TRUTH OR CONSEQUENCES
El pueblo de Truth or Consequences perdió la inocencia cuando la Wells Fargo decidió usarlo como escala para sus diligencias y nombrar a un nuevo sheriff. Era necesario hallar un punto intermedio entre Santa Fe y Las Cruces para que los caballos abrevaran, las señoras pudieran retocar sus afeites, los negociantes cerraran tratos, o simplemente se fueran a la cantina a divertirse y estirar las piernas. T or C estaba a mitad del largo camino hacia la bella California, que gracias a Dios ya había pasado a ser territorio americano y atraía inmigrantes con su leyenda del oro. Quienes tenían dinero tomaban un barco en New Orleans hasta los minúsculos países de América Central, cruzaban el continente y se embarcaban de nuevo rumbo a Los Ángeles. Pero muchos le temían a los huracanes y a los peligros de las incivilizadas tierras al sur del río Grande. Preferían hacer el viaje por las rutas de la Wells Fargo, aunque el desierto aún era territorio bastante desconocido y los belicosos apaches seguían atacando las caravanas como si esas extensiones les hubieran pertenecido alguna vez.
Las hermosas diligencias, tiradas por ocho ágiles caballos negros, partían de ciudades maravillosas como San Antonio y se internaban por caminos cuyo único paisaje era un agreste amontonamiento de piedras gigantes, vísceras de montaña, y polvo, mucho polvo. Los viajeros debían acostumbrar la mirada a una vegetación renuente a los verdes, más bien baja, amarillenta, llena de espinas y hojas puntiagudas, que albergaba animales nocturnos como el coyote, o a alimañas como el alacrán y la serpiente albina. Sobrevivir a esos caminos era la primera prueba para aquéllos que deseaban enriquecerse con el oro de California. Aunque los viajeros en general soportaban las inclemencias de las jornadas, apenas un puñado podía defenderse y salir indemne de la segunda prueba: los ataques de las tribus indias y de las bandas de forajidos.
Llegar a T or C era un alivio. Lo peor del desierto estaba por quedar atrás y el pueblo gozaba de cierta tranquilidad impuesta por el sheriff, Mr. Louis Sixteenth. De pasado poco claro, Mr. Louis había llegado a T or C con un papel suscrito por algún Juez de Dallas. En él se leía que el pueblo y sus alrededores habían sido confiados a ese hombre de pocas palabras, aspecto hosco y amores violentos. Con su chapa de comisario bien puesta sobre el chaleco de cuero, Mr. Louis se reportó ante el alcalde y pidió fondos para construir una cárcel. Después se fue a Arthur's Saloon, donde leyó a viva voz las disposiciones del gobierno sobre consumo de bebidas alcohólicas, juegos de azar, bailes de dudosa moralidad y condiciones higiénicas de las mujeres públicas. Preguntó si todo estaba claro e interpretó como afirmación los gestos de desconcierto de los hombres reunidos en Arthur's.
El sheriff formó un pequeño contingente de responsables del orden, quienes tenían a cargo vigilar los puntos más conflictivos de T or C, así como montar guardia durante las paradas de las diligencias. La gente esta contenta con Mr. Louis, pero también le temía. Opinaba que desde su abrupto arribo los más fieros forajidos habían huido, Billy the Kid el más famoso de ellos, quien por evitar T or C cabalgó directamente hasta La Mesilla, donde fue asesinado. Todo estaba bien, pero poco se conocía del pasado del sheriff y nadie se atrevía a preguntarle. Su adusta mirada cohibía a los curiosos, al punto que ni siquiera el pastor del templo bautista se sentía con autoridad para indagar su vida.
Esa tensa paz en T or C debía terminar algún día. Ocurrió cuando el siguiente telegrama fue enviado al sheriff: Louis, my darling, quizás tu fin se cerca. Skinny Hermann, y ya sabe dónde están tus huesos. Love, Evelyn. Ni un solo músculo se alteró en su pétreo rostro. Le pidió discreción al telegrafista. A sus ayudantes les ordenó traer cuantas botellas vacías hubiera en Arthur's, y dedicó la tarde a probar su puntería utilizando los recipientes como blanco . Pero el rumor se esparció igual que polvo. Rasputina, Madama de pechos turgentes, barriga asfixiada por un corsé y procaces lunares en la mejilla, vieja regente del prostíbulo local, encargó a sus pupilas obtener información de los ayudantes del sheriff y de todos lo viajeros.
Finalmente se supo que una leyenda precedía la llegada de Skinny Hermann a los pueblos levantados en el camino a California: un muchacho fuerte, de bellos ojos agua y piel blanquísima, de sonrisa subyugante, verbo dulce que enamoraba por igual a hombres y a mujeres, de bondad a flor de piel. Skinny defendía la verdad y la justicia montado en brioso corcel, pero había sido condenado injustamente a morir en suplicio por su propio padre, el sheriff Louis Sixteenth, quien lo había acusado de deshonrar el nombre de su familia. En un juicio cuya fecha y lugar de realización nadie podía precisar, se tramó la condena de Skinny Hermann. La leyenda contaba también que la ejecución no pudo realizarse de inmediato, pues el juez, a pedido del sheriff, había decido acabar con el reo según las prácticas destinadas a los traidores y a los sodomitas. En vez de la soga alrededor del cuello, la tabilla de piso falsa y el verdugo encapuchado, el castigo consistiría en una aguja muy fina, que sería clavada poco a poco en el pecho de Skinny hasta alcanzar el corazón y detenerlo de una punzada. Una mezcla de repugnancia y fascinación cundió entre los habitantes de aquel pueblo llamado Carthage. Aunque lo negaran, a los pobladores les seducía el espectáculo del hermoso muchacho desnudo hasta la cintura, sentado frente a todos en un escenario, mirando fijo a las montañas. Hombres y mujeres soñaban con la aguja de oro que la ley había mandado hacer, tan delgada que sólo era visible cuando el sol provocaba destellos en su superficie. Algunos especulaban que de todas formas habría derramamiento de sangre y gritos de dolor, otros contradecían afirmando que una aguja de oro no dañaría sensiblemente ninguna arteria, pero su efecto sobre el alma sería más devastador que cualquier palabra o gesto de desprecio.
Llegaron a Carthage fotógrafos de allende los mares, ni siquiera los cultos periodistas europeos quisieron perderse la oportunidad de atestiguar ese ritual de sutil odio. Representantes de gobiernos amigos hicieron petición formal para que se habilitara un palco desde donde sus embajadores y expertos en inteligencia evaluarían el nuevo método de ejecución. El Papa estuvo a punto de asistir, pero en aquellos tiempos las tensiones entre la Santa Iglesia y los Reformistas eran demasiado profundas, así que tuvo que conformarse con el informe de sus espías, los daguerrotipos que algún artista vendió a la Seguridad Vaticana y los retratos hablados de los innumerables viajeros presentes por aquellos días en Carthage.
La aguja llegó envuelta en sedas, inofensiva sobre un lecho de terciopelo, más parecía una curiosidad de museo que un útil de tortura. Profesores eméritos de varias universidades se dignaron a ofrecer al público sus puntos de vista, mostrando la factibilidad del proceso con experiencias en animales domésticos. Gracias a estas pruebas el pueblo quedó libre de ratas y ratones, pero también de gatos, de perros, del mono del circo y de un oso al que presumiblemente amaba una señora de alta sociedad.
Una débil oposición contra la penal capital fue reprimida por el entusiasmo de la multitud, que se fue concentrando alrededor del cadalso desde días antes de la ejecución. También hubo curiosos frente al cuartel de Carthage, dedicados a vigilar la ventanilla de la celda de Skinny. No entendían por qué el condenado no se asomaba, ni aún cuando lo convocaban insultos, súplicas o llamadas de apoyo. Les era difícil imaginar que alguien renunciara a mirar a la gente, a sus iguales, a la libertad, en fin, a todo lo que iba a perder cuando subiera por última vez a escena y la aguja de oro rompiera su hermoso pecho.
Todo estuvo a punto y en marcha con suficiente antelación al evento, pues la ejecución había salvado a Carthage de naufragar en el aburrimiento total y de paso había impulsado la industria turística. Los hoteles estaban llenos, se abrían restaurantes en cualquier parte, las prostitutas no daban abasto, tampoco los expendedores de opio y de otras substancias estimulantes, desinhibidoras o relajantes que se importaban con gran éxito de las Filipinas y la Gran Colombia.
Tan bien estaban las cosas que los honorables miembros de la cámara de comercio se acercaron al sheriff Louis para pedirle que demorara la ejecución de Skinny Hermann cuanto fuera posible. “De otro modo”, dijeron, “esta bonanza se vendrá abajo”. Fue un duro golpe para la mayor autoridad represiva de Carthage y para sus asistentes, quienes se peleaban el honor de convertirse en verdugo titular. “No es posible tal concesión”, dijo el sheriff, pero los honorables le explicaron las inversiones, como por ejemplo la construcción de varios parques de diversiones, un resort con campo de golf y un centro comercial con pista de patinaje sobre hielo. “La ley debe seguir su curso”, insistió Mr. Louis. Entonces le contestaron que el gobierno federal había accedido a enviar maquinaria para un highway y que en poco tiempo habría además un aeropuerto. Por otra parte, la zona prometía ser foco de atracción para los amantes del alpinismo, las caminatas y los centros de retiro espiritual. “La rueda de la justicia no se detiene”, dijo casi agónico el sheriff, “solamente algún fenómeno fuera de control evitará que se proceda de acuerdo con la voluntad de la justicia”.
Como si hubieran sido convocados por quienes pretendían retrasar la ejecución, como si algún enemigo de los honorables se hubiera decidido a intervenir, se dieron no uno sino dos fenómenos. El primero empezó con un airecillo muy molesto el día anterior a la ejecución. Muchos de los que acampaban en las áreas de picnic tuvieron que buscar ayuda médica, sumidos de repente en una horrenda sofocación. Los habitantes de Carthage vieron desde temprano cientos de partículas doradas flotar en el aire y supieron que debían sellar las ventanas y encerrarse en casa. Como a mediodía, un jinete llegó reventando su cabalgadura, en un intento desesperado de adelantársele al viento: “Una tormenta de polvo”, gritaba, “tan enorme y terrible que ciega a las personas, les tapa los oídos y les ahoga sin piedad. Protéjanse, casi no hay tiempo de huir”. El sheriff en persona tomó camino a topar la tormenta, no sin antes instruir a sus ayudantes para que controlaran a la población. Apenas la noticia se esparció, las diligencias se llenaron de desesperados, las tiendas de abarrotes fueron saqueadas y el telegrafista del pueblo recibió órdenes de mandar mensajes urgentes a un tal Henri Dunant, de Ginebra, para consultarle sobre los servicios de una organización recién fundada, a la que llamaban Cruz Roja. El sheriff vio que los horizontes infinitos, por donde usualmente el sol tardaba horas en desaparecer, habían sido consumidos por una impenetrable pared de oro. Su cabalgadura caracoleaba ante el olor del peligro, deseosa de huir. Mr. Louis sostenía la rienda con fuerza, preocupado más bien en calcular cuánto demoraría la devastación en llegar a Carthage. Finalmente aflojó un poco la tensión de la soga y la bestia se echó a galopar.
Skinny Hermann estaba más magro que nunca. Había decidido purificarse a través del ayuno, aunque los rumores apuntaban que la verdadera motivación era cierto miedo a morir envenenado por algún fanático, o por los innumerables matones que hacían mala vida en Carthage. Le había pedido al sheriff silencio y soledad, pero constantemente los ayudantes abrían la celda para darle paso a algún dignatario, personalidad pública o estrella de cine, deseosos todos de conocer a quien moriría ejecutado con una aguja de oro. Las audiencias duraban apenas unos minutos, pero eran suficientes para el saludo, las preguntas de rigor y alguna proposición: “el movimiento anarquista internacional está listo para dinamitar este presidio y liberarlo a cambio de…”, “en representación de los señores Carlos Marx y Federico Engels, me place comunicarle que su caso será objeto de estudio en la próxima…”, “nuestra iglesia está urgida de nuevos santos y hemos pensado…” El prisionero agradecía los cumplidos, firmaba autógrafos y rechazaba las ofertas. Pocos comprendían que Skinny estaba preparado para morir. Se escandalizaban de su actitud ante la fatalidad, pero aún así le dejaban sus tarjetas, sus bendiciones y algún encargo por si realmente era posible una vida después de la vida.
La amenaza de la tormenta hizo que el espectáculo de la ejecución pasara a segundo plano. “De todas maneras”, pensó alguno de los ayudantes del sheriff Louis Sixteenth mientras huía, “Skinny morirá asfixiado en su celda, sin testigo alguno y con mayores sufrimientos”. El bello condenado escuchaba los gritos de la calle, en vano demandaba a sus guardianes una explicación. Hacia el final de esa tarde sentía cierta resequedad en la nariz y un olor a playa que le hizo recordar su devoción por la arena sagrada de Santa Fe. La súbita caída de la noche lo desconcertó, según sus cálculos astronómicos apenas debían ser las cinco de la última tarde de su vida, pero se había descubierto repentinamente rodeado de una oscuridad tan rotunda que se llevaba la gritería hasta el fondo mismo del paisaje. “Me han abandonado porque el fin del mundo está próximo”, se dijo convencido de que algo muy malo ocurría afuera. Poco a poco fue depositándose sobre su camastro, su mesa de palo, su bacinica de latón, su sombrero y su ropa una capa de polvo. ¿Acaso ya había muerto y regresaba, según el mandato bíblico, al origen mismo? Hizo todo lo posible por subir hasta la ventanilla enrejada y dar una mirada, pero apenas pudo distinguir un cielo de enferma coloración café. “Al mundo se lo lleva la arena”, concluyó con un suspiro y echó en el camastro a esperar su suerte. Una sombra surgió de la espesa nube con la llave que liberó a Skinny Hermann de su celda, dando pie al segundo suceso . Algunos afirman que fue la Madama Rasputina, en cuyo seno enorme se depositaban todas las llaves de la ciudad. Para la mayoría, sin embargo, fue el mismo sheriff quien abrió la celda, pues deseaba para el joven una muerte según las disposiciones de la ley humana y no estaba dispuesto a permitir un cambio de planes, ni siquiera a la naturaleza. Prefería declarar al reo en fuga, perseguirlo y repetir todo el ritual del castigo. Quería ver su agonía junto al verdugo y al sacerdote, y arengar luego sobre las enseñanzas que la ejecución había dejado.
Fragmento de la novela El gato de sí mismo (Editorial Costa Rica, 2005)
© Uriel Quesada |