ESPERABA POR MI
«Aquel que desea pero no obra, engendra la peste». Quedé con el aliento suspendido leyendo esa frase en el cartel promocional de la librería frente a mi casa. Era de los Proverbios del infierno. Reencontrarme con esas palabras fue el impulso que venía buscando sin saber dónde buscar. Esta vez, mi regreso a casa marcaría la diferencia: estaba preparado para cumplir mi futuro.
Esa tarde, a la salida del trabajo, nuevamente había rehusado compartir copas con los amigos. En casa me espera el relato, les dije. Después de casi un año, la maldita frase ya se movía con autonomía usurpando mis ganas de hacer otras cosas. Mi vida andaba trastocada desde el día que comencé a escribir el relato. Mi primer relato. El muy maldito no era dócil; me venía perturbando por sus caprichos y razones para escapar de unas pocas palabras que –yo intuía que eran pocas– faltaban para atrapar el FIN. De mil maneras me mortificaba durante el día, dejándome sin orientación; y me mordía y arañaba en mis horas de sueño. Cuando me levantaba, podía ver, cada vez más extensos y profundos, los zarpazos de aquel enemigo cuyo final se me escurría como una sanción ineluctable.
Era un infierno del que no podía escapar: aquel relato que me maltrataba, me tenía totalmente seducido. Me chupaba la existencia y me hacía dudar y hasta odiarme. Mis amigos no podían comprender y algunos se burlaban sin tapujos. Virginia ni siquiera eso: se marchó dejándome su adiós en un papel, junto con el anillo. En el fondo, ella y mis amigos no me tenían fe como escritor y socavaron mi confianza de que podía terminar el relato. Y él, el muy bicho, no sé cómo, conoció de mi debilidad.
Por eso, al detenerme frente a la librería, sentí la señal. Era hora de acabar el relato que me provocaba. ¿Acaso porque sospechaba que yo tendría miedo de llegar al final? ¿O porque no lo deseaba lo suficiente?
Todo lo que es posible creerse es imagen de la verdad, recordé. ¿Y si me atrevía...?
Cuando abrí la puerta de mi casa, la mano me temblaba como cuando por primera vez descubrió otra piel distinta a la mía. Traspuse el umbral y miré hacia la mesa: el relato no estaba. Me molestó no encontrarlo en su lugar; al principio pensé que andaría agazapado, inventándose otra trampa para alterarme. Lo busqué por todos los rincones y no lo hallé; ni siquiera lo sentí respirar. Nunca una ausencia me había acompañado con tanta intensidad. Un fuerte dolor me atravesó la frente y fui hasta el baño para refrescarme el rostro. Al mirarme en el espejo, clavé mis ojos en mis ojos de un modo desafiante, queriendo llegar al fondo, y me sorprendí. Quise gritar, pero lo que salió fue apenas un suspiro. En ese instante, como si los renglones se escribieran en mis pupilas, escritos con fuego, lo supe. Supe que me había atrevido. Yo. Pero que también se había atrevido él. Sobre todo él.
Y leí temblando, mi voz trayendo antiguos ecos que me perturbaban; mi voz haciéndose ajena, cada vez más ajena. Leí pensando en Blake, y lo perdoné, el relato había concluido:
«Aquel que desea pero no obra, engendra la peste». Quedé con el aliento suspendido leyendo esa frase en el cartel promocional de la librería frente a mi casa. Era de los Proverbios del infierno. Reencontrarme con aquel proverbio fue el impulso que venía buscando sin saber dónde buscar. Esta vez, mi regreso a casa marcaría la diferencia: estaba preparado para cumplir mi futuro... Sólo tenía que mirar al espejo.
Esto fue lo último que leyó el hombre antes de darse cuenta de que ya no existía.
© Rosa Elvira
Peláez |