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La
crisis
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Salvador
Luis
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Recién hace un rato recordé que no he sido el primero (supongo que tampoco seré el último), que experimente lo que ahora soporto con resignación. En mi juventud, debió ser cuando tenía catorce o quince años de edad, leí acerca de un muchacho a quien le sucedió algo semejante. Parece ser que conforme las hojas del calendario se van disolviendo, el hombre (quizá también le puede ocurrir a una mujer, pero no conozco literatura que lo indique), llega a un punto crítico. Esta crisis puede manifestarse, como en el caso del muchacho melancólico, en horas de la mañana o, como en el mío, a golpe de las seis de la tarde, unos minutos después de haber retornado a casa luego de una fatigosa jornada frente al ordenador. Es singular, no obstante, la falta de aviso previo (no es que intente quejarme, no), ya que este fenómeno se presenta de un momento a otro, majaderamente, por así decirlo. Ya dije que al muchacho melancólico, personaje que acabo de rescatar del baúl de la memoria después de tanto años, lo sorprendió muy temprano, cuando ni siquiera había separado las legañas de sus ojos, y que a mí me allanó luego de atravesar el umbral de mi dormitorio, en el preciso instante en el que, desprovisto ya de mis zapatos, me disponía a desatar el nudo de mi corbata, la que lleva bordado el logotipo de la empresa donde trabajo (por cierto, tal vez deba llamar mañana a la oficina y dejar constancia de esta coyuntura). A pesar de que Norma, la mujer por quien opté, ya no desea dormir en nuestro cuarto, yo, honestamente, no me siento triste. Hace algún tiempo venía urdiendo la idea de comprar un colchón más amplio porque era obvio que uno de nosotros dos había comenzado a ocupar más terreno de lo pactado (Norma, fiel a su naturaleza, decía que el transgresor era yo), pero ahora que la crisis intervino no será necesario hacer aquel desembolso. Hoy por hoy, cuento con un lecho privado, y en vista de que mi figura es, gracias a este fenómeno tan curioso, más fina y espigada, no tengo por qué preocuparme por el tamaño del colchón como hasta hace unos días. Pienso, sin embargo, que tarde o temprano esta tranquilidad quimérica cesará como tal y que vendrá, como dicen los pesimistas, una época negra, horripilante, por decir lo menos. Sé, además, que esa llegada es inevitable, pues la experiencia del muchacho melancólico se repetirá, en términos generales, en mí. Norma, con el transcurrir del tiempo, me aborrecerá un poco más que hoy, se hartará. Y yo, al igual que el hijo de los Samsa, deberé aceptarlo, porque no soy nadie para evitar que mi mujer halle un nuevo marido, ni una casa mejor situada, ni tampoco para escapar de aquella muerte. © 2001 Salvador Luis |
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