No
fue mi primer amante. No. Pero sí fue -por él
y junto a él- que fumé mi primer cigarrillo.
En la cama, por supuesto, después de quedar sorprendida
por la prisa amatoria de aquel hombre. Y por lo que sobrevino.
Nunca me ha quedado claro si la tos de aquella tarde fue
por la exagerada presión de él sobre mi
pecho, a expensas del encabritamiento de su pelvis apurada
equivocadamente, o me provocó tos el cigarrillo,
o mi inconformidad. Sinceramente, el cigarrillo no me
supo mal ni bien. Eso me sorprendió mucho.
Hacía
un año había comenzado a estudiar en la
Facultad de Filosofía y Letras, y hacía
más de un mes, después de aquella lectura,
que andaba con trencitas y usando el sombrero de mi abuelo.
Mis amigas me miraban entre la compasión y el apoyo
irreductible que otorga la amistad, mientras mamá
se escandalizaba y papá sólo me hacía
el caso de sus risas. Mi abuelo ni siquiera se percató
de que su sombrero de jipijapa había cambiado de
cabeza, pero mi abuela sí supo, y su gallego comentario,
lacónico, fue que eso era una tonta putería.
Conclusión que me mantuvo toda una noche pensando
en una eventual putería inteligente.
En
esa época en que me apropié del sombrero
de mi abuelo, yo caminaba moviendo mis labios, a veces,
como si sorbiera el aire, temerosa de estar en estertores;
otras veces, los movía como si chupara la boca
del desconocido que me conquistaría para descubrirme
en lo que me falta. Para completarme extendiéndome
como un mapa a ser hurgado en cada punto. Hacía
eso con mis labios a falta de poder mover unas caderas
voluptuosas inexistentes. Caminaba así, soñando
con encontrar al chino. Mi chino. Debo decir que
en ese tiempo caminaba, también, llevando el libro.
Su libro que hice mío (el de ella, conste,
el chino, que yo sepa, no escribió nunca). Ese
libro que está tan dentro de la literatura que
parece sin literatura de ningún tipo. "No
se la ve. Como la sangre en el cuerpo". Esto dijo
ella. Y yo, ay, deseaba escribir, pero primero deliraba
buscando un hombre que fuese como la sangre en mi cuerpo.
Después, me dije, vendrá el tiempo de callar
y escribir.
Por
ese libro que no escribí pero que escribía
mis sueños y me dejaba vivir en sus páginas
a despecho de los calendarios, cacé aquel chino
habanero. Un mulato chino con ojos de gato. Y por aquellos
deseos míos, cuando en la esquina de Coppelia me
sentí atravesada por aquella mirada felina y rasgada,
fue que me equivoqué pero comencé a ver
la vida de otro modo. Tosí bastante aquella tarde.
Me dije que en definitiva yo no tenía mucho para
comparar (de hombres, se entiende). Pero lamentaba, en
lo más hondo, que el chino Manolo no hubiera sabido
moverse ni hablar con la elegante y mortal esgrima del
otro (no hablo de mi primer hombre, un olvido irresoluto,
sino del chino original). Tampoco Manolo me comió
los pechos infantiles, yo andaba por los diecinueve y
con herencia materna de cierto desborde pectoral.
Con
los años he pensado que tal vez fue que no tuviera
bata blanca, él; y que el ron Coronilla sustituyera
al whisky, y que no fumara cigarrillo inglés sino
uno marca todostenemos. Estábamos en una posada
de mala muerte. Pero en el barrio chino, cerca de la calle
Zanja, me dije para darme ánimos. Había
treinta y cinco grados a la sombra y el ventilador de
techo era simplemente un voyeur. Me esforcé,
juro que me esforcé, para que mis sentidos se distendieran,
libres ante la gran pasión, y poder olfatear los
olores del caramelo, de cacahuetes tostados, de sopa china,
de jazmín, de carnes asadas... Esos aromas de todo
lo que se vendía en la calle, donde los canastos
iban y venían marcando la confluencia de la ciudad
y la selva. Eso decía ella en el libro. Pero la
imaginación no me alcanzaba, en las calles de mi
ciudad no se vendía nada de eso, mucho menos en
canastos. Ni había selva en la isla aunque se sintieran
demasiados rugidos.
Los
recuerdos tienen vida propia. Ahora lo sé. Y uno
llega a extraviarse entre las vidas de la memoria. Le
pido a Manolo que me diga que tiene muchas mujeres. Eso
lo recuerdo como cierto, pero no sé. Manolo miente
mal. Le digo que me gusta la idea de que yo esté
entre esas mujeres, confundida. Loca, esto me suelta mi
chino de pacotilla, entre risas. Nos miramos. Cierro los
ojos. Suspiro.Ver a Manolo reírse insulta mi sensibilidad.
También me mete de cabeza en mi error, a pesar
de que beso su cuerpo intentando recuperar mis sueños.
Lo hago lentamente. Dentro de mí, como una plegaria,
resuenan con apetecible lentitud las palabras que ella
puso en su mente, para que la mía se las apropiara.
Y con Manolo sobre mí, resollando en una carrera
estúpida, hago un esfuerzo, dejo de pensar objetivamente
y me dejo llevar por las palabras... "Cierro los
ojos a un placer tan intenso. Pienso: lo tiene por costumbre,
eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso".
Hubiera
querido decir, como ella, he tenido mucha suerte. Pero
no dije nada después de aquel abrazo aparatosamente
fugaz, inconcluso. Tan poca agua para ser mar, me sorprendí.
Manolo, que me había parecido un mar avasallador
cuando lo vi por primera vez, roncaba. Y nunca me diría
que toda mi vida iba a recordar esta tarde. No hacía
falta (no hizo falta). Nunca la olvidé.
Quedé
silenciosa, me sentía ridícula. Lo recuerdo
como si me envolviera el humo nuevamente. Para estrenar
otra experiencia cogí un cigarrillo. Después
no dije nada, total, nadie me oiría maldecir, y
comencé a toser en medio del mal olor de aquel
cuartucho con un baño decrépito, con la
ducha muda, los grifos mudos. Me sonó a metáfora.
A mal augurio. Era muy joven y dos fracasos en una tarde
tenían demasiado peso. Entonces. Luego aprendí.
El fracaso, el error, partes ineludibles de nosotros.
Que negarnos a ellos es anular nuestra esencia. Y aprendí
a tenerles respeto a los recuerdos que acaso no fueron
pero marcan nuestras decisiones. Esos recuerdos que adoramos,
con odio o amor, y nos imponen por el poderío de
su huella.
Recuerdo
que me arrodillé para rezarle que me perdonara.
Yo no quería (ni podía) como ella, percibir
tristeza en las fotos de mi infancia, ni aguardar a que
un día lejano el amante de la China del Norte (o
el amante de Buenavista o el amante de Managua) me telefoneara,
y hablara con voz temerosa, para decirme que me amaría
hasta la muerte. Las ausencias con avisos, tempranos o
tardíos, son ausencias, y nada más (sospecho
que la poesía es un mal remedio para las ausencias,
y, no pocas veces, envenena). De cualquier modo, confieso
que todos los hombres para mí son chinos aunque
tengan los ojos más redondos que un plato, y siempre
olfateo jazmines cuando hago el amor.
Casi
veinte años después, puedo decir que he
tenido páginas de fuego, pero admito que hay algo
que no he podido hacer con mis amantes aunque sus manos
me arrastren como un torrente por la fuerza del deseo:
nunca he podido volver a encender un cigarrillo (la verdad,
es que toso mucho cada vez que me equivoco).