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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

LOS CRONOPIOS, LAS PUTAS Y UN RUINOSO CAFE EN EL PARIS DE ENTONCES*

 

A Sylvia Iparraguirre y Abelardo Castillo

 

Había que pensar en Bebé Rocamadour. Era gordo. Muy gordo y cabezón, y usaba unas viejas pantuflas y tacos para las orejas porque, decía, los ruidos del mundo no lo dejaban dormir. Se enredaba una bufanda rota alrededor del cuello, orgulloso de que la había robado de una de las habitaciones del Museo del Greco, en Toledo.

Ahora estaba sentado con la punta de las nalgas en una de las sillas de hierro. Llovía afuera y París había dejado de ser una fiesta de luces para encharcarse y tener los tonos tristes de un cuadro de Van Gogh: los colores de la ciudad, a esa hora de la noche, parecían chorrearse y perderse en el agua sucia que se colaba hacia los tragantes de las aceras. Hacía frío. Bebé Rocamadour castañeteó los dientes sin darse cuenta y La Maga se cambió de silla para sentarse a su lado y pasarle el brazo por encima de los hombros, protector, mirando a los demás como orgulloso de cumplir a cabalidad con sus funciones sentimentales.

-- Cuando tiene frío se acurruca en mis costillas – nos dice, y realmente vemos que el gordo se encoge, tiritando de frío, y se pega a La Maga, abrazándola como lo haría un niño.

La Maga es enorme. Cuando la vimos aparecer bajo las primeras gotas gruesas de la lluvia nos pareció cómica su carrerita afeminada, el movimiento lento de sus grandes extremidades, sus patas grandes apretadas en unos tacones altísimos que la hacían trastabillar y dar trompicones mientras corría, su pelo largo todo mojado chorreándole el agua hacia el sobretodo negro, en las espaldas.

-- Parece un elefante con tacones – dijo Edmundo y reímos.

Un elefante con tacones. No había otras palabras. Esa era la imagen justa que dejaba a primera vista La Maga, una idea de majestuosidad escandalosa, aunque se desvaneciera todo cuando empezara a hablarle, peleando, a los otros tres, con una vocecilla de rata asustada que nos hizo estallar a carcajadas y que, a fin de cuentas, fue lo que provocó que ahora estemos en esta mesa, conversando de muchas cosas que ni imaginamos allá, bajo la Torre Eiffel, acabados de llegar de Madrid, donde nos encontramos los cuatro, invitados al Primer Congreso de Nuevos Narradores Hispánicos, en la Casa de América. Cuatro jinetes de un apocalipsis de ron y canciones y ron y lecturas y ron y cacerías de las muchachas escritoras que asistían al Congreso, apostadores todos de quién se llevaba a la mejor de todas, a la Eva Bodensted, LA GRAN EVA, como comenzamos a nombrarla, poco después de que el machismo latinoamericano sufriera cuatro derrotas ante la belleza de aquella narradora que, cosa rara, era muy hermosa y escribía bien: una combinación que en muy escasas ocasiones se podía disfrutar.

-- No sé por qué maldita razón las escritoras o son lesbianas o son horrorosas – dijo el Gordo Francisco y se vacío una jarra de cerveza de un trago largo y sin respirar.

Estábamos en un barcito pequeño, a un costado de la Puerta de Alcalá, y de algún modo andábamos celebrando nuestra derrota, sin saber que allí surgiría la idea de irnos de farra a París, para brindar con “Havana Club, colegas, el mejor ron del mundo”, sobre la mismísima tumba de Cortázar y a la salud del alma eterna del argentino. Tampoco imaginamos que dos horas después, justo cuando se clausurara el Congreso, bastó un intercambio de miradas para salir hacia el Hotel, hacer las maletas, decididos a comprobar por cuenta propia si París seguía siendo aquella fiesta innombrable que alguna vez Hemingway había bautizado.

Ahora Gregorovius y Olivera sorbían de la misma copa una cola dietética “que no queremos perder la figura como estas dos”, dijeron señalando a Bebé Rocamadour y a La Maga, cuando les preguntamos qué preferían tomar. Cada uno halaba el líquido negruzco con un absorbente, uniendo las cabezas y lanzándose risillas maliciosas cada vez que sus caras también se juntaban, dirigiéndonos miraditas furtivas, al estilo de las viejas putas. Gregorovius vestía una sayita de cuero negro y unos botines, también negros, pero como de piel. Olivera se había aparecido con la cabeza cubierta por una pamela rosada con vuelos de encaje blanco imitando plumas y tenía los labios pintados de negro y el maybelline corrido alrededor de los ojos. Reía escandalosamente, con unas carcajadas estridentes que obligaba a todos los que escampaban en el café a mirarnos, seguro preguntándose qué hacían aquellos tipos con pinta de latinos junto a esos travestis patéticos y de fachas ridiculísimas.

Habíamos llegado a París esa misma mañana, del modo en que nos pareció mejor para conocer una parte de España, Andorra y Francia: por carretera, de terminal en terminal y hasta haciendo autostop, en la camioneta despintada y que roncaba como una vieja locomotora de unos rockeros que se pasaron el camino retratándose con nosotros cuando le dijimos que éramos escritores, “para la posteridad, fieras”, nos dijeron, que ellos también llegarían a ser importantes y llenarían los estadios con sus fans y recordarían el día en que todavía eran pobres y eran jóvenes y se encontraron con unos escritorazos “de los grandes, de esos que venden en las librerías del Corte Inglés” y pueden darse el lujo de perder el tiempo conociendo por carretera “un país tan aburrido como este”, y contarían que hasta nos habían recomendado un hotelucho baratísimo en las afueras, en donde dejamos las maletas antes de irnos al primer lugar que queríamos visitar: la Torre Eiffell.

Había un mundo de gente. Y llovía mucho, como ahora. Pudimos subir. Y los cuatro jinetes mirábamos a una ciudad que se nos hacía imprecisa, acuosa, difuminada entre las cortinas de lluvia. Jorge Volpi, siempre detrás de sus gafas y con sus ojillos de sabio antiguo, miraba las hileras de carros que se agolpaban en una avenida que parecía poder tocarse si uno estiraba la mano. Edmundo Paz Soldán respiraba profundo y desviaba la mirada de algún campanario de iglesia a las nalgas escuetas y orientales de una japonesita de grandes ojos que le explicaba a un grupo de retacos japoneses algún secreto de París, en su idioma de gruñidos y gritos. Francisco Alejandro Méndez, las manos cruzadas a la espalda, la vista perdida en un lugar indefinible y lejano, en el sitio donde el horizonte se tragaba la ciudad, cambiaba el peso de la mole de su cuerpo de una pierna a la otra y tarareaba alguna canción de los sesenta que me pareció de Aznavour. Yo me sentía dueño del universo. De La Habana a Madrid a París al cielo: era increíble, diciéndome que era del carajo estar allí, y poder mirar y caminar y oler y silbar y cantar bajo la lluvia en los mismos sitios por donde el Cardenal Richeliu, un tipo que siempre me llamó la atención por su vida como para escribir cien novelas, se había paseado en toda la gloria de su poder, tan sólo siglos antes.

-- Vaya, cubanito, disfruta, que si Castro te agarra con esos ojazos de indio asustado ante las maravillas del mundo exterior, no te deja salir más del país – me soltó el gordo Francisco, acercándose y pasándome una mano por los hombros --. Es bella, ¿verdad?

Y asentí. París, vista desde la torre, conservaba la aureola de ser esa fiesta innombrable de la que hablaba el Papa. Quedamos en silencio, apenas sin escuchar el rumoreo de los idiomas entremezclados en aquel sitio metiéndome en la cabeza la idea de que esa era la única Torre de Babel que Dios no había podido destruir en el mundo.

-- Hasta Fidel se debe haber cagado de admiración cuando subió aquí – dije al cabo de un buen rato.

Edmundo sonrió.

-- ¿Sabes? – dijo, mientras descendíamos y corríamos hasta un taxi que nos dejaría luego en un pequeño bar desde donde podíamos mirar la torre que a esa hora ya comenzaba a llenarse de lucecitas, tímidas en contraste con la agónica luz de la tarde que iba muriendo --. Hay una tesis sobre los cubanos: los que le dicen Castro lo odian; los que, como tú, le dicen Fidel, lo aman y respetan. ¿Es así para ti?

-- Desde que abrí los ojos al mundo, él estaba ahí – respondí, y entonces pude verlas: se desmontaban de una camioneta Peugeot blanco cuatro puertas y corrían bajo el aguacero hasta el bar donde fuimos a sentarnos: “cuatro whiskeys bien cargados”, había pedido Volpi. Sólo en el momento en que se detuvieron cerca de nosotros fue que supimos que no eran mujeres. Aguantamos la risa por los pasitos de paquiderma de La Maga cuando Edmundo susurró: “Parece un elefante con tacones”, pero no pudimos resistir cuando escuchamos: “Gregorovius, Olivera, Bebé Rocamadour, adelante, que este cafetucho es nuestro”, y echamos a reír porque no había modo humano de comparación entre la idea que teníamos de los personajes de Cortázar y aquellos esperpentos tristes y empapados que vinieron a escampar en la mesa más cercana a la nuestra.

-- Es cuestión de espíritu, niño – dijo La Maga poco después, cuando el rumbo de la conversación, bajo una confianza desparpajada impuesta por ellos, nos permitió preguntar si se habían leído realmente Rayuela--. Yo conozco a un gordo con más carnes y grasa que yo, se pinta el pelo de rubio y se cree Marilyn Monroe. Y yo quisiera que la vieras bailando el pasillo ese en el que un extractor de aire en una acera le levanta la saya. Es genial. La prefiero a ella que a la Monroe verdadera. Es menos ficticia.

Sí, habían leído Rayuela. Se conocían del mismo sex-show para gays, pero sólo una vez la coincidencia las había reunido en un idéntico escenario: el inmenso lavaplatos de la cocina, adonde habían ido a parar cuando comenzaron a halarse los pelos , “sí, las cuatro”, aclaró La Maga, “esa noche el show lo dimos nosotras”, por llevarse a una de las habitaciones a un joven actor de película que no querían mencionar porque el escándalo había sido de madre y padre y el hombrín les había amenazado con una reclamación legal por acoso y difamación y un montón de cosas más, si no lo dejaban tranquilo y se olvidaban de que “si no hubiera sido porque andaba buscando relajito con esos ojos lánguidos y esa carita de mujer posesa” ellas no se hubieran tenido que quedar encueras, las ropas ripiadas, las tetas de plástico al descubierto, las nalgas de esponja seca desniveladas o tiradas de mesa en mesa por los jodedores que se divertían con la pelea.

Todavía se eriza Olivera: “quinientos o seiscientos platos y cubiertos y copas fregamos esa noche, niño”, porque en la discusión habían ido a dar a una esquina contra un parabán de madera preciosa africana que el dueño del local había traído en uno de sus viajes a Mali, hacía como quince años, “y como no teníamos ni un centavo... ya sabes”.

Pero allí, conversando mientras fregaban y la espuma se llevaba los restos de comida y el agua dejaba limpia la loza y el aire del secador le devolvía el brillo original, descubrieron que las cuatro eran argentinas, tenían un Dios común, argentino, por demás: Cortázar, y hasta se confesaron que tenían sus fotos y que habían leído Rayuela miles de veces y soñado en las noches frías de París que el argentino resucitaba y venía a conquistarlas y que hacían el amor largamente y terminaban exhaustos, “porque alguien que escriba con violencia tan hermosa debe ser así mismo de hermoso y violento entre las sábanas, niño”.

Les encantaba el teatro. Y para demostrarle a las viejas locas parisinas que se podía ser loca y tener buen gusto para algo más que los hombres y sus vergas – La Maga concluía que era una prueba más de la necesidad de demostrar la superioridad intelectual de los argentinos a los engreídos franceses de la ciudad luz --, decidieron montar una pequeña obra de teatro con una de las escenas de Rayuela.

-- Fue todo un éxito – contó Gregorovius --. Cuando sentí la algarabía que despertó nuestra actuación, supe por qué, siempre que los ajenos nos ven reunidas, se refieren a “la pajarera”.

Llamaba “los ajenos” a los heterosexuales, “porque todo hombre es básicamente homosexual, niños, tienen algo de mujer, que aflora sólo cuando dejan de ser ajenos y sueltan sus trajes de marionetas sociales para sacar al sol sus sentimientos”.

-- Desde entonces asumimos esos nombres – concluyó La Maga --. Todas las locas quieren llamarse Marilyn Monroe o Madonna, y ahora hay una moda entre las locas africanas por llamarse Tina... por la Turner. Nosotras no, para decirlo como lo dirían ustedes: somos locas intelectuales.

-- ¿Y qué hacen en París? – había preguntado Edmundo.

-- París es una enorme metáfora, niño – respondió Gregorovius --. Ahora mismo, en este momento, estamos despidiéndonos del mundo.

No entendimos y nos cruzamos, sin proponerlo, unas miradas donde la duda era el único signo visible. El gordo Francisco lo dijo: “como dirían los gallegos, no entendemos ni hostia”. Y ellas contaron.

-- Hace siglos que llegamos a esta ciudad, niño – comenzó La Maga con su voz de rata asustada, los ojos clavados en Volpi, siempre callado detrás de sus espejuelos, como lejano. Era obvio que quería atraerlo al ruedo donde los otros tres permanecíamos fascinados por aquellos cuatro adefesios con alma de personajes de Cortázar.

También llovía en la París que encontraron a las tres de la mañana cuando salieron de fregar platos el primer día de su encuentro. “Hedíamos a detergente y grasa”, comentó, asqueando, Olivera, y por eso habían decidido ir a la buhardilla alquilada por La Maga, para darse un baño y calentarse el cuerpo con algún poco del ron barato que debía quedar de la cópula con su última conquista: un camionero español que buscaba donde tirar de gratis sus huesos hasta el día siguiente en que regresaría a Barcelona. Traía tal borrachera que no había notado siquiera que su conquista era un travesti y cuando lo vio desnudo, quedó mirando fijamente y por un buen rato las grasas de La Maga, en un silencio espeso y larguísimo. Luego se puso de pie y vino hacia ella: “ya estoy aquí y no me voy a quedar con las ganas”, dijo, la volteó y se puso de frente a sus enormes nalgas blancuzcas.

-- Cuando terminó, se empinó de la botella, eructó y se tiró de espaldas en la cama, patiabierto – les dijo La Maga, poco antes de abrir la puerta con una diminuta llave dorada --. A los pocos segundos roncaba.

Ese había sido un mes lluvioso. Gregorovius dormía en la casa de una vieja francesa, Olivera había resuelto haciéndole favores sexuales a un celador del metro que le permitió traer sus cosas para una casilla de mantenimiento, Bebé Rocamadour pasaba la noche en las camas de sus conquistas y La Maga, maquillista en un miserable teatro de variedades, lograba pagar a duras penas aquella buhardilla donde “cabemos los cuatro, chica, anda”, insistió Olivera hasta que la tuvieron convencida: entre todos podían compartir el alquiler y les alcanzaría hasta para comer mejor, cosa que en aquel invierno ya les hacía mucha falta.

-- Nos tiraremos de la Torre – había dicho Olivera. Bebé Rocamadour empezó a llorar bajito y La Maga lo apretó más contra su cuerpo y comenzó a acariciarle con ternura la cabeza.

“Es patético”, me susurró Edmundo y asentí, mirando hacia la torre, como para que no notaran que hablábamos de ellos, aunque seguro no lo sabrían nunca: el hipido mocoso de Bebé Rocamadour se regaba sobre todas las mesas como una letanía religiosa, un cántico estridente y bajo que apenas dejaba poner atención a otra cosa.

-- Cortarse las venas o arrojarse a las aguas del Sena es demasiado cursi – dijo Olivera --. Todo el mundo se arroja al Sena.

-- O se corta las venas – masculló Bebé Rocamadour.

-- O se tira delante de los carros – agregó Gregorovius.

Querían algo espectacular, de mucho revuelo, y estarían muy complacidas, “eufóricas”, pensé: era lo que se saltaba desde sus palabras, viendo volar sus cuerpos como pajarillos por el aire sucio de París y sintiendo el tropel de la gente aglomerándose a su alrededor, para verlas escachadas sobre el pavimento, ensangrentadas y con pedazos de sesos regados como hongos blancos por todas partes.

-- Imagino los titulares – dijo La Maga, cerrando los ojos, como para soñar --: Se suicidan cuatro inmigrantes argentinos lanzándose desde la Torre Eiffell.

Aunque confesaban que no les gustaba mucho el titular, al menos su ego argentino quedaría por las nubes de la satisfacción. Les encantaría que algún periodista osado escribiera: Locas argentinas acaban con sus miserables vidas tirándose desde la Torre Eiffell, pero eso era pedirle demasiado a la suerte.

La noche anterior, alumbrados por cuatro velas, cebaron un mate y comenzaron a conversar. La Maga se había envuelto en su inmensa frazada azul con la cabeza de Rocamadour, acostado de lado, sobre uno de sus muslos, de frente a los otros. Gregorovius se había demorado cebando un mate bien cargado: ese día no habían comido y las malas noticias llegaron con la misma insistencia de esas gotas de lluvia que hacían de París una ciudad mojada, pestilente, asquerosa. Al menos así les había parecido antes de ir a guarecerse en la buhardilla.

-- París es una enorme metáfora – dice Gregorovius.

-- Cortázar lo sabía bien – asiente La Maga --. Por eso le hace decir eso a Gregorovius, al real Gregorovius.

-- ¿Y nosotros?, ¿qué somos nosotros? – replicó Olivera.

-- Fantasmas – dijo La Maga --. Unas putas fantasmas. Me pregunto si Cortázar supo alguna vez que sus personajes eran fantasmas: La Maga, Gregorovius, Wong, Babs, Etienne, Rocamadour... fantasmas ilustres gracias a su pluma, pero en definitiva fantasmas.

-- Sí, es verdad – dice Bebé Rocamadour y se ovilla casi pegándose los muslos al pecho, aunque el volumen de su barriga se lo impide --. Desde Rayuela ya los latinos que vivimos acá no somos los mismos. Nos persigue la tragedia que el Gran Julio creó.

-- No la creó, Bebé, la descubrió. Ya existía cuando él la descubrió en estas calles.

La gordura de Bebé había empezado desde muy niño y poco tiempo después supo que su enorme nalgatorio despertaba la lujuria de los muchachos de grados superiores del colegio católico en el que lo habían matriculado sus padres en Buenos Aires. Los mayores comenzaron a engañarlo con golosinas que “debemos comer en el baño, para que los profesores no nos cojan”, le decían, hasta que una tarde lo sujetaron entre cuatro y cada uno lo poseyó de un modo brutal que, recuerda ahora, le pareció hermoso: había descubierto que le gustaba ser montado por aquellos machos enormes a los cuales antes veía jugar al futbol, sin saber que su admiración – un alborozo que no podía explicarse entonces -- llevaba escondido también algo del deseo sexual de la hembra en celo.

-- Mi padre lo descubrió un día – dice.

No sabe cómo, pero se había convertido en vicio llevar a otros amigos de su aula “a estudiar, papá, que tenemos exámenes” y, ya encerrados en su cuarto, bajarse sus enormes pantalones y pedirles que se lo hicieran allí, en fila y sin desesperarse, “pues sentía que yo tenía para todos ellos, para el mundo entero si fuera necesario”.

Imagina qué sentiría su padre, un abogado respetadísimo, “de esos que salen siempre en las noticias de pleitos importantes, que no era poca mierda mi viejo”, cuando abrió la puerta y lo vio en cuatro montado por el negro Ezequiel, con una fila de muchachos desnudos esperando su turno.

-- Nunca me perdonó – esta vez en voz muy baja, casi inaudible. Da una fuerte chupada al mate y lo pasa a Olivera.

También, como ellos ahora, había decidido suicidarse cuando hacía ya más de siete años de haber renegado de su único hijo.

-- Lo pillaron en el baño del mismísimo Ministerio de Justicia dejándose hacer por un jovenzuelo acusado de robo, a quien ese mismo día defendía en juicio.

Olivera ha tenido el mate en la mano, escuchando a Bebé con los ojos entornados y el ceño fruncido, como quien oye algo que le parece familiar. Sorbe un poco de mate, vuelve a echarle agua caliente del termo y lo pasa a Gregorovius.

-- Historia triste esa – dice --. Hay que ver cómo la gente se frustra por las convenciones sociales.

Nunca conoció a su padre. Desde que tuvo uso de razón sólo recuerda a su madre: una alcohólica que vendía su cuerpo, en los arrabales de Corrientes, a cambio de una botella de ron barato que se la fue comiendo por dentro hasta que una mañana Olivera la encontró con la boca literalmente llena de los cangrejitos rojos que venían del río que corría a unos doscientos metros de la casucha en que vivían cerca del puente que unía a la ciudad de Corrientes con Resistencia. Había sido enterrador en el cementerio de la ciudad, compartiendo una casita de madera con un viejo sepulturero al que de niño le huía por sus ojos siniestros, “más muertos que los mismos difuntos que enterraba”, asegura, hasta que se supo que aquel lúgubre señor que aterrorizó siempre a los niños de los barrios cercanos en las noches desenterraba los cuerpos y les quitaba las joyas, los dientes de oro y otras baratijas que luego vendía a un comerciante árabe de Resistencia. Estaba pescando en el río, por hobby, cosa que hacía todos los días, cuando no había tantos muertitos por sepultar, cuando alguien que no precisa bien quién fue vino a decirle que se fuera del pueblo: al viejo sepulturero y al comerciante árabe los había colgado de un árbol casi milenario frente a la iglesia del parque, como escarmiento, “y te están buscando”, le dijeron, “que dicen que seguro también andabas en eso”.

No paró hasta llegar a Posadas. Tenía veintiún años y aún no sabía del gusto de otros hombres. Le gustaba escribir. Por las noches, cuando su madre vivía, garabateaba en hojas que se robaba de las tiendas cosas que le venían a la mente con las escasas palabras que una vecina le había enseñado. Años más tarde sabría que aquellos eran poemas, aunque sólo conserva en la memoria un verso, no sabe porqué razón.

-- Como la niebla del río es mi vida – recita.

Luego, en los años en que vivió junto al viejo enterrador, decidió escribir un diario.

-- Lo conservo – dice --. Y cuando leo esas páginas creo saber por qué ese verso nunca se me olvida. Mi vida es una niebla.

Sonaba melodramático, sí, lo sabe, pero “mi vida es un melodrama, Maga, que si algún novelista me conociera, se daría banquete con mi historia”. Y que por desgracia el único escritor de fama que conoció fue un viejo poeta de Posadas, “bien famoso por aquellos lares y hasta con un taller literario propio”, que le dio casa, cama y comida, “como un padre al principio, muchachas, que hasta di gracias a Dios por habérmelo mandado”, pero que a los pocos meses le dio por cobrar los favores. Había tenido que acostarse con el viejo no sabe cuántas veces, dispuesto a no dejar la comodidad de aquella casona y aquella comida caliente y tanto lujo. “Y me asqueaba, créanme”, porque tenía que oficiar de macho y sólo cuando el viejo en una bacanal invitó a un negrazo inmenso, de sexo descomunal, que se los sonó a los dos luego de una estrepitosa borrachera con drogas, se dio de cuenta de que ante su vida se abría una puerta en la cual ni siquiera había pensado.

-- Supe que me gustaba ser mujer – dice.

-- A todas nos gusta – aclara Gregorovius.

Era de Río Gallegos y no puede olvidar el frío. Por las noches se sentaba con sus hermanos a contemplar las luces del pueblo. Conversaban hasta tarde, siempre escuchando al buenazo de Haroldo, que sacaba de la manga historias de muertos que desandaban por las montañas de la Tierra del Fuego desde tiempos inmemoriales, poseyendo los cuerpos de los que habitaban aquellos parajes y chupando sus almas.

Le daba miedo. Se acurrucaba junto a su hermano Ernesto y sentía su verga caliente y dura, y no podía precisar en esas noches si estaba así por su cabeza recostada al muslo del segundo de sus hermanos o si era por el frío: había descubierto que cuando nevaba afuera, su sexo se endurecía bajo las sábanas y el edredón y encontraba un placer raro en sobarse las entrepiernas. Una noche de mucho frío Ernesto le pidió dormir juntos. Entre las brumas del sueño dijo sí, o algo que le pareció un sí, y sintió cómo su hermano se arrebujaba junto a él y todavía recuerda aquel calor hirviente y agradable entre sus nalgas. No sabe qué lo hizo moverse y empinar el trasero, pero sí precisa que su hermano pareció entender en aquel movimiento una señal, pues le bajó el pantalón del pijama y luchó y luchó hasta que lo penetró y comenzó a moverse.

-- Desde entonces convencimos a mamá de la conveniencia de dormir juntos para ahorrarle el trabajo de tener que lavar tantas sábanas – dice y sorbe un poco del mate que ha vuelto a caer en sus manos.

Con Ernesto se fue a vivir a Salta varios años después, cuando decidieron buscarse trabajo para ayudar a su madre, convertida para entonces en una viejecilla reumática y con arrugas hasta en los pelos y que nunca supo que el dinero que “le mandábamos salía de la venta de droga en los bares de gays y hasta en la mismísima casa que compramos en las afueras, que se convirtió en un sitio donde iban otros vendedores a comprarnos”.

-- Robaba mucho ese Ernesto – y se le aguan los ojos, con un brillo allá adentro que la luz de las velas mueve y hace titilar --. Lo mataron a puñaladas. Ese día me enteré que le debía miles de pesos al dueño de “La pampa baja”, el bar show donde teníamos laburo día a día. Me buscaban para cepillármela.

-- Vaya historias – murmura la Maga y acaricia a Bebé Rocamadour. Cierra los ojos y disfruta con el rumoreo de la lluvia sobre los tejados. De cuando en cuando, el claxon de los autos intentando apurar algún atasco, se mezcla con el ruido del agua y los silbidos de un viento frío que, a ratos, se cuela en la buhardilla por algún sitio que no puede determinar.

Una historia de amor. Eso era su vida. Sin traumas. Sin malos recuerdos. Una infancia feliz junto a unos padres tiernos, la adolescencia en compañía de los abuelos maternos en Rosario adonde lo mandaron a estudiar.

 

-- “Cerca, Rosario siempre estuvo cerca.

Tu vida siempre estuvo cerca ... Y esto es verdad.

Vida, tu vida fue una hermosa vida

Tu vida transformó la mía... Y esto es verdad

 

Los ojos cerrados, la voz gangosa, de rata asustada, llorosa, como si la canción de Fito lo remontara a unos años que creía olvidados y de pronto están ahí.

Los demás han escuchado la canción respirando levemente, sin tocar para nada el mate que está detenido en las manos de Olivera. Saben que La Maga merece ese silencio. Pueden ver hasta sus lágrimas chispeando en sus pómulos gordos, sonrosados, y bajan la cabeza para que ella no descubra que ellos saben que, pese a esa historia tan rosada y dulce, su vida, quizás, era la más miserable de todas.

-- Vine a París por amor – dice.

Lo saben. El primer cuento que les hizo fue ése: sus amores de niño con un vecino del barrio, Héctor, el juramento de pasión eterna cortándose las muñecas, sangre con sangre, con sólo doce años, los viajes semanales desde Rosario para verlo, la suerte de poder estudiar juntos en la Universidad de Buenos Aires, el descubrimiento mutuo de que nada les importaba la carrera, se querían ellos dos, solos ellos dos, y que la vida que les querían imponer sus padres nada tenía que ver con sus sueños de vivir juntos, de amarse cada noche, de adoptar un bebé ante la imposibilidad natural de tenerlos, de hacerse viejos recordando los tiempos en que se amaban con más fuerza.

-- Y que nos enterraran juntos – termina. La voz se le quiebra con las últimas palabras.

“La vida es una mierda, ¿saben?”, dice en un tono casi inaudible, “y no es una simple frase”. Todas allí lo saben. El SIDA es otra mierda. Si los americanos la inventaron, Dios les enviará su castigo. “Hay que ser bien hijoeputa para inventar algo así”, agrega y le hace una seña a Olivera para que le entregue la pipa del mate.

-- Si hubiera sabido que aquí, inyectándose droga, Héctor cogería el SIDA, me hubiera quedado en Argentina – dice La Maga.

-- El SIDA es una gran mierda – suelta Bebé, casi masticando las palabras.

-- Sí – dice Gregorovius --, una perfecta mierda.

-- La mierda más grande que existe – acota Olivera.

Pero estaban en París, la ciudad luz, la capital de la tolerancia, el imperio de las libertades sexuales. Detrás habían quedado los sustos de Olivera para colarse en el barco mercante que lo trajo a Francia, pagando el pasaje y la estancia en la bodega con felaciones rápidas, casi multitudinarias, a los maquinistas; el chantaje de Gregorovius al funcionario de Inmigración que iba al sex-show buscando que lo vistieran de Sophia Loren y lo clavaran y que le resolvió el pasaporte, el visado y hasta el pasaje; las cartas que Bebé mandaba semana tras semana a la tía lejanísima que vivía desde hacía siglos en Nantes para que le permitiera ir con ella a Francia. Estaban en París y debían ser felices. O al menos eso querían creer.

-- Moriré en París con aguacero – recita Olivera.

-- Eso no es de Cortázar, traidora – censura La Maga.

Y aseguró que Vallejo, por peruano y por feo, no tendría jamás la grandiosidad del argentino.

Seguía lloviendo. En las grandes avenidas, la luz de los autos sacaban chispas de colores a las gotas de lluvia y creaban la ilusión de que el asfalto estaba cubierto por una inmensa nata de plata luminosa, fosforescente. A esa hora de la noche, sobre la tumba de Cortázar, abrimos la botella de Havana Club, y luego de que echara el poquito de ron “para los santos cubanos, colegas”, les dije, nos sentamos a compartir un silencio sólo interrumpido por el chocar de la botella con los dos vasitos de cristal que La Maga, siempre previsora, se había robado del café donde nos encontramos.

-- No queremos que unos machazos como ustedes se contagien con este bicho que llevamos dentro, niños – dijo Olivera.

-- Y tampoco soportaríamos la culpa de que por una simple acostadilla con nosotros, se infectaran y perdieran el chance de ganarse el Nobel cuando lleguen a viejos – agregó La Maga.

Justo ese día, como muchos otros desde que se supieron enfermas, habían decidido salir a descargar su odio acumulado contra el mundo. Querían que el SIDA se esparciera sobre toda la ciudad como esporas que florecerían bajo la primera llovizna, que cada pedazo de carne humana que se moviera en aquel lugar padeciera la infección, que el mundo todo cabalgara por la vida marcado por la pandemia, para que sintieran en la mismísima sangre lo triste de ver los sueños arrojados a un estercolero de olvido y mierda, para que supieran cómo es vivir bajo el saludo cotidiano y fastidioso de la Muerte contemplando sus pasos, esperando en una esquina, sonriente, convencida de su triunfo.

-- ¿Y Cortázar? – preguntó Edmundo.

-- ¿Qué pasa con Julio? – quiso saber Olivera. Se dio un trago largo que mantuvo en la boca, como quien pretende hacer gárgaras con el líquido, pero finalmente lo tragó de golpe y pasó el vasito vacío a Bebé Rocamadour.

-- ¿Estarían dispuestos a contagiar a Cortázar?, si pudieran revivirlo, claro – aclaró Edmundo.

Gregorovius mueve la cabeza, negando, con la vista baja hacia el embaldosado del piso. Está sentado en una de las tumbas cercanas y luego busca con la mirada las letras que dan fe de la muerte del argentino.

-- Lo que se venera no puede agredirse – dijo.

-- Con Julio no – contestó Bebé.

-- El odio no alcanza a lo que tanto se ama – sentenció Olivera.

-- No lo entienden – dijo La Maga --. Cortázar es el Dios. De algún modo somos sus marionetas.

-- No puede atentarse contra Dios – volvió a sentenciar Olivera.

Cuando abandonamos el cementerio, una fría llovizna seguía cayendo sobre los edificios y las avenidas, y las luces de los carros atravesando las gotas de lluvia pintaban la ciudad con ese tono nocturno, típico de las postales turísticas. “Es patético”, murmuró de nuevo Edmundo y asentí. Desde que había hecho aquella pregunta: “¿Y Cortázar?”, los esperpentos del argentino se habían desnudado, grises y mustios en su única piel de hombres travestidos, como fantasmas condenados a vagar bajo una luminosidad falsa, por primera vez en silencio desde que los conocimos. Se veían tristes. Bebé Rocamadour iba delante, como siempre junto a La Maga, ahora sólo tomados de las manos y mirando los lumínicos y los autos que pasaban junto al ómnibus que tomamos de regreso a este bar. Gregorovius también miraba afuera, la cabeza recostada contra el cristal de la ventanilla, los ojos perdidos en el movimiento nocturno de las avenidas. Olivera se había recostado a su hombro y dormitaba, o quería hacer ver que el sueño intentaba dominarlo.

-- La vida es una mierda, niños – dice La Maga y se moja los labios, metiendo la lengua en el trago de whisky a la roca que acaba de servir una muchacha alta y muy flaca, casi esquelética, típica francesilla de barrios pobres.

Nadie agrega nada. Olivera y Gregorovius han vaciado la cola y ahora asumen la pose más varonil que les permite sus trajes de viejas prostitutas. Bebé chupa su whisky con un absorbente, con los ojos clavados en el trasiego tumultuoso de los carros en la avenida, justo frente a nosotros. La Maga tiene la mirada fija en el líquido amarillento de su vaso.

-- ¿Para qué engañarnos? – dice --. Cuando uno se va de donde nace, se arranca muchas cosas. Nosotros huimos del hombre que fuimos allá, y aquí estamos. Seguimos siendo lo único que podemos ser: hombres. Y esta ciudad no tiene esa libertad que tanto soñamos. Tanto que lo leímos, y nunca nos quisimos dar cuenta de que Rayuela era eso: la crónica de un fracaso. París no es una fiesta. Es una mierda.

-- París es una enorme metáfora, niños – vuelve a decir Olivera --. Ese fue el único mensaje del Gran Julio que nunca quisimos entender.

Hasta la noche anterior. La Maga había descubierto bajo sus ojos unas enormes arrugas y se lo había dicho a los otros: “Me estoy poniendo vieja, ¿saben?”. Y se fue desvistiendo, prenda a prenda, buscando en cada parte de su cuerpo, desesperada, nerviosa, el signo de que los años no pasaban en vano, y se espantó ante la certeza de que la vejez iba dejando de ser una posibilidad remota para enseñarle su cara amarga, raída. Todos se desnudaron. Fueron pasando frente al espejo grande que La Maga había colocado ante la cama para contemplarse poseída en las largas noches de amor con sus conquistas, buscaron y encontraron, y se sentaron en el suelo alfombrado de la buhardilla, todavía desnudos, aterrados por la idea de que alguna vez serían unas viejas horribles, nada deseables, a quienes entonces no llamarían “hermosas putas” y sí “mariconas arrugadas”.

-- Por los cronopios – dice La Maga luego del espeso silencio que siguió a su largo discurso --. Por estos hermosos cronopios que nos han tratado como a mujeres ilustres – agrega, señalándonos.

Las cuatro levantan los vasos hacia nosotros y pronuncian un “salud” que suena triste y bajo, casi carrasposo.

-- Y por el Gran Julio – dice Edmundo y levanta su vaso.

-- Por las putas más hermosas de esta mierda de ciudad – digo, y siento que el silencio regresa otra vez a nuestra mesa, espeso, acuoso como esa lluvia que golpea allá afuera aceras y autos, y no sé por qué, pero creo adivinar una humedad luminosa en esos ojos pintarrajeados que nos miran y chocan sus vasos de whiskey con los nuestros.

Pido permiso y avanzo entre las mesas hasta el baño. Edmundo me sigue. “Es patético”, vuelve a decir. Y asiento. “Y del carajo, hermano, que uno viene a París buscando una cosa y te encuentras a unas locas que te sacan las lágrimas”, digo, y también asiente. Entro en una taza y descargo el líquido de mi vejiga, casi con rabia, como intentando vaciarme, contra la loza blanquísima del inodoro. Luego voy a lavarme las manos, la cara, y después dejo que el vapor me caliente los dedos, con los ojos cerrados, respirando profundo, como preparándome para seguir escuchando algo que ya empieza a molestarme: “nunca he soportado ser paño de lágrimas de nadie”, le digo a Edmundo y lo veo asentir de nuevo.

Cuando regresamos a la mesa ya se han ido. Volpi parece mirar el aguacero que ha arreciado sobre la ciudad y que ahora se percibe como un zumbido fuerte, monótono, llegándonos en ventoleras muy frías, cargadas de humedad. El gordo Francisco tose y nos mira: “no soportan la lástima”, dice, “por eso se fueron”. “De todos modos, esta misma noche se lanzarán desde la Torre”, comenta Volpi. “Vámonos al hotel”, digo, “estoy hecho leña”. Y todos asienten.

Quizás ya hayan saltado desde la Torre Eiffel y ahora estén volando sobre París. Las cuatro envueltas en la realidad de volar sobre un sitio que tantos sueños les ha frustrado. De camino al hotelucho en las afueras, mientras veo pasar los autos, mientras contemplo a las putas protegerse de la lluvia bajo los toldos de los bares y comercios cerrados a esta hora de la noche, a varios grupos de turistas caminando como zombies bajo el aguacero intentando capturar el olor nocturno de este emporio de la luz, y a los carros, carros y más carros de este lugar del mundo, voy pensando en que quizás tenían razón: París no existe sin el Gran Julio, Rayuela y las cuatro putas más ilustres que hayan pisado jamás estas calles mojadas con sus pasitos de damiselas mustias. Me digo que cuando estén como ellas querían: escachadas sobre el asfalto, con los sesos desparramados por todas partes y la sangre coagulándose en grandes grumos que todos mirarán como un espectáculo más que ofrece esta ciudad, no podrán imaginar, por suerte, que cuando la luz del día vuelva a sacar reflejos metálicos a la Torre Eiffel, y se propague como una neblina luminosa sobre todas las cosas y las gentes, sólo un mísero periódico marginal, en un pequeñísimo recuadro en una esquina nada visible de la última plana, anunciará: cuatro inmigrantes argentinos se suicidan lanzándose desde la Torre Eiffell. Tampoco yo quiero imaginarlo. Por eso recuesto la cabeza al cristal de la ventanilla de este taxi y cierro los ojos. Afuera llueve. París, pese a todo, sigue siendo una fiesta de luz y frío, mucho frío.

 

*Cuento ganador del Premio Casa de Teatro 2002

© Amir Valle

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Amir Valle | Cuba, 1967 | Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Ha publicado: Yo soy el malo (cuentos), y novelas como: Ciudad jamás perdida, Los desnudos de Dios, Santuario de sombras, entre otros libros. Su obra ha sido incluida en antologías como Líneas Aéreas (Lengua de Trapo, 1999). Premio de Novela Negra Distel Verlag, Alemania 1998. Premio Internacional Odysseus de Literatura Homoerótica, España, 1999. Sito web: www.amirvalle.com