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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

KAZALCAN Y LOS ULTIMOS HIJOS DEL SOL OCULTO

 

DESDE HACE VARIOS días el paisaje no ha cesado de transformarse quitándose las capas de húmeda piel hasta irse quedando en cuero y hasta en huesos. También Kazalcán ha verificado en sí mismo un cambio similar. De Ushtantubal salió expansivo y animado, casi eufórico, mirando los pájaros, hablándole a los vientos, compartiendo alguna reflexión, dando consejos alegres a los tamemes y sirvientes. Sus ojos eran del mundo exterior cuando salió de Ushtantubal. Ya al llegar a Cambalum — Tierra de los Siete Ancianos, ciudad costeña donde arribaron en barca los señores titulares — , sus ojos empezaron a buscar los otros pájaros y vientos de parajes interiores. Ya en la marcha hacia Tzo iba absorto e infranqueable. Bien le habían dicho sus mentores: el viaje a Tzo, le dijeron, es uno hacia adentro.

Ha llegado al fin a tierras habitadas por dunas y cactos; asediada por laderas y desfiladeros; horadada por cuevas en peñones y riscos; tierra legendaria de penitentes, otrora campo agreste de batalla entre idolatría sanguinaria y dioses de paz traídos por los señores titulares de tierras del oriente tragadas por el mar. Kazalcán se ha quedado absorto en lo alto de un risco, observando, abajo, la humildad con que Ciudad de Penitentes — apenas unas cuantas edificaciones pétreas de antiquísimo abolengo — se deja tocar entera por Topuc. Kazalcán hace señas a unos servidores para que lo dejen solo. En cuclillas sobre un montículo de rocas observa ensimismado la ciudad, hasta cuando el movimiento de un animal rastrero lo saca de sus meditaciones. Es un pequeño cantil tamagaz cuyo cuerpo se pierde en la hendidura de unas piedras, dejando su cola por fuera, con el rojo de la amenaza agitándose como estandarte ponzoñoso, moviéndose por impulsos del veneno como si el veneno mismo tuviese voluntad.

Tamagaces humanos habitaron estas mismas tierras hace mucho. En las cuevas de peñascos y riscos llevaron a cabo ceremonias depravadas. Millares de niños fueron sacrificados. Los adultos ni se diga. Corrió la sangre casi hasta volverse ríos y formar cañones con la ayuda del tiempo. Tal vez por eso es rojizo el suelo de este desierto, y la cola de alacrán, o alacrancillo, hace brotar por montones los coágulos, disfrazándolos de inocentes flores moradas. La sangre se comió la lluvia en estas tierras, y no la devuelve, se dice acá. Luego llegaron los señores. El Señor Vacob reclamó estas tierras para que en ellas los hombres adoraran a la innombrable deidad, el Sol Oculto, e instauró, luego de batallas terribles en las que tanto solares como sacrificantes perdieron gran parte de sus respectivas huestes, el ritual sagrado de entrada al selecto aprendizaje. Esas mismas cuevas fueron entonces ocupadas por hombres y mujeres santos, quienes las utilizaron para realizar y perpetuar ritos y ceremonias y para transmitir enseñanzas traídas por los señores de oriente, entre ellas, la de la manifestación de las deidades por un proceso de emanación o de desenvolvimiento de dentro afuera; la del espacio abstracto y el movimiento abstracto absolutos —la pura subjetividad y la conciencia incondicionada—; la de los cuatro soles cosmogónicos que desaparecieron destruidos por jaguares, huracanes, una lluvia de fuego y un diluvio, y la del gran aliento cíclico y sus secretas duraciones, además de otras muchas enseñanzas tanto más complejas e inauditas que requerían para su transmisión de vehículos humanos muy bien entrenados. Este tipo de conocimientos tenía que contrastar violentamente con las prácticas y enseñanzas de baja estofa de los sacrificantes que por miles atestaban la región con su supersticiosa idolatría y sus incontables panteones plagados de cultos a muertos y a manifestaciones de fuerzas inferiores, que pronto eran elevadas a categoría de dioses de tribus susceptibles al chantaje, y destronadas y cambiadas por otras de naturaleza igual o peor de ruin. Así pues, estos fueron, poco a poco, aislados en el norte de Tzo, exactamente en Votztzó o Tierra de Lujuriantes, en donde degeneraron aún más sus prácticas y se enfrascaron en luchas intestinas que finalmente, después de cientos de años, los hizo casi desaparecer. Unos pocos, se asegura, recopilaron esas enseñanzas y las transmitieron a sus discípulos, creándose, así, una jerarquía oscura, resabio de viejas razas. Por lo tanto, la hechicería y las voluptuosas ceremonias de evocación aún podrían estar siendo practicadas en esa ciudad.

Probablemente sean esas luchas ancestrales las que Kazalcán esté tratando de recrear mientras observa la hendidura por la que la cola ponzoñosa del cantil tamagaz por fin ha desaparecido. ¿Qué parte de la sangre de la reciente Tzo o de la degradada Votztzó llevará en sus venas Kazalcán? Sus ojos apuntan ahora a la Ciudad de Penitentes adonde habrá de realizar, después de tantos años de preparación, el ritual de entrada al aprendizaje superior junto con sus queridos Obracán y Vactalú, quienes también han hecho méritos. Kazalcán parece ansioso. Deja el montículo y camina, raudo, hacia el grupo que acompaña su peregrinaje. Se dirige a un joven tameme que, sentado en una roca solitaria, le hace nuevas cicatrices a la aridez del suelo con un tallo seco de huisquilite.

— Anda y mira que baje un mensajero a anunciar nuestra llegada — le dice, y, aunque afanosa, la voz le sale torpe, como sale cuando se tiene días sin usar.

El tameme lo mira, inexpresivo; deja el tallo seco en el suelo y se levanta displicente como quien se despierta de un sueño profundo. Eso pasa a veces en el viaje hacia el desierto de Tzo, consecuencia del ensimismamiento en que se sume uno. A algunos hombres, sobre todo a los hombres comunes, el ver demasiado hacia adentro les produce depresión. Kazalcán se acerca al tallo seco de huisquilite, mira el suelo: en él ha rasgado el tameme figuras de pájaros, árboles frondosos y unas chozas. Hombres afuera de las chozas.

Fragmento de la novela inédita Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto

 

© Mauricio Orellana Suárez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mauricio Orellana Suárez | El Salvador, 1965 | Ha publicado Zósimo y Geber (cuentos, 1995) y la novela Te recuerdo que moriremos algún día (2001). Entre sus obras inéditas destacan: La marea (Premio Único, Juegos Florales Salvadoreños, 1999) y Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto (Finalista Premio Planeta de Novela 2002).