MANDA FUEGO
Alberto
Chimal | México,
1970 | Autor
de libros como Gente
del mundo, El
país
de los hablistas, El
ejército
de la luna y Estos
son los días. Además
de su obra narrativa, se ha dedicado a la dramaturgia:
Canovacci, El
secreto de Gorco. También
es autor de la versión teatral de la novela
Salón de belleza de
Mario Bellatin (escrita en colaboración
con Israel Cortés).
Imparte cursos y talleres literarios en diversas
instituciones y es miembro fundador del grupo
cultural Fatal
Espejo. Blog de Alberto Chimal: Ánima
dispersa |
Luego del primer canto y del sermón y del segundo
canto, a la hora de cantar otra vez, el grupo tocó tan
bien, entonó la invocación con tal fervor y
fe y sentimiento, que los veinte o veinticinco de todas las
semanas empezaron tras de pocos minutos a tambalearse y caerse
y hablar en lenguas, pero cuando ya estaban en el suelo,
de pronto, también cayeron otros diez o doce. Y luego
otros tantos. Y luego cuatro en el entrepiso, espectaculares.
Y luego cuarenta de un solo golpe. Y luego el pastor, que
hasta entonces no creía. Y luego los del grupo, sin
dejar de cantar, dieron todos en el suelo, y se quebraron
las guitarras bajo los cuerpos pero ya no lo supieron, y
luego hasta la señora Herlinda, que chillaba de miedo
cuando los caídos se convulsionaban y se agarraban
a sus piernas, chilló otra vez pero de gusto porque
de la boca le salían el arameo y el judío y
saliva y la lengua pero también quién sabe
cuántos otros idiomas extra, todos juntos, y tanta
era su alegría y su paz que levantaba las dos piernas
hasta arriba y luego daba en el piso de cemento, y también
con las manos y con la cabeza, y no había pasado nada
de tiempo y ya se le estaba olvidando su nombre y dónde
acababan su cuerpo y su ropa y dónde empezaba el mundo,
y qué lejos está Dios, y dijo AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
y todos en el templo decían AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
y ya no se enteraron pero oh, maravilla, porque mientras
el templo se llenaba con sus voces cada vez más jubilosas
y ellos más se entregaban y lo sentían en su
alma, en su corazón, en lo profundo de su ser lo sentían,
en los edificios alrededor la gente oía el AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
y tan hermosa era la fe y la alegría y la energía
musical del AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA que también
ellos se ponían también a decir AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
y se caían al suelo o por las ventanas o en medio
de las calles y se retorcían y se golpeaban sobre
los coches y en las banquetas y unos encima de otros y cada
vez era más fuerte el AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA y se
extendía en todas direcciones y se escuchaba cada
vez más fuerte y después de un rato la gente
lo podía ver además de oír y desde muy
lejos, como una ola de carne palpitante y serena y dulce
que hacia AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA y estaba feliz feliz feliz
feliz feliz porque Dios es grande y Dios llega hasta el mundo
y hace milagros y de pronto tenían miedo los que veían,
pero en cuanto les llegaba la fe, en cuanto les llegaba la
palabra, en cuanto les llegaba el testimonio y el AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
todo tremendo y salpicado por ahí de romano o de filisteo
o de lo que sea que fuera ya no tenían miedo ni nada
y también les llegaba la alegría y se tambaleaban
por la alegría y decían AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
y entonces de ese modo creía la presencia de Dios,
el testimonio de Dios, y lo malo era que algunas personas
eran menos abiertas que otras, más cerradas, más
hechas al mundo y entonces en lugar de decir AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
como todos los demás decían AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
pero de otro tipo y se echaban a correr y no dejaban de decir
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA y corrían todo lo que era posible
y cuando ya no podían se subían en coches o
camiones o bicicletas o patinetas o si lo que pasaba era
que había demasiada gente adelante tapando la calle
se empujaban y se pisoteaban y se trepaban unos en otros,
y lo mismo pasaba en donde estuvieran, ya fuera en los túneles
o los pasos a desnivel o las terminales de autobuses o los
aeropuertos, y sin detenerse y sin dejar de decir su AAAAAAAAAAAAAAAAAAA
que no era como el otro AAAAAAAAAAAAAAAA se echaban unos
sobre otros y se mataban y se arrancaban las orejas y los
ojos y dejaban cuerpos aplastados en pistas y andenes y banquetas
y corrían y conducían y volaban locamente y
luego de tanto horror como ellos mismos sentían porque
el AAAAAAAAAAAAAAA que no era de ellos sino de los demás
que se quedaban en tierra, avanzando y diciendo AAAAAAAAAAAAAAAAA
y felices porque hablaban japonés y ruso y BASIC y
esperanto y todo y entonces el mundo entero los podría
escuchar dar fe de la alegría de Dios y de la gloria
de Dios y de la palabra de Dios y de la presencia de Dios,
de tanto horror que sentían los que escapaban, digo,
no se les olvidaba nada de lo que dejaban atrás pero
ya lejos sentían alivio, sentían contento,
paraban de sufrir y daban gracias y hasta empezaban a cantar
y sobre un mapa se podrían trazar sus rutas, regueros
de chispas como avanzada de la explosión, rayos de
una misma rueda grande grandísima, oh, qué grande,
qué grande es el Señor, haces de luz abriéndose
cual flores, una sola flor de la paz y la felicidad…
© Alberto Chimal |