LA FLOR AZTECA
Dejá ya de mirarme de esa forma, Bautista, que sabés de sobra que me asusto, me pongo nerviosa y entonces no sé lo que hago...
No, no es nada, no te preocupés, Bautista, ya sabés que es de la nariz, como siempre. Las manchas de sangre en el delantal y en las zapatillas son de la nariz. Lo manché todo porque hoy, no sé por qué, me salió más sangre que nunca y no podía pararla ni con paños de agua fría en la nuca. Ya te lo conté un montón de veces, pero vos no me escuchás cuando te hablo, Bautista; y a veces me parece que estoy hablando a las paredes.
Te dije que me pasa desde chica, desde la vuelta en que el pa me llevó a aquella feria que había llegado a Santa María, a que viéramos a La Flor Azteca. Yo era chiquita, me acuerdo que tendría siete años, y la ma me había puesto un vestido precioso de organdí que ella misma me había hecho (vos sabés lo bien que cosía mamá), blanco como la nieve y con unos zapatos también blancos, con las puntas pintadas con albayalde porque las tenía un poco rozadas de jugar con los chicos en el potrero. Vos sabés que a mí siempre me gustó jugar en el potrero con los pibes, lo sabés muy bien, Bautista. Parecés una princesa, me dijo la ma antes de salir; y al pa le dijo que tuviera cuidado de que no me ensuciara porque había estado lloviendo. Me dio un beso... (vos sabés lo cariñosa que era la ma), y volvió a recomendarme que no potreara. Y fuimos caminando con mucho cuidadito, evitando los charcos, para no mancharme los zapatos de barro. Había muchísima gente yendo para el baldío cercano a la estación, donde habían puesto la carpa: todo el pueblo estaba muerto de curiosidad, porque nunca habíamos visto una cosa así en Santa María. La verdad, Bautista, que yo estaba preciosa con mi vestidito, y todos los vecinos me decían que parecía una princesa de esas de los cuentos.
Cuando llegamos, el pa sacó las entradas en un quiosco de madera, que parecía que iba a venirse abajo de puro viejo y desconchado; y en lo alto tenía pintadas unas flores muy raras de todos los colores y pájaros exóticos y tropicales. El pa sacó una mayor para él y una menor para mí, porque te digo que yo entonces tendría siete años, no más, y a empujones y codazos nos metimos en la carpa, que ahora me doy cuenta de que era una carpa chiquita y de morondanga, apolillada, llena de agujeros y de remiendos, pero que a mí me impresionó porque era la primera vez que veía una así, con esa forma tan rara, puntiaguda y alta, como las que salen en las cintas de capa y espada. Adentro estaba medio a oscuras y abarrotado de público: estaban las Dorindas, el flaco Portela con toda su familia, las viudas negras, las de la esquina... sí, ésas que vos decís que tienen el culo respingón de gallina... Y en medio, Bautista, había una especie de escenario de madera, como así de alto, más o menos de medio metro, con una mesita de cuatro patas y un mantelito rosa con flecos, y encima había una cosa, un bulto, cubierto con un trapo negro, que debía de ser La Flor Azteca ésa que anunciaban, y que yo me imaginaba que sería una flor de esas exóticas que hay en África, de esas que se comen a las moscas, a las langostas y a los cascarudos, así que yo ya iba con un poco de miedo. La gente cuchicheaba y estiraba la cabeza queriendo descubrir qué era eso de La Flor Azteca, tan famosa, porque había estado en la Capital y en otras ciudades importantes del mundo y aparecía en el diario y también la anunciaban en la radio, después de la novela, como lo nunca visto.
Y cuando empezó a sonar una música de esas de las películas de miedo, yo me apreté al pa y no le solté la mano, porque la gente empezó a ponerse nerviosa y a ponerse en puntas de pie para ver mejor, porque no sé si te conté que no habían puesto ni sillas para sentarse y poder ver el espectáculo como la gente. Y yo no veía más que el culo de los que estaban delante y cuando terminó la música el pa me levantó en brazos para que pudiera ver el escenario, porque dijo que yo también tenía derecho a ver a La Flor Azteca aunque hubiera pagado una entrada menor, que costaba más o menos la mitad que la de mayores.
Y la luz subió un poco, pero no demasiado, y apareció un señor vestido de negro como esos del teatro, con sombrero alto y bastón, un hombre gordo y bajito que me recordó, nada más verlo, a don Cosme, el de acá a la vuelta, el que se quedó viudo el año pasado; y dijo: Señoras y señores, bajo este cielo rutilante de estrellas (que no sé por qué lo dijo si había estado nublado y lloviendo casi todo el día y serían las seis de la tarde), de este hermosísimo pueblo, que es Santa María, van a ver ustedes, respetable público, por primera vez en su vida, algo único en el mundo, un fenómeno de la vida humana... y dijo otras más cosas de la naturaleza, que si se equivoca y no sé más, Bautista, que ahora no me acuerdo, pero que otras veces ya te conté y no te acordás; pero como nunca me escuchás, te lo tengo que repetir todo... Y se encendió una luz desde lo alto de la carpa, un rayo así, derechito y amarillo, que caía directamente sobre la mesita, encima de ese bulto negro, y el señor bajito dijo, haciendo un ademán y señalando al bulto con el bastón: con ustedes... y sonaron unos tambores como en el circo cuando los trapecistas van por el aire de un lado a otro como volando y te parece que se van a estrellar en el suelo y despanzurrarse pero no les pasa nada, y a mí se me encogió el corazón de miedo, y me sudaban las manos, y no se oía ni el vuelo de una mosca... nada, nada... Con ustedes, dijo el gordo, tachán tachán...“La Flor Azteca”. Tiró del trapo y todo el mundo dio un grito de puro nervio, porque sobre la mesa había una bandeja de plata así de grande con una flor amarilla preciosa, como del tamaño de una pelota de fútbol, más o menos. Entonces la gente respiró aliviada, pero también un poco decepcionada pensando que eso era todo y que habían pagado la entrada para ver una flor de trapo de morondanga, hasta que, de pronto, la flor empezó a abrirse muy despacito y cuando tuvo los pétalos totalmente desplegados, vimos en medio una cabeza de mujer. Y la cabeza, aunque vos no lo creas, Bautista, era como de cera, con los ojos cerrados, muy quietita como de muerto, y el pelo negro retinto recogido a la nuca así y así, por todos lados para que se viera bien que no había truco, porque debajo de la mesa no había nada, nada de nada. Y la cabeza se estuvo así, muy quietita, como muerta mucho rato, hasta que de golpe abrió los ojos y todos soltaron un grito de espanto. Todos menos yo, que me había quedado muda y paralítica del susto. Y la cabeza se puso a sonreír y a mirar al público, y el gordo empezó a preguntarle cosas y ella respondía, porque hablaba como si fuera una persona entera, como si tuviera el cuerpo completo, y tenía una voz muy suave, como la de la ma, y el señor este bajito, que no paraba de mover el bastón de un lado a otro, nos explicó que se trataba de una princesa azteca (que hasta el día de hoy yo no sé si será cierto, Bautista), que se había enamorado de un muchacho que no era de sangre azul, o sea, que no era un príncipe, ni un rey, y que se querían casar, pero el padre de ella, el rey, que parece que era muy severo y cruel, le cortó la cabeza por celos y para evitar el casorio, pero como el amor verdadero es algo tan fuerte, y ellos estaban tan enamorados como La Julieta y el Romeo, bajó un Dios Azteca del cielo, que no me acuerdo cómo se llamaba porque era un nombre muy complicado lleno de letras raras, y la convirtió en esa flor que teníamos delante. Sí, ya sé que vos me dirás que eso era una leyenda y una mentira, pero yo sentía, Bautista, que el corazón se me salía del pecho y la cabeza me iba a explotar en cualquier momento; y como no veía muy bien a pesar del pa que me tenía alzada, me estiraba cuanto podía y avanzaba la cabeza. Y una señora a mi lado se largó a llorar de pura emoción y purito nervio, hasta que de pronto, la cabeza se calló la boca, me miró con los ojos muy abiertos y gritó: Esa chica está lastimada. Y todos volvieron la mirada hacia mí y se llevaron las manos a la boca para ahogar un grito. Entonces vi que, aunque me había parecido notar una humedad calentita en los muslos y la barriga, no me había dado cuenta de que tenía el vestido lleno de sangre. Es de la nariz, les dijo el pa cuando me vio así; siempre le pasa cuando se asusta, no se preocupen que no es nada; se pone nerviosa y le sale sangre de la nariz. Y me sacó de la carpa corriendo, yendo hacia casa por las calles y cortando camino por el potrero. Yo iba llenita de sangre, con mi vestidito de princesa y los zapatos también manchados de rojo, y llorando de pena, porque se me había estropeado la ropa y nos habíamos tenido que ir sin terminar de ver a La Flor Azteca, que a lo mejor se había quedado muy preocupada por mí.
Cuando la ma nos vio llegar casi se desmaya, y lo retó al pa por haberme llevado a ver esos espectáculos que no eran para niños, y le dijo: ¿Acaso no sabés que cuando tu hija se pone nerviosa le sale sangre de la nariz? ¿No habrás dejado que la hipnotizaran, no?... porque como me entere... Sos un inconsciente, le dijo, mirá cómo se puso el vestido nuevo y los zapatos. Y enseguida me puso paños de agua fría en la nuca para cortarme la hemorragia. No se me olvidará, Bautista, a mi pobre madre -quenpadescanse- frotando el vestido en la tabla de lavar, con las manos manchadas de sangre, rezongando: que si hay veces que no tenés la cabeza en su sitio sabiendo lo sensible que es tu hija, que sólo a vos se te ocurre llevar a la chica a ver esas cosas que son para grandes, que no son más que tonterías y fraudes de ilusionistas, y que si ahora va a tener pesadillas. Y después se sentó conmigo a la mesa y me explicó que La Flor Azteca era una mujer, una señora que estaría escondida debajo de la mesa y asomaría la cabeza por un agujero hecho en la madera; y agarró un lápiz y un papel y me hizo un dibujo para explicarme cómo hacían ese truco con unos espejos bien disimulados, para que no se le viera el cuerpo de la señora y pareciera sólo una cabeza cortada. Eso es imposible, me dijo, y no tenés que ser una crédula.
Siempre me sangró la nariz cuando tuve miedo. No, no me mirés con esos ojos porque vos lo sabés muy bien, aunque digás que no, porque preferís hacerte el sonso. Como la noche aquella, cuando me hiciste lo que me hiciste cuando volvía de la kermés del club social y deportivo... Sí, no me mires con esa cara de pánfilo porque lo que te cuento es cierto como que dos y dos son cuatro, aunque vos digas que estoy loca y que son puras fantasías, porque eso a mí no se me olvidará en la vida. Porque nunca te lo dije hasta ahora por miedo, pero ahora te lo digo y me vas a escuchar aunque no quieras: yo siempre supe, Bautista, que fuiste vos. Lo supe por el olor a cebollas y por la medallita de Fray Ceferino Namuncurá. Sí, la que me dijiste que te regaló tu vieja cuando hiciste la primera comunión. Porque yo sentía una cosa fría, como una moneda, que me pegaba en la cara, en los dientes... porque lo que más me dolía era la medallita del santito golpeándome en los dientes, en los ojos... y el pobre Ceferino, inocente, me preocupaba más que lo demás..., saber que él estaba viendo lo que vos me hacías, me dolía más que los abrojos que se me clavaban en las nalgas, y que las ortigas y los churquis que me arañaban las piernas, me dolía más que la porquería que me estabas haciendo, Bautista. Y aunque no pude verte la cara ni nada, porque estaba la noche muy negra y yo estaba muy nerviosa, a los pocos días supe que habías sido vos cuando llegaste con el carro de la verdura gritando: sandía, sandía calada, a la rica sandía, señora. Y yo salí a la puerta a comprarte la verdura que me pidió la ma y vos me sonreíste como siempre y me dijiste uno de esos piropos tan lindos que decías antes, sacaste el cuchillo de cortar zapallos y calaste la sandía. Al inclinarte desde lo alto del carro para darme la caladura a probar, cuando me decías que era puro azúcar como yo, se te salió del pecho la medalla del santito todavía con restos de sangre, porque ni siquiera te tomaste la molestia de lavarla. Porque del susto y del dolor, sangré por la nariz... y por todos lados, como un animal de matadero. Pero sabés que hasta el día de hoy no le dije nada a nadie, ni siquiera a la ma, y si hoy por fin te lo cuento, Bautista, es para que sepas de una vez por todas que no soy una boluda alegre, y que si me callé fue porque tenía que estar callada y basta. Y esa noche, yo misma me lavé la ropa sin que se dieran cuenta, y me callé la boca como si no hubiera pasado nada y les dije al pa y a la ma que me había sangrado la nariz, como ahora, porqué me habían asustado los perros de la Herminia al cruzar el potrero viniendo a casa del baile de la kermés. Y mirá lo que son las cosas, che, que eso que dicen de que el mundo es un pañuelo y la vida te da sorpresas, es verdad, Bautista; que yo, que siempre había querido casarme con un príncipe, terminé casada con vos, con un verdulero con corona de zanahorias en vez de oro y piedras preciosas; porque al final, cuando ya llevábamos unos meses de novios, cuando ya se me empezó a notar la barriga, se dieron cuenta y yo tuve que decirles que era tuyo, pero no dije nada de la noche aquella en el potrero, no señor: me lo guardé. Y para nada, Bautista, de tantos disgustos que me diste, de tanta hemorragia nasal, al final nació muerto de pura debilidad; me dejaste sin sangre, y desde entonces me quedé inútil para preñarme, y sola, más sola que nunca, aguantando la medallita de Ceferino Namuncurá en la cara cada vez que vos tenés ganas de hacerme cochinadas cuando volvés a casa borracho, de jugar a las cartas con los muchachos del club y esas cosas. Pero ya sabés que desde hace mucho, creo que desde que perdí la criatura, ya no sangro más, porque a todo se acostumbra una, hasta hoy, que me volvió a pasar, no sé por qué, a lo mejor porque cuando salí al patio para preguntarte si te gustaba cómo te había afilado el cuchillo de los zapallos y te vi así, durmiendo la siesta en la reposera, en camiseta, roncando con la boca abierta, con la medallita al cuello, de pronto me vino a la mente La Flor Azteca, como si la estuviera viendo, recordé el vestidito de organdí y los zapatos blancos manchados de sangre, y me asusté. Y la sangre me empezó a salir por la nariz y me ensucié el delantal, las zapatillas, las paredes del patio y todo. Así que no me mirés así porque sabés que no es nada, que siempre me pasa, y que no me importa nada lo de esa noche en el potrero, ni te guardo rencor, ni nada.
El pa no me mintió aquella vez cuando me dijo que no había ningún truco, que era una cabeza auténtica y sin cuerpo; la ma me engañó cuando quiso consolarme y me hizo el dibujo de la mesita y de cómo ponían los espejos los ilusionistas para que todo pareciera de verdad; pero ahora sé que no había espejos, porque vos sabés muy bien que el único que tenemos en casa es ese redondito del baño, en el que vos te mirás a la mañana para afeitarte. Lo que pasa, es que como en casa no tenemos ninguna bandeja de plata, te puse en la palangana rodeado de hojas de coliflor y con una corona de zanahorias pensando que, como vos siempre fuiste verdulero de profesión, te gustarían más las verduras que las flores, y porque, la verdad, Bautista, no encontré ninguna flor a mano; hace tiempo que todas se secaron.
Mirá, ahora sé que la ma tenía razón cuando me decía que yo era una princesa. Y vos... Bautista, sos mi príncipe azteca.
© Norberto L. Romero |