CON LA BOCA ABIERTA
Odette Alonso | Cuba, 1964 | Poeta, narradora y ensayista. Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 1999 con Insomnios en la noche del espejo. Ha publicado, entre otros, los poemarios Historias para el desayuno, Palabra del que vuelve, Diario del caminante, Cuando la lluvia cesa y El levísimo ruido de sus pasos. Radica en México desde 1992. Es editora de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México. Odisea Editorial acaba de publicar su libro de relatos Con la boca abierta (Madrid, 2006). |
—¿Te duele?
Como no puedo responder, muevo la cabeza de un lado a otro. Esto parece una prueba de Dios: antes, la insistencia de la maquinita me hacía padecer terribles pesadillas; ahora su mano la sostiene y sus dedos acarician mi encía, construyen un universo desde el diente hasta el centro del pecho, en el que empieza un cosquilleo que no es precisamente por la anestesia.
—¿Qué es eso? —alcanzo a preguntar cuando la jeringa se ha perdido dentro de mi boca— La curación... y éste es el ácido grabador —agrega cuando el líquido agrio ya está cayendo sobre mi diente—. Enjuágate si quieres.
Me incorporo a medias y aprieto el botón, un chorrito de agua empieza a caer sobre el vaso transparente. Hago buchadas, vuelvo a recostarme e instintivamente abro la boca. Ahora es una pasta amarillenta con sabor a ajo, que aplica con los horribles ganchos. Pareciera que está esculpiendo la Venus de Milo o El Pensador. O repujando una moneda con la efigie del César, con todo y coronita de laureles.
—¿Por qué estás tan callada? —dice mientras estira su brazo sobre mí para alcanzar una especie de pistola plástica.
—¿Cómo quieres que hable con la boca abierta?
Reímos. De la pistola sale una luz azul. Junto a mi oreja ronronea el motor del aparato.
—¿Y eso? —le pregunto cuando, por encima de mi pecho, vuelve a colocarla en su lugar.
—Luz ultravioleta, para fotopolimerizar...
—¿What? exagero la pronunciación.
—Para secar la resina. ¡Todo quieres saberlo!
Ella también exagera la exclamación.
Empezamos a tutearnos en la segunda cita.
—No hagas nada antes de anestesiarme.
—Pero si no duele —e hizo un gesto de burla ante mi expresión de ruego mudo—. A ver, abre, ¿esto te duele?, ¿verdad que no?
Es ridículo tratar de responderle cuando ha llenado mi boca con el tubo del drenaje y los algodones. Y se aprovecha para preguntar de mi trabajo y hablar del clima, del tráfico tan congestionado a la salida del puente, de la subida del dólar que encarecerá los insumos y el material de laboratorio. Ella habla y yo me mareo entre el miedo, el olor penetrante del hueso taladrado y el tratar de responderle con gestos torpes y movimientos de los ojos.
Suena el teléfono. Con el auricular sostenido entre el hombro y la barbilla sigue asomándose a mi boca. Monosílabos, sonidos guturales, risas, el horno de microondas, más risas. Por fin cuelga.
—Mi marido. No sabe cómo calentar la comida.
Su marido. De su nariz está saliendo un elíxir que se mete en mi nariz y me llega a los pulmones y sube al cerebro y me ordena mirarla. Yo en estado de indefensión y ella pasando una y otra vez su mano sobre mis labios. Cierro los ojos. ¿Pasa algo?… Niego con la cabeza. Su pecho se inclina sobre mi pecho, su cara está a unos centímetros de la mía. Sus dedos se posan otra vez sobre mis labios. ¿Qué tienes?, insiste. Mis manos se alzan y le quitan el cubreboca. Ella baja hasta mis labios y los envuelve, su lengua entra en mi boca como una serpiente tibia.
—Listo. —Abro los ojos. —Ya te habías dormido, ¿verdad? Me saca los algodones de la boca y mueve la mesita de los instrumentos para abrirme paso. Con un movimiento diestro se quita los guantes, que suenan como un latigazo. —¿Cuándo quieres tu próxima cita? —Me levanto con lentitud de convaleciente. Quiero retrasar el final, quedarme el resto de la vida en ese sillón oyéndola decir incoherencias, darle órdenes al marido, recetar pomaditas para dientes sensibles. —Mañana ya no tengo espacio, puede ser el lunes. —Asiento. —¿A la misma hora? —Vuelvo a asentir y me palpo el labio. —No te muerdas, se te hincha. —Anota mi nombre en la agenda: Claudia, así simplemente, sin apellido. —Te acompaño.
Caminamos por el pasillo hacia la salita de espera. Ahora estamos en igualdad de condiciones y crece el cosquilleo. Oigo sus tacones a mi espalda como oía Orfeo los pasos de Eurídice. Me volteo a medias, como él, y veo sus dientes expuestos en una hermosa sonrisa. Nada de chicles, eh... Quiero meterme por su boca como ella lo hace por la mía, pero cierra la puerta y todavía me quedo paralizada un par de segundos frente a la madera pulida, con mi estúpida sonrisa anestesiada.
No puedo esperar hasta el lunes, me digo mientras bajo la escalera. No puedo esperar hasta el lunes, me repito cuando abro la puerta del edificio y salgo a la calle. No puedo esperar hasta el lunes, me sigo diciendo toda la tarde y la noche y la mañana siguiente, hasta que alzo el auricular y marco el número del consultorio.
— La doctora no está, ¿quiere dejarle algún recado?
Sí, que la amo, que cada minuto sin ella es una tortura mayor que ir al dentista.
— Que si puede atenderme en la tarde porque me está doliendo el diente.
Y sí, puede atenderme, me avisa la secretaria una hora después.
— De parte de la doctora, que no se tarde, que va a ser su último paciente.
Y allí estoy a las ocho en punto, tocando el timbre, subiendo de dos en dos los escalones, tomando aire ante la madera pulida de la puerta.
— ¿Estás solita?
Caminamos por el pasillo hacia el consultorio.
— Me quedé sólo por ti; mi paciente de las siete canceló. —Ella delante, sonando sus tacones, yo como su sombra hechizada. —Pero ni modo que te deje con el diente fastidiando todo el fin de semana. Sonríe mientras me ve acomodarme en el sillón totalmente horizontal. —¿Entonces te duele? Se ha sentado en una banqueta rodante y se pone los guantes, cubre su boca, se acerca. Mi cabeza está prácticamente entre sus piernas. —No tendría por qué dolerte. —La verdad es que no me duele. —Abre.
Su dedo levanta mi labio. Uno de sus instrumentos de tortura pincha mi encía. Doy un respingo. Ella sonríe y mueve la cabeza de un lado a otro.
— Es que me has picado hasta el corazón —protesto con los ojos muy abiertos.
— No exageres.
No exagero.
Rueda la silla hacia el gabinete pegado a la pared. Hay una algarabía de metales.
— Eres una miedosa —se burla mientras alza el artefacto brillante del que sobresale una fina aguja—. Voy a anestesiarte para que me dejes trabajar. —De la punta brota un chorrito. La aguja se clava en mi encía. Arde. Siento la nariz creciendo como la de un elefante y una lágrima involuntaria se escapa de mi ojo derecho. —¿Estás llorando? ¡No lo puedo creer!
Con la sonrisa de oreja a oreja me pone en la mano un pañuelo desechable.
— No estoy llorando, se me salió esa lágrima.
Masajea mi encía en el mismo punto en que la pinchó.
— Fue lo más parecido a llorar que haya visto. —Tiene otro acceso de risa. —Como si fueras una niña… Abre. —Ya sólo siento su manipulación. —Vives sola, ¿verdad? —Ha llegado la hora del interrogatorio. Asiento. —¿Y qué haces los fines de semana? —Alzo los hombros. —¿Tienes novio? —Niego. —¿Por qué no vamos a los toros?
Con un esfuerzo sobrehumano consigo que los ojos no se me salgan de las órbitas. Saca la maquinita de mi boca y le digo que no me agradan los toros.
— A mí tampoco, abre, pero a Mario le fascinan y yo me pego unas aburridas…
Silencio largo. Ella trastea dentro de mi boca, yo prefiero cerrar los ojos e imaginarla en la plaza, con una boina negra ladeada y esa sonrisa. Es raro que esté tan callada. Abro los ojos y veo los suyos encima de mí, fijos en lo que hace. Cuando termina se pone de pie y se quita los guantes.
— ¿A poco invitas a tus pacientes? —le pregunto cuando desliza la mesita para que pueda levantarme del sillón.
— Ya eres un poco más que un simple paciente, ¿no? —Está de espaldas, frente al gabinete. No me mira. Un poco más que un simple paciente, ésa es una distinción que no sé si merezca. El tiempo se alarga como un chicle y ella sigue de espaldas. —Si me esperas, te doy un raid.
Esto también es una sorpresa, pero la espero, cómo no, y con un excelente humor me lleva hasta la puerta de mi casa, sin dejar de hablar en todo el trayecto.
Y por encima de mis convicciones en contra del maltrato animal, el domingo estoy en medio de la plaza llena de gente que grita y se saluda como una gran familia. Mario, con el brazo sobre mis hombros, me presenta como una amiga de su mujer y ella sonríe. Una amiga y no la más cobarde de sus pacientes. Una amiga a la que sienta a su lado y convierte en el centro de su atención. Y habla y habla sin importarle los hombrecitos que bailan con las manos en alto y le encarnan al toro las brochetas de colores en el lomo ni el otro que lo engaña y lo confunde y lo provoca y lo desangra y le clava una espada hasta el mismísimo puño en medio del coro que se desgañita.
El ambiente es contagioso. Salto al ruedo y dedicarle el toro a mi dama con gran algarabía de la concurrencia y el beneplácito de Mario y sus compinches, que se pasan la bota de vino y se la empinan. Ella sonríe entre halagada y nerviosa. Mis ojos se desplazan en cámara lenta de sus ojos a la puerta por donde saldrá en unos segundos la mole negra. Uno de los hombrecitos me pone en la mano la muleta. Suenan las fanfarrias y el público corea “to-re-ra to-re-ra to-re-ra”.
— ¿Verdad, Claudia? — Es Mario. — ¿No me oíste?
Todas las miradas sobre mí. Perdón, me estaba imaginando allá abajo, a punto de que saliera el animal. Carcajada general y Mario relatando su historia y empinando la bota, deseando salud y pasándola a sus amigos, que repiten sus movimientos casi exactos. Y ella me roza las manos y platica mirando alrededor, para acabar fijando sus ojos en los míos con una fiereza que no sé si sea cierta o sólo la imagino.
Un par de semanas después, me sorprendió su voz al otro lado del auricular.
— A Mario le rentan una cabaña frente al mar, ¿te animas? —En un susurro, con el monosílabo atragantado en la garganta, le dije que sí. —Mario trabaja el viernes, pero si me acompañas, nos adelantamos el jueves y que nos alcancen, ¿te late? Sentía el latido desde el diente que ella había reconstruido hasta un lugar que no podía mencionarle. —Con el carro y solas, hasta podemos irnos de reventón…
Pero no. Compramos en el supermercado lo necesario para la estancia, cenamos pescado y vino blanco en un restaurante de aspecto rústico y regresamos a acomodar los víveres en los estantes de la cocineta. Cuando terminamos, con un par de cervezas en las manos, nos sentamos en el porche, frente al mar. La brisa era cálida, acariciante. El olor del salitre y el rumor de las olas rompiendo a sólo unos metros daban al ambiente un toque íntimo, casi mágico.
Sin embargo, la animada charla que habíamos mantenido ininterrumpidamente desde que salimos de la ciudad palideció. Un silencio pesado nos envolvió como el manto húmedo de la noche. Ella tenía la mirada perdida en el mar y una especie de rictus en la boca. “Ya está extrañando a su familia”, pensé. Entonces miré la mano quieta que descansaba sobre su regazo y quise besarla.
— ¿En qué piensas? —preguntó, con la botella casi vacía a medio camino entre la mesa y su boca.
Se me hizo un nudo en la garganta y volví la vista al mar.
— En nada.
Sentía la persistencia de su mirada como la de su maquinita sobre mis muelas.
— Cómo que en nada, si estabas sonriendo...
La brisa que venía del mar se hizo más tibia y espesa.
— En nada —repetí automáticamente—, sólo eran unos recuerdos…
Me costaba respirar, como si tuviera un paño húmedo sobre la nariz y la boca.
— Deben ser muy gratos... —Su mirada era un taladro. —¿No confías en mí, Clau?, ¿no somos amigas?
La pregunta apretó el paño sobre mi nariz. Tragué en seco.
— Claro que somos amigas, pero nos conocemos poco…
— Y para conocernos ¿no deberíamos hablar más de nosotras?... La brisa cesó de pronto. Parecía que flotábamos en el vacío, pero en un instante yo caí rebotando contra el suelo del portalito. —Si no tienes nada que decirme, me voy a descansar.
Se había levantado de la silla y se perdía en el interior del bungalow.
Unos minutos después, sólo quedaba encendida la luz de la cocina, aunque por debajo de su puerta cerrada se colaba un leve resplandor. Dejé la botella vacía en el fregadero, entré a mi cuarto y me desvestí. Me eché una camiseta ligera sobre el cuerpo y fui hacia la ventana, por donde entraba todo el rumor del mar y una brisa que movía levemente las cortinas. Sin toque ni aviso previo se abrió la puerta.
— ¿Puedo dormir aquí? Allá, sola, me da miedo.
Cuando volteé, ya e staba arrodillada sobre la cama contigua con el torso desnudo y los brazos en alto. El tiempo se detuvo, el aire dejó de circular. Pensé que iba a morir. Que iba a morir no, que ya había muerto, porque esa escena sólo podía corresponder con el delirio final. Traté de dominar el sobresalto y me acerqué. Sus ojos y los míos parecieron imantarse. Estábamos tan cerca que sentí el aroma de su respiración y ese elíxir me hizo ampliar el enfoque hacia sus pechos desnudos.
— ¿En qué piensas?, ¿sigues recordando? —dijo cuando me vio tragar en seco. El corpiño satinado caía sobre su cuerpo y desaparecía la visión.
— En nada, no pienso en nada.
Como si huyera de un fantasma, me metí debajo de las sábanas y dije con voz muy baja: buenas noches.
— Buenas noches —respondió ella un segundo antes de que un trozo de sábana cayera sobre su cuerpo y se pusiera un brazo sobre la cara para iniciar la cuesta del sueño.
No estaba demasiado separada la otra cama. A un paso largo tal vez. Si estiraba mi brazo alcanzaría a tocarla, sentiría su piel erizarse con la caricia. Hace mucho que quiero decirte que te amo , y ella no se sorprendería, ya lo sé , y pegaría su boca a la mía, primero con ternura, luego con pasión incontenible. Torpemente, nos despojaríamos de las ropas mientras dejáramos a nuestras manos explorar lo desconocido.
Quitó el brazo de sus ojos y me miró. Abruptamente fijé la vista en el blanco del techo, que no se veía blanco porque la luz estaba apagada y sólo entraba el reflejo de afuera. De reojo, sin mover el resto de mi cuerpo, la veía mirándome.
— ¿Por qué no me lo dices de una vez?
Ahora sí iba a parárseme el corazón. Qué ridículo sería morir justo en el instante en que ella estaba tendiendo una alfombra mágica entre ambas camas.
— ¿Qué?
Pregunta estúpida... ¿acaso no podía responderle con la misma naturalidad con que ella me conminaba a hacerlo?
— Que no soy tonta, que me doy cuenta de lo que está pasando .
¿Estaríamos pensando lo mismo? Si le dijera que la amo, ¿no estaría adelantándome?
— ¿A qué te refieres?
Volvió a ponerse el brazo sobre la cara.
— A nada .
— Tienes razón —dije con un hilo de voz—, sí está pasando lo que crees...
Ni se movió, como si le estuviera hablando al techo.
— Y, según tú, ¿qué es lo que creo que está pasando?
¿Y ahora qué podía responderle? ¿No estaba claro, no me lo había preguntado ella misma hace un minuto?
— Nada —le dije.
— ¿Cómo que nada si acabas de decir que algo está pasando?
— También tú dijiste que algo estaba pasando y luego dijiste que nada.
— Claudia, ¿a qué estamos jugando?
— Yo no estoy jugando a nada; tú estás jugando.
— ¿Yo estoy jugando?, ¿y a qué estoy jugando, si se puede saber?
— A sacarme de quicio, a eso estás jugando
— ¿Yo te estoy sacando de quicio?, ¿no será al contrario?
— Mira, mejor ahí lo dejamos, ¿no? Hasta mañana.
Yo había dicho ahí lo dejamos y hasta mañana. ¿Pero cómo podía ser tan torpe de poner fin a una charla que debía desembocar, cuando menos, en un par de confesiones?
— No, nada de hasta mañana: si empezaste, termina.
Bendito sea Dios: ella no quería terminarla.
— Tú fuiste la que empezó, tú dijiste que no eras tonta y que te dabas cuenta de que algo estaba pasando...
— ¿Me estás diciendo tonta?...
— No te estoy diciendo tonta, tú fuiste la que dijo que no eras tonta, que no lo eras, que no...
Sobrevino un silencio pesado. No sé cuántos segundos pasaron antes de que ella dijera:
— Yo sé que no es fácil...
Ah, ya estábamos acercándonos al tema. Al menos eso creí entonces, pero no había ningún tema que tratar. Lo supe cuando la vi levantarse y dar el paso largo que nos separaba. En menos de un segundo estaba arrodillada en mi cama con el torso desnudo y sus pechos a unos cuantos centímetros de mis ojos bizcos. En un abrir y cerrar de ojos su piel tibia se pegó a la mía y su boca abandonó mi boca para recorrer otros caminos de mi anatomía. Ella estaba desnuda sobre mí, en medio de un relámpago de luz.
Del libro Con la boca abierta (Odisea Editorial, 2006) © Odette Alonso |