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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

PRÓLOGO DE UN TAL LUCAS

 

A estas alturas de mi vida, mis inconvenientes con la hidra son ya vox populi. Resulta imposible caminar por la calle con siete cabezas sin que nadie le llame la atención a su esposa distraída por medio de un codazo o ponga su mano sobre la boca en un acto reflejo. Si cargar con la esfera espinosa que es una sola cabeza ya es algo merecedor de otro mundo, imagínense lo quimérico que es tratar de subir escaleras con siete. La policefalia, no hay duda, es algo duro de sobrellevar. Yo la he sufrido desde siempre, pero me han pedido que no diserte sobre ella ni exponga mi vida en este prólogo. No sé por qué accedí a ello. Mi cabeza autócrata no está de acuerdo con este compromiso, y tampoco la jurisperita. A Solei, sin embargo, no le afecta en absoluto esta circulación de ideas. Solei es Solei, y como cabeza no me da molestias, porque mayormente le interesan las palomas de papel crepé, pero mi cabeza jurisperita es severa cuando tiene la razón, y la autócrata, ni se mencione, muchas veces me ha amenazado con tomar el control del grupo cuando no le pido los permisos que exige nuestra coalición de siete.

Pero aquí estoy, a pesar de todo, para hablar de esta colección, que es una colección dedicada a lo fantástico. Ya que soy un personaje fantástico, es razonable suponer que conozco algo indeleble acerca del tema. La verdad, sin embargo, es que no soy un entendido, a lo sumo podría llamárseme un ejecutor. Es decir, no creo saber qué es lo fantástico en base a sus principios etimológicos, más bien, tengo el indicio de su realidad en determinadas ocasiones. Y en ese aspecto concreto me parezco a mi autor.

En algún momento él lo ha dicho con mejores palabras que las mías, que hay pequeños paréntesis en la vida cotidiana en los que las leyes naturales se rebelan, donde no hay espacio para el positivismo a mansalva, momentos en los que un martillo habitual deja de serlo para dar paso a un martillo ingrávido, que vuela en busca de un alto donde anidar, minutos en los que el universo de Edgar Allan Poe se embrolla con el de Honoré de Balzac, creando un temblor en la lógica y la naturaleza del mundo conocido. Lo fantástico, a causa de una fuerza omnipresente, viene a cortar el aire que respiramos. A mí me ha sucedido en casa, estar sentado leyendo un libro y sentirme en otra parte donde soy yo pero no soy yo. Y luego no sé a ciencia cierta cuál es la verdad, si la del reflejo en el agua o la del Lucas que se refleja. O si Descartes meditó acertadamente o si no atinó. Y está, también, aquel desfigurado que me persigue y me atrapa en los sueños. Y, ¿la vida es sueño o…?

Cuando leo una historieta de Neil Gaiman, mi primera sensación es la de un mundo en otro mundo, y ese mismo efecto me ha atravesado al leer las páginas de La Biblia, Borges, H. G. Wells, Homero, Kafka, Las mil y una noches y C. S. Lewis, o las de mi propio autor. Para mí, no tiene objeto negar la presencia de infinitas excepciones universales, leyes quebradas que son, en realidad, nuestras primeras y únicas leyes. Lo fantástico, desde la antigüedad más remota, ha sido la metáfora de la vida y del tiempo, el mito y la fantasía que nos permite explicar la tierra que pisamos, y está vivo en cuentos, películas, en álbumes de Black Sabbath, e incluso en animaciones suprarreales como las del Gato Félix y Bob Esponja.

En esta antología que han compilado Cecilia y Salvador, creo adivinar distintas vías de hallar lo fantástico, desde el terror de Lovecraft hasta las fundaciones extraordinarias de Leopoldo Lugones, J. J. Arreola, Bioy Casares y Felisberto Hernández, o el gran absurdo kafkiano. Yo los dejo a ustedes, como ha dicho alguna vez mi autor, con esta pequeña apertura, para que cada uno apele a su propia imaginación.

 

Un tal Lucas