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Homenaje
Intriga
en una tarde de invierno
Por
Rosa Elvira Peláez
¿Me
escuchas? ¿Estás ahí? Te he traído
un ramo de lilas, gencianas y magnolias. También
rosas, sí. No te burles, no será una combinación
fashion pero arrasé con todo lo que se me
presentó en el camino cuando venía para
acá. En pleno invierno, no podía dejar escapar
el milagro. Ay, chica, esa manía tuya de no responder,
de pintarte de ausente. Qué farolera eres después
de muerta, eso te dirían allá en mi isla.
Por momentos, me desesperas. Qué maniática,
y qué terca en acarrear para todos lados esa docilidad,
esa humildad. Si algo no te perdono es que le escribieras
al cretino del señor Higginson para saber si tus
versos respiraban. ¿Pero tenía nariz el
tipo? Coño, eso es casi el colmo del despiste.
No, querida, no tenía. Ay, esas ocurrencias tuyas.
Estabas con la cabeza llena de musarañas para escoger,
precisamente, a Higginson. Recuerdo aquella vez que te
sentaste en la confitería, con tu hermano y su
mujer, y pediste una taza de ocaso. O de aurora, sugeriste,
tímidamente, al ver la cara de la camarera. No
hay, te dijeron. Ni una cosa ni la otra. Ni ahora, ni
mañana, ni pasado. Mijita, ni que estuvieras en
la Cuba del período especial. Luego quisiste tener
un vestido con el mejor lienzo de cielo y la costurera
te miró, horrorizada, respondió que no había
y se fue rapidito a chismear con las vecinas de lo que
tú sabes. Qué estúpida es alguna
gente. Estúpida y mala. Y, de contra, los disculpabas
cuando murmuraban sobre tus conversaciones con los pájaros
y las flores. No, si es lo que yo digo, te hubiera gustado
conocer a la Madre Teresa de Calcuta.
¿Me
escuchas o te estás haciendo los moñitos?
Sabes, me aliviaría saber que estás ahí.
Déjame decirte algo: hoy mojé en el café
con leche aquel poema tuyo de la esperanza con plumas.
Delicioso. Todavía me saboreo. Aunque tuve un inconveniente
con la coriza, porque la esperanza tenía muchas
plumas, y era mucho el polvo acumulado. O mucha la espera.
Y no paré de estornudar mientras desayunaba. ¿Me
escuchas? Bueno, no importa, sigue escondiéndote.
Siempre te gustó mimetizarte en esa fiesta pueblerina
del tedio idílico y conservador paseándose,
orondo, por los verdes prados. Mira, si no te gustó
el aburrimiento, bien que te lo bancaste. O simulaste.
Odio esos prados, parecían de cartón pintado,
tan perfectos eran, con una puntualidad absurda de la
primavera y la nieve. Si soy yo, les pego candela. Al
pan pan, y al vino vino: esos prados, esas casitas blancas,
ese escenario rutinariamente mediocre, te robaron de los
brazos de miles de amantes. Tengo un amigo que con sólo
mirarte te hubiera puesto duros los pezones. ¡Ah!,
te oí brincar. Ves, todos tenemos nuestro punto
débil. Tu pie movió la mesa de estrellas
donde sueles beber el té a estas horas. Reconozco
el sonido del nerviosismo. Pero no voy a callarme, mi
alma, ¡qué te vas a imaginar el vértigo
de tu vagina si hubieras ido a olfatear el mar junto a
un tipo que te besara tus susurros y te dijera cosita
rica! Ya sé -lo escribiste-, que sin ver el mar
sabías cómo debe ser la ola. Intenso lo
tuyo, chica. Siento envidia de yerbabuena contigo. Que
nada, naciste con la palabra bendecida, como diría
mi madrina la de Guanabacoa. Te bastó un mapa brevísimo
para dejarnos itinerarios infinitos. ¿Te imaginas
lo que hubiera sido si saltabas la monotonía de
ese pueblo donde eras una solterona algo tontuela? Es
lo que creían, lo sabes. Hazte la chiflada. Te
advierto que de nada sirve: el porvenir te disparó
una bala cargada de fama y algún día tendrás
que asumirlo. Dale, ¿no querrás morirte
dos veces? Eres tan rara que capaz que sí.
Mira,
realmente lo que quería contarte es sobre el sueño
que tuve anoche. El mismo de anteanoche. En el sueño
creo estar insomne pero ya duermo, o de lo contrario no
estaría contándote esto. Pero como mi mente
me embroma con el insomnio, buscando aplastar la vigilia
pienso cosas que me ponen hipersensible. De pronto, mi
mano vuela alejándose de mí. Por favor,
no te rías (en la cocina de tus secretos, esas
cosas serían de absoluta normalidad, pero yo estoy
en otro plano, plano inclinado, si quieres precisiones).
En la noche, mi mano escribe y no puedo ver qué
escribe. Después deja caer el papel sobre mí
rostro. Conste, siempre el mismo papelito, y dos noches
seguidas, vamos, como para tener en cuenta. Sin lentes
-cosa asombrosa-, leo:
Sé
quién es la persona detrás de esa puerta.
La persona que toca la puerta. Mi puerta. Sé lo
que piensa. Lo que está buscando. Sé: me
quiere a mí. Pero no soy presa fácil. Estoy
en guardia.
Pego
mi rostro a la puerta. Trato de contener la respiración.
Del otro lado, percibo que también intentan controlar
el aire a través de los pulmones. Es alguien que
simula no respirar. Conozco ese intento como la palma
de mi mano. Deslizo mi mano sobre la vieja madera de la
puerta. Suavemente. Pego la oreja y escucho. Sí.
Del otro lado una mano emula el tenue recorrido de mi
mano. Me sofoca el calor que desprende esa mano. Cierro
los ojos, intuyendo que del otro lado de la puerta también
cierran los ojos. No dejo que me engañen esas artimañas.
La puerta es lo único que me separa de mí.
Te
cuento mi sueño porque, al despertar, lo primero
que hice fue pensar en ti. Después desayuné
esperanza, ya te dije, y tengo miedo de que ahora me reveles
que no hay esperanza. Que no desayuné lo que creí
desayunar, igual que nunca tuviste un vestido blanco,
ni lirios en las manos para recibir a los invitados en
tu casa. Ni siquiera sacabas a pasear al perro. Que todo
es un invento para mortificar tu ensimismada vida (que
acaso sea el castigo por el pecado de escaparte del olvido
y el tedio volando hacia el sol con alas hechas de versos).
Qué seria estás, me asustas. Voy a pensar
que ni siquiera escribiste. Dime, qué hago. Los
pájaros y las flores no cesan de decir que el sol
se dejó abrasar por ti y por tu culpa hay tantos
insomnes delirando por poder hablarte. Mira la conmoción
que causaste. Después de todo, valga que viviste
y moriste en el mismo pueblito, si no, ay, hubieras acabado
con la quinta y los mangos. ¿Te ríes? Ah,
vaya con las carcajadas. Caramba, eres una canalla rumbera.
Qué susto me diste, mi alma.
Copyright
© Rosa Elvira Peláez
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