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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

HURACAN

 

Es mi decisión. Mía, sólo mía, y no pienso discutirla con nadie. Estoy en mi derecho, ¿no? La tomé a fines de los noventa, cuando tenía unos veintidós o veintitrés años, no recuerdo bien. Lo que sí sé es que lo hice en pleno ejercicio de mis facultades mentales, que no estaba borracha ni bajo el efecto de ninguna droga. Claro que suele dudarse de las facultades mentales de alguien que toma “en frío” una decisión de tal naturaleza, aparentemente sin motivos. Justo por eso no quiero discutirla con nadie. Ya estoy aburrida de que me tilden de loca.

La primera oportunidad se me presentó en octubre de 2001, cuando el huracán Michelle. Para ese entonces ya mamá había fallecido (el corazón, los disgustos…). Gracias a las gestiones de no sé cuál organización internacional de derechos humanos, papá había salido por fin de la cárcel… directo hacia el avión. Ahora vivía en L.A., California. A mi hermano el Nene, el mayor, le habían descerrajado un tiro en la nuca, sabrá Dios por qué. Algo inconcebible. Porque el Nene, que yo sepa, nunca tuvo nada que ver con nada. Ni política ni narcotráfico ni la mujer del prójimo. Sólo era un poco distraído, como ausente, igual que mamá. Leía mucho. Poesía, sobre todo. Le encantaba W. H. Auden. Era un buen tipo. Supongo que lo mataron por estar, como quien dice, en el momento y el lugar equivocados. O tal vez lo confundieron con otro. En fin, no sé. En nuestra casa del Vedado, ya bastante deslucida pero aún sólida, nada más quedábamos mi hermanito el Bebo y yo.

Eran las tres y pico de la madrugada, a comienzos de aquel octubre. El Bebo dormía en su cuarto y yo, acurrucada en el sofá de la sala, miraba la televisión. Casi nunca transmiten nada a esas horas, excepto las Olimpiadas o el Mundial de Béisbol, cuando ocurren en países lejanos, o las noticias acerca de algún huracán muy horrible que ande por países cercanos. Y ahí estaba. Michelle. Como la canción de los Beatles. Michelle, ma bélle… Nombre glamoroso para un monstruo de categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, lo cual significa vientos máximos sostenidos por encima de 250 km/h. Y rachas que pueden ser muy superiores, sobre los 300 km/h, o aún más. Lo peor que uno pueda imaginar en materia de ciclones.

Así pues, la capital y todo el occidente y el centro de la isla grande, junto a la Isla de Pinos y algunos cayos adyacentes, estaban en fase de alarma ciclónica. En unas horas el huracán entraría en el archipiélago cubano. Pero nadie sabía por dónde. Entraría. Punto. Ni en el Observatorio de Miami ni en el de Casablanca se aventuraban a emitir un pronóstico más preciso acerca de su trayectoria. En la TV, de pie junto a las imágenes del satélite (misteriosas, como siempre, jamás las he comprendido), y algunos mapas climáticos, el director del Instituto de Meteorología no paraba de hablar. Decía: Ubicación actual, tantos grados de latitud Norte y mascuantos de longitud Oeste. Velocidad de traslación, más bien lenta… ¡Hum! Malo, malo… –se secaba el sudor de la frente con la manga de la camisa–. Precipitaciones, tantos milímetros. Presión atmosférica, mascuantos hectopascales. Velocidad de los vientos huracanados… ¡Uf! Muy fuertes, fortísimos… ¡Hace décadas que no se veía algo como esto! Pero mantengan la calma, ¿eh? –volvía a secarse el sudor–. Hay que mantener la calma, estimados televidentes, y cumplir con las orientaciones del Estado Mayor de la Defensa Civil para casos de ca… ca… catástrofe… Pobre tipo. A la legua se le notaba el miedo, las ganas de mandar a la porra al puñetero Estado Mayor con todas sus malditas orientaciones, y salir corriendo como alma que lleva el diablo. Claro que correr no tenía sentido. No llegaría a ninguna parte.

Luego aparecieron en pantalla imágenes de la CNN en español. Con una lentitud escalofriante, Michelle había ido bordeando la costa caribeña de Centroamérica y los periodistas iban tras él (o tras ella, ¿no?) con sus cámaras y micrófonos. A prudencial distancia, por supuesto. Las imágenes eran espantosas. Crecidas de ríos, casas desplomadas, árboles arrancados de cuajo, cadáveres de personas y de animales flotando en el agua sucia, toda la miseria y el sufrimiento del mundo en los ojos de los sobrevivientes, que para colmo de males eran gente pobre, cuyos gobiernos –dijeron algunos de ellos– no los tomaban en cuenta para nada y no los ayudarían a recuperarse, etc. Algunos indígenas, que quizás no hablaban español, permanecían en silencio, muy serios, con el entrecejo fruncido. Aunque en realidad no hubo tantas entrevistas. Muchas zonas habían quedado aisladas por las inundaciones, resultaban inaccesibles por tierra, así que las imágenes (pura devastación) eran tomadas desde un helicóptero. Una voz en off iba diciendo en tono dramático: esto es en Nicaragua… esto, en Honduras… esto, en Guatemala… A la altura de Belice –dijo la voz en off– el poderoso huracán ha salido nuevamente al Caribe, donde ganará en organización e intensidad. Ahora se dirige hacia Cuba…

Y en ese momento, justo en ese momento, apenas la voz hubo pronunciado la palabra “Cuba”, ¡paf!, se cortó el fluido eléctrico.

Imagino cómo debieron sentirse los estimados televidentes de las tres y pico de la madrugada, que seguro eran millones, ante aquella oscuridad. Creo que escuché unos gritos a lo lejos. No sé. Ni Stephen King hubiera inventado algo más terrorífico.

En lo que a mí respecta, no tenía ningún miedo. No es que yo sea muy valiente, qué va. Desde niña padecí toda clase de terrores. Fueron muchos, demasiados. Tantos, que vivía en perpetua zozobra, mordiéndome las uñas, con un nudo en la garganta… Pero cuando tomé la decisión, a fines de los noventa, desaparecieron todos como por arte de magia. ¡Zas! Fue como una especie de exorcismo. Ni siquiera volví a tener pesadillas. Ahora, con el corte de la electricidad, sólo me preocupaba que mi hermanito fuera a despertarse por causa del calor. Porque la noche estaba caliente, húmeda, pegajosa, y él, sin ventilador…

El Bebo no era ningún chamaco. Nada de eso. Con sólo tres años menos que yo, no le faltaban fuerzas para arruinarme los planes. Y trataría de hacerlo, desde luego. Siempre lo hacía. No quiero decir que él fuera violento, que me maltratara o algo por el estilo, no. Pero tenía un lado Aliosha Karamázov francamente insoportable. Cuando empezaba con aquello de que el Señor nos ama a todos y que debíamos buscar la salvación de nuestras almas y no sé qué más, no había forma de pararlo. Yo le decía: Ay, Bebo, por favor, déjame en paz… Y él: ¿Pero qué dices, Mercy? ¡Déjate en paz tú a ti misma! Deja que el Señor entre en tu corazón… Y cosas así. Mejor que no se despertara.

En medio de la oscuridad, fui a sentarme en el poyo de la ventana que da al portal. Silencio absoluto. Ni los grillos del jardín chirriaban. Tal vez se habían largado con su música a otra parte. He oído que los animalejos perciben la inminencia de los desastres naturales mucho mejor que nosotros, que sin satélite y radares no percibimos nada de nada. Quién sabe. El hecho es que aún no soplaba la más mínima brisa. La noche estaba clara, despejada, con luna y estrellas y todo eso. De no ser por la TV, nadie hubiera sospechado que se nos venía encima un huracán, y de los más apocalípticos. Mis ojos (“de gata”, decía el Nene) se adaptaron enseguida a la oscuridad. Prendí un cigarrillo. Aún no era el momento, no había que apresurarse. Permanecí allí, fumando, contemplando la noche, durante varias horas. No pensaba en nada. No tenía nada en qué pensar. El Bebo, por suerte, no se despertó.

Al filo del amanecer, me bajé del poyo. Estiré las piernas. Según mis cálculos, ya era hora de entrar en acción. Sigilosa, procurando no tropezar con nada, fui hasta el cuarto de mi hermanito, en el fondo de la casa. Ahí estaba él, con la ventana abierta, arrebujado entre las sábanas. Ajeno al calor, a la inminente visita de Michelle y a mis propósitos, dormía como un tronco. Vaya sueño glorioso, pensé.

Ni el Bebo ni yo trabajábamos. Con nuestros antecedentes, nadie nos hubiera dado un empleo que no fuese en la agricultura o en la construcción. No eran antecedentes penales, no habíamos cometido ningún delito. O quizá sí. Depende del punto de vista. Hay acciones, u omisiones, que son legales en unos países y en otros no, según el sistema de gobierno. De manera que sobrevivíamos, mal que bien, gracias a las remesas que nos enviaba un amigo de papá desde los Estados Unidos. Se suponía que en algún momento de nuestra era partiríamos al exilio, para volver a reunir a la familia, o lo que quedaba de ella. Pero hacía falta un permiso de salida de Inmigración, que no llegaba (aún no llega). El Bebo, con su problema de la columna, no era apto para el servicio militar. Eso era bueno, porque en caso contrario se hubiera declarado objetor de conciencia y sabe Dios lo que hubiese ocurrido. En cuanto a mí… digamos que apenas existía, que apenas existo. Vamos, que no peso ni cien libras. Según los hombres de este país, tan adictos a las masas y los volúmenes, soy ojos verdes, pelo largo y nada más. ¿Qué interés podría tener alguien en retenerme en un lugar o en otro? Nada, que no entiendo la demora con el permiso de salida. Pero me da igual. Oh, sí. Ya desde entonces me daba igual. En esta vida hay muchas cosas que no entiendo.

El Bebo tampoco entendía. Pero él sí que se lo tomaba a pecho. Durante algún tiempo estuvo muy, pero que muy ansioso, incapaz de concentrarse en nada, loco porque acabáramos de largarnos de una cabrona vez –decía–, a cualquier parte, aunque fuera a Tombuctú. Porque además sentía que nos vigilaban, que habían pinchado nuestro teléfono para espiar nuestras conversaciones privadas, que merodeaban por los alrededores de la casa (vestidos de paisano, claro, para que no se les viera lo policial, ¡como si pudieran engañar a alguien!), en fin, que pretendían aniquilarnos. Yo le preguntaba quiénes y él me respondía que ellos. ¿Quiénes más podrían ser? Ellos. Los perros. Los hijoeputas. Los de siempre. Yo le preguntaba si estaba seguro, si no serían figuraciones suyas, sí, porque a fin de cuentas era un poco absurdo… Él me miraba con cara de horror. Decía: ¿Un poco queeeeee? ¡Ay, María de las Mercedes Maldonado! ¡Tú como siempre, en las nubes, en los jardines colgantes de Babilonia! Estás más loca… Entre eso y la muerte del Nene, tan inexplicable, mi hermanito estuvo al borde de una crisis de nervios.

Entonces, un buen día, se iluminó. O sea, decidió que estaba bueno ya de ser católico, lo que para él equivalía a ser razonable en exceso, falto de pasión, de auténtico fervor religioso, y se metió a protestante. Se hizo evangelista, creo. Aunque no estoy segura. Tal vez fuese luterano, o anabaptista, o pentecostal… En realidad no sé. Era una secta cuyos practicantes se la pasaban dando brincos y alaridos. A veces caían en trance y se revolcaban por el piso, ponían los ojos en blanco y hasta soltaban espuma por la boca, vaya, como si tuvieran un ataque de epilepsia, y consideraban todo eso terriblemente espiritual. Yo respeto las creencias de los demás, de veras que sí. Pero aquellos creyentes espasmódicos y vocingleros me ponían los pelos de punta. No podía con ellos. Cuando venían a casa, me encerraba en mi cuarto. Sí, para que no me dijeran que yo llevaba colgado del cuello un instrumento de tortura. ¡Dios mío, un instrumento de tortura! Los muy anormales se referían a una crucecita de oro de lo más inofensiva. Y si empezaban con los aullidos y los berridos, me iba al parque de la esquina y me sentaba a leer en mi banco favorito, debajo de un flamboyán. Por cierto, ahí leí un libro que ahora mismo no recuerdo de qué trata ni quién lo escribió, pero que me gustaba muchísimo en aquella época, no sé por qué. La campana de Islandia, creo que se llamaba. ¿No es un lindo título? Pero volvamos a los evangelistas, o quiénes fueran. La cuestión con ellos es que, pese a toda la bullanga que armaban, en cierto modo ayudaron a mi hermanito. Eso hay que reconocerlo. Con sus extravagancias lo mantenían entretenido, a salvo de la angustia, el alcoholismo y las noches de insomnio. Verdad que se volvió muy latoso con lo del Señor que nos ama a todos, pero al menos dormía tranquilo de vez en cuando. Como aquella madrugada, en vísperas del huracán Michelle, en que entré a su cuarto subrepticiamente.

Cogí la linterna y el llavero, que estaban encima de la mesita de noche. Los vientos ya comenzaban a soplar con alguna fuerza, pero aún había una calorana sofocante, por la baja presión atmosférica. Sólo enfriaría más tarde, cuando empezara a llover. Dudé por un segundo entre cerrar o no la ventana. Preferí dejarla abierta. No quería que el Bebo se despertara aún. ¿Para qué? Ya se despertaría más adelante, cuando la cosa se pusiera realmente fea. También me pregunté si no debía dejarle una nota. Las personas que toman la decisión que yo he tomado suelen dejar notas antes de ponerla en práctica. Escriben algo como “No se culpe a nadie…” o, por el contrario, “La culpa la tiene Fulano de Tal…”, o qué sé yo. Todo eso siempre me pareció muy patético. Vamos, como si quisieran darle una suprema importancia a un acto que, si lo miramos con un poco de objetividad, no es nada relevante. Ya sé que hay otras opiniones al respecto, pero en fin. Sea cual sea el asunto de que se trate, siempre hay otras opiniones. Si algo se sobra entre las personas, es justo eso: las opiniones. De cualquier modo, yo no hubiera sabido qué escribir en mi nota sin que sonara falso o ridículo. El Nene siempre me decía que tengo talento para la literatura, pero no sé, no lo creo. Toda mi obra (¡je je, mi obra!) se reduce a cinco o seis cuentos, de los cuales he publicado sólo uno, en una revista mexicana. Así que no le dejé al Bebo ninguna nota. Ahora me pregunto si, de haberlo hecho, eso no hubiera cambiado el curso de los acontecimientos. Quién sabe. Me parece que no.

En mi mente, le di un beso a mi hermanito. Y un abrazo. Y muchos besos más. Aunque yo no sea tan fervorosa ni tan pasional, tampoco soy una piedra. Me hubiera gustado tocarlo de verdad. Pero no debía correr riesgos. De manera que me despedí sólo en mi mente. Le dije que lo quería mucho-mucho, a pesar de las latas evangelistas (era cierto). Que ojalá no me extrañara demasiado. Le deseé suerte con lo del permiso de salida, que le llegara pronto y pudiera reunirse con papá. Y me fui, antes de que los vientos comenzaran a arreciar y las hojas de la ventana a dar bandazos. Nunca volvimos a vernos.

Cuando salí al portal ya amanecía, aunque apenas había luz. El cielo estaba tan empedrado, tan gris, que deprimía a cualquiera. El olor a humedad era muy fuerte. De un momento a otro empezarían a caer los primeros goterones. Y luego, casi enseguida, el diluvio. Por las condiciones del tiempo, era evidente que Michelle ya había entrado en la isla grande. ¿Por dónde? Vaya uno a saber. Si el ojo del ciclón atravesaba La Habana, de por sí tan destruida, sería la catástrofe más colosal de los últimos cincuenta años. Por un instante sentí algo parecido al patriotismo. Odié a Michelle.

Del portal salí al pasillo exterior que conduce al garaje. Las ventanas laterales de la casa contigua estaban todas cerradas. Estupendo, pensé. No quería que nadie me viera.

Abrí el portón. Ahí adentro, en el garaje, estaba oscuro como boca de lobo. Olía a herrumbre, a moho, a gasolina. Con la linterna encendida, me subí a la camioneta Ford y traté de ponerla en marcha. No era fácil. Lo logré al tercer intento. No revisé el tanque del combustible, pues ya lo había hecho la tarde anterior. Esa camioneta era una antigualla, una auténtica pieza de museo. Cada vez que un turista la veía, enseguida quería comprarla. O si no, retratarse junto a ella. O filmarla en movimiento. Verdad que se movía de puro milagro, sin que le hubieran cambiado un solo componente en más de cuatro décadas. Si no es un récord Guinness, le anda cerca.

Ya en la calle, miré por el retrovisor. El portón seguía abierto. Pero no iba a apearme para cerrarlo. Qué va. En el garaje no había nada que pudieran robarse, y a lo mejor hasta servía de refugio a alguien. Siempre hay vagabundos, pordioseros, borrachos, viejos locos que se fugan de sus casas y luego no tienen dónde meterse cuando llegan los huracanes. También hay perros y gatos callejeros. En fin, todo lo que yo deseaba era alejarme de allí lo más rápido que pudiera. A estas alturas ya había empezado a llover y el viento sacudía las copas de los árboles como si quisiera desguazarlas. De modo que arranqué veloz… bueno, más o menos veloz, rezando por que el dinosaurio Ford no fuera a darme candanga justo ahora.

Creo que rodé varios kilómetros sin rumbo fijo. Di algunas vueltas. Llegué hasta el puente de hierro del Almendares y luego regresé, por un camino distinto. No me interesaba ir a ningún sitio en particular. Sólo rodaba y rodaba. La lluvia era cada vez más intensa. El viento la inclinaba ora en una dirección, ora en otra. Hacía remolinos, espirales, trombas. Yo iba un poco despacio, pero sin detenerme. Al principio tenía cierta visibilidad. Recuerdo vagamente las calles del Vedado, sombrías, desiertas, sin vehículos ni peatones. Las farolas del alumbrado público, apagadas. Las de la camioneta, igual. Yo era como un fantasma que recorría una ciudad fantasma. Por primera vez en muchos años, me sentía feliz.

El paisaje fue desdibujándose tras la cortina de agua. Era de esperarse. Nada puede un limpiaparabrisas de medio siglo contra la lluvia torrencial. Lo último que distinguí fue una silueta humana. Yo rodaba en mi cacharro de lo más beatífica por la calle 23 y alguien, no sé si hombre o mujer, iba a pie por el callejón de Montero Sánchez. O por el de Crecherie. No sé. Iba por un callejón perpendicular a 23. Se tambaleaba. Se caía de rodillas. Se levantaba, al parecer con tremendo esfuerzo, y daba unos pasos. Volvía a caerse, ahora de bruces. Volvía a levantarse. Caminaba de nuevo, con una pata coja… Hasta que la cortina de agua se convirtió en una pared de agua y ya no vi más nada. ¿Qué habrá sido de aquella persona? Jamás lo supe.

A ciegas, seguí rodando, ahora un poco más rápido. Algo tenía que suceder conmigo, ¿no? Estaba segura de eso. Y en efecto, algo sucedió.

De pronto, la camioneta pegó como un brinco y se detuvo. Claro que yo no tenía cinturón de seguridad. Por poco salgo disparada contra el parabrisas. De hecho, me di un buen tortazo en la frente con el timón, o con algo, no sé. ¿Qué coño había pasado? El motor seguía encendido, pero la camioneta no avanzaba. Intenté dar marcha atrás y nada, tampoco podía. Nunca se vio una camioneta más inmóvil que aquella. ¡Ni un mulo hubiera opuesto tanta resistencia! Aparte de “coño”, mascullé otras palabrotas, aún más gruesas. En general no soy boquisucia. Las blasfemias, si las sueltas con frecuencia, pierden eficacia. Mejor reservarlas para las grandes ocasiones.

Mientras, un líquido tibio me corría por el rostro. Me toqué. Era sangre. Me miré en el retrovisor. La herida en la frente no lucía tan bonita. Qué raro que no me doliera. Aunque eso no tenía mucha importancia. Traté de avanzar otra vez, y nada. Se apagó el motor. Creo que si me hubiera apeado en aquel momento, quizá hubiese tenido más suerte. Pero no lo hice. Me quedé allí, dentro de la camioneta. A mi alrededor todo era agua. La lluvia repiqueteaba contra el parabrisas de un modo infernal. No sería extraño que lo reventara, pensé, y esa idea me devolvió la tranquilidad.

Lo cierto es que la camioneta se había atascado en un bache. Nada extraordinario, después de todo. Ya se sabe que las calles del Vedado, al igual que otras muchas en La Habana, están llenas de huecos, algunos muy grandes y peligrosos para cualquier vehículo. En uno de esos vine a caer. Sólo con una grúa se hubiera podido sacar la camioneta de allí. Y el problema con estos baches, aparte de los atascos y los neumáticos ponchados, es que se inundan cada vez que llueve un poco fuerte. Una simple tormenta tropical los hace desbordarse, no digamos ya un huracán. Así que el nivel del agua fue ascendiendo hasta alcanzar el motor, y éste se apagó, como es natural.

Pero eso no lo supe hasta mucho después. En aquel momento no sabía ni hostia. Encerrada en la camioneta, me molestaban el olor de la sangre, tan parecido al del cobre, y el calor. Porque había mucha sangre y mucho calor. Al menos así lo recuerdo. Me preguntaba si no sería conveniente bajar los cristales, para que se fuera el aire viciado y entrara toda esa lluvia demencial y todo ese viento que rugía como los mil demonios… Entonces fue cuando sentí el otro golpe. Ése sí me dolió. Muchísimo. Pero sólo por un segundo, o quizás menos. Tras el dolor, vino la calma. Una rara sensación de plenitud, de bienestar. Podía oír la lluvia y el viento, sí, pero muy atenuados, como si estuvieran a miles de kilómetros de allí. Luego me entró sueño. Poco a poco, me envolvió la oscuridad.

No tuve suerte. Desperté en la sala de emergencias del hospital Fajardo. Me habían puesto una transfusión, un suero, una máscara de oxígeno, un vendaje alrededor de la cabeza y no sé cuántas cosas más. ¡Hasta me habían cambiado el vestido por una especie de batilongo gris! Qué rabia. Mi primer impulso fue el de arrancarme todos aquellos trastos, incluido el batilongo. Pero no pude ni mover un dedo. Me sentía muy débil, mareada, con una jaqueca espantosa.

Apenas la enfermera vio que yo me había despertado, salió corriendo. Enseguida apareció un médico. Un gordo cincuentón, con cara de cumpleaños. Lo primero que me dijo fue: ¡Ajajá! ¡Así que tenemos los ojos verdes! Y se abalanzó para estudiármelos con una linternita. Luego me quitó la máscara de oxígeno y me preguntó cómo me sentía, y también mi nombre, dirección, teléfono, parientes cercanos, etc. No le respondí nada. No tenía ganas de hablar. Él aceptó aquel silencio como lo más natural del mundo. Me preguntó si yo podía oírlo. Asentí con los ojos (hacerse el sordo es mucho más difícil que hacerse el mudo, al menos para mí). Entonces volvió a ponerme la máscara y habló él. No recuerdo todo lo que dijo, sólo algunas cosas. Lo que había caído encima de la camioneta era un álamo. Claro que no me golpeó de lleno con el tronco, pues en tal caso me hubiera hecho papilla. Vamos, quien haya visto álamos sabrá que pueden ser más altos que una casa de dos plantas. Éste, en su caída, aplastó primero una cerca, unos arbustos, un automóvil, y al final sólo tocó la camioneta con una de sus ramas. Yo llevaba tres días inconsciente. Aparte de la herida en la frente, que hubo que suturar, no tenía otras lesiones visibles. Me habían hecho algunas radiografías y pruebas, y nada. Todo parecía estar en orden. Pero no había que confiarse. La conmoción había sido muy fuerte. Yo debía permanecer allí, en observación, unos días más. En cuanto a lo de hablar… –sonrió–, pues no había prisa. Ya hablaría más adelante. Por el momento era mejor que guardara reposo absoluto.

Cuando el gordo se fue, eché un vistazo en derredor. En la sala de emergencias había otras camas y otros pacientes, familiares de los pacientes y amigos de los pacientes y de los familiares, enfermeras y novios de las enfermeras, la que limpia el piso, la que prepara el café, el que vende pirulíes… Nada, que aquello parecía el camarote de los hermanos Marx. Todos charlaban, discutían, opinaban, interrumpiéndose unos a otros. En lo alto de una pared, frente a la hilera de camas, había un televisor encendido. A todo volumen, por supuesto. Conque “reposo absoluto”, ¿eh?

Me puse a mirar la TV. Las aventuras de Michelle seguían acaparando la atención. Tras salir de acá, había continuado su paso con rumbo Noroeste por el Golfo de México, y ahora estaba acabando con la Louisiana o con la Florida, no recuerdo bien. En cuanto a Cuba, el ojo del ciclón había cruzado por el centro. A la capital sólo habían llegado las bandas exteriores. O sea, la parte más “floja” del fenómeno. Lo que yo había visto en mi accidentado paseo, toda aquella furia de agua y viento, no era nada en comparación con lo que había pasado por el centro de la isla grande, al que más tarde la UNESCO declararía oficialmente “zona de desastre”. Hacia allá se había dirigido buena parte de la prensa nacional e internacional. Las imágenes tomadas desde el aire, que aparecían ahora en pantalla, eran todo lo horribles que cabía esperar. Pura devastación, igual que en la costa caribeña de Centroamérica.

Luego transmitieron un reportaje acerca de un pueblito llamado Jícara, en la región central. Era uno de esos bateyes insignificantes que ni aparecen en los mapas. Si recuerdo el nombre es porque me hizo gracia que los lugareños se autodenominaran “jicarenses”. En verdad Michelle se había ensañado con aquel sitio. No quedaba ni un bohío en pie, ni una palma, nada. El aspecto de los jicarenses era muy similar al de los damnificados centroamericanos. Entre ellos no había indígenas. Sólo negros y mulatos. Por lo demás, a simple vista se les notaba la miseria, el hambre, el desamparo. Y ahora, para colmo, les había caído un huracán. Sin embargo, cuando el periodista les preguntó cómo se sentían, ellos respondieron que muy bien. Oh, sí. Maravillosamente bien. Cualquiera hubiese creído que ironizaban, pues a fin de cuentas la pregunta era un poco idiota. Pero no. Los jicarenses hablaban en serio. ¡Se sentían muy bien! ¡Habían soportado el huracán, sí! ¡Y soportarían todo lo que tuvieran que soportar por la patria y la revolución! ¡Y lucharían contra el imperialismo yanqui, sí! ¡Hasta la última gota de sangre! ¡Y que viviera por siempre el inmortal comandante en jefe! Todo eso lo soltaron a grito pelado, agitando los puños con frenesí, como para que no quedara la menor duda acerca de lo bien que ellos se sentían. Válgame Dios, pensé, y luego dicen que yo estoy loca… En la sala de emergencias se escucharon algunas carcajadas. ¡Mira p'a eso, por tu vida! ¡Están del carajo, esos guajiros ñongos! ¡Jo jo jo! Creo que nadie reprendió a los risueños. Ya se sabe que la gente de ciudad suele ser un tanto burlona con la gente de campo.

Si de veras el gordo creía que yo iba a decirle algo acerca de mí, estaba muy equivocado. Nada le dije, ni mi nombre. ¿Para qué? No era asunto suyo. Permanecí varios días en silencio, más callada que una ostra en el fondo del océano. Él trataba de sonsacarme, cada vez más nervioso. Me decía que los pacientes anónimos no estaban permitidos, que él no era mi niñera y no tenía por qué aguantar mis caprichos, y hasta me amenazó con remitirme al psiquiatra. Pero no consiguió nada. En cuanto pude, me fugué del hospital. Sólo entonces me enteré de lo otro.

Como se conoce, las bandas exteriores de Michelle causaron un sinnúmero de estragos en La Habana. Derrumbes, penetraciones del mar, gran parte del tendido eléctrico por el suelo, junto a los cables del teléfono, árboles y toda clase de objetos que normalmente no vuelan, pero que los vientos habían hecho volar. También dejaron alrededor de una decena de víctimas fatales. Eso no es mucho para una ciudad con más de tres millones de habitantes, de modo que no hubo catástrofe humanitaria. Sólo que una de esas víctimas fue mi hermanito el Bebo. Encontraron su cuerpo tirado en la calle, a unas cuadras de casa. Estaba muy magullado, con fracturas múltiples, una de ellas en la base del cráneo. Qué sucedió exactamente, no lo sé. Creo que nunca lo sabré. Dadas las circunstancias, me temo que resultaría muy difícil, tal vez imposible, averiguarlo. Y para qué especular, para qué, me pregunto, si de todas formas él no va a volver…

Ahora estoy sola en nuestra casa del Vedado. Ya ni sé por qué digo “nuestra”. Debe ser por la costumbre. El permiso de Inmigración aún no llega. El amigo de papá sigue enviándome algún dinerito mes tras mes, y con eso voy tirando. La camioneta Ford, como es de suponer, después del incidente del bache y el álamo, pasó a mejor vida. Tengo una cicatriz bien fea en la frente, pero me da igual. Si la oculto detrás de un flequillo es para no llamar la atención en la calle. No soporto que los extraños anden mirándome, siempre me ha gustado pasar inadvertida. No voy a acudir a un cirujano plástico, suponiendo que esa posibilidad estuviera a mi alcance, por la misma razón que no voy a tener un perro, ni voy a ocuparme de arreglar el jardín, ni voy a intentar escribir una novela… Nada de eso tiene sentido para mí. Porque persisto en mi decisión. Vaya si persisto. Cada año, desde el 1ro de junio hasta el 30 de noviembre, que es la temporada ciclónica, me dedico a ver los noticieros en la TV. Así me entero de lo mal que anda el mundo y de lo bien que está todo en mi país. Pero lo que más me interesa es el parte meteorológico. Oh, sí. No me pierdo ni uno. Como Penélope a su Odiseo, yo espero un huracán.

 

© Ena Lucía Portela

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ena Lucía Portela | Cuba, 1972 | Narradora y ensayista. Premio Juan Rulfo de Cuento 1999. Ha publicado las novelas El pájaro: pincel y tinta china (1997), La sombra del caminante (2001) y Cien botellas en una pared (2002, Premio Jaén de Novela); también es autora de los libros de relatos Una extraña entre las piedras (1999) y El viejo, el asesino y yo (2000). Sus cuentos y ensayos han aparecido en numerosas antologías y revistas.