TATUAJES
Para Margarita Báez
I.
La amante desde hacía varias noches se afanaba en descubrir qué imagen se formaba con esas piezas. Esteban disfrutaba mucho mirándola, agitada, llevar sus ojos de un lado a otro de su cuerpo buscando ensamblar en su memoria las piezas. La reconoció como una mujer obstinada, ninguna de sus otras parejas, transitorias, habían insistido tanto en conocer ese secreto tatuado en su piel.
Cinco noches habían estado juntos y ella no podía resolverlo. Tenía tres piezas casi ensambladas: la del pie, la de la espalda, la del hombro izquierdo, pero con ellas no podía acertar. Faltaba la del pecho, la del muslo izquierdo y la del brazo derecho. Sin olvidar la última grabada en la parte inferior de la nuca.
Esa noche decidió llevar papel de china para calcarlas y así tratar de armarlas fuera de ese cuerpo desquiciante. Lo hizo, pero era mala copista y no consiguió nada. Quedaron sobre el suelo incompletas. Entonces, pensó que tal vez existían otras piezas ocultas y por ello no daba con la solución. Inició la búsqueda. Comenzó por los labios, prosiguió con las orejas, bajo los pliegues de las nalgas, entre las vellosidades de las axilas. Nada. Buscó dentro de la boca, examinó la lengua y cada uno de los dientes. Revisó los dedos, las líneas de las manos, los pezones y cada centímetro de su piel. Aquello no tenía salida y ella se volvía loca al llegar la madrugada sin poder dar con el ensamblaje. Esteban sólo se dejaba tocar con aquella terquedad de su amante mientras le suplicaba:
- No puedo más. Dime qué es, dímelo.
- Ya lo he olvidado- y eso era cierto-.
Ella se levantó de la cama -abatida, desconcertada- y salió desnuda a la calle, cubriéndose sólo con las piezas que había calcado sobre el papel de china. No la volvió a ver. Esteban se entristeció un poco. Porque en realidad él nunca ha sido un rompe corazones, cuando mucho un rompecabezas.
II.
El Señor de Suna, Hiroshi, fue rescatado de las fauces de un lobo por el Señor de la noche. Hiroshi quedó muy agradecido por tan noble acción y prometió darle todo aquello que quisiera. El señor de la noche entonces dejó ver su rostro y, con sorpresa, el amo de las tierras de Suna descubrió que su salvador era un Vampiro. El caballero nocturno le habló para pedir su recompensa:
- Quiero entrar a tu aldea como cualquier buen forastero y nutrirme en ella. Sólo te pido que no me niegues el paso y que me abras las puertas de tu fortaleza.
Hiroshi ya había dado su palabra y, aunque aquello era como dejar entrar a la peste, tuvo que acceder:
- Sea pues como tú quieres. Abriré las puertas de mi fortaleza y entrarás a la aldea como cualquier buen forastero.
Durante un año el Vampiro desoló aquella villa llevando consigo un festín de sangre. La gente confiada le abría sus casas, le ofrecía su mesa, le tendía la mano. No reconocían en él peligro alguno. Se mostraba agradable, pagaba muy bien en las posadas, en los comedores. Contrataba los servicios de músicos y fingía beber y comer las mejores viandas. Nadie sospechó en aquel hombre de figura noble, de ropajes de amo de tierras prosperas, otra intención que la del placer.
Más al caer la pulpa oscura de la noche, cuando él pretendía ir a sus habitaciones, asaltaba a la aldea. Sus ojos cordiales se convertían en dos tizones encendidos y sus colmillos, prominentes, afilados, se escurrían por entre sus labios. Salía a cazar niños, ancianos, mujeres, hombres. Buenos, malos, ricos, pobres. Creyentes, infieles, guerreros, monjes. Todos eran dignos de su paladar y él no conocía ni remordimientos, ni abstinencias.
Pasaron los meses y justo al año el pueblo no soportó más. Se reunieron a la puerta del palacio del Señor de Suna reclamándole protección. Hiroshi fue entonces consumido por la angustia. Él era un noble cuya palabra había entregado. ¿Cómo cumplir entonces con las demandas de sus fieles vasallos? ¿Cómo protegerlos sin dejar de prohibirle la entrada, sin cerrar las puertas de su fortaleza a aquel monstruo?
Decidió hacer penitencia. Diez días huyó al fondo de sí mismo para encontrar la respuesta. Diez días bebiendo agua, comiendo pan. Y al onceavo apareció entre sus sueños el Señor del Niwa, que le regalaba una flor azul de cuyo tallo salían pequeñas hojas violetas con mensajes cifrados. Hiroshi, después de tomarla, se sentó cerca del riachuelo para deshojar la respuesta.
Cuando despertó se vistió de seda púrpura y ató a su cabeza un listón verde. Lavó sus manos con agua de jazmines y ordenó que pusieran incienso de musgo sobre el barandal de su balcón. Ofreció cien aves al cielo, doscientos peces al mar. Buscó sus sandalias doradas y abrió todas las ventanas de su palacio para bañarse de luz. Pidió los servicios de su calígrafo personal y le hizo escribir el mismo mensaje sobre cientos de pequeños papeles en forma de mariposas. Unas horas más tarde sus guerreros fueron a repartirlos por la mañana. Tres días después convocó a todos los habitantes de la villa y habló:
- Prometo que aliviaré su dolor y sus penas. Yo no puedo cerrar las puertas, ni impedir el paso a ese fantasma de la noche porque a él he dado mi palabra. Tampoco puedo ordenar matarlo porque me ha salvado la vida. Pero sé dónde habita y cómo detener su cacería. Hoy he dado cita a todos los tatuadores de esta villa y de las tierras vecinas, les pediré que sobre el cuerpo de esa bestia tatúen su nombre: Kyuuketsuki. Les pediré que no quede un centímetro de su piel donde su nombre no parezca. Así, cuando él se atreva entrar a sus casas, sentarse delante de sus mesas o tenderles la mano, ustedes lo reconocerán.
Se cumplió su orden. El vampiro fue tatuado esa misma mañana. Terminaron justo antes de que el sol se ocultara en las tierras de Suna. Cuando el sanguinario despertó, descubrió su cuerpo como un pergamino cetrino que repetía un sólo y único nombre. Se observó encolerizado mientras su furia hinchaba sus vacías venas y lo sacudía en cólera. Esa misma noche se dirigió al pueblo intentando disfrazarse bajo sus finos ropajes. No pudo ocultarse más. Aquí o allá alguien lograba identificarlo cuando ante ellos aparecía la caligrafía grabada con tinta verde, roja, violeta, amarilla o azul. Todo él era una enredadera marchita construyendo su nombre.
Paulatinamente abandonó la aldea. Ya no conseguía cuerpos para saciar su apetito. Sólo recibía insultos, le lanzaban piedras, lo amenazaban con fuego. Sin soportar más desistió y se perdió entre la noche.
La paz volvió a las tierras del amo Hiroshi, que vestido de púrpura y calzando sus sandalias doradas, ofrecía cien pájaros al cielo y doscientos peces al mar, el onceavo día de cada mes. Así agradecía al Señor del Niwa la fertilidad de sus consejos...
III.
Simón ve a todos pequeños porque él nació excesivamente grande. Así, con ese odio a lo minúsculo, se encargaba de exterminar a aquello que no era digno de su tamaño. Y con esa insana manifestación de ser magnánimo, desarrolló un profundo desprecio, sádico y cruel, hacia las hormiga, a tal grado que olvido sus odios nocturnos sobre otros seres u cosas y se concentró sólo sobre estos insectos.
Todos los días las esperaba sentado cerca del refrigerador, regaba un poco de azúcar aquí y allá. Luego con paciencia, armado de un insecticida en aerosol, las esperaba. Cuando las ingenuas aparecían, atraídas por la comida, él les rociaba el veneno hasta empaparlas y las veía morir lentamente mientras bebía su cerveza. Si le apetecía un cigarro lo prendía con saña, por el gusto infinito, de tirar el cerillo y mirar cómo se encendían por los efectos del insecticida. A veces las ahogaba con una manguerita que mando hacer ex profeso para cazarlas. En otras ocasiones las aplastaba con un mata moscas de tela de alambre muy fina, que pidió a su madre confeccionar. Era un disfrute enorme verlas ahí cuadriculadas sobre el suelo. Si no tenía ganas de ponerse sofisticado, sólo vertía veneno cruz negra por la casa. Y ya de noche cuando llegaba de alguna reunión de viejos marinos, sus ojos se deleitaban con los cadáveres rojizos, negros y hasta verdes de las invasoras.
Ellas lo odiaban. Tanto lo aborrecían que debían planear una venganza. No podían dejar tanta atrocidad sin castigo -el rencor mueve hasta a las hormigas-. Y decidieron atacar lo que él más amaba: su dragón. Simón adoraba ese tatuaje, ese dragón marino de color verde tifón, que se tatúo en Manzanillo cuando trabajó en el puerto en sus años de juventud, cuando iba por el mundo sin anclar bien sus odios. Ese tatuaje le recordaba el mar, la aventura, los momentos más entrañables y felices, ese tatuaje era su pasado. Todos los días se miraba al espejo orgulloso de esa bestia -que conocía todos sus secretos-. Luego le aplicaba un poco de aceite o crema para protegerlo, para hacerlo brillar cuando la luz del sol le tocaba la espalda. Así se iba a la playa a recoger ostras y cangrejos para abastecer a la población donde él vivía, porque ahora era pescador. Así que si ellas querían venganza debían invadirle por la espalda.
Esperaron con paciencia, guerreras y malditas -detrás de los botes de cerveza que él bebía a diario después de la pesca-, hasta que Simón cayó dormido por el alcohol. Subieron cautelosas por sus piernas y acordonaron al dragón que, colérico, las miraba. La bestia alada quiso defenderse lanzándoles fuego rojo, que el primer grupo comenzó a devorar con rapidez. Después batió sus alas intentando alejar al segundo bando, que atacaba los flancos y comía intrépidamente sus plumas pálidas. Otras tantas, con astucia, se enfrentaron a la cabeza -que él movía inútilmente-, para en avanzada, ayudar al resto de ese ejército a hacer suyas las garras. Sin patas se desplomó el cuerpo, mientras la cola agitada no logró desprender los dientes filosos de las enemigas. Dos horas más tarde, sobre la espalda del asesino, no quedo ninguna señal de aquel monstruo marino, y bajaron contentas, satisfechas.
Simón se despertó adormecido y las vio amodorrado alejarse. Como entre sueños pudo distinguir cómo algunas cargaban a sus espaldas plumas color verde tifón o garras azules. Mientras otras llevaban a cuestas un ojo, un diente o un trozo de fuego. Pero a Simón esa visión le pareció imposible y, negándola con la cabeza, se volvió a dormir...
© Cecilia Eudave |