EL SUEÑO DE ENFRENTE
¡Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Las cosas , Jorge Luis Borges
Llegó al amanecer de un sábado de octubre, que ya tras los cristales del café, en la estación, se mostraba desapacible, uno de esos días con aguaceros intermitentes que vuelven gris el Norte.
Había viajado toda la noche en tren, desde Madrid, durmiendo mal y poco, así que tras el desayuno se encaminó en seguida hacia la casa. Ésta, como le habían dicho, distaba apenas diez minutos a paso rápido. Atento, a pesar de la fatiga, a aquel recorrido primero por una ciudad nunca antes visitada, fue observando las calles otoñales, los oscuros jardines, las iglesias, las plazas; su propio sentimiento de extrañeza ante cuanto veía.
La vivienda estaba en el barrio viejo, al fondo de un portal angosto, frente a otra que le pareció desocupada. Era una casa sombría, tal vez un poco triste, de techos altísimos, ventanas estrechas y muebles demasiado antiguos. Demasiado antiguo era todo: el entarimado del suelo, el ocre pálido en las paredes, los libros de botánica que llenaban los estantes del pasillo. A lo largo de éste se ordenaban las habitaciones: el comedor y la cocina, el baño y el dormitorio; luego el pasillo giraba a la derecha para acabar en dos cuartos, abiertos uno al otro, el último un trastero.
Paseó largamente por toda la vivienda. A la primera luz del día, las lámparas y cuadros, las cortinas espesas, los sillones y armarios permanecían oscuros, aunque los tocaba a veces, a ras de una ventana, un frío resplandor. Le resultó aquel un espacio inhabitado desde hacía mucho, y al mirar por las ventanas -daban todas a un patio cerrado que ascendía cuatro pisos negándoles la luz- el resto de viviendas le pareció lo mismo.
Aquel sábado estuvo durmiendo hasta cerca de las tres, y luego salió a comer y a caminar por la ciudad. Lo que quedaba de día, y el domingo, lo pasó ordenando su equipaje, los libros, cuanto había traído de Madrid. Poco a poco, ese lugar en el que tendría que vivir se volvió más cálido, más acogedor, y se dijo que el tiempo y la costumbre lo convertirían en suyo, el tranquilo refugio de un recién llegado solitario.
El lunes, a las ocho, estaba en la Universidad. Después de visitar al decano, conoció a sus compañeros; comieron juntos y les comentó que había alquilado una buena casa, amplia y silenciosa, aunque un poco oscura. El martes comenzó a dar sus clases. Por la noche, de regreso, pensó que había hecho bien en cambiar de trabajo y de ciudad.
Fue esa misma noche, o quizás la del miércoles, la primera vez que ocurrió. Al abrir los ojos, a las siete y media, antes de que el reloj sonase, se dio cuenta de que hasta hacía un momento había estado soñando con aquel mismo lugar en el que ahora despertaba. En su sueño, la casa estaba envuelta en aquella luz de invierno que la llenaba el primer día. Recordaba haberse visto sentado en el salón, a una hora incierta, tal vez en el crepúsculo, solitario, leyendo. Allí, de pronto, había sentido una angustia extraña, como si en alguna parte acechase un peligro ambiguo, sigiloso. Sus recuerdos saltaban un vacío; se recordaba luego dejándose caer desde una ventana al patio, y tratando de encontrar en él una salida que lo llevara a la calle. Se veía intentando acceder a la otra casa que enfrentaba la suya, y sin lograrlo. Le resultó curioso, más que ninguna otra cosa, que las imágenes soñadas hubieran conseguido traspasar la puerta que las confinaba en su mundo y adentrarse en la vigilia, porque él nunca recordaba sus sueños. El transcurso del día, sin embargo, las devolvió al olvido. De cualquier modo, aquella tarde miró desde el salón las ventanas de enfrente, preguntándose quién habría vivido allí. Le hubiese gustado averiguarlo, pero no conocía aún a sus vecinos. Al parecer, sólo cuatro de los ocho pisos que formaban el edificio estaban habitados, seguramente por matrimonios ancianos -algo muy común, le habían dicho, en aquella zona de la ciudad- o quizás también por alguna familia con hijos mayores que paraban poco en casa: gente recogida a la que no se escuchaba nunca. Sin embargo, le pareció seguro que, de conseguir entrar en la otra vivienda, sería para encontrarse sólo con una réplica desierta de la suya.
El sueño se repitió a los pocos días: el mismo brillo helado bañando las ventanas, los muebles, el recinto del patio por donde él pretendía escapar; el mismo inexplicable temor.
Pero aquellas imágenes hostiles, que siguieron apareciendo tenazmente en sus noches, no lo enemistaron con el espacio en que habitaba. Por el contrario, cada día le resultaba más grato, más añorado en la ausencia. Desde mucho tiempo antes, ya en Madrid, se había acostumbrado a la soledad, sobre todo después de haberse roto su matrimonio. Pero nunca la había deseado tanto. En la última hora de la tarde, la casa se recogía en el silencio, en la serenidad de la penumbra, y él, en su cuarto, mientras leía, trabajaba, escuchaba música, se quedaba contemplando plácidamente el patio, los objetos mudos, el roble de las mesas que se oscurecía.
Había vuelto a iniciar un estudio sobre poesía renacentista abandonado durante muchos años; preparaba sus clases y con frecuencia escribía a amigos lejanos. Muchas noches le daban las tres y las cuatro de la mañana antes de irse a dormir. Salía poco los fines de semana; raras veces se quedaba por las tardes en la Universidad.
En ocasiones, cuando apagaba la luz, se preguntaba si esa noche iba a soñar o no. Sus sueños no guardaban un orden fijo: jugaban a desvanecerse durante una, dos semanas, y cuando ya los creía olvidados aparecían de nuevo. Poco a poco, él había ido cambiando en ellos: ahora se veía siempre resignado y taciturno, inmóvil en un sillón de su dormitorio, ya sin intentar huir, frente a la ventana del patio donde anochecía. Y con el tiempo había comprendido que aquella amenaza sofocada que lo empujó a escapar las primeras veces no provenía de un elemento extraño al lugar, de un peligro exterior que amenazara invadirlo. Era la casa misma, sus muebles callados, sus sombras y objetos los que se volvían de pronto enemigos. Pero cuando por la tarde paseaba tranquilamente, fumando y pensativo, de habitación en habitación, acordarse de sus sueños le hacía sonreír.
El invierno llegó, y durante todo él se repitió lo mismo: aquellas imágenes en la noche, la soledad en la luz. Afuera, el mundo era una fotografía triste: lluvia, cielos grises jornada tras jornada. La ciudad se sometía al agua, a los fríos vientos, se encerraba en sí misma. Antes, había quedado algunas tardes con otros profesores para tomar una copa, y comía a menudo con ellos. Continuaba haciéndolo, aunque con menos frecuencia. La brevedad de la luz los obligaba a despedirse pronto; también ellos tenían mucho que hacer. Eran gentes amables, pero poco expansivas, poco dadas a intimar con forasteros. Sólo hablaban de su trabajo. Él lo prefería así: no le hubiera gustado que le preguntaran por el pasado, ni por el presente tampoco. Sin decidirlo expresamente, lo último que deseaba hacer era invitarlos a su casa. Tampoco les habló de sus sueños. Ni siquiera en su correspondencia con los amigos de siempre los había nombrado. Sin saber por qué, los guardaba para sí, con una suerte de temor, de recelo, en esas regiones oscuras donde se guardan, tras puertas condenadas, los secretos más penosos.
Pero la casa lo consolaba de su aislamiento, de recuerdos lejanos, de todo sinsabor. Apenas salió de ella en Navidad. En enero y febrero arreció el frío y en cuanto acababa sus clases volvía allí. Su trabajo sobre poesía renacentista avanzaba cada vez más deprisa; a eso de las ocho podía abandonarlo para sentarse en el salón a leer, cenar tranquilamente, tomar un coñac. Y sólo lamentaba que sus sueños negaran aquellos instantes, en vez de continuarlos con su mismo discurrir suave y lento, su misma dicha cálida y cerrada.
A comienzos de marzo sufrió un enfriamiento, y como tenía fiebre el médico le aconsejó quedarse en casa un par de días. Estos se convirtieron en una semana, y luego en otra más. A los quince días, cuando ya se pensaba recuperado, la fiebre volvió a aparecer. Demasiado débil, en cuanto oscurecía, para levantarse, para leer o escribir, se dejaba llevar por las horas, entre las sábanas, mirando el patio sin luz. A veces ni siquiera contestaba el teléfono, aunque sabía que era alguno de sus compañeros para interesarse por él. En una indolencia que acabó por llevarle a permanecer en la cama el día entero, le pareció que entonces podía disfrutar realmente de su soledad. E incluso pensaba con desconsuelo en el día en que tuviera que abandonar la casa, tan bella en el crepúsculo, tan gratamente silenciosa.
Ahora, por las noches, el sueño era distinto. No recordaba cuándo, había conseguido al fin acceder a la otra casa que podía contemplar tras los cristales. No la veía, con los ojos cerrados, tan nítidamente como la suya, porque ésta, aun en el mundo nocturno, se presentaba idéntica a la real. Aquella otra era sólo una sucesión de cuartos que cruzaba buscando una salida, aunque nunca lograba encontrarla. Pero podía acordarse con claridad de la primera estancia: un recibidor oscuro, con un espejo al fondo, y al lado de éste, una mesa baja en la que reposaba un juego de ajedrez. Siempre, antes de iniciar en sueños su inútil recorrido por la casa sin fin, miraba aquel tablero, las piezas enfrentadas e inmóviles en su rincón sombrío. Luego empezaba a andar de cuarto en cuarto, hasta que el mismo sueño, o la luz, lo devolvían al suyo, a la cama cálida, a la mañana invernal.
La tercera semana de su enfermedad la fiebre volvió a aumentar inesperadamente. Durante dos días apenas pudo distinguir el sueño de la vigilia, porque la luz no lograba restablecer la frontera entre los dos mundos. En esas largas horas ambiguas volvió a la casa ajena multitud de veces. Y hasta con los ojos abiertos creía ver sus largos pasillos, las luces encendidas a través de los cuartos, el espejo a la entrada, el ajedrez junto a él. Y por aquel laberinto de estancias sin ventanas, desiertas, repetidas, caminaba obstinadamente en busca del umbral que se abriese a la calle, al sol, al aire libre. Pero regresaba siempre a su propia casa, a su habitación, al aire atardecido del patio ante sus ojos. Y entonces volvía a sentir el temor antiguo.
Nunca supo cómo logró descubrir la verdad. Sólo recordaría luego que lo entendió todo vívidamente en uno de los breves intervalos en que lo abandonaba la fiebre, en que se obligaba a levantarse, ir al baño, comer algo, pensar. Hasta ahora, sólo de noche, a través de los sueños, la casa le había mostrado su verdadero rostro, su maldad. De día, lo había ido atrapando en su paz triste, en su falsa y venenosa calidez. Lo había dejado sin fuerzas, sin voluntad, y ahora que por fin lo tenía prisionero, se disponía a demostrarle que, como en el sueño, no podía escapar.
El espejo del baño le mostró fatigado y pálido, con barba de varios días. Llamó por teléfono a un compañero de trabajo que vivía cerca, para pedirle que fuera a buscarlo y lo acompañara a un médico. Mientras se lavaba y vestía se sintió mejor, y se dijo que tal vez aquella ciudad que había escogido para cambiar de vida era demasiado triste, lluviosa, demasiado ajena.
En junio, al acabar el curso, se despidió de sus alumnos y compañeros. Había conseguido una beca para ampliar su estudio sobre poesía renacentista y trabajar en Italia el año siguiente. Se marchó sin resentimiento ni pesar; los últimos meses los había pasado en un colegio mayor.
A finales de agosto ya estaba en Italia, después de haber pasado el verano en Madrid, recuperando viejos amigos. Antes de dar por terminadas sus vacaciones visitó Roma y Florencia, y luego se dirigió al sur, a la costa. Una cálida mañana de septiembre llegó al lugar que lo estaba esperando. Era una hermosa ciudad de días azules y tardes doradas. La recorrió entera antes de presentarse en la Universidad; luego fue a una agencia que alquilaba viviendas. Escogió una villa cercana al mar, que le dijeron había sido de un conde. Aquella alabanza absurda le hizo sonreír. Tras la hora de la siesta, después de comer con otro español que también trabajaba en la Universidad, se encaminó solo hacia la villa, sin perder de vista el mar. Niños en bicicleta se cruzaron con él; el calor invitaba a acercarse hasta el agua. La casa era un edificio de una planta, separado de otros por un jardín. Dejó las maletas en las escaleras del porche, abrió y no pudo encontrar la luz.
Sólo cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo verse a sí mismo en el fondo de un espejo, el pasillo perdiéndose en cuartos sucesivos, el recibidor oscuro, y en un rincón de éste, sobre una mesa baja, el reposo blanco y negro de un juego de ajedrez. © Lola Robles |