LA TINTA DEL OLVIDO
“Quisimos preservar la memoria y no logramos más que aniquilarla”, repetía todo el tiempo mi padre. Para él nada tuvo en el mundo tanto poder de sugestión como aquella misteriosa sustancia, volátil y nerviosa, que fue conocida como la tinta del olvido. Se jactaba de haber escrito con ella y se lamentaba de haber sido uno de sus fanáticos; pasó los últimos años de su vida trazando garabatos con la inefable pluma de ganso, que remojaba una y otra vez en esencias vegetales preparadas por él mismo con la corteza de los árboles del patio.
Mi padre nació el mismo día que terminaron la construcción de Eniac, un monstruo de máquina de treinta toneladas de peso y que trajo al mundo la tinta del olvido. Los primeros que se dedicaron al manejo de estos artilugios, alquimistas de la memoria en un tiempo devorador de sí mismo, fueron tenidos por seres raros y vistos con desconfianza, pues pertenecían a un grupo de gente que operaba realidades apartadas de todo lo demás. La tinta del olvido tuvo al comienzo usos militares, científicos, de tecnología secreta, financieros y políticos; no fue sino hasta treinta o treinta y cinco años después del advenimiento de Eniac que surgió como medio al alcance de todo el mundo, fenómeno que se vio acompañado de un boom comercial como nunca se había dado en la historia. Aquella época presumía de haber dotado a cada individuo de una fuente virtualmente inagotable de la famosa sustancia. Las empresas dedicadas a esta línea obtuvieron pingües ganancias en todo el planeta; y el furor que despertaban crecía y crecía, sin que se supiera dónde ni cuándo podría detenerse.
La tinta ofrecía información sobre todas las cosas, daba respuestas a todas las preguntas y manipulaba todas las ilusiones. Ahora vemos que no es bueno que el hombre se sienta capaz de superar la velocidad natural de la mente. “El pensamiento corre más que el viento”, escribió el viejo Sófocles hace muchísimos años; una afirmación que merece ser meditada siempre.
El problema mayor no provino de que supiéramos de todo sobre todas las cosas, sino de que llegáramos a eso que se llamó la sustitución total. Nadie quería despegar la vista de su pantalla; pues ésta proporcionaba tanto una ilusión amorosa como un sentimiento de permanente hilaridad, aleladas ansiedades o sensaciones de sabor extático a la hora de masticar cualquiera de los concentrados comunes que se vendían en las tiendas de comestibles. Eran muchos los que se entretenían experimentando enfermedades olvidadas o sonidos agradables como el canto de los pájaros en la selva tropical y el concierto de los delfines en el mar. El colmo de los colmos fue el caso de un hombre que falleció tras vivir simuladamente la intensidad orgásmica durante siete semanas. El día que las máquinas dejaron de funcionar, fecha funesta, fueron millones los que ya no pudieron adaptarse a una realidad que encontraron demasiado irreal.
Las máquinas no se terminaron a causa de que fueran “imbecilizadas” por un caos general introducido desde la pista universal, sino que “murieron” repentinamente, sin preaviso, tras el ataque de un virus que indujo el mal conocido como SIDAT (Síndrome Internacional de Deficiencia Automática Transmitida), que primero se propagó por los cables de corriente eléctrica y luego por el aire y el polvo, de modo que no dejó espacio sin penetrar. Yo fui el único que, adelantándome a los hechos, hice construir un cuarto brujo donde practiqué el vacío e instalé un generador de energía. No lo digo por vanidad, pero el procedimiento de que me valí para poner a funcionar la pequeña usina, incontaminada, potente y silenciosa, es un homenaje al ingenio humano. Más adelante cuento algunas cosas relacionadas con esta experiencia.
Tanto oír historias sobre la tinta del olvido me despertó el instinto del comercio, pues mi padre siempre repetía que en aquellos tiempos y a través de las pantallas se movían miríadas de millones en ganancia sin límite. Que qué se había hecho todo ese dinero, solía preguntar. Fue así que al heredar mis extensos terrenos de Lepacón, Gualcececa, Sunsunquira, Gualgüilaca y Coquinteca, decidí convertirme en un empresario productor de papiro, pionero de este cultivo en el continente americano. Logré despegar con buen pie y el éxito ha coronado mis esfuerzos. Ésta es la verdad y no lo que dicen mis detractores: que patrocino y escondo a los miembros de una siniestra hermandad fundamentalista que, en breve, eliminará a todos los escritores importantes del mundo para que sólo mi nombre pueda destacarse en las hojas de papiro, tersas y lucientes, apetecidas por los pocos privilegiados de la tierra que pueden permitirse la lectura como arte.
Nosotros, los artesanos de la tinta, como me gusta que nos llamen, que al principio criábamos becerros para escribir en su piel y hoy cultivamos árboles de papiro, constituimos el futuro del mundo. Somos herederos de la más vieja y eficaz fórmula de sabiduría: “Quien domina la escritura lo domina todo”. Yo soy el gran proveedor; y no se crea que sólo de los consumidores locales, también de los internacionales. Menachem Zacarías II, rey de Israel, por ejemplo, está entre mis mejores clientes. Conservo una hermosa carta de su puño y letra, de la cual se hicieron diecisiete copias que llegaron a las manos de otros tantos monarcas y presidentes de Europa, Asia y América. En ella, Su Majestad elogia la calidad del producto que me compra, poniéndolo por encima del que importa de Egipto. El Parlamento Latinoamericano, que tiene su sede en las islas Santillana, emitió hace poco una disposición por la cual establece que sólo empleará papiro proveniente de mis plantaciones.
Aquí hablo extensamente del papiro, su cultivo y preparación; y de la tinta apenas doy vagas referencias, pues la revelación de su secreto únicamente podría traer calamidades a mis empresas La historia me ha curado en salud y no quiero que se repita con mis negocios ni la sombra de lo que pasó con la tinta del olvido.
La última asamblea general de las Naciones Unidas rechazó mi propuesta. En ella se contenía la base de un nuevo entendimiento entre el Norte y el Sur. Mientras que el primero seguiría como dueño exclusivo de las finanzas, nosotros podríamos equiparárnosle mediante el control de la escritura. Cubriríamos el proceso global: desde la producción de papiro en una extensa franja que le daría vuelta a la tierra, comprendida entre los 40º N. y los 40º S., hasta la redacción de todos los textos educativos, burocráticos, científicos, técnicos, comerciales y religiosos por las habilidosas manos de calígrafos salidos de nuestras escuelas. Esta iniciativa llevaba aparejado el más coherente plan de protección medioambiental que se haya concebido jamás: no sólo garantizaba la presencia de árboles en vastos territorios donde no los hubo nunca, sino que daba esperanzas para que el abastecimiento natural de oxígeno -tan precario desde la irresponsable destrucción total de la selva amazónica durante las dos primeras décadas del presente siglo- pudiera mejorar sustancialmente. También contemplaba la única solución sensata para el problema universal de las etnias que, por su incontenible atomización, ha hecho ingobernable el planeta. Si todas ellas uniformaran sus patrones de pensamiento y acción en torno al cultivo, preparación y manejo del papiro, entonces el mundo estaría en condiciones de hablar nuevamente de bien común, virtud ciudadana, racionalidad estándar y otras hermosas utopías cuya materialización bien podría ser nuestro aporte y legado histórico. En las visiones de mi sueño aparecen laborando juntos: actínicos, adamistas, alanos, albigenses, amorreos, bóers, cátaros, celtas, depredantes, ergotistas, fariseos, filisteos, goliardos, hippies, hortularios, iridiscentes, kampfalienses, lenguatroces, liquidacionistas, mamelucos, maratruchos, mirmidones, multiplicantes, nets, ojranistas, ostrogodos, oxonianos, partos, pogromistas, popotitos, punks, quididadores, rotarienses, saduceos, selenizantes, terrenales, vándalos, visigodos, yuppies y zigzaguistas. He mencionado, a guisa de ejemplo, sólo unas cuantas nacionalidades: todas mirando hacia un mismo sol que las alumbra, imán de atracción irresistible.
Muchos piensan y proceden como si la tierra fuera un bosque de papiro. Apenas unos pocos tenemos idea clara de los conflictos que nos condujeron a la situación actual. La penúltima de las grandes épocas bien podría ser llamada la del papel, ya que los seres humanos llegaron a depender absolutamente de sus propiedades. Y no se crea que sólo para escribir.
Primero fue la ropa. Una iniciativa de las naciones opulentas se propuso vestir con papel a cada habitante de las regiones pobres. De aquí nació, paradójicamente, una especie de neofiebre consumista, insoportable y contagiosa que se extendió a lo largo y ancho del mundo. Toda la población de la tierra llegó a ser forrada diariamente con ropa desechable, un récord que los escépticos creían inalcanzable. Se saltó de los discursos filantrópicos, que hablaban de lo mucho que se había podido hacer por el hombre en tan poco tiempo, a erigir una industria de la moda y de la alta costura. En París, por ejemplo, una firma sofisticada lanzaba colecciones prêt à porter cuyo atractivo residía en que estaban hechas con pulpa extraída de árboles diferentes: un año era el arce, otro el nogal, cedro, caoba, naranjo, pino, carreto, guanacaste, quebracho, laurel, san juan, pochote, liquidámbar, ceiba, etc. Hubo trajes para cuantas circunstancias y climas sea dable imaginar; tanto los llevaban aquellos soldados que combatían en los desiertos petroleros como los esquimales que pescaban entre los hielos del norte, los policías de las ciudades y los escolares de todos los países.
Las expectativas de consumo, disparadas velozmente a partir de esta revolución en la vestimenta, crecieron de manera incontrolable. Un técnico de la FAO, el doctor Charles Peach Melber, sostuvo que si había sido tan fácil darle ropa a toda la humanidad, entonces también sería viable hacer que nadie se quedara sin comer. Fue así como nació el papel comestible, base del plan alimentario más ambicioso y exitoso de todos los tiempos. En efecto, su creador demostró que podía diseñarse una hoja que contuviera el mínimo de elementos nutricionales para el diario y normal funcionamiento del organismo. Además de colaborar con su adecuada composición, su poco peso la haría muy transportable. Una vez que el proyecto pasó a ser ejecutado, el planeta se vio saturado por el nuevo producto. Las previsiones se cumplieron espléndidamente. Desde flotillas de aviones se arrojaban el alimento sobre territorios muy aislados y especialmente sobre las grandes ciudades-miseria, donde las condiciones de violencia impedían que la ayuda llegara de otro modo. Tantas hojas descendiendo en el aire, al alcance del que quisiera hincarles el diente, aseguraban una alimentación que a nadie costaba el menor esfuerzo. Pero también aquí lo que era de uso corriente para los seres comunes, estandarizado y simple, fue potenciado a productos refinados, destinados a satisfacer necesidades que no eran vulgares. Apareció un extraño ciudadano: el gourmet papelero, insaciable en su afición por el espárrago artificial que se obtenía con el procesamiento del sándalo, la langosta que venía del roble o del encino y las trufas del nogal. Cuando Charles Peach Melber vio las consecuencias negativas de su invento, entró en una profunda depresión. Escribió un libro desesperado, Ética y papel, y se suicidó espectacularmente en las gradas del monumento a Víctor Manuel, en Roma.
El ascenso de la neofiebre no se detuvo ante nada, ni siquiera ante las advertencias de unos cuantos locos que hablaban de que íbamos hacia la destrucción absoluta. Vino luego el motor de papel, que abrió las puertas al automóvil, avión y barco del mismo material. La casa y el edificio crearon una nueva y floreciente especialidad arquitectónica. Algunos ecologistas respondieron a las múltiples objeciones con el cuento del reciclamiento, una cancioncilla que sólo convenció brevemente. El aprovisionamiento de materias primas para las fábricas se volvió asunto de vida o muerte y negocio altamente jugoso, tanto que las mafias cocaineras dejaron su anticuada actividad y pasaron del polvo a la pulpa. En cosa de diez años desaparecieron los extensos bosques de Canadá, Rusia y Finlandia, debido a una tala y un tráfico clandestinos que ni ejércitos ni policía fueron capaces de detectar ni controlar. La selva amazónica fue arrasada en la década siguiente, y el gran río se metamorfoseó en la cuenca arenera del mundo.
Las corporaciones de la memoria estimularon esta voraz e incontenible papelización universal; y se valieron de un recurso muy sugestivo: inundaron el mundo con maravillosas máquinas de impresión. Nació un gusto inculto por la letra de molde y el afán de vender logró que cada individuo tuviera su impresora personal, que descansaba siempre junto a la fuente de tinta del olvido. Cada quien quiso reproducir por escrito cuantos desastres la humanidad había hecho; y así se multiplicaron los que por simple afán lúdico elaboraban sus propios periódicos, llenándolos de tonterías que a nadie más importaban, y luego los hacían circular por todos los países: mandaban ejemplares aquí y allá, en la distribución más insensata de que se ha tenido noticia.
Gracias a la tinta del olvido, también supimos que el derroche de papel había rebasado con mucho los límites reales y que las reservas forestales de todo el mundo estaban aniquiladas desde hacía bastante tiempo. Ahora las pantallas mostraban, en el instante mismo de encenderse, parajes desolados y desérticos; y luego fue que estas escenas se convirtieron en otras: las de millones de hombres esqueléticos destruyendo la maquinaria de la industria papelera y de impresión.
Con los años comprendimos que fueron los grandes empresarios, autoproclamados amos de la memoria, los que manipularon a la masa para que desmantelara cualquier instalación que tuviera que ver con el papel. Así sucumbieron también los recicladores, unos pobres ingenuos que creían remediar con tan débil recurso el inmenso mal que ya estaba hecho. La tinta del olvido fue declarada dueña exclusiva del universal reino de la letra, el icono y la voz, ya que estos tres elementos se unificaron con su poder. Las pantallas se impusieron sin que nada las adversara; se las veía en el interior de las casas o en las calles, en los campos, los automóviles y los centros de trabajo. Cada quien cargaba permanentemente la suya.
Todo se repartió entre dos mundos: el del olvido y el de la memoria. Los poetas fueron los primeros en prevenir contra la tinta del olvido y su manera de penetrar la conciencia de los humanos, que merced a su encantamiento se creyeron dioses sin serlo.
“No escapéis hacia la perdición”, gritaba Jonatán Gallardo, poeta estilita y visionario, constructor del estípite más raro de la tierra y que pronto le sirvió de morada y tribuna a la vez. La suya fue la protesta más importante contra la tinta del olvido. El estípite comenzó a erigirse el 2 de junio de 2006, en la extensa plaza que está frente a La Cagalera, y contó con el arrebato de unas cien personas que pedían a gritos el triunfo de la creación sobre la repetición. Pronto se sumaron unas cuantas más, llegadas de diferentes países. Desde su firme plataforma, Jonatán pronunciaba hermosas y proféticas palabras sobre el valor de la memoria. Ponía solamente una hilada diaria de ladrillos, lo que significaba una altura de aproximadamente diez centímetros. Al cabo del primer mes ya había ascendido más de diez metros, y sus entusiastas le alcanzaban cada mañana los materiales que necesitaba para proseguir la obra. Con el paso de los días, las semanas y los meses, esta operación tuvo que realizarse mediante cuerdas cada vez más largas y una garrucha sujeta a la estructura de hierro que iba por el centro. La voz impresionante, bien timbrada y potente del poeta, se oía despotricar muy temprano, justo al amanecer y al caer la tarde. Ningún ruido fue capaz de apagarla ni de competir con ella. Las firmas aludidas en los parlamentos acusatorios vieron bajar sus ventas, pero no dijeron nada y se sumieron en un profundo silencio. Alguien sostuvo después, al interpretar y comentar estos hechos extraordinarios, que tales empresas nunca se dieron por enteradas de lo que pasó y que en sus informes solamente hablaron de un loco encaramado en una columna con forma de pirámide invertida, etc. Pero cómo no iban a darse cuenta, si el poeta atacaba de frente el principio que les permitía obtener ganancias fabulosas. Decía diariamente: “La tinta del olvido no termina de brotar cuando ya te está pidiendo que compres una nueva máquina, porque la que digitas ha nacido obsoleta”.
Tres años después, la construcción tenía unos cien metros de altura; y como la base mayor se agrandaba cada vez más, se dejaron venir vagabundos de toda laya y gentes necesitadas para cobijase a su sombra, sin que les importara el mensaje de arriba ni el justo clamor de los que se congregaban para escuchar. En cosa de pocos días convirtieron aquel lugar en un espantoso hervidero que soportaba un palabrerío caótico y malsano, como el que imperaba en el mundo cuando la tinta del olvido comenzó su incontenible ascenso.
Del poeta no volvió a saberse ni oírse nada. Un día, la cuerda que recogía los alimentos y materiales ya no bajó; el desvencijado helicóptero de la Cruz Roja no encontró ningún resto de vida encima del estípite. Las conjeturas no se hicieron esperar, y una de ellas sostuvo que fueron las compañías tintaolvideras las que maniobraron para que Jonatán Gallardo desapareciera por completo.
Después de Jonatán Gallardo se desarrolló la poesía mural. Muchos rascacielos fueron levantados para exhibir las composiciones de los poetas. Por esta vía nació la lectura como arte y despegó una floreciente industria sin máquinas ni chimeneas. Los turistas empezaron a visitar aquellas construcciones revestidas con el texto de los poemas más valiosos; desfilaban ante ellas en manadas conducidas siempre por un guía, como antes lo hacían para ver las obras escultóricas o pictóricas de los museos. El muralismo poético no vale sólo como expresión genuina sino también como rescate de figuras y obras del pasado, la mayoría de las cuales no se encuentra en los papiros. Un ejemplo ilustre dejará una idea clara sobre alcances y límites: el Garcilaso de la Vega, edificio más alto de Toledo, está destinado a perpetuar la memoria del insigne poeta y los versos que lo cubren podrían leerse desde muchos kilómetros, de no haber smog. Pero ocurre que el poema expuesto no es tal, sino un amasijo de líneas que proceden de lo que recordó un anciano centenario antes de morir, casi en el instante mismo de la agonía. Todo lo demás se consumió con la sustancia perdida; así es como la ignorancia que se cierne sobre tan alta figura de la lírica es muy grande, y a nadie le importa, porque el principal signo de nuestro tiempo es la total pérdida del modo poético de entender y decir las cosas. Acaso aquí esté la verdadera causa por la que desapareció Jonatán Gallardo, pues un poeta clamante era lo más incómodo que podía brotar en esta era de la desolación espiritual absoluta.
La existencia triunfante de la tinta del olvido fue saludada por Maura Esquizábal en su poema La cocina y los condimentos de la memoria, que a pesar de su poca trabajada arquitectura era de fácil aprendizaje y por eso pudo transmitir de boca en boca la información sobre el completo exterminio de los árboles. Por aquellos mismos años, no antes ni después, los millones de desesperados que ya habían destruido las máquinas donde se papelizaba todo, se lanzaron contra cuanto tuviera que ver con el procesamiento del plástico, porque se dijo que la suya con la del papel eran vidas paralelas.
Tras esta situación vino la fase moribunda, pues se vieron drásticamente limitadas las posibilidades de reproducir los aparatos que soportaban la memoria, hechos todos de plástico. El primer año de los graves incidentes, esta industria se contrajo en un 50% y, a partir del siguiente lustro, sólo se pudo contar con plástico reciclado como materia prima. Pero poco tiempo después las plantas recicladoras también fueron atacadas, y la humanidad tuvo que dedicarse a cuidar las máquinas sobrevivientes. Nació un infernal saqueo y contrabando de piezas. Cada quien se volvió guardián celoso de su fuente de tinta del olvido. Y así vivieron los hombres hasta el día que las pantallas, afectadas por el virus, pusieron en blanco su suave curvatura, callaron y se paralizaron.
A la caída de la tinta del olvido siguió la desaparición de todas las cosas, de los nombres y de la memoria. Fue en medio de este terrible desasosiego que mi padre descubrió la utilidad de los gansos y propiedades tintóreas en las plantas del jardín. De su puño y letra salieron unos cuantos párrafos que dieron fe de lo que ocurría. Produjo un asombro enorme y se ganó la admiración universal. Como en el pequeño huerto existían unos cuantos árboles de papiro que supo aprovechar, pronto ocurrió que el corte diestro ejecutado por su mano, sagrado para quienes lo vieron la primera vez, fue aclamado como genuino aporte al nuevo nacimiento de la escritura.
Inicié la redacción de este libro de memorias en aquel medio extinto. Dispongo de la única máquina sobreviviente, cuya existencia nadie más que yo conoce. Es turbador por sí mismo este artefacto, hecho con partes que proceden de cuantos aparatos hubo en otro tiempo. Usted hallaría en su pantalla impresionantes colecciones icónicas, que en el común de los mortales sólo provocarían desconcierto. Pero no se crea que estoy intentando revivir lo que ya murió. Hay muchas cosas que no podrán volver a nacer. Hoy día las gentes se asustarían ante la imponente presencia -y no lo digo por el tamaño- de un armatoste así, y más si vieran surgir de su fuente la mismísima sustancia que trastornó a la humanidad de otros días. Yo la uso con fines lúdicos: cuando uno de mis hijos cumple diez años, le llevo con los ojos vendados al interior del cuarto brujo. Al quitarle la venda se siente como en otro planeta y goza viendo cómo la voz se transforma en letras y las letras se vuelven voz, un juego que bajo estas circunstancias no encierra ningún peligro. Después le saco con los ojos nuevamente cubiertos, y más tarde contará al grupo de sus amiguitos una experiencia en la que nadie creerá. No es, entonces, casual que se haya regado la fama de que tengo poderes, y una de las pruebas que exhiben es el éxito en mis plantaciones de papiro y demás negocios. No ha faltado quien diga que me desenvuelvo gracias al dominio de las malignas artes de la hechicería, pero yo me río de esas tontas ocurrencias que no pasan de ser una bola de chismes y rumores ignorantes. Claro que a veces se dan situaciones que no son para bromas. En la ciudad de Loudon, por ejemplo, descuartizaron hace diez meses a un pobre diablo, loco, que andaba ofreciendo sus servicios como conocedor de la aruspicina. Pero estos hechos son insignificantes, y nadie querrá ponerlos nunca en ningún papiro.
© Roberto Castillo |