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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

 

«LA MARCHA DE 150.000.000»

—parte 1ª: ¨El Saqueo"—

fragm. XI

 

01 Soy altura de perro.

02 Naceré en los instantes de cada luz volcada.

03 Mis nombres me los dieron el libro la bala la guerrilla.

04 Tuve amigos.

05 Los huesos se apagarán con una voz tranquila una voz prestada.

06 A lo lejos mis ojos se derrumban tras el humo de los tanques.

07 No sé si respirar.

08 Extrajeron las algas los caminos tus clavículas de estaño.

09 Extrajeron los gatos sus agujas de trampas policiales.

10 Sacaron los esófagos extirparon las camisas de su dueño.

11 No hubo ruido.

12 Soy altura de niño enloqueciendo todas estas tumbas.

13 Otra vez naciendo muerto en las matanzas de la boca.

14 No sé si respirar.

15 Hablaron como bucles en el plomo.

16 Hablaron cómo tengo que plantar un árbol nuevo.

17 Hablaron como si-has de respirar?

18 Soy la altura de un pueblo perseguido.

19 Naciendo a cada instante de una bala muerta.

20 He de ensuciar los patios los cuchillos los pozos ciegos.

21 Entierran a los hombres con un pañal de frío.

22 Algunas detenciones te incomodan.

23 Ruptura entre la sangre de las tardes tranquilas.

24 Quiero morder las averiguaciones.

25 Quiero levantar el mirto abierto.

26 Estas zonas ilegales.

27 Estas llagas.

28 No sé si respirar.

29 Poseeré todas las hojas las escuelas los fusiles.

30 Cuando ya me hayan convertido.

31 Repleto de estaciones y cuartillas estúpidas.

32 Cada lenguaje castiga las bocas.

33 He de poseerme refugio y estanques en flor.

34 He de levantar todas las ventanas.

35 He de conseguirte menta barricada pájaro y estampida.

36 A los voluntarios que dejaron la noche.

37 Al heno, al último peligro en los portales.

38 Soy el primer hombre en haberte avistado.

39 Altura de las lenguas en las masacres públicas radiadas.

40 Poseo todo lo advertido las canciones.

41 Naceré de las conchas que volcaron tu hambre.

42 A los sucios epitafios de la zona prohibida.

43 A tu nuca de aguaceros detenciones perfectas.

44 A tus ojos descritos en las cartas oficiales.

45 Soy amargo como un niño tremendo.

46 Yo no sé si respirar.

47 Un perro que baja entre el suicidio del agua.

48 Mis dedos despelados por el nervio de la sangre.

49 Y, sí, yo te he visto desde antes de nacer.

50 Besabas clavícula meseta funda de los muros.

51 Que te bebiste la muerte sobre el árbol del madero.

52 Todo lo que no pude contra el olivo.

53 O para ti, —ruedo a rabias de Revolución.

54 En los dedales de su puño hambriento.

55 A la espera de otra soledad.

56 Yo no sé si respirarte-decirte tierra, “aliento” .

57 Con mis labios atravieso la historia niña de los desposeídos.

58 Diminuto como un pretexto blanco.

59 Quiero pasarte por encima - por debajo toda tu sed.

60 Quiero penetrar tu vientre hendido.

61 Yo no sé si respirar.

62 Una altura de mujeres dislocadas.

63 Por los campos rojos de las revueltas yo camino.

64 (Sólo las grietas que fusilan los caminos).

65 Solas las cenizas, arrasadas, todas marcha, liquen-boca, —y nevisca.

66 Yo no sé si respirar.

67 Como tú: loco y calentura.

68  Soy el primer hombre en decirte hermano.

 

(De La marcha de 150.000.000)

 

protección de testigos

 

«La conciencia de que esta ecuación era posible: dolor que finalmente deviene rabia. La conciencia de que esta ecuación era aplicable a todo o casi todo».

(Roberto Bolaño: 2666)

 

Poco deben importarle

la disolución del pentotal en los días de trabajo

y la lenta inhalación de estrellas por su espalda.

Le pagaron por callarse

la dirección de las palomas, el remite en las postales

certificadas de tan lejos, la piel de una mujer

que él no ha visto y no ha besado,

–el corazón de los inviernos–,

las sedes comunistas, su necesidad de ir ardiendo

por una extremidad de la cara.

Toca apenas con los dedos

nuestro inútil portal, y la luz de todos los aullidos

que pincelan la tarde, por encima

de muertos y estaciones,

a un paso sólo del domingo

vuelve a casa, toma de su llave

se maquilla una lágrima con cuchillas de afeitar.

 

(De Amonal y otros poemas)

 

«LA MARCHA DE 150.000.000»

—parte 2ª: ¨Los Otros Pobladores"—

fragm. XI

 

Dos minutos antes de la creación del fuego

cuando se hablan solas las lluvias del bosque y porque

lo peor resulta ser la canción de los ojos en el taller de los chillidos

entonces el hombre, ob-

jetivamente el hombre, mira tu cabello

y en la fábrica Lucasan, de Guatemala, las trabajadoras son puestas en fila

y golpeadas en el vientre cada 15 días para detectar los embarazos motivo

[luego de su expulsión, donde

se deduce tu manera de quedarte muda

tu indignación color azul por creerte fértil

clavícula cansada en las quijadas de este pedazo de mundo

donde nadie va a quererte

donde nada

—allá donde se enferma y mata—

va a quererte en el saqueo de la boca, la impaciencia de tus vulvas

por alzarte entera

por llamarte hermana

por cansarte siempre.

Desde el último acuerdo firmado, las empresas químicas norteamericanas

[cuyos vertidos industriales

debían ser tratados con métodos costosos en la propia región

son instaladas en México y directamente vertidos

sus contaminantes en los ríos de Motamaros

directamente vertidos en tu espera

porque no alcanzaste la edad de los aullidos

porque no

les dejaste el vientre, la espiral de tus caricias, el árbol solo

de tu cuerpo fronterizo dos metros antes de la creación del fuego, sólo antes

del resultado estadístico oficial de 80

nacimientos con descerebración localizada por gases tóxicos

y luego sólo es verte

tan luego arrinconar tu mano hendida

y contar con ingeniería sueca el número de abortos,

dos kilocalorías antes de la creación del fuego y del DBCP

antes que se extinga el miedo

antes que se extinga el odio

antes que se extinga el nombre

más allá de las políticas de subvención en renta y te digan

que en la región de César se les niega el agua potable a los temporeros

y que los braceros se ven obligados a lavarse en ríos o lagunas

donde se aplica la solución de los antiparasitarios,

en la hora del fuego y la hora de-no-quererte,

de no poner tu nombre en este lado del suelo

este otro lado del suelo

el rincón de las orugas donde todo cabe en él salvo tu espera

donde aguantas la espera

donde sólo hay espera

a dos toneladas de la creación del fuego

y de la compra de plantaciones por parte de la Provident Tree Farms Inc.

y las mujeres que no entienden inglés y no saben

no lo saben

que no deben quedarse embarazadas

que no puede más tu próxima espera

que en poco más se quedará tu vientre mudo.

Dos minutos antes de la creación del fuego eres tú toda su nieve

y miga aplastada en los bordes de la oruga,

a la diestra del brazo

donde cabe el miedo y tu sitio en la marcha, la

marcha de 150

mil millones al año,

en concepto (tan sólo)

de devolución.

 

(De La marcha de 150.000.000)

 

[Parasceve]

  

/antes de sí lo dices ‘cuchas el sonido

y amo la estampida del cristal sobre la niebla

por lo demás oh tomad mis venas mis

ojos de ciervo pobre con dee con laiimá

helecho en cruz mis clavículas, abanico en rojo de los cuerpos

donde todo ‘scucha el camino de los ataúdes y

hasta dónde aguantaremos sí el (sí) gri-

to hasta dónde desnuda el Arponero el parque de las aceitunas

o cráneos de gorrión bajo los brazos

o nieve de amor cuando tú llegas

o facciones de amor hasta el incendio

otra cosa que esta tierra o nadie o

el agua

es —nadie/

 

(De AUTT)

 

 

«LA MARCHA DE 150.000.000»

—parte 4ª: ¨Canción de E"—

fragm. XIV

 

Ya no quiero descender por tu patria

ni saltar de dos en dos escalera abajo

por delante la luz

desabre las puertas hasta merecer sus astillas

de caliza rota y nieve aguardándote:

ya no quiero entregarte mi patria.

 

Recuesta entonces esta tierra de trapo

a buscarse entonces la luz y las camisas,

asciende a tus tumbas de salón idiota,

ya no quiero dispararte a la cabeza

ni bajar al sobresótano

a comprarte la mentira la risa la escafandra.

 

Ya no puedo decirte aullido

ni reclamar derecho a tus incendios

dulces y manchados como un niño largo.

Desde luego entonces

voy a privarte de las cosas

que se han roto y se desprenden

de tu modo de plantarte ante la casa

y ocupar sus chimeneas y a vivir en sus rincones.

Ya no puedo acoger a tus hermanos

(los que aquí murieron

te abrieran la lengua con su pan encendido).

 

Deberías salir por tanto de mis dedos lentamente

renunciar a tus enigmas y partir muy pronto:

ya no puedo recoger tu bandera

y guardarla en el cajón-de-meter-los-miedos—;

podría (desde luego)

olvidar tu asco pobre y de mentira

a tu pizca de amistad hecha masacre

y a razón de cinco balas por segundo

colocarte en tus agujeros y traerte más bufandas.

 

Ya no tengo intención de cuadrarte más las cuentas

ni salir por consiguiente con tu niño muerto

a estrujarte en las palabras o a posarme nuevamente

en tu puzzle de conquistas. No reparo en tu derecho

a intervenir sin sal en las partes del mundo

donde se juega a otras mentiras y se mata otras palabras.

Desde luego, que no cuentes ya conmigo

ni aparezcas en las fiestas del Ashura en Muharram:

para desquiciar las puertas y abatirlas sobre el miedo

bastan tus aullidos y tu sangre ronca.

 

Al final de la tarde

no podrás descender a mi casa

ni danzar por más tiempo por los codos del cuarto.

Ni podrás desvestir a las muñecas

ni podrás esconderte más del lobo

no podrás atiborrarte de tiza—

son otros mis amigos y no hay tiempo

ya casi no hay tiempo

no sobran ni dos balas más de tiempo

en vomitar tu nombre Europa, aullido,

tras el cementerio blanco.

 

(De La marcha de 150.000.000)

 

rodeado de imbéciles en el centro público

 

Y desde luego cercado

en la misma inexacta raíz de los insectos

con que divide el mundo

hasta hacerlo estallar.

En una orfandad de cosas que apenas se mueven

y se tocan despacio

pliegan el sudario de la araña coja,

la de las llaves tibias,

su otra vez de esponja a niña muerta

casi en espiral.

Soy la matanza de las cien cabezas

y luego escribe, braman

la voz del centinela y el ojo del leopardo.

Gesticula el presupuesto

de un torpe estallido,

su imponente

canal de panamá;

desde luego cercado en cada avenida

de su encanto a niño roto

apenas ya me resta

despertarle el rehén:

cerrando con insectos la vagina del mundo.

 

(De Amonal y otros poemas)


«LA MARCHA DE 150.000.000»

—parte 4ª: ¨Canción de E"—

fragm. II

 

Quebrándose en la herida cerrada en el fondo del cielo, Saint-Pierre ,

sobrevive Ludger Sylbaris

del que apenas hay postales ni consta que pudiera haber nacido

antes de la escupida incandescente de todas las montañas:

el único preso de la ciudad de Saint-Pierre

se mira las manos impacientes de espuma,

voltea las nubes y las vuelve añicos

para luego entregarse a la piel de las tormentas.

La gran blasfemia

fue haberse salvado y saludar con los dedos

sobre el vientre torcido de los 28.000 hombres,

preguntarles la hora y mirar hacia la nube,

menear la cabeza como en una alucinada pose de muerto.

Las paredes aguantaron a la montaña rompiéndose

y haciéndose pedazos en un último bostezo,

pero no aguantó la mirada, ni el olvido de entonces

en que él era un crío llamándose Sylbaris:

destrozaba su mundo y perdía a las cartas.

El único preso de la ciudad de Saint-Pierre, calcinada de hoy para siempre,

caerá bajo las balas en el frente de Teruel,

no saldrá en las tv's a causa de ser serbias sus miradas

—o nada sus canciones—,

reensayará su risa resistiendo por la tierra

después en Palestina.

Pero aún no ha llegado para él su futuro

y en nada, desde luego, su resurrección postrera y por palpar,

de olor a menta y bucle en sus caderas:

Sylbaris se mira las manos y olisquea a Sylbaris

un sólo siglo antes de las bombas en Freetown,

en el único minuto en la montaña que rompió sus dos mitades

para mirarle la pena, a Sylbaris (frente a frente), los ojos.

SÓLO SE SALVA EL CONDENADO

y se vuelca de alacranes en todas las estrellas.

Llevaría él la venganza.

El único preso de la ciudad de Saint-Pierre

apenas se fuma el dolor que le queda:

incendiado de olores que le vienen de lejos,

recuerda noticias y avisos de más tarde,

llenándose de cosas que todavía podrán ocurrirle:

cuando él mismo se llame Roque Dalton

y otras paredes de cárcel —de puro derrumbadas—,

le pongan las tetas del mundo a sus pies.

 

 

{ Dal

ton amueblado de cabezas por sus tres costados de alacrán,

externo a las palabras y cal en la guerrilla,

Ro-

que Dalton-Sylbaris-del-revés

no ve las cigüeñas, sus agujeros de trapo–

la muerte se le acerca a besarle de niño

y no ve las tormentas.

Ciego de Sylbaris, lud-

geroquedalton,

de pie con tres manzanas

desafía el cantador:

 

¿Para qué debe servir

la poesía revolucionaria?

 

¿Para hacer poetas

o para hacer la revolución?

 

}

 

 

Según la calculada

ley de las canciones,

sobrevive Sylbaris

del que no hay reprografías ni constan sus desastres

de niño lobo escupiendo a las montañas

antes de estallar:

el único preso de la ciudad de Saint-Pierre

disloca sus heridas,

rodea a las nubes para después saquearlas

y sacar de todas ellas el ojo de las víctimas.

La gran blasfemia, la de haberse salvado,

saludó con los dedos la saliva del mundo,

nueve décadas apenas tras la pérdida de E.

Caída de esta forma la ciudad

SÓLO SE SALVA EL CONDENADO —,

no aguantó la mirada ni su pose de muerto:

Ludger Sylbaris, de pie frente a la cárcel,

se mira las manos y olisquea a Sylbaris,

se dobla interminable

la piel de las tormentas

nos abre los ojos con un puñal de ruido

en los ojos nosotros

evadiendo la memoria

de sus ojos con asco

se cose a Palestina con un collar de arena

y después a las trein-

ta y cuatro mil cabezas hundidas en Teruel

no aguanta su deriva

ni el olvido de entonces

en que Roque Dalton amorrándose a una flauta

 

i) resistía por la tierra,

ii) despertaba a los insectos,

iii) escapando de prisión.

 

(De La marcha de 150.000.000)

 

© Enrique Falcón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Enrique Falcón | Valencia, 1968 | Profesor de Formación Profesional y licenciado en literatura española por la Universitat de València. Es asimismo autor de varios libros de poesía como: El día que me llamé Pushkin, La marcha de 150.000.000 [1, 2, 3 y 4], AUTT, Codeína, Amonal y otros poemas. Su obra ha sido recogida en diversas antologías. Ganador del Premio Nacional Antonio Machado de Poesía 1992. Premio Ojo Crítico al mejor libro de poesía publicado en España durante 1998, entre otros galardones.