Invitado Especial

a n d r é s | n e u m a n | Argentina, 1977 | Novelista, poeta y escritor de relatos argentino, nacionalizado español. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada. Ganó el I Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal con Métodos de la noche, el Premio Federico García Lorca por Alfileres de luz y el Premio Hiperión de poesía por El Tobogán. También ha escrito el libro de cuentos El que espera, y las novelas Bariloche, finalista del Premio Herralde, El jugador de billar, El último minuto y La vida en las ventanas, finalista del Premio Primavera de Novela Espasa Calpe. También es autor de Una vez Argentina. Sitio web: www.andresneuman.com

 

La resurrección


Compartir las visiones puede ser peligroso. Hace unos días supe que falleció el padre del portero. Recibí la noticia con indiferencia, y luego con cierta culpa por culpa de mi indiferencia: a veces, para ejercitarme, pienso en la muerte del prójimo como en un ensayo de la muerte de mis seres queridos o incluso de la mía. Es triste admitirlo, pero a mí la solidaridad, tarde o temprano, me desemboca en la autocompasión. Paciencia.

Nunca conocí bien al padre del portero, aunque me lo cruzaba muchas mañanas. Se trataba de un hombre madrugador, pulcro y con un rostro extraordinariamente bello. Recuerdo sus arrugas como trazadas a navaja, sus ojos celestes, el orden de sus canas alrededor de la frente tirante. Siempre me pareció que vestía con seguridad; ¿qué es exactamente, me pregunto ahora, vestir con seguridad? Sin embargo, cada vez que nos cruzábamos tenía la misma impresión de que sus ropas eran las apropiadas para aquella esbeltez fatigada, de que los colores que elegía tendían a favorecerlo discretamente. Creo que olía a lana. A lana limpia. ¿Era además amable el padre del portero? Tal vez no llegara a tanto; más bien era educado. Educado y absorto. Cultivaba esa cortesía antigua, admirablemente mecánica, que hoy sólo podríamos mantener haciendo un gran esfuerzo de concentración. Me gustaba saludarlo y recibir sus buenos días, su inclinación de cabeza. Sabía pronunciar las fórmulas comunes como si fueran una gentil improvisación. Fuera de estos encuentros en los ascensores o en las puertas, jamás intercambié una frase con el viejo.

No podría decir quién se enteró primero, pero al cabo de unas horas el edificio entero estuvo al tanto; la muerte se propaga con más velocidad que los nacimientos. El portero vive con su familia en la última planta, en una especie de ático que alguna vez fue parte de la azotea. Allí se aprietan sus hijos, su esposa y la madre de esta, quien cualquiera diría que roza los cien años. Más de una vez me he preguntado qué sucedería con la anciana si el ascensor se averiase, cómo haría para subir hasta su casa. Pero por el momento, que yo sepa, el ascensor no se ha averiado nunca.

Aunque uno tiende a fijarse en los vecinos, creo que es más importante conocer bien a las familias de los porteros. No hay más que mirar atentamente a los ojos de un portero, para poder conjeturar con ciertas garantías cómo será la vida de todo el edificio. El del mío, por ejemplo, tiene una mirada más bien risueña, y en efecto mis vecinos bien podrían resumirse con la palabra cómicos. “Ha muerto el padre del portero”, me comunicó la señora del noveno, mientras dejaba que su perro pequinés le lamiera los zapatos. “Ha muerto el padre del portero”, me confirmó susurrante el vecino de enfrente mientras cerraba la puerta desde dentro, como si no quisiera hacerse cargo de sus palabras. “¿A que no sabe del velatorio de quién vengo?”, me abordó la del séptimo, sosteniendo varias bolsas de una tienda de ropa. A la mañana siguiente pensé en buscar al portero para darle el pésame, pero sentí pudor y luego, en fin, me fui olvidando.

No había pasado una semana cuando tuve la visión. Yo estaba en la planta baja. El corazón me dio un giro de peonza. Él, simplemente, salía del ascensor: sus reposados ojos celestes me interpelaron como queriendo aplacar mi sorpresa. Esperó a que yo recuperase el movimiento y entrase en el ascensor para cerrar con suavidad la puerta. No pronunció palabra. Sonreía. Me pareció incluso que las arrugas de su cara eran menos numerosas o no tan pronunciadas, como si llegar de la muerte lo hubiera rejuvenecido. Mientras subía a casa intentando asimilar aquel encuentro, me descubrí una rara serenidad de espíritu. No podía alejar de mí la visión de aquella sonrisa de agua. Me mantuve el resto del día en estado de flotación, como acariciando una secreta beatitud. ¿Sería yo el primero en haber averiguado que el padre del portero estaba en pie? ¿Ciertos viejos corteses morían sólo en parte? ¿Podrían los fantasmas adquirir un aspecto tan carnal para presentarse ante su antiguo prójimo? Por supuesto, no estaba dispuesto a comentar mi visión con ningún vecino y exponerme a parecer un demente.

Mis dudas no tardaron en ser despejadas. A la siguiente ocasión en que lo tuve enfrente, en un arresto de valentía no demasiado propio de mí, me decidí a seguirlo. Olía a lana limpia y esta vez habló: me preguntó a qué piso iba. Yo respondí que al último: quería verlo moverse, buscar las llaves, entrar en la que había sido su casa. Él no pareció extrañarse y pulsó dos botones. Estuvo todo el trayecto discretamente ausente, sin deponer del todo una sonrisa tímida. Cuando pasamos de largo de mi piso, le dirigí una mirada interrogativa que él no me devolvió. Seguimos ascendiendo. Entonces el motor se detuvo, pero no en el ático. Él abrió la puerta, se volvió hacia mí, hizo una delicada inclinación con la cabeza y salió del ascensor. Yo interpuse un pie en la puerta y, por la ranura, espié cómo él entraba en uno de los apartamentos. Permanecí allí, incrédulo, sin decidirme a aceptar el equívoco: con frecuencia lo evidente nos parece inverosímil. Aquel hombre elegante no era el padre del portero, tal y como yo venía creyendo desde hacía varios años, sino un vecino casi desconocido del penúltimo piso. Cuando por fin cerré la puerta, el ascensor siguió su ascenso hasta el ático y se detuvo con un eco que me sonó a burla.

Compartir las visiones puede ser peligroso. Un poco por lealtad y otro tanto por impertinencia, tiempo después sentí la necesidad de confiarle aquella anécdota al portero. Lo encontré revisando uno de los interruptores de la luz. Me acerqué a él y, tras una breve charla para entrar en confianza, me aventuré sin más rodeos: “¿Sabe una cosa?”, dije, “le parecerá raro, pero el otro día, durante unos segundos, puede decirse que vi a su padre...” Me disponía, tras una pausa, a describirle mi curioso malentendido, cuando el portero me interrumpió. Acercándose bastante, con una sonrisa iluminada por la emoción como nunca antes le había visto, contestó: “No me extraña, señor, a mí también me pasa. Hace un rato, por ejemplo, acabo de encontrármelo en el ascensor”. Luego hizo una inclinación de cabeza, me dio la espalda y comenzó a girar un destornillador.


Cuento inédito

© Andrés Neuman

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