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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

BORGES Y YO

 

Murió en un asilo de Frankfurt el escritor dominicano Vicente Luna, discípulo de Pedro Henríquez Ureña, y considerado por los escritores de la revista Sur como un niño genio (recitaba a Virgilio en latín a los 9 años). A la muerte de Pedro Henríquez Ureña, pasó a ser un protegido de Borges, más tarde se convirtió en su asistente personal, relación que duró más de dos décadas. Dejó a Borges en medio de una disputa y publicó con éxito dos libros de cuentos. Acusado y condenado por plagio, desapareció. El siguiente texto, encontrado en el testamento de Luna, está causando polémica entre los eruditos de Europa y Latinoamérica. Me llegó gracias a la amabilidad de Salvador Luna, sobrino del escritor, y gracias a Miguel De Mena, quien me puso en contacto con él. Muchos han querido ver en la figura de Miss Chesterton a María Kodama (nadie ignora que Kodama era una estudiosa de Chesterton y que cuando conoció a Borges pasaron horas hablando de él). Otros alegan que Miss Chesterton fue un amor platónico y tiránico de Borges. Por favor, lean cuidadosamente estas líneas y saquen sus conclusiones. Yo, tal vez por ser dominicano, tal vez por romanticismo, tal vez por piedad, creo en Luna.

 

Jorge Luis Borges y yo

 

Ahora que me ganó el olvido narraré mi historia. No para convencer a nadie, pues nada tengo que justificar. Sé que los fanáticos del maestro, muchos, yo entre ellos, continuarán creyendo lo que él, en sus penosos últimos años, denunció. No importa. Esperé su muerte. Esperé mi muerte. No quería un circo al lado de un moribundo. Me faltaba valor para ver al ciego espectro de un amado genio con bastón, azuzado por Miss Chesterton, recitando diatribas en una lucidez sospechosa. Y menciono a Miss Chesterton –dudo del apellido– porque ella fue la instigadora del problema. Me engañó por completo. Buscó mi amistad. Se acercó poco a poco. No ocultaba su admiración por el maestro, inteligente estrategia, pero me trataba como a un individuo, y no como la parte mediocre de un dúo genial.

Miss Chesterton se interesó por mis escritos, elaborados antes de trabajar con el maestro, recuerden eso. Después dijo que esos cuentos, publicados con éxito y traducidos al francés, al italiano y al dinamarqués, fueron calcos de sus historias, empezando el escándalo y luego la vergüenza que trae consigo la palabra plagio. En fin, ella, como única heredera del maestro, también heredó mis regalías después de la vergonzosa decisión de jueces xenófobos.

Por otra parte, Miss Chesterton es una mujer hermosa, con un acento inglés aprendido con perseverancia, olor a sándalo, aroma favorito del maestro. Yo tenía quince años sin compañera; mis ocupaciones con el genio, cumplidas con devoción, me hacían repugnante a los ojos de las mujeres. Fui presa fácil. La presenté al maestro. Esa tarde estaba nostálgico, rodeado de voces, sentado en la banca de la terraza tomando su baño de sol.

"¿Chesterton?", preguntó el maestro. Aparecieron las crónicas del padre Brown. Ella sabía de memoria, palabra por palabra, la obra entera de Chesterton, codiciado antepasado. Cuando le narró, con puntos y comas, el relato del Superhombre, el maestro ya estaba comiendo de sus manos. Verbigracia:

El maestro, en su memorable cuento El Sur, escribió:

"El hombre que desembarcó en Buenos Aires se llamaba Johannes Dahlman y era pastor de la Iglesia evangélica..."

Yo, en mi humilde relato Going South, escribí:

"El joven que bajó del avión en Santo Domingo respondía al nombre de Juan Dalmau y era ministro de la Iglesia Adventista..."

Las diferencias, aun obviando la geografía, son muchas. Que los dos personajes llegaron a un país para empezar una nueva vida puede ser considerado, sin ninguna objeción, coincidencia; que a los descendientes de los dos personajes les ocurren accidentes que los llevan al borde de la muerte no debe ser motivo de sospecha; que ambos, en la convalecencia, escuchen a sus amigos y parientes con un débil estupor y se maravillen de que no supieran que estaban en el infierno no debe levantar las cejas de críticos sin talento para urdir laberintos. Y aunque Hemingway aconsejaba al escritor novel a robar, yo no me adhiero, ni apruebo, este consejo.

Swift, en Letter of Advice to a Young Poet, escribió: Verba non invita sequentur. Este verso lo encontramos en Horacio, Arte Poética, 310. El verso completo es: Verbaque provisam rem non invita sequentur. (Y una vez la idea clara, las palabras seguirán sin dificultad); Swift, en Letter of Advice to a Young Poet, escribió: Mens ingenti litterarum flumine inundata. (La mente inundada por el ingente río de letras.) Este verso lo encontramos, idéntico, en Petronio, Satiricón 118, 3. Swift, en Letter of Advice to a Young Poet, escribió: Genus irritable vatum. (La raza irritable de los poetas.) Este verso lo encontramos, idéntico, en Horacio, Epístolas 2, 2, 102. ¿Por qué nadie se atrevió a enarbolar entonces la bandera del plagio ante Swift? ¿Puede el venerable Swift copiar impunemente a los venerables vates romanos y a nadie le interesa? Claro, el deán Swift, admirado por De Quincey, era europeo. Yo, orgullosamente, soy dominicano.

Verbigracia, el maestro, continuando con su cuento El Sur, escribió:

"Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia."

Yo, continuando con mi relato Going South, escribí:

"Todomundo sabe que el Sur comienza al cruzar la Luperón."

"Nadie ignora", escribe el maestro. "Todomundo sabe", escribo yo. Cualquier persona pensante y sin prejuicios puede ver que entre "Nadie ignora" y "Todomundo sabe" existe una diferencia comparable a dos ríos profundos. Y nada digo del neologismo inaugurado por mi persona, ya tan copiado, de escribir "Todomundo" en lugar de "Todo el mundo", dándole una inmediatez neocaribeña al cuento. Que ambas historias terminan en un duelo, con la diferencia de que en Going South mueren los dos duelistas, y en El Sur, asumimos, no es un hecho, que sólo morirá Dalmau, digo, Dahlman, es en literatura una nimiedad. Además, Bernardino Rivadavia fue el primer presidente de Argentina, por diecisiete meses; Gregorio Luperón fue presidente provisional de República Dominicana, por catorce meses; que también ambos hayan sido la cabeza dominante de un triunvirato en una época de inestabilidad política y social es una coincidencia histórica que nada tiene que ver con la ficción. Señores, ¡los escritores no somos responsables de la historia pasada! Imagino que si por algún avatar futuro y atroz el destino me deparara la ceguera, no faltarían detractores que tomarían esa desventura por un plagio.

Nada diré sobre las jurisprudencias y posteriores condenas por otras obras mías como Eva Suns, Las ruinas rectangulares, La forma del machete, La muerte y el barómetro, Munes, el laborioso, Hombre de la esquina morada, El conuco de los senderos que se duplican, y tantas otras historias, fíjense que no las catalogo como cuentos, como hacía el maestro, de mis libros Artefactos y Aflicciones. Sólo diré que no es lo mismo escribir una historia siendo un argentino culto, devoto de la prosa inglesa, que escribir una relato siendo un dominicano culto, devoto de la prosa en inglés. Las historias llevan consigo la intención, las experiencias del escritor, eso las hace diferentes. Esa misma tesis fue justificada, ¡oh, recurrente coincidencia!, por el mismísimo maestro en su apología del ilustre Pierre Menard, verdadero autor de El Quijote.

 

17 de junio de 1986, Lima, Perú.

Pseudónimo: Vicente Luna

 

© Juan Dicent

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Dicent | República Dominicana, 1969 | Nació en Santo Domingo. Ha publicado poemas y relatos en revistas dominicanas y tiene una mención de honor en el concurso de cuentos Casa de Teatro 2000, por Un día en la Ciudad. Ha sido antologado en Pequeñas Resistencias 4, Antología del Nuevo Cuento Norteamericano y Caribeño (Páginas de Espuma, 2005) y es autor del libro de cuentos Summertime (Shampoo, 2005). Blog: blogworkorange.blogspot.com