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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

LA APUESTA

No logro recordar cómo sigue la cita, pero en mis circunstancias es perdonable: «Creo que hay que aceptar la vida con todo lo que conlleva». ¿Quién la dijo? Es una locura pensar en autores en estas condiciones. Otros hubieran perdido la noción del tiempo, yo llevo la cuenta ayudado por el tacto, mi reloj y los zapatos. Estoy bajo tierra, posiblemente en una cueva o una grieta... ¡lo que carajo sea!, no soy geólogo sino asesino de profesión. El espacio es pequeño pero puedo ponerme de pie y dar seis pasos, y puedo recostarme. No sé cuánto tiempo podré respirar. La oscuridad no me permite averiguar las razones, pero la naturaleza es generosa y me premia con aire. El hábito me ha vuelto más dócil la oscuridad; tengo varios nudos en los cordones de los zapatos, uno por cada día. Le quité el vidrio al reloj y tanteo las manecillas buscando cronometrar la demora de la muerte. La muerte, lo único que se sueña bajo tierra. Lo que sueño.

Siempre fui un hombre de apuestas. Me corrijo: soy un hombre de apuestas. Todo puede ser apostado. Todo y de cualquier forma. Unos cumplen la palabra empeñada cuando apuestan. Como yo. Y otros no. Ahora estoy perdido y nadie me echará de menos. Siempre preferí actuar en solitario, consideré que la amistad era inútil para un hombre como yo. Ahora, para no variar, estoy solo, y enojado, más enojado que temeroso de la muerte. De cualquier modo, la muerte resulta extraña cuando somos nosotros mismos quienes la olfateamos en nuestro pellejo. La mía no tendrá prensa; será como si no hubiera ocurrido. Un final invisible para mi vida invisible de asesino perfecto, o casi. ¿Realmente hice un arte del asesinato o tapé mis incapacidades afectivas con mi profesión? ¿Hice bien haciendo mal o no? ¿Vale amar y tener hijos, y una casa y un perro? Quizá comienzo a delirar, la cabeza amenaza estallarme. Me voy olvidando de mí, extraviándome en el pasado. Recordar, ah, recordar; qué ironía, un modo de matar el tiempo ya que no puedo huir del tiempo que me liquida...

Aquí, bajo tierra, ¿qué podría apostar?

He dejado de calcular todas las probabilidades de supervivencia. «Hay que aceptar la vida con todo lo que conlleva». La maldita frase me machaca sin parar. Han pasado cinco días y acepto las consecuencias de mis actos: tuve un desliz imperdonable en aquel trabajo y el sobreviviente –muy astuto, debo admitir– se vengó dejándome en esta situación. Cuando me atrapó, el tipo estaba feliz, chillaba de forma insoportable y agitaba sus brazos delgados llenos de pecas. No creo que vuelva a escuchar su voz. Esa voz habría que cerrarla para siempre, y ganas no me faltan, pero no me engaño: estoy en circunstancias adversas y no habrá aire para siempre. Opto por canturrear, gastando mis últimas energías, y redoblo la apuesta. No puedo sustraerme a lo que soy.

Haré mi última apuesta... Me corrijo, mi penúltima apuesta. «Si la puta maldita madre de las casualidades me ampara y alguien me saca de aquí. ¡Lo juro! Si alguien me saca de este hueco... ¡Oh, Dios, si es verdad que existes y me escuchas! ¡Lo juro, juro que lo hago!». Me asombro invocando a Dios en voz alta. Qué raro. ¿Temo recibir un castigo peor? Debe ser mi extrema debilidad, deliro. No reconozco el sonido de mi voz. Estoy extraviado en las sombras, también por primera vez. Desfallezco. ¿Muero? Presiento los pasos de los gusanos. Ellos ganan. ¿La última apuesta? Adelante, vamos... Pero algo en mí se rebela. ¡No, todavía no, esa no! ¿Estoy gritando? ¿Es ese aullido mi voz? Tengo mucha sed, creo que desvarío. De qué me vale apostar con los gusanos si no sabré exactamente cuándo comenzarán lo suyo. ¿Comenzarán antes de 48 horas o quizá me dejen esperando? Me estoy volviendo estúpido. Hablar solo no me calma. Estoy agotado; ya me desentendí de los nudos y dejé de tantear las manecillas del reloj. Mi cabeza quiere romperse. He aguantado demasiado, no soy de piedra. ¿Dónde está Dios?

Debo hacer mi última apuesta. No puedo respirar. No puedo resistir más. No puedo. Pero... qué es esto. ¿Se deshace mi cabeza? ¿Es así como uno muere? ¿Qué diablos pasa? Esto que cae... es tierra. Muerte y tierra. No puedo respirar. ¡Luz! ¡Luz! No veo nada. Hay tanta luz. Tanta luz que me ciega... ¿Estoy en el famoso túnel? ¿Es así como cruzamos al otro lado?

¡Puta madre! Estoy saliendo, me están sacando. Y grito, no paro de gritar.

 

Reviví con los sorbos de agua. La cabeza me daba vueltas y vomité el vacío de tantas jornadas. Un hombre puede cambiar muchas cosas si se lo propone, pero la pasión genuina es una segunda piel imposible de arrancar. Le di las gracias al desconocido. Quiso acampar precisamente encima de mi tumba y la tierra cedió con sus martillazos para clavar la carpa. Me lo contaba una y otra vez, nervioso; el tipo hablaba sin parar y me limité a mirarlo fijamente, hasta que solté la risa y le di palmaditas en la espalda y lo abracé. Tuve que hacerlo porque estaba la apuesta. Quizá para los gusanos fue el único acto de bondad en largos años. O en toda mi vida.

Aposté y soy hombre de palabra: dije que si alguien me sacaba de aquella oscuridad, lo liquidaba. Fue la penúltima apuesta; la última iba a hacerla a la callada, con los gusanos. No sé si falta mucho o poco para la apuesta final, ni me importa. Lo que vale es el ahora. ¡La puta que vale la pena estar vivo!

«Creo que hay que aceptar la vida con todo lo que conlleva. Ese es el primer mandamiento, anterior a los otros diez... Aceptar la vida con todo lo que conlleva significa aceptar lo imprevisto.» Fue lo único que le dije al infeliz excursionista antes de romperle el cuello en un giro amable y súbito, que debió parecerle el mejor abrazo del mundo. De pronto, había podido completar la cita, y fui feliz. Sentí las vibraciones del placer recorriendo cada punto de mi cuerpo. Una sensación entrañable matar. De un desconocido a otro desconocido y en esas circunstancias, una obra de arte perfecta.

 

© Rosa Elvira Peláez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rosa Elvira Peláez | Cuba, 1956 | Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Tiene varios cuentos y relatos publicados en libros, revistas y suplementos literarios de América y Europa. Es autora, entre otros, del libro Entre fuegos y otros cuentos. Su obra ha sido premiada en diversos concursos de narrativa breve. Sitio web: Wemilere de las Letras