Vivir

Por Rosa Elvira Peláez

wemi@terra.com.ar


Mi madre dice que se lo oyó decir a su tía abuela la abadesa, que la memoria es un espejo de fantasmas, que muestra a veces unos objetos demasiado lejanos para ser vistos, y otras veces los hace aparecer demasiado próximos, y cada persona, de acuerdo con su corazón, debe decidir qué ha existido, qué existe, y qué no.

Recuerdo aquel vecino nuestro. Era un hombre raro y triste. Y solo. Siempre estaba solo. Hablaba solo. Hablaba, sobre todo, de la brevedad, y quería ver más allá de la vida. Hablaba, también, de ciertos fantasmas, y algunas noches gritaba. Siempre gritaba palabras que la gente no entendía: Keiko, Kioyaki, Honda... Esto cuentan en el barrio. La mayor parte de sus días aquel hombre se encerraba en su casa. Disfrutaba su soledad, aunque había comenzado a ponerse inquieto, gritaba con más frecuencia. Los vecinos le tenían lástima; también, sentían miedo. La gente le tiene miedo a lo que no entiende. Más aún, si lo que no entiende es demasiado intenso, y si la persona objeto de miradas tangenciales y rumores tiene una extraordinaria colección de armas.

Un día, en el baño, se le apareció otro hombre, raro, triste y solo. Y el primer hombre raro, triste y solo se sorprendió. Él se había acostumbrado a estar solo. No se explicaba por qué otro hombre como él se le aparecía en su propia casa. Ya no recordaba el sabor de las sorpresas ni tenía intenciones de volver a empezar. Lo fascinaba el vacío, allí donde las pasiones y los lastres del prejuicio quedaban anulados. Simplemente buscaba estar solo. Y creía estar llegando a la revelación máxima de la soledad. Por eso lo incomodó aquella presencia.

El segundo hombre raro, triste y solo lo miraba fijo, demasiado fijo para ser una broma del delirio. Pasados unos minutos, abrió la boca, como quien va a decir algo, pero no pudo alcanzar el sonido. El primer hombre raro, triste y solo lo mató, abriéndole el vientre. Sin sentir piedad, sin emoción. Acaso sin llegar a entender su acto. Él tenía bronca de vida, y aquel hombre le recordaba alguno de sus fantasmas. No pudo definir si aquella boca intentaba hablar o simplemente era asunto de un bostezo desesperado. El espejo fue el único testigo de la katana que, por unos segundos cortantes, brilló en su mano, diestra para cosechar sangre.

A los tres días, encontraron en el suelo del baño, frente al espejo de la puerta, el triste cadáver del raro solitario. Los vecinos no podían soportar el hedor. En el piso, abierto y manchado de sangre, un libro: La corrupción de un ángel. A un lado del cuerpo, brillaba la daga, de una forma extraña, como si protegiera un secreto. Uno de los vecinos había leído el libro, y recordó en voz alta que al autor lo fascinaban las muertes violentas, y que dibujaba impresionantes personajes oscuros, complejos. Los demás callaron, mi mamá calló. Esa noche, algunos creyeron ver al solitario asomado a la ventana. Dicen que reía pero las versiones se contradicen, alguien afirmó que lloraba y otro habló de susurros sensuales. Mamá prefirió eludir el tema. Los teléfonos de la Policía no pudieron contener tantos llamados. Ni esa noche ni en las cinco siguientes. El psicólogo de la Policía habló de histeria colectiva. Después, nadie volvió a telefonear a la Policía, ni tuvo pesadillas; o si las tuvo, dejó de hablar sobre ellas.

La katana del difunto desapareció. Y la ventana permanece cerrada. Nadie vive en el departamento. Un departamento que sigue vivo, a juzgar por los ruidos que escuchan los vecinos, que aprendieron a hacerse los desentendidos; esos ruidos que escucho yo, y no olvido. Recuerdan lo que dijo aquel hombre que había leído al autor de la novela. El hombre dijo que el mismo día que decidió el seppuku, el escritor remitió a su editor el último volumen de su tetralogía novelística. Hombre precavido el japonés: había previsto hasta los tampones de guata que servirían para impedir la salida de las entrañas, después que su firme daga finalizara su estadía en esta tierra. Un papel que escribió en su despacho, antes de abandonarlo definitivamente, decía: "La vida humana es breve, pero yo querría vivir siempre".

En el barrio algunos piensan que el solitario sigue viviendo, escondido de la gente. Nuestro moderno edificio rinde culto al misterio. Una vez al año, aparecen tampones de guata junto a la puerta del departamento. Nadie sospecha que los coloco yo.



© 2002 Rosa Elvira Peláez


 

 

El Libro de Los Seres Imaginarios

 

La Muralla China:  Cuentos, relatos, y otros escritos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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