| acerca de Los Noveles | staff | archivo | autores | convocatoria | enlaces | contacto |

 

Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

 

MIGRACIONES

David González | España, 1964 | Poeta y narrador. Entre sus últimos libros destacan El hombre de las suelas de viento, Anda, hombre, levántate de ti y Hasta los paranoicos tienen enemigos. Ha sido incluido en antologías como: FEROCES. Radicales, marginales y heterodoxos en la última poesía, Voces del Extremo y Golpes. Ficciones de la crueldad social. La ediitorial Eclipasados acaba de publicar su nuevo libro Reza lo que puedas. Sitio web: www.davidgonzalezpoeta.com

 

Hablábamos de molinos de viento, y de las aspas de los molinos de viento. Las dos mujeres se sentaban delante, y nosotros, los reyes de la tinta, los hombres del coche, Miguel F y yo, en el asiento de atrás. Hablamos también, creo recordar, de mi tierra, de Asturias, o para ser más exacto: hablamos de los asturianos, de los que habían emigrado, con una mano delante y otra detrás, a la República Dominicana, y de cómo ahora la mayor parte de la riqueza de la isla, por no decir la isla misma, se concentraba en esas manos.

Mi padre trabaja para ellos, dijo Bemba, la conductora.

Bemba tenía un problema, y serio, de obesidad, sin embargo, por extraño que pueda parecer, uno apenas reparaba en ello, o si lo hacía, si se fijaba, era solo al principio, un momento, luego, el tono oscuro de su cabellera, la franqueza de su mirada, la fuerza de sus labios y el acento tropical de su voz captaban tu atención por completo.

Bemba curaba las enfermedades de la dentadura, y su presencia de ánimo acallaba, serenaba, las del alma.

¿Y tenéis libros publicados?, nos preguntó de repente, sin venir a cuento de nada…o puede que sí, que sí viniera a cuento de algo después de todo: a cuento del Festival Internacional de Poesía al que los cuatro, aunque por distintos motivos, habíamos sido invitados. ¿Tú, Miguel?

Cinco, le contestó Miguel.

¿Y tú, David?

Siete u ocho, le dije, aunque le mentí, mentí a todos, tenía más.

¡Sois de verdad!, exclamó, entusiasmada. ¿Lo has oído Nora?, le gritó a su amiga. ¿Lo has oído? ¡Son de verdad! ¡Tienen libros editados! ¿Te das cuenta? Llevamos en el coche a dos escritores de verdad.

La mayor parte de la gente no se para a pensar las cosas antes de decirlas. Por ejemplo, sin ir más lejos, Bemba. Si se hubiera parado a pensarlas es posible que Juan Rulfo (que solo cuenta con dos libros en su haber) o Corín Tellado (que cuenta con varios miles) le hubieran explicado, de forma que lo comprendiera, que to have or not to have libros editados no le convierte a uno en escritor, y mucho menos en uno de verdad.

La mayor parte de las personas, vuelvo a repetir, no nos paramos a pensar las cosas antes de decirlas, y ahora me corresponde a mí servir de escarmiento para todos: cuando por primera vez le dirigí la palabra a Bemba fue para preguntarle esta idiotez:

¿Y tú de dónde eres?

De la República Dominicana, me contestó.

Un colega mío estuvo no hace mucho en un país que está justo al lado, le dije.

¿Qué país?, me preguntó. ¿Haití?

No, le dije. Haití, no. Santo Domingo.

No entiendes mucho de geografía tú, ¿verdad?

Si me hubiera parado a pensar antes de hablarle al aire es posible que hubiera recordado que ese colega me había dicho que la mujer con la que ya no folla (ahora se lo hace con una rumana) era natural de Santo Domingo, CAPITAL de la República Dominicana, CAPITAL.

¿Y habéis ganado algún premio?, preguntó Nora.

Yo sí, dijo Miguel. Tres.

¿Y tú, David?, me preguntó Bemba.

Yo no, le dije. Ninguno (otra de mis mentiras; había ganado dos premios, premios menores es cierto, pero premios al fin y al cabo). No suelo presentarme a premios.

¿Y eso por qué?, me preguntó Nora. ¿Por alguna razón en especial?

Porque la mayoría de ellos, al menos los más importantes, los de mayor dotación económica, los que, curiosamente, te otorgan prestigio literario, están amañados, concedidos de antemano, le dije. Además, añadí, la poesía, a mi juicio, no es, o no debería ser, una competición, y por dinero menos todavía.

¡Vaya!, exclamó Bemba.

Tú fumas, ¿no?, me preguntó Nora.

Nora, no sé si ya lo dije, era la dueña del coche, aunque si viajaba en compañía de su amiga no solía ponerse al volante, Bemba no la dejaba: Si lo lleva ella, nos había dicho, no llegamos nunca.

Sí, le contesté. Claro que fumo.

Se te nota en la piel de la cara, me dijo.

Menos mal que no te has fijado en mi dentadura, pensé. Procuro que nadie me la vea. Está hecha un asco. Puré. Las drogas. Es una de las razones, pero no la única, por las que no suelo reírme.

¿Qué le pasa a mi piel?, le pregunté.

Que está seca, me contestó.

Eso, la verdad sea dicha, me molestó, me sentó francamente mal, me sentó, hablando mal y pronto, como una patada en los huevos, y más viniendo de quien venía, de ella, de Nora, que no era, precisamente, la persona más indicada para hablar: una mujer entrada en años, aunque no en carnes, con mal aspecto: ojeras, la piel desblanquecida, el cabello un incendio que se apaga…en otras palabras: una mujer seca en vida.

¿Cómo que está seca?, le pregunté (me pregunté) mientras me pasaba la mano por la cara. ¡Qué va a estar seca! Eso es imposible, joder.

No tomo el sol en exceso. Mejor dicho: no tomo el sol. Es más: desde que supe que era diabético no he vuelto a poner los pies en la playa, y eso que vivo a cuatro pasos de ella…Prefiero la lámpara. Dos sesiones seguidas de veinte minutos y ya cojo algo de color, y de paso me ahorro las salpicaduras de arena de los críos, la decadencia de la carne de sus mayores y posibles heridas en los pies que muy bien podrían cicatrizar con la amputación de los mismos.

Cuando me da por afeitarme, utilizo pompas de jabón de tocador y después, lo que no se me ocurre es rociarme, a lo bonzo, con after shave.

Bebo 2 L. diarios de zumo de naranja.

Y aparte de eso, durante tres años, mis años de cárcel, de los diecinueve a los veintidós, cada mañana, tras el recuento, me asomaba al espejo de mi celda y me aplicaba, meticulosamente, crema Nivea.

Pues lo está, se emperró Nora. Tienes la piel seca.

Que no, insistí. ¡Qué voy a tener la piel seca! Mira. Toca. Tócame.

No me hace falta, me dijo. Tienes la piel seca. Y te voy a decir más: en nuestro cuerpo, en el de todos sin excepción, se producen metástasis que comparten su perfil genético con el de un tumor primario y que pueden extenderse por cualquier parte del organismo.

¿Y qué me quieres decir con eso?, le pregunté.

Que los que fumáis, respondió Bemba por ella, tenéis más posibilidades de que esos focos cancerosos se desarrollen y deriven en un determinado tipo de cáncer.

La aguja del velocímetro, me fijé, rebasaba, en mucho, los 160 Km./h.

Aquí no se va a quedar nadie, dije.

Cómo se nota que no sabes de qué estás hablando, me reprochó Bemba. Si lo supieras no dirías eso.

 

No, pensé, no lo sé.

A los dieciséis años, en el hospital, les echaba el humo a la cara a los pacientes que habían sufrido la mutilación de su voz, es decir, a los que habían sido operados de cáncer de las cuerdas vocales. Esto no debe tomarse al pie de la letra, claro. Es una forma de hablar. A esa edad yo no era tan hijo de puta como para hacer una cosa semejante. Lo que quiero decir es que yo me iba a fumar a la escalera, junto a la ventana (en cuya repisa, a modo de cenicero, como una barca a la deriva, había una lata de conservas), y ellos, los laringectomizados (no todos) se acercaban a mí, atraídos, algunos, muy a su pesar, por el aroma del humo del tabaco. Recuerdo que todos llevaban un pañuelo o un fular alrededor del cuello, y que para hablar conmigo se tapaban con el dedo el orificio de la garganta. Esto no era nuevo para mí. Allá en mi barrio, Faco, el del tiovivo, el feriante, se tapaba el agujero del gaznate para chumar, y también para que el humo de su tabaco de picadura le encharcara los pulmones.

No, Bemba, no lo sé.

El Toto y yo en su cuarto, con Turiel [1], con Nina, en silencio absoluto, a oscuras.

Unas caladas a un porro te sentarán bien, le digo.

El ataúd ocupa casi por entero el reducido espacio de la chabola destinado a cocina. La madre del Toto está dentro. Cáncer de mama.

Mi primo Adolfo, mi tío Luís y mi tía Manuela.

Cáncer de huesos, cáncer de pulmón y cáncer de mama.

No, Bemba, no lo sé. Yo no sé nada.

Lo sabes tú.

Cuando empieza a dolerles, dijo Miguel, les dan morfina, ¿no?

A mi tía le administraban comprimidos de Buprex, dije.

Lo mejor, en esos casos, es irse, dijo Nora.

¿Irse?, preguntó Bemba. ¿Cómo que irse? ¿A qué te refieres? No te entiendo.

Eutanasia, dijo Miguel.

Todos los expertos en eutanasia coinciden en que las drogas más efectivas para la auto liberación de una enfermedad terminal son: Seconal, Amytal y Nembutal, me recuerda Boris, el protagonista de Life Fading , la historieta de Miguel Ángel Martín.

El científico Maurice Verzele escribió que la eutanasia es la respuesta a la llamada de socorro del que quiere terminar con su vida, dije.

Pues yo respondí a esa llamada de socorro, dijo Nora. Y añadió: Ayudé a mis padres a morir.

¡Qué fuerte!, dijo Bemba.

¿A los dos?, le pregunté a Nora.

A los dos, sí.

Yo no sé si habría tenido valor, dijo Bemba.

Después de haber tomado un barbitúrico soluble en agua que no causa dolor y actúa rápidamente, el paciente se adormece y en pocos minutos pasa sin sufrimiento alguno del sueño a la muerte [2].

Nadie puede hacerse una idea de lo duro que resulta, dijo Nora.

 

No hablábamos, como se puede apreciar, de molinos de viento. Hablábamos, más bien, del viento que mueve las aspas de los molinos, y de la carnicería, el estrago, que esas cruces provocan en las migraciones de las aves.

 


[1] Que, por cierto, se suicidó hace unos meses, de una sobredosis en casa de su camello, a la edad de 39 años.

[2] Dignitas. Ayuda legal en la muerte voluntaria. Suicidio Autónomo. Estudios para una comprensión de la muerte voluntaria. Nº 1, Primavera 2004.

 

Del libro Reza lo que puedas (Eclipsados, 2006)

© David González