Mi
madre dice que se lo oyó decir a su tía
abuela la abadesa, que la memoria es un espejo de fantasmas,
que muestra a veces unos objetos demasiado lejanos para
ser vistos, y otras veces los hace aparecer demasiado
próximos, y cada persona, de acuerdo con su corazón,
debe decidir qué ha existido, qué existe,
y qué no.
Recuerdo
aquel vecino nuestro. Era un hombre raro y triste. Y solo.
Siempre estaba solo. Hablaba solo. Hablaba, sobre todo,
de la brevedad, y quería ver más allá
de la vida. Hablaba, también, de ciertos fantasmas,
y algunas noches gritaba. Siempre gritaba palabras que
la gente no entendía: Keiko, Kioyaki, Honda...
Esto cuentan en el barrio. La mayor parte de sus días
aquel hombre se encerraba en su casa. Disfrutaba su soledad,
aunque había comenzado a ponerse inquieto, gritaba
con más frecuencia. Los vecinos le tenían
lástima; también, sentían miedo.
La gente le tiene miedo a lo que no entiende. Más
aún, si lo que no entiende es demasiado intenso,
y si la persona objeto de miradas tangenciales y rumores
tiene una extraordinaria colección de armas.
Un
día, en el baño, se le apareció otro
hombre, raro, triste y solo. Y el primer hombre raro,
triste y solo se sorprendió. Él se había
acostumbrado a estar solo. No se explicaba por qué
otro hombre como él se le aparecía en su
propia casa. Ya no recordaba el sabor de las sorpresas
ni tenía intenciones de volver a empezar. Lo fascinaba
el vacío, allí donde las pasiones y los
lastres del prejuicio quedaban anulados. Simplemente buscaba
estar solo. Y creía estar llegando a la revelación
máxima de la soledad. Por eso lo incomodó
aquella presencia.
El
segundo hombre raro, triste y solo lo miraba fijo, demasiado
fijo para ser una broma del delirio. Pasados unos minutos,
abrió la boca, como quien va a decir algo, pero
no pudo alcanzar el sonido. El primer hombre raro, triste
y solo lo mató, abriéndole el vientre. Sin
sentir piedad, sin emoción. Acaso sin llegar a
entender su acto. Él tenía bronca de vida,
y aquel hombre le recordaba alguno de sus fantasmas. No
pudo definir si aquella boca intentaba hablar o simplemente
era asunto de un bostezo desesperado. El espejo fue el
único testigo de la katana que, por unos
segundos cortantes, brilló en su mano, diestra
para cosechar sangre.
A
los tres días, encontraron en el suelo del baño,
frente al espejo de la puerta, el triste cadáver
del raro solitario. Los vecinos no podían soportar
el hedor. En el piso, abierto y manchado de sangre, un
libro: La corrupción de un ángel.
A un lado del cuerpo, brillaba la daga, de una forma extraña,
como si protegiera un secreto. Uno de los vecinos había
leído el libro, y recordó en voz alta que
al autor lo fascinaban las muertes violentas, y que dibujaba
impresionantes personajes oscuros, complejos. Los demás
callaron, mi mamá calló. Esa noche, algunos
creyeron ver al solitario asomado a la ventana. Dicen
que reía pero las versiones se contradicen, alguien
afirmó que lloraba y otro habló de susurros
sensuales. Mamá prefirió eludir el tema.
Los teléfonos de la Policía no pudieron
contener tantos llamados. Ni esa noche ni en las cinco
siguientes. El psicólogo de la Policía habló
de histeria colectiva. Después, nadie volvió
a telefonear a la Policía, ni tuvo pesadillas;
o si las tuvo, dejó de hablar sobre ellas.
La
katana del difunto desapareció. Y la ventana
permanece cerrada. Nadie vive en el departamento. Un departamento
que sigue vivo, a juzgar por los ruidos que escuchan los
vecinos, que aprendieron a hacerse los desentendidos;
esos ruidos que escucho yo, y no olvido. Recuerdan lo
que dijo aquel hombre que había leído al
autor de la novela. El hombre dijo que el mismo día
que decidió el seppuku, el escritor remitió
a su editor el último volumen de su tetralogía
novelística. Hombre precavido el japonés:
había previsto hasta los tampones de guata que
servirían para impedir la salida de las entrañas,
después que su firme daga finalizara su estadía
en esta tierra. Un papel que escribió en su despacho,
antes de abandonarlo definitivamente, decía: "La
vida humana es breve, pero yo querría vivir siempre".
En
el barrio algunos piensan que el solitario sigue viviendo,
escondido de la gente. Nuestro moderno edificio rinde
culto al misterio. Una vez al año, aparecen tampones
de guata junto a la puerta del departamento. Nadie sospecha
que los coloco yo.