EXPLORADOR
It's better to burn out than to fade away…
–Neil Young
Tenso, concentrado, rígido como una tabla, Jesús Galarza se dejó caer hacia atrás sobre la barreta oxidada que, apuntada hacia arriba, había sembrado superficialmente en el terral hacía un minuto. Venía ensayando la caída de espaldas durante semanas, sobre su cama, hacia una piscina. Pero esta vez iba en serio. La barreta le atravesó la camisa, la piel, la porción dorsal del músculo iliocostal, la tercera costilla izquierda, la pleura, el pulmón izquierdo, el ventrículo derecho colmado de sangre, la vida, otra vez la pleura, otra vez la costilla y de nuevo la piel y la camisa ya arruinadas. Mientras gritaba recordó que debía girar para arrancar la barra del suelo. No necesitó hacerlo: el latigazo neurológico fue tan grande que los espasmos lo dejaron tirado de lado, con los brazos crispados como los de una alegoría de La Crisis que había visto años atrás en un museo. Pocos segundos después estaba muerto.
No tenía razones demasiado terribles para suicidarse. Era una decisión, no un escape; por eso era tan importante para él dejar incontestables evidencias de un asesinato, encubrir cualquier indicio de que hubiera actuado contra sí mismo. Desde luego, estaba en primer lugar la cuestión del seguro de vida, que por cierto no cubría suicidios. Pudo haber optado por un “accidente”; pero un áspero fierro de construcción atravesado entre los omóplatos y el pecho y un descampado en las afueras de la ciudad componían una muerte de presupuesto mucho menor que destrozar su automóvil en un precipicio. De esta manera sus herederos podrían vender el auto o seguirlo usando; si se sumaba lo del seguro, la responsabilidad de Jesús respecto de quienes dejaba atrás quedaba saldada. Por otro lado, le interesaba ser muy discreto respecto de los motivos que tenía para morir. Un suicidio regular hubiera traicionado sus extrañas razones por completo; lo que es peor, las hubiera tergiversado en público.
Aunque no era un hombre religioso, estaba profundamente convencido de que el trance que a sabiendas afrontaba lo llevaría a conocer algún tipo de vida ultraterrena. No ignoraba, tampoco, que antes tendría que pasar por la danza aquella del túnel de luz, el fulgurante repaso de la propia vida, y las voces y las ánimas solidarias o atormentadas que convocaban a los transeúntes de la muerte. Pero no tenía miedo. Se había impuesto esta exploración terminal mucho tiempo atrás y en consecuencia estaba preparado para afrontar la tarea con curiosidad y buen talante.
Conocía bien el guión básico, desde sus ingredientes mitológicos originales hasta el contemporáneo cocido de pseudo–ciencia y leyenda urbana que se llamaba ahora Experiencia de Muerte Cercana. El sainete de la EMC incluía sentir que el alma, o lo que hiciera sus veces, había abandonado el cuerpo y rondaba por los alrededores, supervisando –literalmente– el cadáver desde arriba. Al cabo de un rato esta ánima avanzaba por un pasillo o túnel oscuro, cada vez más estrecho, cada vez más rápido... El tránsito causaba indecibles sensaciones de angustia y terror, pero éstas resultaban balanceadas por una poderosa noción de desasimiento que era casi soltura, levedad, liberación de toda responsabilidad… O al menos eso reportaban las fuentes. A continuación se encontraba uno con la famosa luz, descrita generalmente como dorada o blanca, pero también como amantísima y magnética. Jesús recordó que la bibliografía más asustadiza la veía como un reflejo de los fuegos del infierno.
Nuestro muerto sabía bien que es entonces, o poco antes, que llegaba un primer mensaje de alarma, algún equivalente de “Tu hora no ha llegado aún” o bien “¡Hey, aguanta!” Desde luego, para todos aquellos que de hecho han narrado la Experiencia, tuvo que ser cierto aquello de que aún no era tiempo de morir, puesto que sobrevivieron para contarlo. Por el contrario, Jesús Galarza estaba interesado en saber qué se experimentaría al no volver .
La bibliografía que había estudiado durante tanto tiempo le aseguraba que entonces se iniciaba el tramo social del evento. En algún lugar del túnel uno se encontraría con “Otros”. Bien podía tratarse de seres queridos que fallecieron antes que uno, pero también seres sagrados más o menos supremos, entidades desconocidas y cabezonas, Objetos Luminosos No Identificados, en fin, lo que más se pareciera a lo que en vida uno hubiera tenido por residentes estables del mundo espiritual.
Y luego venía una iridiscente paleta de experiencias vagamente similares, que divergían –sospechaba Jesús– según la cultura en que uno hubiera vivido, las creencias que hubiera ejercido o impuesto a otros… en fin, los colores de la vida que hubiera llevado cada cual. Una de las más celebradas era, desde luego, el repaso de toda la vida del muriente transcurriendo rauda ante los ojos, a veces desde la perspectiva de otros: de aquellos a quienes uno hizo daño o amó. Por lo general ambas condiciones iban juntas. En contadas ocasiones sucedía que así a uno le fueran reveladas novedades acerca de cuestiones cruciales de su propia vida, que de haberlas sabido oportunamente… etcétera, etcétera.
Otra favorita era la sensación de omnisciencia, de entender por completo el cosmos y sus partes: de tolerarlo y aceptarlo todo, incluso las variadas desgracias que habían conducido al trance de muerte. No pocas veces esto se producía al acercarse a una gran ciudad o biblioteca. Esto, claro, era tanto más probable mientras más judeocristiano fuera uno.
Por último el guión invariablemente exigía arribar a un límite –un precipicio, una muralla, un río: una barrera formidable que no se debe cruzar si uno ha de volver. La decisión era siempre difícil. Los reportes coincidían en que quienes volvían de la barrera voluntariamente y retomaban su cuerpo físico lo hacían por haber dejado tareas inconclusas en el mundo de los vivos.
Jesús ya se había encargado de evitar esa tentación. Durante los últimos años había diluido su círculo de amigos y cercenado poco a poco el contacto con colegas y vecinos, tras liquidar una por una todas sus obligaciones privadas y públicas; hacía mucho que su teléfono había dejado de timbrar. Por último –más a punta de hastío que de maltratos– había logrado que su fingido suicidio resultara un alivio incluso para su familia. Jesús Galarza ansiaba toparse con el parapeto que le tocara en suerte: sabía que saltaría al otro lado con el entusiasmo de Hillary, de Magallanes, de Amundsen. La suya no era una empresa para timoratos.
El dilema quedaba zanjado, además, por otra razón. De la populosa cohorte de informantes que, a lo largo de la historia, venía atestiguando para los afanes humanos las peripecias de la EMC, los suicidas fallidos representaban apenas una pequeña porción. Pero, cuando lo había, su reporte era unánime: la experiencia del retorno del suicida al mundo de los vivos era notoriamente positiva. La confusión llegaba a un fin; los problemas y conflictos quedaban comprendidos y listos para resolverse; la sensación de que el suicidio nada solucionaba era universal; la necesidad de continuar viviendo, obvia, y sobre todo bienvenida.
Para Jesús Galarza todo ello hubiera sido una afrenta. No se mataba para solucionar nada: se mataba para plantear un problema. Sentía más curiosidad por el sentido de la muerte que por el de la vida y tenía claro que los enigmas y conflictos que lo animaban no podían, pues, resolverse desde este lado. Por eso había estado dispuesto a afrontar el tremendo dolor que acababa de causarse; por eso estaba, incluso, dispuesto a derrotar a sus últimos miedos. No el pedestre temor a la muerte, del cual no conservaba ya ni un ápice. Pero sí el miedo a los potenciales y célebres horrores del tránsito.
En efecto, la mayoría de los reportes concordaba en que la experiencia de la muerte era soportable. Pero unos pocos informes denunciaban terrores profundos, pavores de un tamaño definitivo, el tipo y medida de horror que sólo se puede incubar en la desesperanza cabalmente informada y por ello absoluta; el horror que no ve más alternativa que la aniquilación y que consiste, pues, en ella. Jesús conocía estos relatos tan bien como los otros, y sólo hacía unos pocos días había logrado calmar sus últimos escalofríos. Cuando lo logró pudo volver a esmerarse en el ensayo de sus exigentes caídas. Nada debía salir mal. La conciencia de no querer volver jamás, la satisfacción de estar dando los pasos requeridos para lograrlo, eran abrumadoras.
Y aunque tampoco era del todo materialista, no había dejado de pasar revista al elenco de raciocinios químico–fisiológicos que daban cuenta, uno por uno, de cada acto del viejo unipersonal que acababa de poner en escena. La tensión previa descargaba una avalancha de endorfinas sobre el cerebro. La ilusión del túnel era un efecto de la disposición circular de los conos y bastoncillos en el córtex visual; el miedo causaba disparos neurales al azar en el ojo, que daban cuenta también de la luz. La estimulación de los lóbulos temporales producía las sensaciones de vuelo y flotabilidad, y la pulsión por recordar a la parentela sería estimulada por una catarata hormonal. Y así sucesivamente. Todos estos cuadros se asociaban sin dificultad a hemorragias masivas. “Como la que me acabo de causar” , pensó Jesús tenuemente. De modo que pudo sentir que asistía a una obra cuyas múltiples interpretaciones ya conocía cuando precipitó la performance de su propia muerte.
Registrada, pues, por una variedad de viajeros que conocían parte del camino pero no el último tramo –y desde luego no la meta–, la ilustrada hoja de ruta de la que se había provisto lo ayudó, claro; pero lo que nuestro muerto percibió muriendo fue desde temprano algo diferente.
Al agotarse el enorme dolor lo primero que sintió fue, literalmente, que le robaban el pañuelo. Una fuerza ajena a él le quitaba algo que tenía guardado adentro… Pero no demasiado adentro: fue exactamente como si tomaran de su bolsillo un pañuelo de seda por una de las esquinas y se lo jalaran con suavidad hasta sacarlo. El pañuelo, o la cosa tenue, blancuzca y externa que parecía un pañuelo, sobrevoló un rato por allí, alejándose poco a poco. Luego, a la distancia, se congregó en un pequeño y brillante punto de claridad; Jesús estimó que aquella sería su primera visión de la luz al fondo del túnel. Pero, ¿dónde estaba el túnel?
El punto blanco empezó a hacerse más grande, a adquirir contornos nítidos y a venir de regreso hacia él. Era una pequeña calavera. Jesús sintió desánimo ante tamaña obviedad; se sentía bastante estafado. La calavera siguió creciendo en tamaño y nitidez, y avanzó hasta colgar en la oscuridad frente a su cara.
–Tu tiempo no ha llegado todavía, Galarza…–empezó previsiblemente.
–No voy a contradecirte –se envalentonó Jesús –pero, créeme, mi tiempo sí que ha llegado. Mírame: los médicos tendrían graves problemas para recoserme el miocardio.
–Tu tiempo no ha llegado todavía, Galarza –insistió el cráneo. Jesús empezó a reconocer los pómulos, el mentón, la forma de la calva. Era su propia cabeza, descarnada y sin duda más vacía que de costumbre.
–Es tu tiempo el que no ha llegado –replicó Jesús a la cabeza flotante, ya de mala gana. Le molestaba también la falta de tuteo, el trato excesivamente formal, administrativo. Se hizo un silencio incómodo. Al rato la calavera volvió a decir su frase, que Jesús no se molestó en replicar. La situación se le antojaba idiota. Ni siquiera respeta el guión, pensó.
–Tu tiempo no ha llegado todavía, Galarza –repitió por cuarta vez la calavera. Esta vez añadió: –Pero llegará.
El estilo enigmático y repetitivo de la calavera lo puso sobre aviso. Intentaba atontarlo, hipnotizarlo, persuadirlo de mala manera de emprender el camino de regreso en contra de su voluntad. Y el camino de regreso era el túnel. Por eso para él no había túnel. Sobrecogido, Jesús se dio cuenta de que aquello con lo que estaba discutiendo era, probablemente, su propia alma inmortal. Luego lo pensó mejor.
“No es mi alma” , corrigió, intentando convertir su naciente horror en determinación. “Quiere hacerme creer que es mi alma. Pero no lo es: por este error es que los informantes retornan. Mutan en esta cosa horrible, adoptan su punto de vista, sienten todas esas culpas, pasean un rato por aquí y se dirigen al túnel…”
–No tienes poder sobre mí –ladró al cráneo, de pronto seguro de lo que debía hacer. –No volveré. Te he vencido. Y no te he vencido ahora: te gané hace años, cuando decidí hacer esto. Ahora aléjate de mí. Tengo cosas más importantes que hacer que estar aquí demorándome contigo.
Al escuchar esto el cráneo se partió ante sus ojos. Lo hizo lentamente, en irregulares trozos de hueso llenos de feas protuberancias y puntas. La mayoría eran muy pequeños: cada fragmento semejaba un insecto óseo. La desordenada nube de huesos terminó por componer una forma vagamente humana; ya no un cráneo, sino un homúnculo desgarbado que le dio la espalda y se apartó cojeando hacia el horizonte. Jesús contempló con interés que mientras más se alejaba sus partes se hacían más grandes y traslúcidas. Quizá no era su alma, después de todo, sino sólo una especie de chambelán ad hoc , generado por las circunstancias, que ya se disolvería o degradaría de alguna manera. Supo con gran claridad que el resto del guión de la Experiencia convendría al homúnculo en el cual debió aceptar transformarse, pero ya no a él. Su fragmentado fantasma avanzaría por el pasillo a gran velocidad, sufriendo indecibles sensaciones de angustia y terror. La noción de desasimiento lo conduciría a la luz amantísima, al repaso de su vida, a la biblioteca o ciudad de la omnisciencia, y a la barrera final ante la cual debía decidir volver sobre sus pasos. Le deseó suerte.
Y entretanto él, Jesús Galarza, estaba allí tirado y una barreta ensangrentada le afloraba del pecho. Estaba bien muerto. Era un cadáver, pero también una sombra aún consciente no de ocupar, sino de ser ese cadáver.
Había podido hablar, así que probó moverse. Con una mano buscó la punta de la barreta. Todavía estaba allí, brusca, sanguinolenta, resbaladiza. Le sorprendió sentirla tibia al tacto. Sobresalía unos quince centímetros. Bien pude hacerla más corta, pensó... Con intención de removerla, probó atenazarla con ambas manos, pero éstas se le cerraron en el vacío. Las miró: las palmas estaban casi limpias. Su camisa apenas conservaba rastros de sangre, y ningún agujero.
El muerto móvil percibía todo con una agudeza y precisión verdaderamente inusitadas. A pesar de eso y de otras facultades físicas que supo nuevas, tardó en notar que el paisaje que ocupaba dejaba de ser el descampado (donde mañana lo hallarían un gran número de moscas y la crédula policía) para ser ya no un paraje sino un plazo, un transcurrir lento y henchido que lo acogía, lo sometía. Le gustó el cambio, el sentir el espacio como si fuera tiempo: un tiempo preñado, dichoso, ronroneante. En otras circunstancias lo habría descrito como detenido, pero no: su lentitud y majestad era producto de cierta especial anchura, de una densidad soberbia.
El plazo empezó a fraguar en un hermoso jardín; cada instante se trocaba en una brizna de hierba, cada minuto un objeto tan perfecto, tan vívido y claro que desafiaba cualquier descripción. Y la perfección de la sustancia que componía todo se volvía a desbordar hacia los sonidos. El susurro del viento, los roces de la hierba contra el pelo tras sus orejas: cada rumor era un arco iris. Lo hizo feliz comprobar que tenía un cuerpo. Nada que ver con la incómoda desnudez de la mente que, de alguna manera, había temido.
Podía mirar el sol a través de su mano. Pero ¿era a causa de la nueva sustancia de su mano, o de una percepción que abarcaba más longitudes de onda? Descubrió que la visión era elegible: así como enfocaba y desenfocaba, podía mirar el sol o mirar la nítida piel de su palma. Notó que no quedaba sangre en ella y que la camisa estaba tan impecable como cuando la había tomado del armario esa mañana.
Antes que ver a nadie escuchó que le hablaban. Lo saludaban dos voces. Todavía recostado, volteó a mirarlos. Eran dos varones de aspecto bastante normal. No le parecieron especialmente bondadosos, nada que semejara agentes del amor infinito; pero sí sintió que su presencia traducía sabiduría, y en particular capacidad, atrevimiento. Dedujo que estaba en presencia de valientes. Al menos no llevaban túnicas blancas. Es verdad que nuestro muerto no esperaba ángeles, pero tampoco estaba preparado para encontrarse con soldados. Respondió el saludo. Notó que sus anfitriones eran bastante diferentes entre sí; supuso que habrían arribado en momentos y circunstancias distintas. Y que la cortesía de recibir a Jesús Galarza, el recién llegado, los reunía aquí en… ¿dónde?
–Bienvenido al Paraíso –proclamó uno de ellos. El otro sonrió y asintió con la cabeza, como invitándolo a acompañarlos. Jesús Galarza, completamente muerto por su propia voluntad, los miró emocionado, se incorporó lentamente, abrazó al primer hombre y –qué duda cabe– echóse a andar...
Jesús siguió aprendiendo a través de este nuevo lenguaje, de este curioso juego de sonidos que eran espacios y tiempos según uno mirara y oyera y durara. La experiencia de los que llegaron antes que él y la suya propia se sumaban en lugares nuevos aquí y allá: a veces eran patios parlanchines, bahías dialogantes o rincones chismosos. Pero ya que los vivientes percibimos como sucesivo lo que de origen es simultáneo, y que el desorden nos confunde como un ruido de fondo (que sólo parece caótico porque no discernimos los patrones que le dan sentido) entenderemos algo mejor ese aprendizaje si lo imaginamos como un diálogo.
Pocas palabras bastaron para informar a Jesús Galarza que estaba en el especial cielo de los que tomaban su propia vida: no el irónico, sino el genuino Paraíso de los Suicidas. Y ya fuera por su buena disposición o porque las cosas eran así, simplemente, él tardó muy poco en acostumbrarse a su ropa limpia y a sus paseos a plena luz del sol, a las afinidades que empezó a desarrollar con otros, a ser uno más entre los dignos de gracia.
–¿Cuál fue tu motivo? –le preguntó uno de sus anfitriones.
–Pues… siempre sentí que el mundo de los vivos era como una celda con la puerta abierta. Y que adquiere valor el que sale, no el que teme que lo saquen a rastras cuando le llegue la hora.
–Entonces eres uno de los modernos … –dijo el otro, al que había abrazado.
–Yo me maté porque tenía muchas deudas –comentó el primero sin asomo de culpa. –De cualquier manera tienes razón. El cielo sólo está poblado por suicidas. Nunca fuimos l os inicuos: de hecho, somos los únicos santos posibles.
No tardó en correrse la voz de que el nuevo, Jesús Galarza, era “uno de los modernos”, y se esparcieron detalles acerca de las peculiaridades de su partida de la Tierra.
–Hay alguien que te busca –le informaron. –En vida fue un famoso historiador, y también sabe mucho de nuestro mundo.
Jesús agradeció ese interés. Lo llevaron a la presencia de un efusivo caballero de nariz colorada y redondos anteojos de marco de carey, que hablaba con acento australiano y que se identificó como el profesor Vere Gordon Childe. Tras las cortesías de rigor Jesús hizo la pregunta que creyó más apta para hacerla a un historiador.
–¿Cómo empezó a existir este lugar?
–No lo sabemos –replicó el caballero, acomodándose los anteojos. –No hubo muchos de nosotros al comienzo. Veamos: antiguamente los suicidios eran por vergüenza, por expiar culpas frente a algún dios o frente a la sociedad; también, antes y después, por diversas formas de hambre. Ni qué decir que muchos de los que llegaron primero vinieron por alguna decepción amorosa. Y no faltan los que vinieron por cansancio. George Eastman, el de los rollos de película, dejó una nota que decía: “Ya terminé mi trabajo. ¿Por qué esperar?”. Tampoco era infrecuente matarse por un desastre militar o político. Asuntos de “honor”, que muchos nunca entenderemos; algún día te hablaré de Judas... Pero ahí tienes a Publio Quintilio Varo y a una muchedumbre de generales y reyes, pero también hay muchos más recientes: varios bonzos, Jan Palach, Salvador Allende… Y los nazis, por supuesto, que andan todos juntos por allá. Todavía no logran que el capitán Langsdorff les dirija la palabra. La historia está llena de extrañas volutas… De cualquier manera es obvio que a todos ellos les importaba más lo que dejaban que a dónde se dirigían. Claro que desde la invención de la depresión, ésta se ha convertido en el gran motivo. Deprimidos estaban, según me han comentado, Santos–Dumont, Pavese, Deleuze, la chica Plath, yo mismo… bah, todo el mundo. Ignoro si ahora están más cómodos, o más satisfechos. Yo lo estoy. Y desde aquí sigo dedicándome un poco a lo mío, investigando el desarrollo histórico de este valle… para lo cual la eternidad puede resultar útil.
–Yo no estaba deprimido –se defendió Jesús, un poco fastidiado con tanto chismorreo.
–Eso dices, muchacho, pero me gustaría escuchar una opinión profesional... Lo interesante ha sido tu técnica, ¡esa especie de seppuku clandestino! ¡Y por la espalda! Estoy seguro que don Emilio Salgari y Yukio Mishima saludarán la limpieza de tu método. ¿Sabes que me recordó a uno de los suicidios más notables? Hacia el 200 AC, el general Xiang Yu se decapitó a sí mismo con su espada; parece que nadie ha logrado repetir la hazaña. Puestos a juzgar el mérito, claro, uno no puede dejar de admirar lo que hizo el buen Kurt…
–¿Cobain? –se sorprendió Jesús.
–Gödel. Se suicidó por hambre. Los jainitas recomiendan este método – upwas , lo llaman– porque no se puede llevar a cabo impulsivamente. Claro que al paranoico Gödel le ocurrió que su mujer dejó de cocinarle y luego él no quiso probar otra sazón… en fin, nos estamos distrayendo. De cualquier manera, hace apenas siglo y medio empezó a aparecer por aquí, muy de vez en cuando, un nuevo tipo de huésped, producto, creo yo, del desencantamiento romántico, de los desenfoques del impresionismo, o de una combinación de ambos. Como tú, los modernos vienen no tanto porque desean negarse la vida como afirmar otra cosa, a veces opuesta, a veces sólo distinta. De éstos hay uno o dos con quienes deberías conversar... Y, si hay suerte, algún día conocerás al Alcalde.
–¿El Alcalde?
–El primer suicida moderno. Saltó de un barranco, como yo mismo.
A medida se hacía al lugar, a su anfitrión y a la jocosa teología de ambos, crecía en él también la desconfianza. Poco a poco, según las fue conociendo, al suicida Jesús Galarza las rutinas del recién descubierto paraíso le empezaron a parecer cuestionables. Se dijo que, cielo o no, la confusión de tiempos, sonidos, densidades y prados consolidados en este edén de saltadores era sólo otra puntuación para un lenguaje sospechoso, uno que expresaba el mismo amor por la vida y las mismas erróneas pasiones que había intentado refutar él con su propio salto. Aquí también había jerarquías y hábitos y reglas. Incluso había una burocracia (empezando por la calavera y el homúnculo que había sabido sortear.) Por tanto, también había tedio, y también había fracaso.
Resultó significativo que entre las primeras preguntas que hiciera Jesús estaban las que lo pondrían sobre la pista. Pensó que valdría la pena escuchar a Childe un poco más. Lo buscó un tiempo después o en el prado vecino. Como antes, le fue difícil librarse de su cháchara, de sus ganas de reír de sus propios chistes.
–¡El chico de la barreta! Seguro habrás estado ufanándote de tu técnica… Hablando de métodos, muchacho, hay algunos admirables que no te mencioné el otro día. El volcán de Empédocles y el áspid de Cleopatra son interesantes, desde luego, pero concordarás en que no se comparan con el de mi favorito, el Conde Jan Potocki, que se creía hombre–lobo y se voló los sesos con una bala improvisada con una fresita de plata que había mandado bendecir por su párroco... Y aunque escapa al ámbito de la técnica, casi tan simpático es lo sucedido con Alan Turing, el genio de la computación, que inspirado nada menos que por Blancanieves optó por dar un mordisco a una manzana envenenada con cianuro y la dejó en su mesa de noche. Parece que un fabricante de computadoras ha homenajeado con su nombre y logo al buen Turing y su manzana a medio comer.
(Ameno, pensó Jesús: incluso hasta divertido, pero esta historiografía limitada al chisme no salvaba a Childe de ser otro burócrata.)
–Quería preguntarle, profesor... ¿desaparece uno también de este lugar? ¿Conoce a alguien que haya sido visto por aquí con frecuencia, pero a quien ya no se vea más?
–¿Te refieres a ... si alguien muere de este lugar?
–He oído que algunos desaparecen, o transitan… –mintió Jesús. –Se dice que algunos huéspedes ya no están por aquí, que de alguna manera se fueron...
–¿A dónde?
–No lo sé, pero... ¿por qué tendría que ser este el destino final? ¿No cree que debe haber otro lugar tras la siguiente puerta?
–No, no, de ninguna manera –dijo el australiano con tono de disgusto. –Sin duda este es el todo el Más Allá que hay.
–Pues yo creo que no. Y si aquí uno se puede morir, también de aquí uno se puede suicidar .
–¡No, muchacho! –bufó. –No me parece una buena idea andar diciendo esas cosas. Ya te dije que este es el Más Allá. Al venir se te ofreció una alternativa: podías quedarte aquí, o volver al mundo de los vivos. Optaste por quedarte ¡e hiciste bien! Ahora, déjame que te cuente por qué no está aquí Marilyn. Sucede que el cinco de agosto…
–Escucharé lo de Marilyn en un momento… Lo que creo, profesor Childe, es que esta es una estación de tránsito. ¿Por qué no podríamos ir a otra parte? No es que me interese volver, pero tampoco querría yo quedarme aquí demasiado tiempo.
–No, no es bueno andar diciendo tales cosas. Me parece que no te contaré de Marilyn por ahora. Nos veremos otro día –barbotó el historiador y se alejó con paso malhumorado.
Jesús suspiró. Timoratos, burócratas sin imaginación: el señor Childe, los anfitriones que lo recibieron y la calavera que lo desvió a este cielo de cartón piedra. Pues esto era, lo admitía, el olimpo de los verdaderos exploradores; pero el impulso se les había acabado y ahora sólo eran otra vez seres apocados por la dejadez de la existencia, de cualquier existencia. Y su confundido paraíso compartía todo con ellos, era ellos , sus palabras, gestos y tamaños: su complacencia, modesta y terminal. En contraste, animado por su atrevimiento, ahora Jesús estaba seguro que habría cosas mejores qué hacer que quedarse quieto entre quienes sólo se habían atrevido a un primer paso.
Tenía una duda. Ya la había tenido antes, cuando estaba vivo. Y cuando vivo su duda lo condujo a un plan, a una hoja de ruta. Ahora le faltaban ambos, así que decidió documentarse. Le pareció una buena idea hablar con el Alcalde. No fue fácil encontrarlo; digamos que pasaron años. O quizá Jesús Galarza sólo caminó mucho.
El Alcalde, aprendió Jesús en el camino, decía llamarse Kirilov. Era respetable, aseveraba Childe, porque había sido el primero de los modernos, el pionero en postular el suicidio lógico. Inauguró el acto de matarse no como un recurso desesperado, sino como un obligatorio ejercicio de libertad creadora.
–Pero ¿no era Kirilov un personaje imaginario? –objetó Jesús al estrechar su mano.
–¿Lo soy? ¿No lo eres tú? ¿No lo es Dios? ¿Quién no es el personaje imaginario de alguien? Pero no tiene importancia, en este caso. He sabido que algo en nuestro pequeño edén te tiene muy inconforme. ¿Cuál es el problema?
–Quiero seguir adelante en el camino de libertad que trazaste. Quiero irme de aquí.
–Me temo que no es posible, muchacho. Childe te habrá contado cosas de mí. Déjame que te explique por qué estamos aquí. Muchos llegan por hambre o por desamor, cuando no por pena o vergüenza...
–Sí, oigo hablar de ti desde hace mucho, y conozco bien ese discurso. Yo, como tú, llegué aquí en un gesto de extrema libertad, pero más: me trajo la convicción “moderna” de que debía moverme, ver qué había detrás de la colina. Pero ahora ¿en qué consiste tu libertad? Has elegido residir en esta playa mirando morir las olitas. Yo tengo que embarcarme a ver qué hay más allá. Según sé, ni tú ni yo conservábamos cuitas ni pecados del mundo de los vivos. ¿Por qué empezar a tenerlas ahora? ¿Acaso porque te llaman Alcalde?
–Y por eso alientas la idea ridícula de suicidarte del suicidio.
–Ponlo de esa manera, si prefieres burlarte.
–Primero está la cuestión de si puedes hacerlo.
–Si hay una manera, la encontraré. Yo apuesto que saldré de aquí en una dirección que ustedes no conocen.
–Si lo haces, no podrás cobrar tu apuesta. Y si el suicidio es santidad, ¿a qué te conduciría suicidarte dos veces, sino a la negación de esa santidad?
–O a su apoteosis, o a la perdición: no lo sabemos. Pero tú mismo lo propusiste hace mucho tiempo: sólo los que renuncian voluntariamente a la vida tienen alguna oportunidad de llegar al cielo. Por su complacencia con este lugar veo que el mismísimo Alcalde ha traicionado el principio que forjó: ha vuelto a ser un apasionado de la existencia. Por mi parte, nada de lo que he visto por aquí me persuade de que yo haya completado ese camino. Al momento de irse, Buda dijo: “esta es la última de mis muertes.” Yo podría decirles ahora: aquel fue sólo el primero de mis suicidios .
Tras decir esto Jesús se apartó del Alcalde y no volvió a buscarlo. Sintió claramente que tenía mejores cosas qué hacer que estar demorándose con él. Pasaron muchos más años, más kilómetros, o mucho más ruido de fondo. Jesús estuvo muy atento, realizó cuidadosas observaciones y pudo comprobar que algunos personajes, en efecto, desaparecían. El buen profesor Gordon Childe fue uno de los faltantes, en contra de sus propias certezas. Jesús llegó a extrañarlo: nunca pudo escuchar lo que el viejo quería decirle acerca de Judas, de Marilyn, ni siquiera de John F. Kennedy (a quien cierta vez Jesús había divisado, no lejos de allí). En efecto, la historia estaba llena de extrañas volutas, de atajos, de desencuentros… Lamentó no haber podido disfrutar los sin duda sabrosos comentarios de Childe acerca de lo que verdaderamente pasó en Dallas.
Quizá porque hay tareas que recaen en el primero que las imagina; o porque poder hacer algo comporta, para algunos caracteres especiales, la obligación de hacerlo; o porque al no querer asumir culpas propias (ni mucho menos ajenas, ya que suicidarse del suicidio implicaba redimirse de todo intento de redención) con el tiempo nuestro muerto innovador llegó a dar con un método y un procedimiento adecuados a la tarea que se había impuesto. Sus paseos, indagaciones y experiencias lo condujeron a descubrir la manera como podía irse de allí. Y aunque ser un ejemplo para los demás no estaba entre sus prioridades, ser el camino y mostrar la nueva verdad no dejaba de compensarle.
Probablemente sea mejor omitir los detalles técnicos. No usó una barreta de fierro (por demás inhallable) pero sí un despoblado. Aunque menos hostil que aquel del que había partido, el parche de tierra baldía y los demás instrumentos que empleó eran los equivalentes morales del aquel terral y de aquella barreta oxidada. Claro que esta vez no intentó ocultarlo; la comunidad de suicidas que Jesús Galarza abandonó quedó tan horrorizada de su partida voluntaria como lo hubiera estado aquella que dejó en la Tierra, si en aquella ocasión nuestro muerto reincidente no hubiera tenido éxito en montar un falso asesinato. De cualquier manera, la cosa es que Jesús se suicidó, otra vez. Y tanto el dolor –el suyo y el de sus deudos– como el grito de Jesús superaron a los de la primera vez.
Sintió que se renovaban sus viejos temores. Para esta región no habría mapas ¿O acaso los había, y él no era capaz de identificarlos como tales? De haberlo sabido oportunamente quizá habría logrado cambiar su destino: su destino privilegiado, incomparable, único. Pero ya estaba escrito.
Tras el impacto notó que la memoria dejaba de funcionarle. Le faltaban palabras para designar los entes y sucesos de los que era primer testigo, pero que parecían sombras del tránsito anterior: avanzaba por un túnel cada vez más estrecho… delante de él había una abertura circular, demasiado caliente, brillante, por la que fuerzas superiores a él lo empujaban a pasar. En el último momento tocó su rostro con las manos, y las vio semejantes a muñones que terminaban en dedos frágiles como telarañas y uñas traslúcidas como pequeñas alas de insecto. Al tocarse la cabeza descubrió que su cráneo era inmenso, desproporcionado, esponjoso.
Sintió que él era el homúnculo, el huidizo fantasma de las leyendas –pero ahora pastoso, desgarbado, cabezón– y que éste era el abominable pasaje que había logrado esquivar la primera vez. Aunque no veloz sino lento y húmedo y grotesco, estaba ahora atravesando el túnel; estaba volviendo. Unos nudos le trababan las piernas y el vientre, lo ahogaban, en medio, sí, de indecibles sensaciones de angustia y terror… Apenas consiguió librarse de ellos, enormes garras callosas buscaron su cabeza para arrancársela. Y entonces lo cegó la luz. No era amantísima ni magnética. A la salida del túnel temblaba, más antigua y más potente que nunca, la amarillenta luz del fuego.
Supo que el paso siguiente sería el último: el pavor del sinsentido, el averno de la aniquilación. Se dispuso a perderse del todo, pero lo que quedaba de él entrevió encargos, tareas inconclusas, redenciones nuevas e incomprensibles. Y de pronto, literalmente, lo forzaron a ingresar a un nuevo mundo. Lo recibieron gritos de dolor intercalados con voces cálidas y afectuosas. No entendía las palabras: lo azoró y llenó de desconcierto sentir que estaban colmadas de ternura, hechas de interminable caridad; nunca pudo saber que ser el Camino y la Verdad implicaba, exigía ser también la Vida. Y aunque toleró y aceptó, ya no pudo reconocer que estaba naciendo. De hecho, ni siquiera empezó a entender que a la luz de una lámpara de aceite lo miraban una vaca, un burro. Jesús estaba en un pesebre.

© Enrique Prochazka |