AGAINST THE FLOW
No es sencillo para él apretar los dientes cuando lo que ahora desea es librarse de ellos, pero ya los huesos en su boca se hacen inaguantablemente colmillos al mascar un leve bollo. Su vida le pertenece largamente a la mecánica de sus fauces, al ardiente impulso de cerrarlas y abrirlas. Al tiempo que la masticación transcurre con disimulada calma, Mortimer repara en que una vez, peleando con su hermano Bobby, le arrancó a este el testículo más pequeño durante una batalla a cuerpo desnudo: recuerda que la pelea nació a partir de un baño obligatorio que Bobby no quiso darse primero por terminar un juego de rayuela.
A Laura le ha contado la historia del testículo y de cómo su madre lo separó de su hermano vertiéndole agua fría. Ella siempre escucha silente las lágrimas y el canturreo de un arrepentimiento no sosegado cada vez que uno de sus senos sufre una mordedura. (Laura es una mujer llena de señales y tajos cicatrizados). Por alguna razón, un motivo que sólo ella conoce en sus secretos, jamás ha intentado bañar los dientes de su esposo cuando se han precipitado sobre su carne blanca.
Hace un mes Mortimer ha caminado junto a Talbot. En un pequeño café decorado con fotografías de boxeadores de otro tiempo se han sentado a escucharse, aunque él es más oyente que Talbot, quien ha fijado su papel de emisor. Talbot se encuentra cara a cara con una encrucijada, un dilema de derecha o izquierda amenaza su mundo de naipes. La mujer se llama Misha y es más joven que él, quiere que le prometan una casa, un auto y un chal importado, que dice Talbot es un chal muy fino, y tan caro como la foto autografiada del campeón mundial que tienen en frente; Misha le ha pedido también un anillo. Talbot ha pensado que con la ayuda de Misha podrá al fin cumplir el sueño de su mujer y enviarla de viaje a un país de pagodas rojas. A pesar de su pasión por los objetos, Misha es una muchacha inteligente, progresista, posee una mirada de maga, y esa mirada le sugiere a Talbot que se trata del instrumento perfecto. Planea entonces un crimen igual de absoluto que llevará a Misha por un sendero de puertas abiertas y coartadas verificables hacia lo que él ha llamado la Libertad del Hombre, él, obviamente, es el Hombre a soltar. Luego, cubrirá sus huellas con otras huellas, repasará horarios, declarará verdades y farsas hasta que no le quede más que un nimio cargo de conciencia cuando se halle solitario en una tina de baño, pero eso no le bastará para arrepentirse de lo que urdió, porque en ese momento Misha le suspirará al oído quiero un helado de pistaccio, hace tanto que no me llevas, y estará desnuda en una habitación sin muros.
Tal vez si no hubiese comprado el regalo para Zoe, Zoe no estaría llorando en los brazos de Laura, apretando su cara contra su pecho. Han tenido suerte, hoy le ha tocado el turno al conejo. No siente lástima por él, sin embargo, no existe el perdón: el animal defecó sobre el Aleph. Entiende que cada vez que abre la boca es para librar al mundo de una inmundicia, porque hay seres que merecen el ostracismo o la muerte, seres con condenas justificables, y él ha venido a la tierra, para bien o para mal, con aquella misión redentora que sus dientes conocen. Sin esos dientes sería otro hombre, un hombre indigno rodeado de seres rastreros. Y bien lo sabe cuando siente aquel despiadado dolor en las sienes, la aguja entre los ojos, antes de abrir su inesperada boca y entregarse al ataque.
El día empezó apaciblemente. Sentado al borde de la cama ha mirado las uñas de sus pies e imaginado unas uñas imposibles, siempre cortas, que no necesiten podarse cada dos semanas o hagan fastidioso el andar con zapatos. Desde lo más profundo de sí, le gustaría ser el dueño de los pies mejor cuidados de la ciudad y mostrárselos a todas las personas que se lo pidan: “Estos son mis pies”, diría ante la muchedumbre, siempre alejado de sus babas gracias a un púlpito que lo legitime, observando la devoción y el asombro de esa horda caricaturesca y manipulable, cuando no su envidia, en cada plaza de barrio hasta llegar a la explanada central de su metrópoli. Pero todo se hace falso si deja de fantasear. Cuando vuelve en sí, sus uñas continúan creciendo a cada nuevo minuto y ya se siente como una galleta rancia, casi una piedra, olvidada por un año al fondo de un pote de lata. Cree entonces que es hora de levantarse y mojar su cara. Despacio, cubre sus horribles uñas con las pantuflas que una vez le regaló Zoe y camina hacia el patíbulo. El baño es un pequeño cuarto que desata su claustrofobia, sólo allí, en esas paredes rosadas que eligió el primer dueño del apartamento, se siente como un pedazo de cartón deforme que está a punto de ser aplanado por una máquina compactadora. A veces desearía que la compactadora existiera realmente, se quedaría parado, con el cepillo de dientes en la boca, quieto en medio del cuarto como un puntito negro sin voz. Ha gritado en muchas ocasiones, como hoy, cuando las paredes no se mueven hacia él. Suele hacerlo cuando Laura va de compras, en los momentos en que ella se encuentra bailando entre manzanas y latas de espárragos. Sin embargo, nadie ha anotado que vocifera el nombre de las paredes del baño. Quizá algún vecino sordo haya imaginado un lamento alguna vez, pero un sordo nunca sabe a ciencia cierta lo que flota a su alrededor. Sólo si lo ve en unos labios rojos.
Misha no supo jamás de una boca tan grande como aquella. Lo primero que toma su mente son personajes animados de su niñez: un perro gruñón y la gula, una bola antropófaga del espacio exterior, un lagarto fabuloso, expulsando el fuego, porque forzaron a la princesa que secuestró en un reino feliz. Pero no son dibujos, hoy, en las afueras de la ciudad, la vida regurgita su acabose. Y Talbot no ha sentido el crujido de su vértebra cuando ha perdido la cabeza, su cuerpo aún corre la huída como un ave de corral antes de hervirse en la muerte, una pierna tras otra, uno y dos, trancos largos en el aire. Misha le pide que finja su caída, basta ya, desplómate o te va a seguir mordiendo, pero Talbot ya no tiene orejas, son picadillo dentro de esa boca inaudita, y no puede escuchar los ruegos de su amante espigada, no puede ver cómo ella observa sus pedacitos de carne ir en dirección contraria, amarrada a aquel árbol, pensando en la nada que quedará de él, su Talbot, el único hombre que le ha llamado belleza piedra pomes-sexy cadillac deville. Y ahora esto, una boca vehemente, que la aparta poco a poco de aquella barba de filósofo, del cinismo sexual circuncidado, y el chal.
En el lavabo, Mortimer intenta limpiarse la piel con agua y jabón. Cierra los ojos para que no lo irrite la espuma. El agua con la que se raspa ha llegado desde una planta de tratamiento, alguna vez fue agua apestada, combinada con barro, heces y cabezas de ganado, ese líquido ha cumplido un ciclo prehistórico, ha viajado desde lo alto de una montaña y participado en todas las hidrografías del mundo. Cuando sale del grifo, aparece dominante, y por unos cuantos segundos, vive y culmina su embajada en la tierra, del caño abierto al pequeño remolino, hasta cerrar la llave o introducir un tapón.
Desde hace varios días, las imágenes en el baño son siempre las mismas para Mortimer:
---Su gran boca se abre.
---Su gran boca se traga a su gran boca.
---El cuarto oscurece de pronto como si el bombillo hubiera muerto.
---Entre las sombras, un conejo mutilado susurra una palabra:
Hopscotch*
© Salvador Luis
*Del inglés: Infernáculo, rayuela.
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