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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

ME TOME LA LIBERTAD

 

Más le habría valido a Wilmots huir de aquel extraño en la primera ocasión que lo vio en el estacionamiento. El tipo fumaba un cigarrillo que despedía un olor dulzón, imposible de soportar. Era como si estuviese fumando tabaco cubierto de chocolate.

Luego de salir de la oficina, Wilmots observó que su automóvil lucía impecable. Alguien lo había lavado con esmero. El sol de la tarde se reflejaba sin dificultad en la superficie. Encontró una nota en el parabrisas. "Me tomé la libertad de lavar su vehículo". No estaba firmada, pero Wilmots supo de inmediato que el autor era el hombre que vio en el estacionamiento por la mañana. El olor empalagoso de sus cigarrillos se había quedado impregnado en el trozo de papel.

Tres días después, luego de un fin de semana en que el automóvil quedó cubierto de lodo, Wilmots recordó el favor que el desconocido le había hecho. Por ello no se animó a lavar el vehículo por sí mismo. Era un trabajo que detestaba. Su piel blanca sufría cortaduras por el jabón y el agua. Y qué decir del tiempo que perdía. Tampoco le gustaban los lavados automáticos, ya que nunca dejaban reluciente la carrocería. Prefería circular por las calles con la mugre del mundo en el parabrisas, resignado a esperar la siguiente lluvia. ¡Ah, pero todo cambió para bien! ¡Qué buen trabajo había realizado el hombre! Sin pedirle nada a cambio se tomó tantas molestias. ¡Ahora sí conduciría con orgullo por el vecindario, sin temer a las burlas de los vecinos!

Tal como Wilmots imaginaba, al salir de la oficina encontró que el automóvil lucía tan bien como el día en que lo compró. Lo revisó con ojo clínico, para encontrar alguna imperfección en la faena. Imposible. No pudo menos que admirarse. "Me tomé la libertad de lavar su vehículo, pues he notado que lo utilizó el fin de semana", decía esta vez la nota del parabrisas. Wilmots no tuvo que esforzarse para percibir el olor dulzón de los cigarrillos.

Tres días después, Wilmots se aventuró a dejar sin seguro una de las puertas del automóvil. Al regresar descubrió con agrado la nota de su benefactor. "Me tomé la libertad de limpiar también la parte interior de su vehículo. He notado que los ceniceros estaban sucios y que las alfombras necesitaban una sacudida". Los asientos despedían un ligero olor a vainilla, y no tardó en descubrir que un molesto zumbido en los parlantes había desaparecido. ¡Ahora podría escuchar su estación de radio favorita sin tener que soportar esos ruidos que lo fastidiaban! En las siguientes semanas también encontraría el aire acondicionado reparado, los asientos tapizados y el motor afinado. ¡Jamás pensó Wilmots tener tanta suerte! Se sentó en el sitio para el conductor, observó sus ojos azules en el retrovisor y se felicitó por su buena estrella.

Luego de varios meses de idilio, sucedió una tarde que Wilmots encontró un par de condones sobre una de las alfombras del automóvil. Era un pequeño detalle que le causó cierta molestia, pero que olvidó al instante. "Me tomé la libertad de invitar a una amiga a contemplar su vehículo". Wilmots observó el interior, el exterior y el motor. No había nada fuera de su sitio. Todo estaba bien. Decidió no darle importancia al incidente. "Es un pequeño favor que puedo hacerle", pensó. "Él me ha ayudado sin pedir nada a cambio".

Ése fue sólo el principio. A los condones siguieron prendas femeninas, paquetes nuevos de cigarrillos y revistas pornográficas. "Me tomé la libertad de invitar a unas amigas. ¡Deseaban conocer el automóvil del que les he hablado tanto!". Y cómo protestar, si el vehículo lucía cada vez mejor. El motor funcionaba muy bien, a tal grado que la esposa de Wilmots se animó a conducir de nuevo, sin temor a que un desperfecto mecánico la dejara varada en la calle.

Cuando Wilmots compró un segundo automóvil para su esposa, estaba seguro de que no recibiría el mismo trato que el primero. Se equivocó. Frente a su casa, Wilmots observó cómo el auto de segunda mano mejoraba su rendimiento y recobraba la belleza inicial. "Me tomé la libertad de reparar el vehículo de su esposa. No podemos permitir que sufra un desperfecto mecánico mientras ella lo utiliza". "Me tomé la libertad de pintar el vehículo de su esposa. Así se sentirá más a gusto cuando lo conduzca".

La esposa de Wilmots se sintió mortificada cuando descubrió que en ocasiones su automóvil desaparecía durante la mañana. Sabía que la familia estaba en deuda con el hombre que se empeñaba en atenderlos. Debido a los ruegos de su cónyuge no hacía ningún reclamo cuando su propiedad le era devuelta.

-Mujer, ¿no puedes ser más agradecida? -reclamaba Wilmots-. ¡Mira cuánto bien nos ha hecho esta persona!

Ella se sintió culpable por no ser tan comprensiva como su esposo. Por lo tanto, cedió ante el inconveniente, y permitió que su vehículo desapareciera de vez en cuando. No era para menos. El combustible utilizado en estas escapadas era repuesto con creces. El indicador siempre marcaba lleno.

-¡Debería llevárselo más a menudo! -dijo la mujer a su familia, muy contenta, una vez comprendió los beneficios del préstamo-. Ese hombre sí que es una bendición.

Luego de los vehículos fue la casa de Wilmots la que recibió los cuidados esmerados. Las goteras, obstrucciones de cañerías, losas rotas, azulejos manchados y escalones astillados dejaron de existir. La casa permanecía ordenada, la ropa en los armarios, los zapatos limpios y la alacena surtida. Los recibos de teléfono eran pagados el mismo día en que se recibían.

A cambio de estos favores el visitante se tomaba ciertas concesiones. "Me tomé la libertad de hacer una reunión con mis amigas. ¡No saben cómo les agradó la casa!", decía una nota que Wilmots encontró pegada con cinta adhesiva en la puerta principal. No parecía que hubiese ocurrido tal reunión, pues el orden era impecable, tal y como se acostumbraba en las últimas semanas. Sin embargo, los niños encontraron sus camas desarregladas y debajo de una de ellas había un látigo con rastros de sangre.

-Un olvido insignificante. Nada de qué alarmarse -dijo Wilmots, saliendo así al paso a las protestas de su esposa.

El siguiente cambio fue más importante para Wilmots. Su esposa y los niños comenzaron a salir con ese hombre. "Me tomé la libertad de llevar a su familia de paseo. Así tendrá tiempo de dormir la siesta por la tarde", era la nota que aparecía en la casa los fines de semana. Y tenía mucha razón. ¡Cuánto gozaba Wilmots de esas horas de descanso! Solo, tirado en la cama o en el sofá, sentía que la vida lo trataba mejor que nunca. "Me tomé la libertad de llevar a su familia a cenar". "Me tomé la libertad de llevar a su familia al cine". "Me tomé la libertad de llevar a su familia al lago".

Wilmots se sentía aliviado de sus tareas domésticas. Subió unos kilos, vio más televisión y logró por fin dedicarse a construir barcos dentro de botellas, un pasatiempo que había dejado de lado. "Me tomé la libertad de llevar sus modelos a una exposición. ¡A todos les van a gustar tanto como a mí". Lo único que le contrariaba era que su esposa descuidaba a los niños. "Me tomé la libertad de llevar a su esposa de compras. ¡No sabe cuántos deseos tenía de renovar su vestuario!". Wilmots llegaba a la casa por las noches y encontraba a los chiquillos hambrientos, desesperados por las muchas horas en soledad. Sin embargo, ¿cómo podía hacer algún reclamo? Los autos funcionaban mejor que nunca, la casa permanecía limpia y ordenada, las cuentas se pagaban sin que a él llegaran los recibos mensuales. "Me tomé la libertad de llevar a su esposa a una fiesta. Tenía muchos deseos de conocer a mis amigos". No había más que resignarse a ser comprensivo, comprar comida por teléfono y sentarse a la mesa con los niños, a quienes soportaba menos cada día.

Wilmots y su esposa ya no se veían. Ella llegaba a la cama de madrugada, y se levantaba antes del amanecer. Por los niños supo que la mujer regresaba a cambiarse de ropa en el transcurso del día, acompañada siempre por el hombre que la acaparaba. ¿Cómo podría reprocharle algo a esa persona, si le había brindado bienestar a la familia? En los últimos días les había obsequiado dos autos nuevos. "Me tomé la libertad de traerles estos vehículos. Es lo que ustedes merecen por ser una familia tan distinguida". Wilmots se sentía orgulloso de manejar una máquina tan poderosa y de bellas líneas. ¿Por qué arruinar una vida ideal con un reclamo tonto que podría ofender a este personaje?

Sin embargo, no pudo reprimir más sus instintos. ¿Cómo hacerlo, cuando su esposa comenzó a dormir fuera de casa? Explicaba que asistía a reuniones que terminaban en horas de la madrugada, por lo que no quería importunar a la familia con el ruido que provocaría a su llegada.

-¡Todo lo que hago es preocuparme por ustedes! -dijo la mujer-. ¿Y así es como me pagas?

A Wilmots dejó de gustarle la vida acomodada. Renunció a construir barcos dentro de botellas. En cambio, pasaba largas horas frente al televisor, y regañaba a sus hijos porque no dejaban de jugar dentro de la casa. A los niños les disgustó la idea de ser corregidos por un adulto en quien ya no reconocían a su padre. Wilmots prefería entonces marcharse a la calle. Ensuciaba sus automóviles, los llenaba de lodo y luego los escondía, estacionándolos en calles por las que no solía transitar. No obstante, parecía que el hombre que se llevaba a su esposa de fiestas lo espiaba para averiguar sus escondrijos. Los automóviles amanecían sin un gramo de polvo en la carrocería. Lucían impecables, como recién estrenados.

Wilmots decidió seguir a su esposa una tarde de domingo, en la que apareció como una exhalación por la casa para cambiarse de ropa, pues la que vestía olía demasiado a tabaco dulzón. La observó subir a un automóvil negro, de líneas discretas, conducido por el hombre a quien había aprendido a odiar en los últimos días, despacio, como un guiso que se prepara a fuego lento. Los siguió hasta una vivienda en las afueras de la ciudad. La pareja entró. Iban tomados de la mano. Wilmots estacionó el automóvil frente a la puerta principal. Bajó del vehículo y caminó hacia la entrada. No tuvo que forzar la cerradura. No estaba asegurada. Una vez adentro observó en todas direcciones. La limpieza y el orden le causaron repugnancia. No había la menor muestra de descuido. Los cojines estaban sobre el sofá. Las cortinas estaban recogidas por una cinta en el medio, para permitir una limitada cantidad de sol dentro de la casa. Al caminar por un pasillo se sorprendió de encontrar prendas de vestir junto a una puerta entrecerrada. Era lo único que no estaba en su lugar. Se aproximó. Escuchó gemidos. Observó dentro de la habitación. Era un dormitorio.

La cama era ancha, y sobre ella, su esposa cabalgaba a horcajadas sobre el cuerpo del hombre que había invadido la vida de su familia. Observó las manos de la mujer sobre el pecho velludo, y los senos pequeños que eran acariciados por unos dedos insaciables. El rostro de la mujer transpiraba placer. Era una expresión que Wilmots ignoraba. Jamás la había visto en su intimidad.

Wilmots retrocedió con torpeza. Arrastró los pies. Tropezó con las ropas que estaban en el suelo y perdió el equilibrio. Por más ruido que hizo no logró sacar a la pareja de su entrega. Estaban en su propio universo. Wilmots se levantó y salió con rapidez de la casa, corrió hacia su automóvil, abrió el baúl y sacó trapos y un recipiente plástico que contenía agua. Comenzó a frotar los trapos sobre la superficie del vehículo, a sacarle brillo a los espejos laterales, a quitar el lodo de los neumáticos. Esparció agua sobre las ventanillas y limpió los restos de polvo y lodo que sobre ellas había. Limpió luego los asientos, las alfombras, el timón, la palanca de cambios, los pedales. ¡Todo debía quedar muy limpio! Su esposa y el hombre con quien ella estaba tenían que enterarse de que él también podía mantener su auto sin manchas. No necesitaba de extraños que lo ayudaran a hacerlo. Aseó con esmero los guardafangos, las loderas, el cofre del motor, el techo, la defensa, la parrilla delantera. ¡Debía quedar más limpio que nunca! Las cuatro puertas, el retrovisor, el tablero de control. ¡No podía permitir que la limpieza tuviera un sólo reparo! Los faros, las luces de prevención, las matrículas, los ceniceros...

 

© Salvador Canjura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Salvador Canjura | El Salvador, 1968 | Ha escrito el libro de cuentos Prohibido vivir (Istmo Editores, 2000) y ha sido incluido en las antologías centroamericanas: Papayas und Bananen (Brandes & Apsel, 2002), Cicatrices: Un retrato del cuento centramericano (Anamá, 2004) y Pequeñas resistencias 2: Antología del cuento centroamericano contemporáneo (Páginas de Espuma, 2003). Es miembro de la Fundación Cultural Alkimia. Blog: tierradecollares.blogspot.com