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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

NO HAY FANTASMAS

 

–Esas cosas no existen, corazón. ¿No lo ves? Sólo estamos tú, Epi y yo –Marta acarició con dulzura el cabello de Alberto, y depósito un beso en su frente. Al hacerlo paladeó el sabor salado de su miedo, pero lo pasó por alto. Eran las cuatro y cuarto de la madrugada, y tenía que levantarse dos horas después para recorrer una hora de atascos hasta la editorial.

–¿Seguro? –le increpó, aún indeciso, su hijo.

Marta sonrió.

–Claro, sólo ha sido un sueño. Mira –y se encaminó hacia el extremo opuesto del cuarto, conteniendo un bostezo. Abrió la puerta del armario–. Nada. Sólo tu chubasquero y tu cazadora del Pato Donald, y tus zapatillas y tu... ¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? –un escalofrío se apropió por un instante de Alberto obligándole a asir con tal fuerza a Epi que se le pusieron blancos los nudillos. Luego, el anticlímax. Su madre se volvió con el camión de bomberos que le habían regalado tío Quique y tía Clara el verano anterior, con motivo de su octavo cumpleaños– ¡El gran fantasma de los bomberos en su coche fantasma con su escalera fantasma y su manguera fantasma!

«¿Cuánto tiempo queda –pensó Marta, sintiendo vértigo al asomarse al abismo del tiempo– hasta que mi hijo interprete palabras como éstas como símbolos fálicos?»

Alberto desarmó su miedo con su risa infantil y franca.

–Mamá, eres tonta.

–¿Ah, sí? Pues tú más, malandrín –respondió, corriendo hasta su cama para cosquillearle el costado y obligar una vez más su carcajada. Al hacerlo, ella misma rió, sintiéndose joven por primera vez en muchísimo tiempo. Por alguna razón, cuando hacía cosquillas a su hijo, él se las devolvía directas al corazón.

Alberto rodeó con sus bracitos el cuello de Marta y tiró de ella para regalarle un sonoro beso en la mejilla.

–Te quiero, mami. Y Epi también.

–Ya lo sé, cielo. Yo también os quiero a los dos, pero ahora mamá tiene que irse a dormir, porque mañana va a trabajar, así que duérmete y no pienses en esas cosas, ¿de acuerdo?

–Vale –se conformó Alberto.

–Muy bien. ¡Qué valiente! Y mañana cuidado con hacer rabiar a Teresa cuando te lleve al cole, ¿eh?

–Es que habla raro, mamá –se justificó con una risita.

–No, no habla raro, es colombiana, y probablemente ella piense que eres el que habla raro. No está bien reírse de los demás porque hablan diferente. Y venga, ya está bien de cháchara. A dormir.

–¿Puedo encender la lámpara de los pitufos?

Marta le contempló mientras consideraba su petición. Alberto tenía ya ocho años e iba siendo hora de empezar a eliminar algunos accesorios de su cuarto, como la lámpara que le regalaron cuando tenía tres años. Por otra parte, bien lo sabía ella, pronto él mismo se cansaría de la decoración y sustituiría los carteles de Barrio Sésamo por fotografías de tipos melenudos con guitarras eléctricas y cinturones claveteados, atiborrados de heroína hasta las cejas. Al fin y al cabo, una noche más no le haría ningún mal, ¡y la estaba mirando con unos ojos tan abiertos, tan azules, tan brillantes! ¿Cómo resistirse?

–Está bien, pero duérmete ya. ¡Que estoy muerta de sueño!

–¡Gracias, mamá! Buenas noches –y se dio media vuelta para accionar el interruptor. Al instante, el pitufo Gafitas con sus lentes y su admonitorio índice extendido, el pitufo Bromista con su paquete bomba y el Gran Pitufo con su birrete rojo y su barba blanca (Alberto estaba convencido de que era el Papá Noël de los pitufos) así como el resto de los cien pitufos de la pitufosa (e inlocalizable) aldea pitufa, corretearon por las paredes y el techo perseguidos por un Gargamel que estaba predestinado a fracasar en su caza.

Marta sonrió con indulgencia, y apretó edredón y sábana bajo el colchón. Su hijo ya se había olvidado de ella y contemplaba absorto la interminable persecución proyectada en la pared contigua a la cama. Pronto caería dormido, olvidado ya de esas tonterías de fantasmas y monstruos que acechaban en el armario, con el muñeco de Epi como amuleto en su regazo.

Más tranquila ahora que lo estaba su hijo, Marta se levantó y caminó hacia el pasillo. Al hacerlo, vio la puerta del armario, ligeramente ladeada, y la cerró. Luego apagó la luz y dejó a Alberto solo. En la oscuridad.

 

* * *

Le gustaba ver la persecución, porque cada vez descubría nuevos detalles en ella, si se fijaba con la suficiente intensidad durante el suficiente tiempo. En unas ocasiones, Gargamel parecía sonreír como si estuviera a punto de atrapar a una de aquellas insidiosas criaturas azules. En otras la sonrisa era más bien una mueca de desesperación al saberse condenado a correr por los siglos de los siglos sin conseguir su propósito. Si Alberto hubiera sabido algo de mitología, habría sido capaz de asignar al instante el gesto apropiado al desdichado Sísifo.

Ahora, sin embargo, estaba concentrado en Azrael, el fiel gato del brujo. Un pitufo (por el ceño fruncido Alberto supo que se trataba del pitufo Protestón) le mordía con fuerza la cola, y el minino saltaba con las patas muy tiesas y el pelaje encrespado, como si acabara de salir de una charca y se hubiera sacudido para librarse del agua. A Alberto le daba pena el gato, que era siempre víctima de las explosiones y golpes de los que era responsable su amo, sin tener él arte ni parte en ellos. A él sólo le gustaban los pitufos (de ello estaba Alberto totalmente convencido) porque se parecían a los ratones. ¿Qué hay de malo en que a un gato le gusten los ratones? A él le gustaban los huevos de chocolate con sorpresa, y a su madre –sobre gustos no hay nada escrito– las acelgas. Nadie los perseguía por eso. Nadie les hacía explotar paquetes de regalo en las narices, ni les pateaba en el hocico, ni les mordía la cola, en caso de tenerla.

Alberto, en la oscuridad de su cuarto, frunció el ceño.

A su padre, en realidad, sí que le habían regalado un paquete sorpresa. Mamá le había dicho que no, que se había puesto muy enfermo de repente y se había ido con el abuelo, pero Pedro, en la escuela, le había contado la verdad. Pedro era su amigo, y los amigos nunca se dicen mentiras. En cambio los padres... él mismo les había contado alguna mentirijilla en alguna ocasión, como cuando se le cayó al fregadero la jarra favorita de papá y les dijo que él no había sido, que se había roto sola. Y ellos a él le habían engañado con lo del ratoncillo Pérez (aunque no le importaba demasiado; era una mentira buena, y durante bastante tiempo la tuvo guardada para sí, para no perder el regalo que sucedía a la caída de algún canino o molar de leche), algo que, como el mismo Pedro le había explicado cuando le enseñó el coche en miniatura que el presunto ratón le había traído por su último diente, era imposible. «Los ratones de verdad, a diferencia de los Reyes Magos, no tienen manos», argumentó con implacable lógica infantil. ¿Cómo iba a cargar entonces con el cochecito el ratoncillo Pérez? Alberto había especulado con la posibilidad de que lo llevara enroscando en él la cola, pero Pedro se había echado a reír, y Pedro tenía casi un año más que él. Pedro sabía todo lo que había que saber sobre cualquier tema. Si Pedro decía que el ratón no existía, era porque no existía. Si Pedro afirmaba que existían imanes que atraían el papel era porque él tenía dos docenas. Y Pedro le había dicho que su papá había muerto porque le había explotado una BOMBA. Le habían puesto una BOMBA debajo del coche y luego la BOMBA había explotado, llevándose a papá con el abuelo.

A él le gustaba el chocolate, a su madre, hay que ver, las acelgas, y a su padre le había gustado el coche con sirena y la ropa azul y ayudar a la gente que se perdía o se equivocaba de carretera. Detener a los malos no le gustaba (le había confesado una noche como ésta, sentado junto a él en la cama) porque hasta los malos tenían hermanos o hijos que les querían, y las más de las veces no eran más que personas atolondradas o desesperadas, o todo a un tiempo. Pero no le quedaba más remedio que hacerlo, por su propio bien y el del resto de la gente. Eso Alberto lo había entendido a la primera. Como a todo niño, le gustaban las cerillas y quedarse contemplando los hornillos de gas de la cocina, pero aún así quería ser bombero. Sí, lo comprendía perfectamente.

 

* * *

Una BOMBA. Le habían puesto una BOMBA y papá había desayunado en casa y le había dado un beso y luego otro a Marta y había salido por la puerta ciñéndose el cinto y esa cosa para hablar el «gualquitalqui» en el bolsillo de la camisa y había bajado al portal y abierto la puerta del portal y había salido a la calle y hacía fresco y había frotado las manos así frente a la cara como formando una caja y soplado dentro levantando una nube de vapor en torno suyo y había caminado alrededor del edificio hasta donde tenía aparcado el coche en el que habían puesto una BOMBA y había sacado las llaves y buscado la de la cerradura y se le habían caído por el frío que estaban heladas y se había agachado hasta el bordillo de la acera para recogerlas y no había visto la BOMBA adherida a los bajos y después se había levantado e introducido la llave en la cerradura y girado y había tirado de la manija con la mano zurda y había abierto la puerta y había entrado y encendido el motor y había esperado a que el vaho del cristal se desvaneciera del todo y había arrancado y salido camino del cuartel y a mitad del camino la BOMBA había EXPLOTADO como un trueno había EXPLOTADO y había mandado a papá con el abuelo.

 

* * *

Fue duro, sí, muy duro. Los abrazos que no entendía, las miradas de lástima, los “lo siento”, los besos de desconocidas tías abuelas, los “ahora tienes que ser un hombre”, los “es algo horrible lo que ha pasado con tu padre”, las velas, los llantos, las lágrimas de su madre, las negras vestimentas, la bandera, las salvas, las cámaras, los “cómo se encuentra su hijo” oídos a medias, apartado por los brazos protectores de mamá; su vida medida en fogonazos de cámara fotográfica, telegrafiada por agencias EFE, radiada en frecuencia modulada; sus lágrimas codificadas en cadenas comprimidas de bits navegando en Internet... Sí, fue horrible, y habría sido aún peor si él hubiera estado realmente allí, si no hubiera padecido lo que el psicólogo infantil del colegio había denominado una “afasia temporal debida al shock nervioso”, que no era otra cosa que decir que Alberto había colgado el cartel de “cerrado por defunción” en su cerebro; que, en cierto modo, Alberto estaba deseándole buen viaje a su papá, allá arriba, con el abuelo.

Más tarde, todo se normalizó. En algún punto del globo, un pequeño ensayo nuclear robó el cinco por ciento de atención en los noticiarios; en el otro extremo un presidente que debía dar explicaciones a su señora reclamaba otro treinta por ciento de la atención; y, más cerca, un equipo futbolístico cuyo presupuesto sobrepasaba los once guarismos perdía la “liga de invierno” ante otro que no llegaba a los ocho, acaparando el sesenta y cinco por ciento restante del interés nacional.

Las aguas, finalmente, volvían a su cauce, y un Alberto que apenas contaba con siete años descolgó el cartel de “cerrado” para abrir de nuevo las puertas de la percepción a un mundo en el que, de pronto, se encontraba sin puntos de referencia.

Marta encontró trabajo en una editorial infantil. Llegó Teresa, que lo acompañaba al colegio por las mañanas y lo iba a recoger por las tardes. El día cobró así un cierto ritmo, una cadencia que lo sedujo.

Las noches sin embargo...

 

* * *

Pensativo, Alberto siguió con la mirada el curso de la persecución por la pared. En cabeza iba el pitufo Bromista, regalo en ristre. Detrás corría Gafitas, con la boca abierta ( se lo diré al Gran Pitufo, ya lo verás, porque como el Gran Pitufo siempre dice...), apuntándole con el dedo. Más allá, tres pitufos sin nombre formaban un trío sonriente y apurado. Luego iba el Gran Pitufo, solemne con su barba y sus ropas coloradas, en cuya cabeza, a buen seguro, ya se habría fraguado algún plan para librarse de su perseguidor. Detrás, más pitufos anónimos. Cerraba la marcha pitufal el Cosmopitufo, todo vestido de blanco, con una pecera por casco (Alberto siempre se preguntaba si no se asfixiaría allí dentro; tal vez los pitufos no necesitaran respirar, y por eso eran tan azules). Ligeramente rezagados, les perseguían el alquimista calvo vestido de negro y Azrael, el gato, en cuya cola hincaba los dientes el pitufo Protestón.

La comitiva era pequeña en la pared junto a la mesita en la que descansaba la lámpara, pero, como si invalidara todo sentido de la perspectiva, su tamaño crecía a medida que se alejaban, hasta el punto de parecer enormes en la pared opuesta. Alberto se giró hasta quedar boca arriba para verlos desfilar ante él, como si la puerta del armario fuera una pantalla marrón de cine que oscureciera los colores hasta convertir la piel de los protagonistas en chocolate. Era lógico, pues, que Gargamel quisiera atraparlos, y al verse incapaz, sostuviera aquel gesto de impotencia resignada, medio sonrisa, medio llanto histérico. A los pocos segundos, la escena completa finalizó y Alberto esperó paciente a que llegara la siguiente, copia exacta de la anterior.

El pitufo Bromista, hermano gemelo del que acababa de desfilar un momento antes, apareció con su regalo, y avanzó sobre la madera, ondulando al pasar sobre las molduras de la primera puerta. Siguió corriendo sin mover sus minúsculas piernecitas y pasó a la segunda, donde guardaba su chubasquero, su chaqueta del Pato Donald y el camión de bomberos. En completo silencio, los brazos extendidos sosteniendo el paquete mortal tan lejos de su cuerpo como le era posible, la cabeza echada hacia detrás, sonriente (¿no era aquella la sonrisa de un loco?), se deslizó por la madera, de derecha izquierda. En sus mejillas, teñidas de chocolate, fluctuaba la textura de la madera. Estaba a punto de llegar al final de la puerta. Su figura se abombaría entonces, al hacerlo la superficie en la que se reflejaba, y se deformaría por un segundo antes de pasar a la última puerta. Precisamente ahora sus bracitos se acercaban al punto en que...

El regalo desapareció. Se lo comió la oscuridad del cuarto. Después desaparecieron también los antebrazos del pitufo, y tras ella hombros, cabeza y birrete.

El escalofrío brotó en la espalda de Alberto y campó por ella a sus anchas, despertando torrentes de adrenalina, sudor, pánico puro. De nuevo el armario... de nuevo.

–No hay fantasmas... no hay fantasmas... no hay fantasmas... –murmuró, sin tener consciencia de que lo hacía. Apretó a Epi con fuerza contra su pecho y contuvo la respiración.

El pitufo Gafitas siguió el mismo camino que su predecesor. Se lo tragó lo negro. Llegaban ya los tres pitufos, ignorantes de su destino, como lemingos en la desembocadura de un glaciar.

Un destello de comprensión le sacudió la cabeza, como una descarga eléctrica. La puerta del armario estaba abierta, la cerradura no funcionaba como es debido y de tanto en tanto se abría sola. La luz del proyector no llegaba hasta el fondo y los pitufos aparentaban desaparecer. Aquí la palabra clave era “aparentaban”. Sólo “aparentaban” desaparecer, porque pronto saldrían de nuevo por el otro lado de la puerta. Qué tontería creer que se los había tragado el armario... o algo que estuviera agazapado dentro del armario...

Un miembro del trío pitufal se esfumó. El segundo lo secundó y el tercero decidió hacerles compañía en la oscuridad. Quedaba ahora el Gran Pitufo como única cabeza pensante capaz de disolver aquella Némesis particular y liberar, una vez más invicto, a su pueblo..

Una luz parpadeante bañó el interior del armario, dibujando las jambas de la puerta. Alberto conocía la luz, su frecuencia. Era la luz de los bomberos, sólo que de color añil.

–... no hay fantasmas, no hay fantasm...

La luz creció de intensidad. El Gran Pitufo se precipitó hacia ella, y tras él el resto de sus congéneres. Gargamel lo hizo unos segundos después, y su sonrisa entonces era de alivio, de descanso. Azrael siguió a su amo (¿había girado la cabeza en el último momento, clavando en él sus pupilas amarillas?), consiguiendo de este modo, tal vez, librarse de la dolorosa presa de que era objeto.

La luz parpadeó. No cabía duda. Era azul.

El corazón de Alberto se disparó, sobrealimentado de adrenalina. No gritaría. No otra vez. No despertaría a mamá, porque no hay fantasmas, no, no los hay. Estaba dormido. Esas cosas no existen, no llegan durante la madrugada a comerse a uno. En eso mamá y Pedro coincidían, y no había gentes más doctas en el tema que ellos dos.

La puerta rechinó al abrirse lentamente, pese a que los goznes habían sido engrasados una semana antes. La puerta rechinó, y la luz azul se desperdigó por el cuarto, convirtiéndolo repentinamente en una escena subacuática, con sus contraluces y sus ambigüedades.

Alberto reprimió un grito al ver que unas falanges empujaban la puerta. Epi era un guiñapo arrugado contra su pecho. Una gota de sudor resbaló por su frente, rodeando los ojos para acariciar después la curva suave de la mejilla, como un dedo helado. Su corazón, próximo al colapso, dio un vuelco, un acelerón, y se estabilizó de nuevo.

A las falanges les siguieron unos nudillos, y a los nudillos una mano, y a ésta una muñeca que terminaba en la manga de una camisa.

La puerta siguió abriéndose. El ángulo de visión creció.

La luz parpadeaba.

Sentía frío.

Finalizado el recorrido de sus bisagras, la puerta se detuvo. El interior del armario quedó entonces al descubierto, y, como toda fuerza desnuda, perdió su poder.

El corazón de Alberto se relajó y sus manos aflojaron la presión sobre el muñeco de Barrio Sésamo. El calor, bienvenido fuera, recorrió de nuevo sus extremidades. Las facciones de su rostro se distendieron.

Acuclillado en el exiguo espacio del armario, entre el chubasquero y la cazadora del Pato Donald, su padre alzó el rostro, vivo, móvil, contagiando calma y felicidad, para clavar en él la mirada azul cuyos ojos Alberto había heredado.

Su padre se incorporó. Sonreía y sus dientes refulgían como en un anuncio de dentífrico. Sostenía en las manos el camión de bomberos, sólo que ya no era un camión de bomberos sino un coche patrulla blanco, lleno de luces que salpicaban su rostro de sombras y luminarias azules. Avanzó hacia él, sacando con suavidad primero una pierna y luego la otra del armario. Despacio, sin ruido, caminó hasta la cama y dejó el coche en el suelo y Alberto sintió de pronto que su miedo renacía, un temor profundo en nada parecido al que había sentido al ver que los pitufos eran devorados, uno a uno, por el armario. Un pavor que nada tenía de venal y sí mucho de desesperanza.

Porque Alberto temía de pronto que mamá y Pedro estuvieran en lo cierto, que no hubiera fantasmas, que sólo estuviera dormido, y sentía pánico, auténtico terror de despertar y descubrir que el coche ya no estaba allí, junto a la cama, donde su padre lo había dejado. De modo que cerró los párpados con fuerza, con mucha fuerza, hasta que se le llenaron las cuencas oculares de chispitas de colores, y pensó, deseó con toda la intensidad que era capaz: “hay fantasmas, hay fantasmas, hay fantasmas...”

Y sólo mucho más tarde, sólo cuando se hubo convencido a sí mismo de que había fantasmas, abrió los ojos.

 

© Marc R. Soto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marc R. Soto | España, 1976 | Nació en Santander. Estudia Ingeniería Química en la Universidad de Cantabria y es miembro de la Tertulia Santanderina de Literatura Fantástica. Autor de Los muertos no caminan y otros cuentos, sus relatos han aparecido en diferentes antologías y revistas literarias. Ha sido finalista del Premio Max Aub y ganador del premio Lituma, el José Hierro y el Agustín Gómez-Arcos. En 2006 obtuvo el premio Jóvenes Talentos Booket de relato corto. Sitio web: www.marcrsoto.com