La primera vez, la última vez

Por Rosa Elvira Peláez

wemi@terra.com.ar


No fue mi primer amante. No. Pero sí fue -por él y junto a él- que fumé mi primer cigarrillo. En la cama, por supuesto, después de quedar sorprendida por la prisa amatoria de aquel hombre. Y por lo que sobrevino. Nunca me ha quedado claro si la tos de aquella tarde fue por la exagerada presión de él sobre mi pecho, a expensas del encabritamiento de su pelvis apurada equivocadamente, o me provocó tos el cigarrillo, o mi inconformidad. Sinceramente, el cigarrillo no me supo mal ni bien. Eso me sorprendió mucho.

Hacía un año había comenzado a estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras, y hacía más de un mes, después de aquella lectura, que andaba con trencitas y usando el sombrero de mi abuelo. Mis amigas me miraban entre la compasión y el apoyo irreductible que otorga la amistad, mientras mamá se escandalizaba y papá sólo me hacía el caso de sus risas. Mi abuelo ni siquiera se percató de que su sombrero de jipijapa había cambiado de cabeza, pero mi abuela sí supo, y su gallego comentario, lacónico, fue que eso era una tonta putería. Conclusión que me mantuvo toda una noche pensando en una eventual putería inteligente.

En esa época en que me apropié del sombrero de mi abuelo, yo caminaba moviendo mis labios, a veces, como si sorbiera el aire, temerosa de estar en estertores; otras veces, los movía como si chupara la boca del desconocido que me conquistaría para descubrirme en lo que me falta. Para completarme extendiéndome como un mapa a ser hurgado en cada punto. Hacía eso con mis labios a falta de poder mover unas caderas voluptuosas inexistentes. Caminaba así, soñando con encontrar al chino. Mi chino. Debo decir que en ese tiempo caminaba, también, llevando el libro. Su libro que hice mío (el de ella, conste, el chino, que yo sepa, no escribió nunca). Ese libro que está tan dentro de la literatura que parece sin literatura de ningún tipo. "No se la ve. Como la sangre en el cuerpo". Esto dijo ella. Y yo, ay, deseaba escribir, pero primero deliraba buscando un hombre que fuese como la sangre en mi cuerpo. Después, me dije, vendrá el tiempo de callar y escribir.

Por ese libro que no escribí pero que escribía mis sueños y me dejaba vivir en sus páginas a despecho de los calendarios, cacé aquel chino habanero. Un mulato chino con ojos de gato. Y por aquellos deseos míos, cuando en la esquina de Coppelia me sentí atravesada por aquella mirada felina y rasgada, fue que me equivoqué pero comencé a ver la vida de otro modo. Tosí bastante aquella tarde. Me dije que en definitiva yo no tenía mucho para comparar (de hombres, se entiende). Pero lamentaba, en lo más hondo, que el chino Manolo no hubiera sabido moverse ni hablar con la elegante y mortal esgrima del otro (no hablo de mi primer hombre, un olvido irresoluto, sino del chino original). Tampoco Manolo me comió los pechos infantiles, yo andaba por los diecinueve y con herencia materna de cierto desborde pectoral.

Con los años he pensado que tal vez fue que no tuviera bata blanca, él; y que el ron Coronilla sustituyera al whisky, y que no fumara cigarrillo inglés sino uno marca todostenemos. Estábamos en una posada de mala muerte. Pero en el barrio chino, cerca de la calle Zanja, me dije para darme ánimos. Había treinta y cinco grados a la sombra y el ventilador de techo era simplemente un voyeur. Me esforcé, juro que me esforcé, para que mis sentidos se distendieran, libres ante la gran pasión, y poder olfatear los olores del caramelo, de cacahuetes tostados, de sopa china, de jazmín, de carnes asadas... Esos aromas de todo lo que se vendía en la calle, donde los canastos iban y venían marcando la confluencia de la ciudad y la selva. Eso decía ella en el libro. Pero la imaginación no me alcanzaba, en las calles de mi ciudad no se vendía nada de eso, mucho menos en canastos. Ni había selva en la isla aunque se sintieran demasiados rugidos.

Los recuerdos tienen vida propia. Ahora lo sé. Y uno llega a extraviarse entre las vidas de la memoria. Le pido a Manolo que me diga que tiene muchas mujeres. Eso lo recuerdo como cierto, pero no sé. Manolo miente mal. Le digo que me gusta la idea de que yo esté entre esas mujeres, confundida. Loca, esto me suelta mi chino de pacotilla, entre risas. Nos miramos. Cierro los ojos. Suspiro.Ver a Manolo reírse insulta mi sensibilidad. También me mete de cabeza en mi error, a pesar de que beso su cuerpo intentando recuperar mis sueños. Lo hago lentamente. Dentro de mí, como una plegaria, resuenan con apetecible lentitud las palabras que ella puso en su mente, para que la mía se las apropiara. Y con Manolo sobre mí, resollando en una carrera estúpida, hago un esfuerzo, dejo de pensar objetivamente y me dejo llevar por las palabras... "Cierro los ojos a un placer tan intenso. Pienso: lo tiene por costumbre, eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso".

Hubiera querido decir, como ella, he tenido mucha suerte. Pero no dije nada después de aquel abrazo aparatosamente fugaz, inconcluso. Tan poca agua para ser mar, me sorprendí. Manolo, que me había parecido un mar avasallador cuando lo vi por primera vez, roncaba. Y nunca me diría que toda mi vida iba a recordar esta tarde. No hacía falta (no hizo falta). Nunca la olvidé.

Quedé silenciosa, me sentía ridícula. Lo recuerdo como si me envolviera el humo nuevamente. Para estrenar otra experiencia cogí un cigarrillo. Después no dije nada, total, nadie me oiría maldecir, y comencé a toser en medio del mal olor de aquel cuartucho con un baño decrépito, con la ducha muda, los grifos mudos. Me sonó a metáfora. A mal augurio. Era muy joven y dos fracasos en una tarde tenían demasiado peso. Entonces. Luego aprendí. El fracaso, el error, partes ineludibles de nosotros. Que negarnos a ellos es anular nuestra esencia. Y aprendí a tenerles respeto a los recuerdos que acaso no fueron pero marcan nuestras decisiones. Esos recuerdos que adoramos, con odio o amor, y nos imponen por el poderío de su huella.

Recuerdo que me arrodillé para rezarle que me perdonara. Yo no quería (ni podía) como ella, percibir tristeza en las fotos de mi infancia, ni aguardar a que un día lejano el amante de la China del Norte (o el amante de Buenavista o el amante de Managua) me telefoneara, y hablara con voz temerosa, para decirme que me amaría hasta la muerte. Las ausencias con avisos, tempranos o tardíos, son ausencias, y nada más (sospecho que la poesía es un mal remedio para las ausencias, y, no pocas veces, envenena). De cualquier modo, confieso que todos los hombres para mí son chinos aunque tengan los ojos más redondos que un plato, y siempre olfateo jazmines cuando hago el amor.

Casi veinte años después, puedo decir que he tenido páginas de fuego, pero admito que hay algo que no he podido hacer con mis amantes aunque sus manos me arrastren como un torrente por la fuerza del deseo: nunca he podido volver a encender un cigarrillo (la verdad, es que toso mucho cada vez que me equivoco).

© 2002 Rosa Elvira Peláez


 

 

El Libro de Los Seres Imaginarios

 

La Muralla China:  Cuentos, relatos, y otros escritos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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