GROOVYNOL
Carretera a Masaya, kilómetro 9½. Cualquier momento después de las 3.
Rojo.
Azul.
Amarillo.
El mantra. Ritmos asimétricos acelerados revolucionan sobre su propio eje destrozando la correcta forma de armar un silogismo.
Para todos los efectos las pastillas estaban disponibles, causando no alucinaciones, sino nuevas percepciones, reinterpretaciones, realidad reencontrada. El juego de luces psicodélicas disparadas como rayos catódicos sobre la retina, dibujando imágenes retransmitidas desde los nervios ópticos al cerebro. Gurús evangélicos gritando por la democracia de los cementerios, pues todos ahí están muertos. Las venas revierten su marea al retumbo de la biblioteca de sonidos recompuesta hacia histéricos ritmos drum n' base, convirtiendo la carne en sustancia viscosa, moldeable a la fuerza centrifuga del delirio en la zona de guerra creada por el caos: La inundación de taladros mecánicos acompasados a 180 beats por segundo, atmósfera cristalizada en onda de impacto ante los breaktimes.
El concreto no es más que frágil arcilla esperando la nota correcta, la vibración exacta que lo fracture. Las bolsas de carne en la pista chocan unas contra otras en mosh de huesos rotos y músculos desmembrados como trofeos de festival caníbal. Aniquilada la audiencia, la pesadilla quántico-auditiva continúa hacia el silencio de una selva urbana, el rumor del monstruo de asfalto, metálico pitón respirando durante el sueño digestivo de seis meses de duración. Dentro de la bestia las armonías del mundo –ruido caliente de aires acondicionados, refracciones de vehículos, cajas registradoras y bombas de gasolina con el cuello roto derramando derivados de petróleo– se van difuminando en el espectro nocturno urbano, la ciudad halógena. Madrugada de gasolinera y taxistas bandoleros.
La sobredosificación, todavía sin atenuar, me permite ver entre mis dedos un punto brillante, una luciérnaga que se devora a sí misma como chispa eterna: fuego, alitas de vidrio, patas de alambre. Abre sus alas, da dos vueltas en mi palma, entonces salta hacia mi boca. El insecto se deja ingerir, suicida entre mis dientes; yo masticando sus partes desarticuladas con mis mandíbulas y mi garganta, llevándome al inconsciente por culpa de una asfixia pasajera. Las consecuencias de la tecnología médica hiper-sensorial terminan cuando caigo en una parada de bus en carretera norte, empalme San Benito. Las semejanzas de mi caída con Being John Malcovich saltan a la vista.
Camino a casa tengo mucho asfalto que recorrer. Ruta babilón.
© Rodrigo Peñalba Franco |