Quizá
el misterio es demasiado simple, dijo Dupin, como respuesta
a mi pregunta. Y me dejó pensando. No creo que
los hombres se cansen de inventar historias ni de oírlas.
Sería como hastiarse de ellos mismos. Bebo un buen
sorbo de whisky. Es un excelente escocés.
Dupin
juega con los dientes de Berenice -me ha asegurado que
son de ella, hasta dio detalles de cómo llegaron
a sus manos-; y lo hace con una tranquilidad que de tan
imperturbable es capaz de provocar un ataque de nervios.
Pero me contengo: sé que los hombres fracasan porque
nunca toman en cuenta el tipo de inteligencia del adversario.
Yo, ahora, debo sentirme como Dupin; aunque me mortifique,
debo creer que también juego con los dientes de
Berenice. Mis manos sienten los contornos inocentes de
los dientes. Aun así -consciente de exhibirme envuelto
en un aura de calma artificial-, no puedo negar que mi
corazón late desbocado. Soy muy hipersensible a
las acciones violentas. Temo aparecer con un corazón
acusador y que Dupin, que simula distraerse, junto a la
ventana, mirando a la calle, se percate de la alteración
de mi estado de ánimo y haga el movimiento que
me detenga. Necesito impedir ese movimiento. Sospecho
que él es una víctima del Demonio de la
Perversidad.
El
atardecer limpia el cristal de la ventana con sus últimos
pañuelos de luz, y veo a Dupin luciendo su intelecto,
disimuladamente, y hago como él: miro por la ventana.
Como estoy "desaparecido" hace semanas, dedicado
a elucidar cierta cuestión, hay gente que debe
andar como loca buscándome, y no dudo que algunos
ya estén por dar parte a la policía. Me
convenzo de que voy a tener que ponerme al día
con los mensajes que he dejado sin respuesta. No sólo
para seguir el juego (yo mismo me he mandado mensajes),
sino para que no intervenga la autoridad. Sería
muy fácil salvarme por la intervención de
la policía. Con desprecio de todas las consecuencias,
deseo hacerlo a mi manera. Necesito hacerlo así.
Tengo que hacerlo de ese modo. Sólo es cuestión
de la oportunidad.
Mientras
jugueteo con los dientes de Berenice, trato de imaginarme
cuál podría ser el título auténtico
de ese viejo y raro libro de olvidada ciencia que puebla
mis sueños cada vez que mi cuerpo insiste en dormir.
Por momentos, he estado a punto de leer el título,
pero se borra. Siempre se escabulle, como tragado por
las sombras. A veces, como un péndulo de afilada
hoja que va recortando mi tiempo, me perturba la idea
que el libro no sea real en mis sueños. Sin embargo,
todo lo que sé proviene de ese libro -y todo lo
que ignoro está condensado en el título-.
Es un hábil criminal ese título que tortura
mi paz. Ahora, admirando la limpieza del cristal, me sobresalto.
Es como si el libro hubiese asomado por el borde superior
de la ventana. Parece un ahorcado. La imagen de un libro
ahorcado me parece suficientemente cruel como para angustiarme
el resto del día, y cierro los ojos. Desde pequeño,
este recurso me facilita acomodarme a la existencia cuando
me marean sus fauces de lobo. Cierro los ojos y todo pasa.
O, dicho de otro modo, todo sucede, tal y como deben suceder
las cosas según he leído en el libro viejo
y raro. Por el primmum mobile. Es difícil
entender este movimiento oculto de nuestras acciones.
Pero existe, y he dedicado buena parte de mi vida a investigarlo.
Quizá
el misterio es demasiado simple, vuelve a decir Dupin,
aunque no he repetido mi pregunta. Dupin quiere hacerme
creer que sigo preguntando lo mismo. Cuando los hombres
que se empecinan en ignorar la inteligencia del adversario,
buscan un objeto escondido, se guían fatalmente
por los medios que ellos mismos habrían empleado
para esconderlo. Dupin no es de esos. Olfateo que está
tendiéndome una trampa, y bebo un sorbo de whisky.
Si estuviésemos jugando a buscar nombres en un
mapa para adivinar qué nombre escogió cada
uno, yo no cometería el error de irme por los que
estuvieran escritos en letras pequeñas: me inclinaría
por los nombres en letras grandes. Igual que haría
Dupin. Esos nombres son tan evidentes que, por lo mismo,
se esconden a la perfección detrás de lo
que proclama a gritos la letra grande. Hoy me siento así,
y me impongo mi tarea: la historia o la vida. ¿O
la pesadilla? Tengo una sistemática pesadilla cuyo
tema secreto ignoro. Pero no debo preocuparme, el capullo
se abrirá en algún momento. Presiento que
muy pronto.
Navegar
por la memoria me produce un placer simple, y concentrado,
precisamente por su simpleza, como debe sentirlo el gato
que ronronea cuando el amo le acaricia el lomo con una
suavidad tan lenta que el placer se vuelve vertiginoso,
exigente. Incluso, terrible. Quizá demanda demasiado.
Tomo otro sorbo de whisky. De reojo, miro a Dupin,
sigue mirando por la ventana. Disimula. Hasta que le hice
la pregunta, cada palabra suya en la conversación
estuvo dirigida a socavar mi confianza, a debilitar mis
deseos, mis necesidades, a enajenarme satisfacciones.
En aquella memorable conferencia científica, el
doctor Borges aseguró que detrás de muchos
escritores hay una neurosis y que es abusivo emplearla
para descalificar al creador. Pero defendió la
legitimidad de su uso si se busca en la neurosis un medio
para entender la génesis de la obra. No voy a dejar
que me corten las alas. En cualquier momento, Dupin actuará,
y comienzo a mirarlo fijamente. Él siente el cepo
de mis ojos, y me clava los suyos. Su mirada es poderosa.
¿Y la mía?
Estoy
cabeceando... Los dientes de Berenice ruedan al piso.
Me han salvado. Oí su caída. Parecían
suspiros escapando de la realidad. Humo de quejidos. Placer.
También placer. Me digo que tengo que enfrentar
lo que eludo. Nunca más, digo. Nunca más,
repito. Nunca más. Y comienzo a reír, con
el mismo vigor que lo hice después de conocer el
desenlace de los crímenes de la calle Morgue. Ah,
Dupin. Impresiona la astucia del humor para invadir escenarios
horribles. Cualquier crimen encubre una apasionante muestra
de humor, sólo es cuestión de ser detalloso
y persistente en la búsqueda. Río para desestabilizar
a mi enemigo, y, de paso, tomo más whisky.
Quizá
el misterio es demasiado simple, vuelve a decir Dupin.
Resultaría extraordinaria su fijación con
mi pregunta, si no lo fuera más el hecho de que
su voz me suena extraña. Es tan extraña
que termina por conmoverme, y dejo de reír. Llegó
el momento. Pienso que es mágico el efecto del
primmum mobile, y me dejo acunar por el placer
de la sorpresa. Vencí. Dupin sin dientes es más
simpático. Los hilos de sangre, sobre el bastidor
de su rostro y su cuello, dibujan trazos sugerentes. Le
digo que ya no me importa la pregunta sobre si soy o no
soy lo que creo ser y qué debo creer de todo esto.
Le digo que no me siento cuervo: me gusta ser cuervo.
Y disfruto pronunciar esta frase. El tema de la pesadilla
aflora, y la pesadilla termina -en mi mapa irrumpe, con
enormes letras, el título de aquel libro-; también
le digo a Dupin que nunca más quiero escuchar la
verborrea de su inteligencia. Me tienen harto sus maneras
elegantes, su aire de bon vivant. De merienda,
le corto la lengua. Decido guardar los ojos para la cena.
El cuadro quizá tiene más rojo que lo tolerable,
pero el creador sabe el valor de lo que el resto desconoce
o subestima. Y me limpio las alas, pensando que acaso
un paseo sobre la miseria humana haga más placentera
mi existencia. Era tan simple el misterio, después
de todo. Tan simple como que está vacía
la botella de este fantástico escocés.