CUERPO NAUFRAGO
Ana Clavel | México, 1961 | Es autora de los libros de cuentos: Fuera de escena, Amorosos de atar y Paraísos trémulos. Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991. Finalista del Premio Internacional Alfaguara de Novela 1999 con Los deseos y su sombra. Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional por Las Violetas son flores del deseo. Su novela más reciente es Cuerpo náufrago (Alfaguara, 2005). Página web www.anaclavel.com (Foto: Rogelio Cuéllar) |
1
Ella —porque no cabía duda sobre su sexo, aunque las presiones de la época contribuyeran a que asumiera otros roles— estaba dormida en la cama y se resistía a abandonar el último sueño, donde tres niños se alejaban del salón de clases y a una señal desenfundaban sus sexos nacientes para medir su poderío. Ella —a quien conoceremos en breve como Antonia— veía la escena como si fuera cada uno de ellos. Finalmente, se decidía por el chico que aún mantenía oculto su sexo con la mano. Al contemplar el tamaño de los otros se animaba a mostrar su pene larvario sin temor. El sonido de una chicharra escolar, o más bien la alarma de un despertador, apremiaba a los niños a una maniobra desesperada: saltaban a unas cuerdas que pendían del techo y desde ahí se columpiaban en un remolino del que manaba luz. La pequeña Antonia, con el sexo colgante, percibía que una fuerza avasalladora se apoderaba de su cuerda y la hacía temblar. El despertador insistió de nuevo: Antonia adulta intentaba mantenerse en la cuerda pero acomodarse con los otros niños le resultaba ya imposible. Extendió la mano hacia la mesa de noche y por instinto atisbó la pantalla digital: 7:45. Accionó el apagador y volvió a la almohada, pero ya los niños se habían ido. En su lugar, empezaron a ordenarse algunos datos: la junta con el director de relaciones públicas del instituto, el pago vencido del teléfono, la cita con la ginecóloga. Y la ropa que debía ponerse, entre un repertorio de blusas, trajes sastres, medias, zapatillas, comenzó a alternarse en una vertiginosa exhibición con modelos invisibles. Modelos que de pronto colgaban de cuerdas suspendidas del techo y que se anudaban con una fuerza desconocida. Antonia abrió los ojos y recordó a los niños. Frunció el entrecejo y murmuró: “Qué sueño más raro”. Paseó la vista por el techo donde una lámpara translúcida colgaba indiferente, como la cara del director de relaciones públicas cuando escuchara el reporte de la semana. Tendría que darse prisa o llegaría con retraso. Saltó de la cama y corrió en dirección al baño. Antes de salir de la habitación alcanzó a percibir una figura desconcertante en el espejo de cuerpo entero que acababa de pasar. Tuvo que volver sobre sus pasos. Frente al espejo, se frotó una y otra vez los ojos. De seguro había caminado dormida y seguía soñando. El niño que había sido en el sueño ahora era un hombre. Ella misma, pero indudablemente un hombre: ahí entre sus piernas, plantado como una señal irreductible, su nuevo sexo.
2
Los malentendidos empiezan con la apariencia. ¿Somos lo que parecemos? ¿La identidad empieza por lo que vemos? ¿Y qué fue lo que vio Antonia al salir de la cama y descubrirse en el espejo? El cuerpo de su deseo. Entonces habría que admitir que tal vez nos equivocamos: la identidad empieza por lo que deseamos. Secreta, persistente, irrevocablemente. Lo que en realidad nos desea a nosotros.
Bueno, si aquello que le sucedía no era un sueño, si además del misterio del pene, sus espaldas se habían ensanchado levemente, si el vello en brazos y piernas que siempre había tenido en exceso para ser mujer, ahora se había acentuado como una segunda piel, si la mandíbula se le había hecho un poco más cuadrada y una nuez de Adán le colgaba ligera pero indudable de la garganta...
Se mantuvo horas frente al espejo. Primero, en un estado de perplejidad pasmosa ni siquiera se atrevía a constatar con sus manos aquellos cambios. Sólo los ojos recorrían, una y otra vez, su cuerpo transformado. No es que antes Antonia no disfrutara su imagen de mujer de 27 años (en especial, le agradaban sus senos redondos y pequeños y las piernas fuertes pero de líneas suaves), sino que se asombraba de la frágil frontera de las diferencias, de cómo un poco más de tensión, una curva menos acentuada, una turgencia resuelta en plomada, podían inclinar el límite de la balanza.
Y tras el asombro inicial, vinieron las preguntas. Cierto que desde pequeña había deseado ser hombre. No porque se creyera un varón atrapado en el cuerpo de una mujer, sino porque la intrigaba la naturaleza de esos seres que, suponía, eran más completos y más libres que ella. Sí, se recordaba perfectamente de niña envidiando a sus hermanos y a los amigos de sus hermanos, esa manera de apoderarse de una calle para jugar fútbol, para salir solos por la ciudad sin correr tanto peligro, para engrasarse las manos y los pantalones al enderezar la cadena de una bicicleta o para ponerse un traje y sentirse importantes. En más de una ocasión, ya adolescente, se había disfrazado en su recámara, jugando a relamerse el cabello y probarse la ropa de sus hermanos. En esos momentos se sentía descender al fondo de sí misma: una zona oscura y cálida como una cueva en la que nada estaba definido. Tan sólo era clara la fuerza de su deseo. Un poder bullente que la hacía sentir viva y vibrante. Gozosa. Emergía con una sonrisa en los labios y se asomaba al espejo. Fingía entonces poses varoniles y descubría con qué facilidad podría hacerse pasar por un muchacho. Pero ahora, no cesaba de preguntarse por qué se había operado en ella una transformación tan completa.
Se miró a los ojos en busca de algún rastro que aún le permitiera reconocerse, saber quién era, ¿o es que había dejado de ser Antonia por el hecho de haber cambiado de sexo de la noche a la mañana? ¿Y cómo enfrentaría esta nueva vida?, ¿cómo salir a las calles de la ciudad de México, tratar a los amigos, a los jefes, a sus exparejas, a su casera, al mendigo de la esquina? Qué suerte que sus dos hermanos vivieran en el extranjero, que casi no tuviera familia. Pero a los demás, ¿acaso explicarles lo único que se le ocurría, que alguna vez había deseado convertirse en hombre —pero bueno, también astronauta, bacterióloga, estrella de cine, objetaba ella misma— y que de una manera insólita ese deseo había resultado tan poderoso para realizarse y a la vez tan secreto para que no se diera cuenta de que crecía con ella?
Aún mantenía la atención en sus propios ojos, en el oscuro túnel de sus pupilas como el único pasaje que podía transportarla a otros tiempos de certidumbre inconsciente y arrolladora. Pero no duró mucho tiempo: el túnel ahora se ensanchaba y sus pupilas parecían abrirse a nuevas zonas de penumbra indeterminada. No supo por qué, pero la posibilidad de lo desconocido la excitó al punto de sentirse que se preparaba para un gran salto. Abrirse de brazos para abarcar el horizonte y hacerlo suyo. Un relámpago se erizó entre sus piernas. Casi perdió el aliento ante la urgencia nueva de su sexo enhiesto, esa voluntad avasalladora por colmar una sed hasta entonces desconocida.
Fragmento de la novela Cuerpo náufrago (Alfaguara, 2005)
© Ana Clavel |