Demasiado simple

Por Rosa Elvira Peláez

wemi@terra.com.ar


Quizá el misterio es demasiado simple, dijo Dupin, como respuesta a mi pregunta. Y me dejó pensando. No creo que los hombres se cansen de inventar historias ni de oírlas. Sería como hastiarse de ellos mismos. Bebo un buen sorbo de whisky. Es un excelente escocés.

Dupin juega con los dientes de Berenice -me ha asegurado que son de ella, hasta dio detalles de cómo llegaron a sus manos-; y lo hace con una tranquilidad que de tan imperturbable es capaz de provocar un ataque de nervios. Pero me contengo: sé que los hombres fracasan porque nunca toman en cuenta el tipo de inteligencia del adversario. Yo, ahora, debo sentirme como Dupin; aunque me mortifique, debo creer que también juego con los dientes de Berenice. Mis manos sienten los contornos inocentes de los dientes. Aun así -consciente de exhibirme envuelto en un aura de calma artificial-, no puedo negar que mi corazón late desbocado. Soy muy hipersensible a las acciones violentas. Temo aparecer con un corazón acusador y que Dupin, que simula distraerse, junto a la ventana, mirando a la calle, se percate de la alteración de mi estado de ánimo y haga el movimiento que me detenga. Necesito impedir ese movimiento. Sospecho que él es una víctima del Demonio de la Perversidad.

El atardecer limpia el cristal de la ventana con sus últimos pañuelos de luz, y veo a Dupin luciendo su intelecto, disimuladamente, y hago como él: miro por la ventana. Como estoy "desaparecido" hace semanas, dedicado a elucidar cierta cuestión, hay gente que debe andar como loca buscándome, y no dudo que algunos ya estén por dar parte a la policía. Me convenzo de que voy a tener que ponerme al día con los mensajes que he dejado sin respuesta. No sólo para seguir el juego (yo mismo me he mandado mensajes), sino para que no intervenga la autoridad. Sería muy fácil salvarme por la intervención de la policía. Con desprecio de todas las consecuencias, deseo hacerlo a mi manera. Necesito hacerlo así. Tengo que hacerlo de ese modo. Sólo es cuestión de la oportunidad.

Mientras jugueteo con los dientes de Berenice, trato de imaginarme cuál podría ser el título auténtico de ese viejo y raro libro de olvidada ciencia que puebla mis sueños cada vez que mi cuerpo insiste en dormir. Por momentos, he estado a punto de leer el título, pero se borra. Siempre se escabulle, como tragado por las sombras. A veces, como un péndulo de afilada hoja que va recortando mi tiempo, me perturba la idea que el libro no sea real en mis sueños. Sin embargo, todo lo que sé proviene de ese libro -y todo lo que ignoro está condensado en el título-. Es un hábil criminal ese título que tortura mi paz. Ahora, admirando la limpieza del cristal, me sobresalto. Es como si el libro hubiese asomado por el borde superior de la ventana. Parece un ahorcado. La imagen de un libro ahorcado me parece suficientemente cruel como para angustiarme el resto del día, y cierro los ojos. Desde pequeño, este recurso me facilita acomodarme a la existencia cuando me marean sus fauces de lobo. Cierro los ojos y todo pasa. O, dicho de otro modo, todo sucede, tal y como deben suceder las cosas según he leído en el libro viejo y raro. Por el primmum mobile. Es difícil entender este movimiento oculto de nuestras acciones. Pero existe, y he dedicado buena parte de mi vida a investigarlo.

Quizá el misterio es demasiado simple, vuelve a decir Dupin, aunque no he repetido mi pregunta. Dupin quiere hacerme creer que sigo preguntando lo mismo. Cuando los hombres que se empecinan en ignorar la inteligencia del adversario, buscan un objeto escondido, se guían fatalmente por los medios que ellos mismos habrían empleado para esconderlo. Dupin no es de esos. Olfateo que está tendiéndome una trampa, y bebo un sorbo de whisky. Si estuviésemos jugando a buscar nombres en un mapa para adivinar qué nombre escogió cada uno, yo no cometería el error de irme por los que estuvieran escritos en letras pequeñas: me inclinaría por los nombres en letras grandes. Igual que haría Dupin. Esos nombres son tan evidentes que, por lo mismo, se esconden a la perfección detrás de lo que proclama a gritos la letra grande. Hoy me siento así, y me impongo mi tarea: la historia o la vida. ¿O la pesadilla? Tengo una sistemática pesadilla cuyo tema secreto ignoro. Pero no debo preocuparme, el capullo se abrirá en algún momento. Presiento que muy pronto.

Navegar por la memoria me produce un placer simple, y concentrado, precisamente por su simpleza, como debe sentirlo el gato que ronronea cuando el amo le acaricia el lomo con una suavidad tan lenta que el placer se vuelve vertiginoso, exigente. Incluso, terrible. Quizá demanda demasiado. Tomo otro sorbo de whisky. De reojo, miro a Dupin, sigue mirando por la ventana. Disimula. Hasta que le hice la pregunta, cada palabra suya en la conversación estuvo dirigida a socavar mi confianza, a debilitar mis deseos, mis necesidades, a enajenarme satisfacciones. En aquella memorable conferencia científica, el doctor Borges aseguró que detrás de muchos escritores hay una neurosis y que es abusivo emplearla para descalificar al creador. Pero defendió la legitimidad de su uso si se busca en la neurosis un medio para entender la génesis de la obra. No voy a dejar que me corten las alas. En cualquier momento, Dupin actuará, y comienzo a mirarlo fijamente. Él siente el cepo de mis ojos, y me clava los suyos. Su mirada es poderosa. ¿Y la mía?

Estoy cabeceando... Los dientes de Berenice ruedan al piso. Me han salvado. Oí su caída. Parecían suspiros escapando de la realidad. Humo de quejidos. Placer. También placer. Me digo que tengo que enfrentar lo que eludo. Nunca más, digo. Nunca más, repito. Nunca más. Y comienzo a reír, con el mismo vigor que lo hice después de conocer el desenlace de los crímenes de la calle Morgue. Ah, Dupin. Impresiona la astucia del humor para invadir escenarios horribles. Cualquier crimen encubre una apasionante muestra de humor, sólo es cuestión de ser detalloso y persistente en la búsqueda. Río para desestabilizar a mi enemigo, y, de paso, tomo más whisky.

Quizá el misterio es demasiado simple, vuelve a decir Dupin. Resultaría extraordinaria su fijación con mi pregunta, si no lo fuera más el hecho de que su voz me suena extraña. Es tan extraña que termina por conmoverme, y dejo de reír. Llegó el momento. Pienso que es mágico el efecto del primmum mobile, y me dejo acunar por el placer de la sorpresa. Vencí. Dupin sin dientes es más simpático. Los hilos de sangre, sobre el bastidor de su rostro y su cuello, dibujan trazos sugerentes. Le digo que ya no me importa la pregunta sobre si soy o no soy lo que creo ser y qué debo creer de todo esto. Le digo que no me siento cuervo: me gusta ser cuervo. Y disfruto pronunciar esta frase. El tema de la pesadilla aflora, y la pesadilla termina -en mi mapa irrumpe, con enormes letras, el título de aquel libro-; también le digo a Dupin que nunca más quiero escuchar la verborrea de su inteligencia. Me tienen harto sus maneras elegantes, su aire de bon vivant. De merienda, le corto la lengua. Decido guardar los ojos para la cena. El cuadro quizá tiene más rojo que lo tolerable, pero el creador sabe el valor de lo que el resto desconoce o subestima. Y me limpio las alas, pensando que acaso un paseo sobre la miseria humana haga más placentera mi existencia. Era tan simple el misterio, después de todo. Tan simple como que está vacía la botella de este fantástico escocés.

 

© 2002 Rosa Elvira Peláez


 

 

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