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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

EL EMPERADOR DE LOS CHICOS MALOS

 

Después del incidente en la escuela, me convertí en aliada de la profe de Literatura y enemiga secreta de todos los demás. Ellos me miraban como a un bicho raro, la flaquita de los ojos claros y los labios gruesos, paliducha y despeinada, que se sentaba al final de la fila y a quien nadie quería besar. Eso era yo.

La profe de Literatura siempre se acercaba preguntando por mi madre y mi abuelita. Yo inventaba historias fenómeno y ella me prestaba libros. Un día dijo que la belleza de las personas no estaba en la apariencia y me regaló El principito. Entonces comprendí muchas cosas y me dediqué a demostrar mi superioridad. Cuando pasaba junto a un grupo y alguien dejaba escapar un «marimacho», yo me detenía, los miraba con desprecio y me alejaba diciendo que «lo esencial» era «invisible para los ojos», mientras sonreía irónicamente dejándolos a todos con sus caras de idiotas y sus risitas de quien no comprende nada.

El tipo de mi clase que más odiaba era el Ruso, le decían así porque su madre era soviética y él había nacido allá. Era el bonito del aula, el que todas las muchachas querían como novio, el líder de los varones que se sentaba en el patio a hablar mal de su país natal, cuando todo el mundo hablaba maravillas, mientras su madre vendía de contrabando los productos comprados en la diplotienda, como toda buena rusa divorciada de cubano.

El Ruso fue el que me bautizó «marimacho». Él era el dueño de todos los bautizos y de la mitad de la merienda de las niñas que llevaban merienda, y el primero al que soplaban los exámenes; era el emperador de mi año y por eso lo odiaba más. Las muchachas en cambio lo adoraban porque era alto, rubio, bonito y además cambiaba de tenis todos los meses. Ellas andaban en manadas. Un grupito de niñas bonitas, acompañadas de otras feas que se encargaban de llevar los recados de los muchachos hacia ellas. Otro grupito de niñas calladitas que siempre hacían las tareas y eran monitoras de todas las asignaturas. Otro grupito de brutas y envidiosas del primer grupo. Y yo, que me sentaba en el fondo a pintarlos a todos mientras ideaba formas de divertirme a sus espaldas. A las niñas les metía ranas en las maletas a la hora del receso, o mojaba sus pupitres para verlas gritar en cuanto se sentaban. A los varones les metía tachuelas o les echaba tinta de mi bolígrafo. Yo sabía moverme sin que nadie lo notara y así todos pensaban que era el Ruso y su clan, y bajaban la cabeza sin mayores aspavientos. Pero mi venganza no era con todo el mundo. Los idiotas eran idiotas y con eso les bastaba, yo me divertía con los que le sonreían al emperador aceptándose siervos, porque en el fondo lo que me hacía gracia era ver la cara del Ruso mirando los rostros para tratar de descubrir quién era hereje a sus espaldas.

Un día tuve la oportunidad de descubrirme. Estaba establecido en el aula que, en los exámenes, los tipos más inteligentes tenían que escribir las respuestas en un papelito que se hacía llegar al Ruso veinte minutos después del comienzo. La forma de viajar el papelito quedaba a la imaginación de cada cual, el problema era que tenía que llegar, para eso estaban los compinches mirándonos a todos con caras de malos mientras él hacía como que escribía en su papel. El encargado del examen de Física era Cuatro Ojos, le decían así por sus espejuelos de miope sin remedio. Ese día, yo saqué el máximo de puntos y es que estuve todo el tiempo, primero observando las gotas de sudor que corrían por el rostro de Cuatro Ojos, minutos antes de entregar el papelito al de al lado, luego el viaje del papel, todos nerviosos y respirando aliviados una vez lograda la operación sin ser descubiertos por el profe. Cuando el papel estuvo cerca de mí, cayó al piso y yo, con un ágil movimiento de quien se sacude los zapatos logré interceptarlo. El Ruso y sus compinches se sentaban en las últimas filas, al otro extremo de mí y ninguno captó mi movimiento. Tomé el papel, llené mi examen tranquilamente y luego guardé el papel en una media. Diez minutos antes de la entrega disfruté con las gotas de sudor en el rostro del Ruso y luego la rabia cuando sonó el timbre y tuvo que entregar su examen a medio hacer. Yo sabía que el problema no quedaría ahí, por eso al salir del aula, muy despacio caminé hacia la calle de atrás de la escuela, que era donde se aplicaban los castigos. Allí los encontré, Cuatro Ojos sudaba más que nunca tratando de explicar mientras el emperador lo miraba muy serio y los otros lo rodeaban como perros. Me acerqué al grupo.

— Creo que buscas esto, ¿no?

El Ruso tomó el papel que le extendí, echó una ojeada y levantó la vista sorprendido.

— Lo siento — dije— ; ayer estaba jugando a los pistoleros y no pude estudiar, pero ahora es tuyo el papelito, te lo guardé porque quizás lo necesites para el examen final.

Cuatro Ojos se tapó la boca tratando de aguantar la risa. Los otros se hicieron a un lado para rodearnos al Ruso y a mí, que sonreía, sabiéndome motivo del desconcierto de sus ojos. Estaba convencida de que no iban a pegarme como hubieran hecho con el otro, porque la ley de los hombres decía que no se le pega a una mujer, aunque parezca marimacho. El Ruso se acercó apuntando mi cara con un dedo.

— Como te vuelvas a hacer la graciosa conmigo, te vas a arrepentir.

Hizo una seña y todos lo siguieron.

— Como me vuelva a caer un papelito en las manos, vas a tener que empezar a estudiar, Rusito.

Cuando escuchó mis palabras se detuvo, dio la vuelta y me miró. Esa fue la señal de guerra, una mirada de odio que sostuve hasta que él no pudo más y se marchó. A partir de ese día me convertí en el ídolo de Cuatro Ojos, que se encargó de propagar secretamente la historia. Entonces siempre quería andar conmigo, decía que yo era una muchacha muy bonita porque era inteligente, y que había escuchado decir al Ruso que yo era una «flaca mala» pero tenía los ojos más lindos del aula. Cuatro Ojos en verdad me caía bien, lo único que me molestaba era que siempre quería estudiar mientras yo insistía en irme por ahí en las tardes para sentarme en cualquier sitio a pintar o a leer uno de los libros de la profe.

El Ruso entonces me declaró la guerra. Sus amigos pasaban por mi asiento y tropezaban a propósito, tirándolo todo al suelo y disculpándose con un «Coño, flaco, disculpa». Le ponían traspiés a mi amigo cuando caminaba hacia mí para verlo cayéndome encima, luego las risas y «Cuatro Ojos, veinte kilos, tiene un novio que es un hilo». Él se ponía nervioso, en cambio yo, recogía sus espejuelos y miraba al Ruso, que me miraba con una media sonrisa en los labios. Cuatro Ojos proponía siempre venganzas intelectuales, hablaba de pasarle el examen de Física con las respuestas erradas, o levantarse en una reunión de grupo y denunciarlo, pero yo no quería eso. El Ruso era fuerte, no inteligente, había que utilizar entonces sus mismas armas, porque ya no me divertía hacer maldades a los otros, él sabía que era yo y se callaba la boca manteniendo su prestigio de chico malo. Yo tenía que demostrar que era más fuerte que él y que todos lo supieran, por eso acumulé rencores, guardé todas las burlas escudándome tras una mirada irónica y de desprecio; me fui llenando de todo hasta un día.

Hacía mucho tiempo había descubierto que el techo de la escuela era un lugar magnífico para estar lejos de todos. Cuando quería irme de una clase, simplemente me escondía en el techo y nadie podía jurar que me había fugado de la escuela. Era el invierno y conseguí la primera fuga de Cuatro Ojos, convenciéndolo de que una clase de Español no merecía perderse el espectáculo de una ciudad desde la altura. Cuatro Ojos miró un rato y luego se acurrucó a leer un libro de Física recreativa -Ediciones Mir-. Yo caminaba por el techo respirando el invierno y pintando con un lápiz los grises del cielo. De repente mi espacio fue profanado por el Ruso y su clan. Acababa de sonar el timbre del recreo y al parecer éste era el lugar escogido para esconderse a fumar.

— Vaya, tremenda sorpresa, así que la parejita se fuga de los turnos para estar solitos aquí arriba.

Cuatro Ojos levantó la vista y se puso de pie al escuchar la voz del Ruso. Yo dejé de pintar.

— Qué románticos, ¿eh?

Los demás sonrieron y fueron acercándose a Cuatro Ojos, que comenzó a temblar no sé si por el frío o porque el Ruso extendió su mano para quitarle los espejuelos.

— Yo no sé ni pa' qué tú quieres esta mierda, tantos ojos y no te sirven pa' ver una novia de verdad, porque eso que tú tienes es medio macho.

Yo sabía que lo hacía para provocarme, pero me mantuve callada. Uno de ellos comentó que al Ruso le bastaban dos ojitos para estar con todas las niñas lindas de la escuela, y entonces todos estuvieron de acuerdo en que los espejuelos no servían para nada y había que tirarlos. Los tiraron.

—¿Tú quieres estar conmigo, Ruso?

Cuando dije eso todos cambiaron la vista y me miraron. El Ruso empezó a caminar hacia mí y se fueron apartando de Cuatro Ojos que no sabía qué hacer, trataba de mirarme con el desconcierto de un miope sin remedio y sin espejuelos además. Uno de ellos, encendió un cigarro y dijo que eso era precisamente lo que me pasaba, yo quería estar con el Ruso y él no me hacía caso. Los vi acercándose con comentarios de «La flaca se desencadena», «El Ruso no come sobras» y cosas por el estilo hasta que lo tuve frente a mí.

— Yo pudiera estar contigo, pero es como si estuviera con un macho y a mí me gustan las hembras.

Sonreí afirmando que podía demostrarle que era una hembra y los otros se echaron a reír agregando que la flaca quería un beso del Ruso, pero los besos del Ruso no eran para todo el mundo, «El Ruso no se ensucia la boca».

— Te puedo demostrar que soy una hembra como no te lo ha demostrado ninguna de las otras idiotas.

Yo sabía perfectamente que las novias del Ruso y todos los demás no pasaban de unos besitos en la boca y un brazo por encima de los hombros. Entonces empecé a caminar hacia atrás observando el silencio colectivo y subiéndome muy despacio la saya.

— Ven, Ruso, ¿quieres que te demuestre que soy una hembra?

Él tragó en seco y clavó la vista en el movimiento de mis manos. Hizo un gesto a los otros que intercambiaron miradas de silencio y avanzó solo hacia mí. Atrás Cuatro Ojos me preguntaba qué iba a hacer. Yo tiré mi cuaderno de dibujos al piso y continué caminando hacia atrás hasta que tropecé con el murito de la azotea y me senté de espaldas al patio del recreo, subiéndome la saya totalmente. El Ruso estaba hipnotizado, miraba mi blúmer, posiblemente el primer blúmer de su historia y respiraba agitado. Detrás de sus espaldas todo era silencio y miradas tratando de alcanzar lo que veía su jefe.

— Soy una hembra, Ruso, ¿quieres ver?

Él ni siquiera levantó la vista, estaba como ido, estupefacto y nervioso sin su mirada triunfante de todos los días, ni los comentarios del clan. El Ruso temblaba y sus labios se abrieron cuando descubrió que mis manos comenzaban a bajar el blúmer lentamente, hasta dejar mi pubis adolescente al descubierto, a sus ojos que se abrían cada vez más mientras yo sonreía y Cuatro Ojos insistía en preguntar qué pasaba porque él no veía nada y los otros no lo dejaban llegar a donde su emperador tragaba y tragaba en seco, como los perros de Pavlov, casi babeándose ante mí.

— Se puede tocar, Ruso, ven.

Levantó la vista confundido, pero parece que mis ojos, los ojos más lindos del aula, le inspiraron confianza y entonces intentó sonreír ridículamente y se agachó despacio a mis pies. Lo observé callada, vi como levantaba su dedo confuso y se iba acercando al gran descubrimiento de la adolescencia que no olvidaría nunca, su dedo tocando mi carne, apartándose bruscamente para luego volver a posarse frío e inexperto sobre mi piel de inexperta que lo detestaba; pero aguanté, dejé que colocara la punta de dos de sus dedos en mi pubis y se acostumbrara a estar allí, que quedara indefenso, totalmente indefenso y descoronado ante su clan que lo envidiaba y ansiaba su nobleza, su servilismo y candidez mientras presionaba levemente de rodillas ante mí y yo lo dejaba estar seguro, sentirse nuevamente emperador y chico malo y rey de los demonios reducido al mutismo ante la flaca más mala del aula.

— No me gusta que me llamen marimacho, porque soy hembra, ¿ves? —dije entre dientes y sonreí—, aunque me gustan los juegos de los machos.

Entonces de repente levanté mi mano, como Tosca frente a Scarpia, apretando el lápiz que clavé con fuerza en el brazo del Ruso, hundiéndolo con odio y murmurando «E avanti a lui tremava tutta la scuola», hasta que el lápiz se partió dejando un trozo adentro. Todo fue muy rápido. El grito de dolor del Ruso. La sangre saliendo de su carne desgarrada. Los gritos de terror de los otros y de Cuatro Ojos que no entendía nada. La caída del Ruso tropezando conmigo. Los gritos de los del patio al escuchar los otros gritos y presenciar la caída. Mi grito recorriendo dos pisos de altura. Mi caída.

Fragmento de la novela Silencios (Lengua de Trapo, 1999)

 

© Karla Suárez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Karla Suárez | Cuba, 1969 | Ha publicado los libros de cuentos Carroza para actores (2001) y Espuma (1999), además de las novelas La viajera (2005) y Silencios (Premio Lengua de Trapo, 1999). Sus novelas han sido traducidas al francés, portugués, italiano, alemán y esloveno. Muchos de sus relatos han aparecido en numerosas antologías y revistas publicadas en diversos países. En Francia ha recibido varias becas de creación, entre ellas la que otorga el Centro Nacional del Libro. Reside en París. (Foto: Daniel Mordzinski).