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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

LA CASA DE LA COLINA NEGRA

 

Un tiburón en la piscina.

En la piscina había un tiburón blanco.

Había aparecido poco antes del amanecer, cuando todos los de la casa dormían. Primero el agua de la piscina se agitó y burbujeó, como si se hubiera puesto a hervir; luego las burbujas se fueron uniendo unas con otras, dibujando la tosca figura de un pez enorme. Pocos minutos después, un gran tiburón blanco nadaba en la piscina y lo hacía con tal naturalidad que daba la impresión de haber estado ahí toda la vida.

Víctor lo descubrió al asomarse a la ventana, nada más despertar. Hacía una mañana espléndida para ser noviembre, luminosa y cálida. El muchacho contemplaba distraído el bosquecillo tras la casa, cuando un rápido movimiento en la piscina, que quedaba justo bajo su habitación, le hizo mirar allí.

Una aleta triangular rasgaba veloz la superficie del agua. Víctor apoyó las manos en el alfeizar de la ventana y se asomó aún más. El agua era tan clara que el animal parecía volar entre las paredes de mosaico azul. No sabía muy bien por qué, pero Víctor tenía la sensación de que al tiburón no le importaba que la piscina fuera pequeña. Era feliz allí.

Durante un buen rato se entretuvo admirando las evoluciones del tiburón, hasta que escuchó a su madre llamándole desde la planta baja y se apartó de la ventana.

Víctor se quitó el pijama y se enfundó en sus pantalones vaqueros. Sacó una camiseta negra del cajón de su cómoda y se la puso. Luego se lanzó en plancha sobre las mantas revueltas y, cabeza abajo, con la frente apoyada en el suelo, buscó sus deportivas bajo la cama. Mientras atraía la zapatilla izquierda hacia él, tirando de un cordón, algo se agitó dentro. Víctor sonrió y la sacudió sobre la alfombra.

Un diminuto ratón gris cayó del interior, chillando indignado. Le miró furioso, agitó los bigotes y echó a correr hacia un pequeño agujero en la pared.

–Búscate otro sitio para dormir… –le aconsejó el muchacho–. Algún día me olvidaré de mirar y desayunaré zumo de ratón.

Dos grititos airados replicaron desde el agujero. Víctor se sentó al borde de la cama y se puso las zapatillas mientras tarareaba una canción. Se había despertado de buen humor.

Se miró en el espejo redondo sobre la cómoda. Un joven moreno de pelo revuelto y nariz respingona le devolvió la mirada, tan risueño como él. Víctor sonrió y su reflejo hizo lo mismo, pero un segundo más tarde, como si esa repentina sonrisa le hubiera pillado desprevenido. De pronto la imagen en el espejo comenzó a temblar, parpadeó como un canal de televisión mal sintonizado y fue sustituida por el reflejo borroso de la cocina de la casa. La nueva imagen fue ganando nitidez hasta aclararse por completo. Víctor vio a su madre ante los fogones, removiendo una enorme cacerola humeante con un cucharón de madera. La mujer alzó la cabeza y miró en dirección al cuarto de Víctor, con el ceño ligeramente fruncido. Su pelo rubio estaba recogido en una inmensa coleta que caía sobre su hombro y que casi le llegaba hasta la cintura.

–¡Víctor Torres, te he llamado hace media hora! –gritó–. ¿Quieres llegar tarde a clase?

–¡Hoy es domingo, mamá! ¡No hay clase!

Su madre arrugó la nariz y sacudió la cabeza. Era cierto. Era domingo y lo había olvidado. A veces las pequeñas cosas, lo más cotidiano de la existencia humana, le parecían un profundo misterio. Como el que parcelaran algo tan mágico como el tiempo. Para ella eso era como poner vallas al mar.

-Pues baja antes de que se enfríe –dijo, sin gritar ya. Sentía cerca la mirada de su hijo, aunque no fuera capaz de verlo–. He hecho chocolate y buñuelos... Me estás viendo en el espejo, ¿verdad?

El muchacho asintió. Ella le miró directamente, sonriendo. Sus ojos eran de un color verde intenso. Era hermosa como sólo las hadas podían serlo.

En la imagen del espejo se interpuso la figura desgarbada de su padre, que entraba en la cocina todavía con el pijama puesto y el pelo disparado en todas direcciones.

–Buñuelos… –canturreó.

–Ya lo ves, Víctor… Si no bajas pronto, tendrás que conformarte con las migas –le advirtió su madre.

Su padre se subió las gafas y miró a su alrededor, tratando en vano de encontrar a su hijo. Se encogió de hombros y dedicó toda su atención al desayuno.

Víctor se preguntó qué curioso capricho de la naturaleza había sido el culpable de que se pareciera tanto a él y tan poco a ella. Cuando veía a su padre, no podía evitar pensar que se veía tal y como sería dentro de treinta años.

La imagen del espejo volvió a parpadear y Víctor se encontró otra vez cara a cara con su reflejo. Sonrió de nuevo y bajó de la cama de un salto. Se sacudió el fondillo del pantalón y echó a andar hacia la puerta. Cuando la cerró tras él, las mantas y el cobertor comenzaron a moverse despacio, estirándose y trepando sobre el colchón hasta que la cama quedó perfectamente hecha.

Por el agujero de la pared asomó el hocico rosáceo del ratón gris. Bufó y volvió a esconderse.

 

«No eres quien busco»

Víctor salió de su cuarto. Ni el pasillo ni la disposición de la casa eran iguales a como las recordaba de la noche anterior. Hasta el papel de las paredes había cambiado. El día antes, el pasillo zigzagueaba y giraba en múltiples curvas mientras que hoy era un camino recto. Terminaba a su espalda en un muro blanco en el que se podía ver una puerta diminuta y torcida, demasiado pequeña como para poder pasar. Se dirigió hasta las escalinatas de mármol negro que bajaban en espiral a la planta baja: tampoco esas escaleras estaban allí el día anterior.

La casa cambiaba cada noche. A veces eran modificaciones sutiles, como una puerta que se trasladaba de lugar o una variación en el color de una alfombra; otras, eran mucho más radicales, tanto que a veces su padre y él tenían que orientarse a voces para dar el uno con el otro. Ayer, todos los muebles de la casa habían amanecido tallados en jade. Y hacía poco más de una semana que una exuberante selva tropical había aparecido por toda la casa y la más variopinta fauna salvaje se hizo dueña y señora de pasillos y habitaciones.

–Niño… –una voz lo llamó justo cuando estaba a punto de poner el pie en el primer escalón. Se dio la vuelta. Normalmente le ofendía que alguien se dirigiera a él llamándolo niño, pero había reconocido la voz y pertenecía a alguien con quien no podía enfadarse.

Era un hombre pálido, translucido. Media casi dos metros de alto y la expresión en su rostro era la de alguien completamente desorientado. Vestía una raída levita gris y llevaba un monóculo en su ojo izquierdo. Estaba a su espalda, justo en el lugar por el que acababa de pasar.

–¿Puedo preguntarte algo?

Su voz recordaba al sonido de arena cayendo sobre arena.

Víctor asintió. Sabía lo que venía a continuación.

–¿Cómo te llamas? –dijo, mirándolo con intensidad. Su ojo se agigantó tras el monóculo.

–Me llamo Víctor… Víctor Torres.

El fantasma, pues de eso se trataba, suspiró y sacudió la cabeza, entristecido.

–No eres él… No eres quien busco.

–No, no lo soy.

Aquel hombre era uno de los errantes de la casa, un fantasma que se le aparecía de cuando en cuando, siempre en el mismo lugar, para hacerle siempre la misma pregunta, como si olvidara por completo sus anteriores encuentros.

–Algún día daré con él, ¿sabes? Llevo tiempo buscándolo, pero sé que, al final, lo encontraré.

–Estoy seguro –le animó Víctor con una gran sonrisa. El espectro se desvaneció poco a poco ante sus ojos, como si una mano invisible lo estuviera borrando con delicadeza.

El muchacho descendió las escaleras con rapidez, casi a saltos. La planta baja no había cambiado demasiado desde la noche anterior y, aunque lo hubiera hecho, no habría tenido problemas para orientarse: el aroma a bollería caliente señalaba el camino hacia la cocina como si fuera un faro.

La lámpara de araña se balanceaba suavemente en el techo del salón. El sol entraba a raudales por las amplias ventanas, llenando de charcos de luz la amplia estancia. Las sombras de los muebles parecían agitarse, indecisas, como si estuvieran mal pegadas al suelo y las paredes. Mientras pasaba junto al piano, la sombra de éste saltó de la alfombra, se encaramó al sillón y echó a volar. Atravesó uno de los ventanales para enfilar directa hacia el cielo como una disparatada cometa de tela negra.

Víctor la siguió con la mirada hasta que el brillo del sol lo deslumbró. Se frotó los ojos y siguió su camino a la cocina.

Fuera, la sombra revoloteó durante un buen rato, haciendo piruetas y jugando entre las copas de los árboles. Cuando regresó al salón para ocupar su puesto a los pies del piano, no lo encontró. El instrumento se había marchado en busca de su sombra y se había perdido en la inmensidad de la casa de la colina negra.

 

Presentimientos y buñuelos.

–Buenos días, trasto –le saludó su padre nada más entrar en la cocina. Estaba sentado a la mesa de formica, terminando su desayuno. No se había afeitado aún y tenía todo el aspecto de alguien que se acaba de levantar de la cama. Su padre casi siempre tenía esa apariencia.

–Buenos días.

–Buenos, buenos… –canturreó su madre, envuelta en el vaho blanco que salía de la olla–. Hasta que dejen de serlo, por supuesto.

–¿Sigues con eso? –le preguntó su marido. Se levantó de la mesa con el tazón vacío en las manos y se dirigió al fregadero.

Víctor ocupó su sitio y echó mano a su tazón todavía humeante. Luego se acercó la bandeja repleta de buñuelos, examinándolos en busca del más gordo.

–Sigo, sí. Te lo he dicho nada más levantarme. Va a pasar algo… Lo puedo sentir. Y deberías hacerme caso, Eduardo… –le amenazó con el cucharón de madera–. Sabes que mis presentimientos nunca fallan.

–Y te hago caso, Diana –concedió él mientras fregaba su tazón en la pila–. Si dices que va a pasar algo, pasará... Haga yo lo que haga o lo repitas tú mil veces.

–Hay un tiburón en la piscina. Un tiburón blanco –comentó Víctor con la boca repleta de buñuelo–. Quizá fuera eso lo que presentías, mamá…

–No hables con la boca llena…

–¿Un tiburón? –preguntó su padre, mirándolo por encima de la montura de sus gafas. Todavía tenía la barbilla manchada de chocolate–. ¿Estás seguro?

Víctor tragó con rapidez el bollo antes de continuar hablando.

–Segurísimo. Hay muy pocas cosas que se puedan confundir con un tiburón.

Su madre negó con la cabeza.

–No, no es eso. Es otra cosa… –olisqueó el humo blanco que surgía de la olla. Asintió complacida y dejó de remover–. Esto ya está. Pásame los botes vacíos del armario.

–Creo que la casa te da la razón… –comentó su marido mientras le alcanzaba botecitos de cristal a medida que los sacaba del armario–. El tiburón puede ser un espíritu guardián. Una manera de protegernos o de decirnos que algo malo se aproxima. Tendremos que estar atentos…

Víctor sonrió para sí.

Vivían en la casa de la colina negra, el lugar más maravilloso sobre la faz de la tierra. Allí nada malo podía sucederles.

Monstruos.

–La casa está muerta… –dijo la anciana, limpiándose las manos llenas de hollín y polvo en la falda.

La cosa informe que estaba junto a ella asintió con varias de sus cabezas. Sí, desde luego, la casa estaba bien muerta. Las ruinas de lo que media hora antes había sido un caserón solariego todavía humeaban a su alrededor. Muebles, puertas, tabiques, techos: todo había volado por los aires y se encontraba desparramado en el prado.

Aún quedaba magia entre los cascotes, pero era una magia moribunda. Un montón de cenizas se transformó en una docena de mariposas que al tratar de remontar el vuelo se convirtieron en polvo. En un extremo de la casa destruida se alzó una cortina de luz. Varios ladrillos saltaron del suelo y comenzaron a apilarse unos sobre otros, formando la base de un pequeño muro. La casa trataba de reconstruirse y era tal su ímpetu que se podía pensar que lo conseguiría. Pero el muro no había alcanzado dos metros de altura cuando se derrumbó con estrépito. La cortina de luz se convirtió en una diminuta aurora boreal y luego desapareció sin dejar rastro.

La anciana caminó despacio sobre los restos. Sus movimientos eran extraños, como si avanzara a espasmos. La cosa informe correteaba a su alrededor. Se alejaba unos metros, rebuscaba entre las ruinas y volvía a toda prisa junto a ella. Era del tamaño de un perrito y actuaba como tal.

–Allí… –gruñó la mujer señalando con un dedo hacia un leve resplandor cubierto de escombros. Al instante las piedras salieron despedidas dejando al descubierto a la joven que se había ocultado entre ellas. Miró a la anciana con el rostro contraído por la rabia y con los ojos, de un azul desvaído, llenos de lágrimas.

–¡Monstruo! ¡Eres un monstruo! –gritó.

–Lo soy, es cierto –contestó la anciana con una gran sonrisa–. Eres muy perspicaz, querida Paula.

La joven estaba tumbada en el suelo. Parecía transparente; casi se podía ver a su través. Irradiaba una suave luz de plata que la rodeaba como una nube. Y si era plateada la luz que emanaba de ella, lo que surgía de la anciana era una tenebrosa oscuridad, una bruma que la seguía adonde quiera que fuese. La cosa corrió en dirección a la joven, chasqueando sus pinzas y sus garras, abriendo y cerrando sus bocas. El hermoso rostro de la chica se transformó en una mueca de terror. Trató de retroceder y durante un instante flotó en el aire como un jirón de niebla con forma humana; luego volvió a caer a tierra. Parecía agotada. Sus lágrimas brillaban como diamantes líquidos.

–Paula, Paula… –canturreó una de las cabezas del monstruo–. Te maté hace años… ¿Todavía no me has perdonado?

–Déjala en paz –ordenó la anciana. A continuación se dirigió al espíritu–. Eres un fantasma, Paula. Y no puedes morir, sólo desvanecerte en el olvido, perderte en la nada. Quizá eso sea un descanso para ti, pero no lo pienso permitir –metió una mano en un bolsillo de su falda y sacó una botella de cristal tallado–. Dispones de cierta información que nuestro amo quiere que compartas con él. Por las buenas o por las malas.

–¡Nunca os diré nada!

–Oh… sí que lo harás, preciosa niña muerta... –dijo la cosa informe dando saltos y soltando grotescas risitas–. Sí que lo harás… No puedes morir, pero sí sentir dolor. En las salas de tortura de palacio hay fantasmas que llevan siglos gritando. Te lo aseguro… Hablarás…

Paula se incorporó y echó a volar hacia el extremo opuesto del edificio. Estaba atrapada y lo sabía. No tenía fuerzas para sobrevivir fuera del campo mágico que a duras penas persistía entre las ruinas de la casa. Si salía del amparo de la magia moribunda del caserón, se desvanecería. Y aunque eso sería un alivio y un descanso, aquellos monstruos la atraparían antes de que sucediera.

El pequeño engendro se acercó a Paula corriendo y brincando. Tras ella caminaba la anciana, con la botella en la mano y una sonrisa loca en los labios. La botella era un ánfora del Inframundo, un recipiente mágico preparado para atrapar fantasmas. Paula observó aterrada cómo se aproximaba, pasándose la botella de una mano a otra. No le quedaba ni una gota de energía para defenderse, había quemado todas sus reservas en ese último vuelo.

–Paula, Paula, Paula… –dijo la anciana envuelta en sombras–. No hagas esto más difícil. Si me cuentas ahora mismo dónde está el cráneo, te dejaremos en paz. Podrás desaparecer si es lo que quieres…

Los ojos de la anciana estaban llenos de la misma oscuridad que la rodeaba. No había nada de humano en ella. Era un cuerpo vacío animado por un sicario de la Sombra.

–¡No! –gritó Paula, sin dudarlo un segundo. Prefería el olvido o la tortura eterna a ayudar a sus enemigos.

–No me esperaba otra respuesta… –replicó la anciana.

La cosa informe saltó sobre Paula, gruñendo y babeando. Ella gritó y trató de rechazarla. Las garras y colmillos del monstruo la atravesaron sin hacerle el menor daño y sus propios golpes corrieron la misma suerte. Ninguno de los dos podía herir al otro. Pero aún así, el miedo atroz que le provocaba aquel ser la empujaba a seguir luchando.

De pronto, una súbita corriente de aire recorrió las ruinas sin que ninguno de los tres se percatara de ello. A la espalda de la anciana se encendió media docena de diminutas hogueras, flotando a medio metro del suelo como fuegos fatuos. Las llamas se unieron unas a otras y se convirtieron en dos látigos flamígeros que avanzaban siguiendo la línea de lo que había sido la pared oeste de la casa. Llegaron hasta las esquinas y giraron noventa grados, acercándose veloces hacia ellos.

El monstruo deforme detuvo su ataque, levantó una de sus cabezas y olfateó el aire, extrañado. Tardó unos instantes en descubrir los rayos de fuego que se aproximaban por los laterales. Todos sus ojos se desorbitaron.

–¡¿Qué es eso?! –ladró.

La anciana miró sobre su hombro. El fuego que se aproximaba iluminó su rostro desencajado por la sorpresa. Gritó enfurecida, se volvió hacia Paula y aceleró el paso. La oscuridad que la rodeaba se llenó de tentáculos. Su cara comenzó a venirse abajo, como si fuera una máscara de cera derritiéndose. Las llamas habían bordeado todo el contorno de la casa y llegaban ya a Paula que era incapaz de apartar la vista de la botella en manos del monstruo. El cristal centelleaba y emitía un desagradable zumbido.

–¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? –gritaba la cosa informe, dando saltos.

Un fuerte crujido a su espalda asustó a Paula más de lo que ya estaba. Miró hacia atrás y vio la puerta de uno de los armarios de la segunda planta, alzándose en el aire. Estaba rodeaba de llamas, pero no se consumía.

–¡NO! –aulló la anciana. Su cara falsa se hacía pedazos, mostrando poco a poco lo que se ocultaba debajo. Empuñó la botella en dirección a Paula y gritó de nuevo. Pero no salieron palabras de su boca, sino una canción horrible que hizo que el fantasma se estremeciera.

La puerta del armario se abrió en ese mismo instante. De su interior salió una riada de luz ambarina que iluminó con fuerza toda la escena. La cosa chilló y retrocedió de un salto, cegada por la repentina claridad.

De repente un sin fin de manos invisibles atraparon a Paula por las piernas y tiraron de ella hacia el ánfora del Inframundo. Al mismo tiempo, una corriente de aire la empujó hacia la puerta abierta. El fantasma sentía cómo su ser se deformaba y estiraba, un extremo hacia la botella, el otro hacia la puerta envuelta en llamas. Gritó. Se revolvió en el aire. La tensión y el dolor iban en aumento. Justo cuando creía que iba a romperse en pedazos, una de las fuerzas en pugna flaqueó y ella salió disparada en dirección contraria. El dolor se hizo insoportable, su grito se convirtió en un alarido y luego la oscuridad se la tragó.

La anciana salió despedida en el mismo momento en que la puerta del armario se cerraba y se convertía en cenizas. Cayó al suelo, despatarrada entre las ruinas, sujetando todavía la botella entre las manos.

–¿La tienes? ¿La tienes? –preguntó la cosa informe tratando de mirar en el interior del ánfora.

Dentro no había nada.

–¡No! ¡Se nos ha escapado! –grito el sicario de la Sombra. Su rostro se había evaporado por completo y dejaba ver su verdadera cara.

–¿Pero qué es lo que ha pasado?

–La casa nos la jugó –graznó la criatura levantándose de un ágil salto–. No estaba muerta, no del todo… Guardó las fuerzas suficientes para crear un portal por donde hacer huir a su querido fantasma.

–¿Y adónde se ha ido?

La criatura se sacudió los restos del cuerpo falso que había vestido y se estiró, negra y monstruosa, en la noche

–Te contaré un secreto, amigo mío… Todas las casas encantadas están conectadas unas a otras. Y allí es donde la ha mandado nuestra tramposa amiguita: a otra casa tan tonta y tan mágica como ésta…

–¿Y qué vamos a hacer ahora?

–¿No es obvio? Lo que hicimos aquí. Buscaremos esa casa y la destruiremos; a ella y a todos los que vivan allí… Y después arreglaremos cuentas de una vez por todas con ese maldito fantasma…

Fragmento de La Casa de la Colina Negra (Alfaguara, 2006)

© José Antonio Cotrina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

José Antonio Cotrina | España, 1972 | Nació en Vitoria. En 2003 quedó finalista del Premio Alberto Magno con Amanecer y publicó su primera novela Las fuentes perdidas. En el año 2005 ganó los premios Ignotus a la mejor novela corta por Amanecer y al mejor relato por La niña muerta y el Alberto Magno con Argos. Recientemente, la editorial Alfaguara ha publicado su novela La Casa de la Colina Negra.