos hacia delante. Arquea la espalda para
alzar hacia mí las caderas, me mira entre la abertura
de sus piernas y se sube el delantal sobre la cintura. Entonces,
cuando veo la hendidura roja, tan cerca y precisa como nunca,
tengo un déjà vu vertiginoso, nítido,
imposible. Algo, comprendo, está horriblemente mal,
porque nunca antes vi una concha así, descarnada,
tan roja, con los labios abiertos. Doy vuelta la cabeza,
desconcertado, hacia la silla donde debería estar
mi abuela.
--Vamos filósofo, no mires allá, concentráte
en el agujero –escucho a lo lejos.
Pero si no soy ese que está en el colchón,
me doy cuenta, mientras veo rodar borrosamente la bestia
de dos espaldas, no puedo ser otro que éste que está aquí,
inmóvil sobre la silla. Y ahora empiezo a recordar
que sí, por supuesto, todos han muerto: mi padre,
mi madre, mis hermanos, todos en la posición horizontal,
aunque salí hace apenas un rato de mi casa. Pero entonces, ¿quién
viene a visitarme? ¿Tuve acaso hijos, nietos? Siento
que algo se desliza por el costado de mi boca, algo líquido,
indetenible, y pienso pastosamente, como me dijo mi padre
esta mañana: Babeo, luego existo. © Guillermo Martínez
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