-¿Y
nunca encontró a la vieja?
-Nunca.
-¿Y cree usted que venía del futuro?
-¿Cómo, si no, podría conocer estas
historias que me pintó sobre la piel?
El
tipo tenía los ojos como candelitas en el campo
al decir aquello; lo miré y no comenté nada.
Al principio, me había resultado divertido; sinceramente,
no había pensado en encontrármelo. Conozco
a tantos. Eso sí, nunca olvido; tampoco busco:
me gusta encontrar, y cada vez encuentro menos. Pero acaso
yo estaba con un pesado aburrimiento esa tarde. Ahora
comenzaba a cansarme su letanía con los tatuajes
que cobraban vida. Se daba mucha importancia, bah, con
tantos locos repletos de tatuajes como hay por este mundo
y tanta gente capaz de contar buenas historias... y, también,
de hacer tantos disparates, tanto daño.
Su
explicación me sonaba a un sorteo falso. Vivimos
rodeados de presagios, intuiciones, sólo que a
veces los ignoramos. Sabía que no había
hecho ningún esfuerzo por encontrar a esa vieja.
Hubiera sido tan fácil. Bastaba creer. Simplemente
creer. Pero, a la larga, el tipo me dio lástima
y me quedé a su lado. Qué desperdicio, pensé.
¿Cuántas horas lo había soportado?
Miré mi reloj: dos horas es mucho tiempo. Cuando
le dije que me iba, se molestó. Estaba silencioso,
pero los músculos de su rostro revelaban enojo.
Y maldad. Yo recogí mis cosas, pocas, viajo con
poco equipaje. Quise, sin embargo, que la despedida sonara
amistosa, y fui redundante: Nunca olvidaré este
encuentro, dije, extendiendo mi mano. Mi mano hacia el
vacío. Bah, le resté importancia, suspiré,
y di la espalda. Fue en ese instante cuando habló,
fríamente: ¿Tiene miedo? Acaso es tarde,
¿no cree?
Supe
que su fin era el robo. Infeliz. Tanto blablabá
para eso. No había aprendido nada. Ni comprendido
nada. Yo no había tenido un buen día, él
qué iba a saber. No obstante, preferí no
responder, iba a intentar continuar mi camino (y a darle
una oportunidad), pero tuvo el atrevimiento de tocarme.
Después del olvido, que ya es ofensa, aquello.
Puso su mano sobre mi hombro. La sentí como una
garra. Otra ofensa. Vándalo. Por él, los
juzgué a todos. No era un buen día. Con
lentitud, me fui volteando, hasta que mi mirada enganchó
la suya; mis ojos hechos del abismo de saber, de ver.
De amargarme.
¿No
me reconoces?, susurré, y empecé rápido,
ya había dilapidado el tiempo. Mi voz era voraz,
le comía los recuerdos. Vi el espanto retorciéndole
los tatuajes. Y seguí, impasible. Mi enojo, encerrado
tanto tiempo, ya estaba libre, no tenía salvación.
Devoré los leones en el cuarto de juegos de los
niños, y a los niños malcriados; a los sabios
globos de luz y fuego azul de Marte, y a los sacerdotes
que pretendían, torpes, evangelizarlos; a la Ciudad
vengativa, y, por supuesto -era predecible-, a los hombres
que descendían de aquellos infieles que habían
vaciado de vida a la Ciudad lejana y feliz... Mi furia
extinguía las historias. Yo ignoraba el cuándo,
pero sabía que la locura era mi destino.
Una
música sonó en lo más oculto de mi
amargura. Era tarde: ya había eliminado a la mujer
y a los niños de Bodoni. El bueno de Bodoni. Los
excesos, la ira; lo admití: yo también me
había enfermado con la humanidad. Demasiado tiempo
de convivencia. Pude dejar en pie el cohete del soñador.
Sólo ellos, el cohete y Bodoni. Atiné a
borrarle la memoria de su hogar, para que no sufriera.
Pero con el hombre ilustrado no tuve piedad, no sucumbí
a las súplicas de sus ojos, a su pose de arrepentido.
Tanta mala actuación por todas partes. Me enfurecía
todo lo que había encontrado. Aunque no entendía
mi reacción, lo culpé a él con todas
las culpas ensartadas por mí. Borré las
historias que mi mano prodigó sobre su anodina
piel para hacerla ilustrada y brillar. Para prevenir,
asustando. Piel con luces de alerta. Esas historias que
se movían con vida propia. Las historias vistas
y por venir. El sentido de mi existencia.
Lo
dejé como un cuenco vacío. Mi decepción
era devastadora. No pude detenerme. Después de
tantos siglos, y con dolor, supe: me sentía identificada
con aquella Ciudad que había acumulado paciencia
y odio, y una gran esperanza, pero sólo para la
venganza, para, después, estar en paz con su destino
en el sueño. Dormir la locura como destino. Soñar.
¿Vivir?
Como
la Ciudad, también cerré los ojos. Acaso
el mejor final. Pensé que no valía la pena
esperar algo de los hombres (la estupidez siempre los
gana; la estupidez y el egoísmo). No pude encontrar
el modo de arrancarles la maldad. Ni con mis historias,
ni siquiera con promesas. Aquel petulante tipo que nunca
quiso buscarme fue la gota que rebalsó el vaso.
Qué pérdida de tiempo. Para qué creer.
Qué desesperación... ¿O no? Estaba
tan enojada, que no toleré la duda. No más
presente, cero futuro; y cerré los ojos, consciente
de que con mi sueño arrastraría a todos
(a casi todos).
Mi
último pensamiento fue para la Bella Durmiente.
No pude evitarlo. Quién sabe si. Quizá Bodoni
encontraba uno, y las historias volverían, y yo
podría creer. Otra vez. Tal vez. De nuevo. Quizá
el cosmos esconde muchos príncipes capaces. Príncipes
temerarios y nobles. Con uno que viniera. Pero es tan
infinito el espacio.
Quién
sabe si. Acaso.

Copyright
© Rosa Elvira Peláez
siguiente>
|