quién sabe si

Por Rosa Elvira Peláez


 

-¿Y nunca encontró a la vieja?
-Nunca.
-¿Y cree usted que venía del futuro?
-¿Cómo, si no, podría conocer estas historias que me pintó sobre la piel?

El tipo tenía los ojos como candelitas en el campo al decir aquello; lo miré y no comenté nada. Al principio, me había resultado divertido; sinceramente, no había pensado en encontrármelo. Conozco a tantos. Eso sí, nunca olvido; tampoco busco: me gusta encontrar, y cada vez encuentro menos. Pero acaso yo estaba con un pesado aburrimiento esa tarde. Ahora comenzaba a cansarme su letanía con los tatuajes que cobraban vida. Se daba mucha importancia, bah, con tantos locos repletos de tatuajes como hay por este mundo y tanta gente capaz de contar buenas historias... y, también, de hacer tantos disparates, tanto daño.

Su explicación me sonaba a un sorteo falso. Vivimos rodeados de presagios, intuiciones, sólo que a veces los ignoramos. Sabía que no había hecho ningún esfuerzo por encontrar a esa vieja. Hubiera sido tan fácil. Bastaba creer. Simplemente creer. Pero, a la larga, el tipo me dio lástima y me quedé a su lado. Qué desperdicio, pensé. ¿Cuántas horas lo había soportado? Miré mi reloj: dos horas es mucho tiempo. Cuando le dije que me iba, se molestó. Estaba silencioso, pero los músculos de su rostro revelaban enojo. Y maldad. Yo recogí mis cosas, pocas, viajo con poco equipaje. Quise, sin embargo, que la despedida sonara amistosa, y fui redundante: Nunca olvidaré este encuentro, dije, extendiendo mi mano. Mi mano hacia el vacío. Bah, le resté importancia, suspiré, y di la espalda. Fue en ese instante cuando habló, fríamente: ¿Tiene miedo? Acaso es tarde, ¿no cree?

Supe que su fin era el robo. Infeliz. Tanto blablabá para eso. No había aprendido nada. Ni comprendido nada. Yo no había tenido un buen día, él qué iba a saber. No obstante, preferí no responder, iba a intentar continuar mi camino (y a darle una oportunidad), pero tuvo el atrevimiento de tocarme. Después del olvido, que ya es ofensa, aquello. Puso su mano sobre mi hombro. La sentí como una garra. Otra ofensa. Vándalo. Por él, los juzgué a todos. No era un buen día. Con lentitud, me fui volteando, hasta que mi mirada enganchó la suya; mis ojos hechos del abismo de saber, de ver. De amargarme.

¿No me reconoces?, susurré, y empecé rápido, ya había dilapidado el tiempo. Mi voz era voraz, le comía los recuerdos. Vi el espanto retorciéndole los tatuajes. Y seguí, impasible. Mi enojo, encerrado tanto tiempo, ya estaba libre, no tenía salvación. Devoré los leones en el cuarto de juegos de los niños, y a los niños malcriados; a los sabios globos de luz y fuego azul de Marte, y a los sacerdotes que pretendían, torpes, evangelizarlos; a la Ciudad vengativa, y, por supuesto -era predecible-, a los hombres que descendían de aquellos infieles que habían vaciado de vida a la Ciudad lejana y feliz... Mi furia extinguía las historias. Yo ignoraba el cuándo, pero sabía que la locura era mi destino.

Una música sonó en lo más oculto de mi amargura. Era tarde: ya había eliminado a la mujer y a los niños de Bodoni. El bueno de Bodoni. Los excesos, la ira; lo admití: yo también me había enfermado con la humanidad. Demasiado tiempo de convivencia. Pude dejar en pie el cohete del soñador. Sólo ellos, el cohete y Bodoni. Atiné a borrarle la memoria de su hogar, para que no sufriera. Pero con el hombre ilustrado no tuve piedad, no sucumbí a las súplicas de sus ojos, a su pose de arrepentido. Tanta mala actuación por todas partes. Me enfurecía todo lo que había encontrado. Aunque no entendía mi reacción, lo culpé a él con todas las culpas ensartadas por mí. Borré las historias que mi mano prodigó sobre su anodina piel para hacerla ilustrada y brillar. Para prevenir, asustando. Piel con luces de alerta. Esas historias que se movían con vida propia. Las historias vistas y por venir. El sentido de mi existencia.

Lo dejé como un cuenco vacío. Mi decepción era devastadora. No pude detenerme. Después de tantos siglos, y con dolor, supe: me sentía identificada con aquella Ciudad que había acumulado paciencia y odio, y una gran esperanza, pero sólo para la venganza, para, después, estar en paz con su destino en el sueño. Dormir la locura como destino. Soñar. ¿Vivir?

Como la Ciudad, también cerré los ojos. Acaso el mejor final. Pensé que no valía la pena esperar algo de los hombres (la estupidez siempre los gana; la estupidez y el egoísmo). No pude encontrar el modo de arrancarles la maldad. Ni con mis historias, ni siquiera con promesas. Aquel petulante tipo que nunca quiso buscarme fue la gota que rebalsó el vaso. Qué pérdida de tiempo. Para qué creer. Qué desesperación... ¿O no? Estaba tan enojada, que no toleré la duda. No más presente, cero futuro; y cerré los ojos, consciente de que con mi sueño arrastraría a todos (a casi todos).

Mi último pensamiento fue para la Bella Durmiente. No pude evitarlo. Quién sabe si. Quizá Bodoni encontraba uno, y las historias volverían, y yo podría creer. Otra vez. Tal vez. De nuevo. Quizá el cosmos esconde muchos príncipes capaces. Príncipes temerarios y nobles. Con uno que viniera. Pero es tan infinito el espacio.

Quién sabe si. Acaso.



Copyright © Rosa Elvira Peláez

siguiente>