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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

TRISTEZAS DE UNA TARDE DE SABADO

 

Una soberana nube cuelga a baja altura sobre la fronda del Parque Arcádico. Es leve e insípida en sus grises, es voluble, y a veces se deshace en flecos que velan la vegetación y después se retiran dejándola más verde y más insustancial. Es un vaho producido por un sistema irrigador que el ojo humano no ve, ni el inhumano, aunque debería agradecerlo porque refresca. Más arriba, indiferente, el sol descascara los edificios que rodean las seis manzanas del parque.

Empieza el verano en el hemisferio sur. Hace bastante calor. La variada decrepitud de los edificios indica la suerte mala o aceptable de los comerciantes que ahora no las animan, porque son las tres de una tarde de sábado. Venta al por mayor de juegos para el ocio familiar, ropa desechable, sistemas de iluminación física colman los escaparates. En las ventanas de las altas oficinas, carteles en urdu, hebreo, finés, quechua y manchú, vestigios de sucesivos emprendimientos no del todo fracasados. Por la embalsamada calle Junín dos chicas se acercan a vereda del parque. Visten bermudas de vinilo, remeras reflectantes y lindas mascarillas pomulares contra el sol. Caminan mordisqueando heladonios, indecisas entre la languidez desgarbada y el fastidio vivaz. Parece que los cuerpos tampoco hubieran resuelto estirarse del todo, o cumplirse. Pueden tener dieciséis años. Pongamos que una se llama Myra y la otra Fani; es lo de menos para mí, que las conozco bien porque soy sociólogo.

Véanlas allí al borde del parque, debatiendo algo. Se tocan mutuamente las barrigas con dedos regañones. Resoplan o ríen. La curiosidad inapetente se les irradia en múltiples direcciones, como un manojo de serpentinas. Un pequeño turbotaxi que pasa al ralentí las envuelve en una estela de polvo fétido y el piropo guaso del chofer. El robot expendedor de abanicos murmura su reclamo en coplas mal rimadas. Las chicas parpadean. Por la explanada entran al parque ancianos nostálgicos de una armonía moral que no conocieron, inmigrantes taciturnos, periodistas o brokers adictos al ensueño, padres recientes, gente confiada en que la naturaleza veleidosa los libere por un rato del yugo de la cultura. Hay en la humedad de la fronda una pulsación grave y algo coactiva, como si el alma del parque llamara a los paseantes advirtiéndoles que si no entran reventará contra la calle, y lloverán lágrimas genuinas. Al otro lado del asfalto se achicharra un quiosco de bebidas intoxicantes.

A las chicas nada les parece entretenido ni comprensible. Están mirando a una patota de haraganes, no mucho mayores que ellas ni peor vestidos, que a diez metros de mi cabina tienen acorralado a un cachorro de minorco que se ha extraviado. Le escupen vidrio de botella, lo azuzan con patadas y uno ya ajusta el voltímetro de un lanzagujas eléctrico. Las caras les chorrean una gula asimétrica, pero no es alegría sino placer crudo de haber encontrado una forma de pasar el rato. El minorco, esa criatura de laboratorio, es letal cuando se enfurece, pero las uñas parvas de este minorquito aún no bastan para dar miedo. Los brutos bailotean con una gracia que desconsuela.

No lejos de ellos está el guardia de seguridad. Firme en su reciedumbre, el tipo duda de que haya ahí un mal juzgable; quizá porque poco le queda de carne propia. Bajo el uniforme verde, dos capas de polímeros le cubren una interface que integra visión, comunicación y capacidad de fuego. Injertada a la sien derecha lleva una computadora de apoyo para análisis de situaciones y planificación táctica. El armamento le vuelve la silueta anfractuosa, como un hueso muy carcomido. Pero el guardia delibera internamente. No ha costado barato ese hombre, como para que intervenga por una fruslería. Los atorrantes ya han ensartado al minorquito en una aguja y lo paralizan con una descarga de ochocientos voltios. Cuando mi abuelo era joven se sabía que muchos pobres violentos eran criminales; hoy un guardia no considera que estos muchachotes interclasistas estén cometiendo un delito. Son simples Pepolos, criaturas de placer sin límites, hijos de una esmerada educación en la Perversidad Polimorfa. Los estudios sociológicos, que tantos ignorantes subestiman, me han enseñado que el Pervopolimorfismo no es una corriente clandestina ni una facción de ricachones; es una opción comunitaria; una creencia, una vía a la felicidad por el gozo inmediato sin prejuicios. Un guardia democrático como éste carece de información para reprimir a unos pibes cuyo cuerpo caótico disfruta entero con el sufrimiento de un bicho. Los pepolos son fanáticos de la danza. Bailan tan bien que les basta admirarse entre sí, o cada cual a sí mismo, razón acaso por la cual a chicas como Myra y Fani el baile ha dejado de atraerlas, tanto que odian a los pepolos con un odio que no pueden argumentar bien. Mientras, tres pepolos se empujan ya por recoger al animalito desmayado. Yo he visto escenas así y sé que se avecina algo muy desagradable. Fani le gritaría al guardia que les diera un sopapo si, un poco anarquista como se dice, no descreyera de las instituciones. Myra ha entrado en trance, imposible saber si de furia o imitación. Fani la arrastra del brazo. Pagan el ticket y entran en el Parque Arcádico. Qué otra cosa van a hacer dos chicas así un sábado a la tarde.

O sea que allá van por la mullida grama del parque, descalzas como aconseja el reglamento. El Parque Arcádico es un espacio sin sendas, sin canteros, sin cubos para papeles ni juegos para niños: una vaga extensión de hierba que parece silvestre, pesadamente umbría de arrayanes, alerces, alcornoques y ebalnos, protegida por la nube humidificante, vigorizada por una red de haces de fotosíntesis. Quitándose las mascarillas pomulares, las chicas se internan entre matas de agracejos. Canta un sinsonte. Hay un exagerado aroma a ruibarbo. Sobran algunas gotas rocío. Pero a cincuenta metros de la calle el parque ya es una foresta idílica donde una mínima imaginación basta para alucinar, no digamos un rebaño de cabras, pero sin duda un cervatillo. Y las chicas ven un cervatillo, en efecto.

Yo no aseguraría que la bestia es eléctrica porque hay ahí dentro animales de verdad, cierto que un poco mustios. Cuando la gran superficie comercial que dominaba el barrio del Once terminó de venirse abajo, ni a nuestro macilento estado ni a los empresarios les costó recaudar óbolos para cubrir el terreno con barro del río. Eran tiempos de espiritualismo. Los espiritualistas, una fuerza impetuosa y estricta, pusieron la planificación, el gusto bucólico, la lírica y el dinero para el surtido vegetal y la fauna de un Parque Arcádico, y el parque fue un primor. Entonces creímos que se había clausurado la era de lo material. Pero los espiritualistas son volubles y pronto se cansaron de abandonar los barrios protegidos para venir a la ciudad a ver árboles. Por eso ahora nadie sabe si el Parque Arcádico, abandonado como está, es un museo del edén perdido o una trampa del mal; hay muy pocos que tengan el saber moral específico para decidirlo. Y sin embargo bastantes porteños vienen a solazarse un rato, y compartir vino y queso, en un bosque que prefigura la cortesía, la pureza, la virtud y las prudentes pasiones de una edad áurea futura que no hace falta anhelar, ya que está aquí. Vean si no esa lograda ardilla que se las ingenia para roer una bellota. Vean a la enfermera de licencia que se ha disfrazado de pastora y provoca a un señor lavando una camisa en el arroyo. Las chicas andan por ahí, buscando no esgunfiarse mucho. También buscan respuestas, no se crea. Son chicas conflictuadas, padecen sus titubeos. Vienen al parque a ver si por una de ésas la decorativa atmósfera de jovialidad las orienta.

¿Qué tienen para elegir? Ahí está el Otero de los Poseídos, donde los amantes melancólicos clavan en las hayas versos que a lo mejor no leerá nadie. (CITA, y “por ejemplo” –y las chicas clavarían un poema si les garantizara encontrar al menos un candidato). Está el Páramo de las Revelaciones, una rémora del espiritualismo donde imágenes parlantes de Cristo, Gautama, Gordon Labloir, Fernanda LaSeda y Chuminasa se afinan a la intemperie, enigmáticos como viejos Giacomettis. Está el área nocturna llamada Sueño de Verano, un reducto con fama de libertinaje, donde se ve mucha guirnalda de flores, algún fauno contratado, mucha risa de licor, un mercado flojo de intercambio de parejas.

Está el Lugar del Sueño de la Razón. Allí, dicen, matas de adormidera y cáñamo fuerzan en el reposo de la mente unos monstruos que son el reverso del pensamiento honrado. Se ven con claridad, los espectros, y parece que la experiencia es instructiva, pero las chicas prefieren no internarse porque está claro que antes de soñar ahí algo monstruoso hay que haber entrado en razón, o tener un pensamiento honrado de cierta solidez. Y lo que menos les conviene a dos desorientadas es una decepción.

Confinadas en esa adolescencia que hoy dura hasta los veinticinco años, más o menos, Myra y Fani procuran abandonarse al ambiente, y en cierto modo se distraen. No faltan viandantes en jubón, en calzas de esparto o blusas de bocací escarlata. Reverbera la luz entre el follaje, como un chisporroteo de corazones exaltados, y en los claroscuros flotan olores a heno, a azahar, a boñiga y sudor licencioso y pata, y sones de ocarina y bordoneos de tábanos y abejorros. Con todo esto los sentidos se alteran, y uno oye con la vista y huele con el oído. No sé qué se hace con el gusto, o el tacto, pero el conjunto es aceptablemente perturbador si lo que se persigue es, digamos, rasparle el óxido a la mente. Claro que las mentes de nuestras chicas no han acumulado mucho óxido todavía. Al contrario: están impecables, y por eso las chicas acaban por ir al cine, ese arte abandonado, anacrónico, que pretende incitar al pensamiento moral contando historias emotivas. Ya no lujoso, el tugurio azul del cine está al fondo. Las chicas pagan de nuevo y entran.

Dentro, en la sala triangular, titilan las tres pantallas. El giro aleatorio de las cómodas butacas obliga a mirarlas alternativamente, con una voluntad de complemento y síntesis que sólo los cinéfilos disfrutan como cabe. Esta tarde las películas tratan de: 1) Una bella ejecutiva ambiciosa que sólo ama su éxito; en un solo día, sin embargo, el marido la deja acusándola de egoísta y la empresa la despide bajo cargo de manipulación; cuando baja a la calle en el ascensor, oye a un hombre mencionar una cifra; la mujer juega a la lotería y gana una fortuna; pero un ataque obsesivo de remordimiento le impide usar la plata hasta no recompensar al hombre que por azar le dio el número; sucesivas complicaciones, o la coraza anímica de ese hombre, le impiden sin embargo cumplir el fin, una y otra vez. 2) Un chico de barriada miserable, apaleado, descuidado, que por algún motivo no soporta las diversiones chuscas y la falta de escrúpulos de sus amigos; cree que debe haber otra vida, pero no ve la salida; una tarde, meditando junto al río, ve llegar una balsa de expulsados de otra ciudad; desembarcan para enterrar el cadáver de un compañero muerto; la grave ceremonia hechiza al chico, que en un arrebato se monta a la balsa de esos desheredados dignos; tras años de peripecias, consigue articular una idea, una especie de culto al viento, y establece una familia. 3) Un matrimonio no del todo agostado compra un juego de simulación; conectados juntos en la cama, tienen la experiencia virtual de que uno de los dos se reduzca de tamaño; es impredecible a cual de los dos le toca cada vez, y cuánto se empequeñece, lo que propicia graciosos planos de gurrumín paseando por un ombligo y sensuales enredos; hasta que la progresiva adicción al juego sume al matrimonio en una pesadilla de defasajes y planes de dominio o evasión.

Dos sesiones seguidas del triplete narrativo permiten a Fani y Myra pasar bien la parte más peliaguda del sábado. En las arboledas del parque, el balanceo de las ramas ya desata en la concurrencia del parque moderados éxtasis naturales y una lujuria de atardecer. Las chicas, mareadas, se aplican a la tarea agobiante de establecer relaciones entre las películas, convencidas de que alguna idea obtendrán para situarse en los asuntos no menos enmarañados de la realidad. Caminan calladas. Si algo les encanta del cine es esa pizca de desasosiego que les deja y las obligará a volver. Salen del parque en un sopor satisfecho.

En la vereda, la banda de Pepolos aún está torturando al minorquito. Puede que sea otro animal, e incluso un gato, pero lo de menos para Fani es discernirlo. Al sol tórrido del ocaso, la nube humidificante se vuelve roja como un hígado mal cocido, como el pellejo ensangrentado del bicho entre las manos de los pepolos, y el pensamiento de las chicas se enardece de dolor. Los visitantes del parque circulan deportivamente. El guardia no se mueve. Las chicas buscan un alegato, y en ese paroxismo de desconcierto ven mi Cabina de Asistencia Anímica, y se precipitan a desahogarse conmigo.

¿Qué tónico puede ofrecer un sociólogo a estas almitas, aparte de un poco de té helado con limón? El municipio me paga por instruir conciencias pero, después de tanto conversar con los porteños, ni las cartillas de terapia al paso ni el estudio me sirven para librar la conciencia del tic de relativizar todo. Las chicas, agitadísimas, me acribillan a preguntas. Me acusan, como si yo tuviera autoridad o pudiera formular una ley. Los pepolos están rociando al bicho con kerosene. Yo les digo: presumiblemente, ustedes pensarán que lo que hacen esos atorrantes está mal, o es cruel, y que sobran razones para que ellos desistan. Pero piensen en su reacción, la de ustedes. ¿Es una repuesta a algo real, como lo malo ? ¿O es mero resultado del carácter de ustedes y una educación particular, una de tantas posibles? ¿Existe una razón objetiva, les pregunto, para que los Pepolos paren, una razón independiente de creencias y emociones personales? En la naturaleza, ¿hay algo objetivo, algo así como el mal tangible? ¿Existe lo malo como existe el mosquito que uno mata de un cachetazo?

¿En nombre de qué los podríamos acusar?

Etcétera. Tanto hablo, que llevado por el frenesí tardo un rato en darme cuenta de que Fani, y detrás de ella Myra, ha corrido hasta los pepolos y les grita Eso está mal, Eso es una porquería, e intenta arrebatarles el cadáver del bicho y, como no lo consigue y ellos se le echan encima, de una sola, exquisita y seca patada de taekwondo manda a tres mequetrefes de jeta a las baldosas. Yo bebo mi té de un saque, también, como si el saber discursivo me hubiera puesto frente a su borrosa justificación. Se ha armado una esplendorosa trifulca. Torpes para la lucha como son ágiles para el baile, los pepolos no logran sujetar a las chicas. Pero sí las atrapa el guardia, que, como bien sé, acaba de consultar su analizadora de situaciones y se cree justificado para neutralizar el disturbio.

El guardia mide dos metros veinte. Los dedos pinzantes que le rematan los brazos pueden sostener a las chicas por el pellejo de la nuca, una con cada mano a dos palmos del suelo, como si fueran elásticas bolsitas de mercado. Aprovechando el estupor, yo me deslizo a recoger al bicho muerto, que es efectivamente un gato. Ya lo enterraré; también de eso puedo ocuparme. El Parque Arcádico recibe la noche, e inspira humedad y exhala sencilla bienaventuranza. Los pepolos bufan, defraudados. Las chicas cuelgan de los dedos del guardia, pataleando, ruborizadas de rabia, pugnando por articular lo que el cine puede haberles dado, a salvo sin embargo en la orilla lejana del aburrimiento sabatino. Creo que podemos dejarlas así, de momento, como al fin de la primera etapa de un aprendizaje muy largo.

 

© Marcelo Cohen

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marcelo Cohen | Argentina, 1951 | Nació en Buenos Aires. Entre 1975 y 1996 vivió en Barcelona. Ha traducido más de 40 libros de ensayo y literatura, del inglés, el francés, el italiano, el portugués y el catalán. Publicó, entre otras, las novelas El país de la dama eléctrica, El Testamento de O' Jaral, Inolvidables veladas y Hombres amables; también es autor de varias colecciones de relatos como El instrumento más caro de la tierra. En 2003, la editorial Norma publicó Realmente fantástico, una recopilación de sus ensayos.