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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

FEALLMHARU, EL EXECRABLE CABALLO MALEVOLO

 

La trayectoria que recorre este relato es pedregosa y tiene un par de curvas fuertes; por favor, sujétense bien, porque me dijo Alfonso Fraile que a mediados del siglo XVIII, en la aldea de Killkenny, Irlanda, dos hermanos eran hijos de un tal Fergus. El mayor se llamaba Fergus, como su padre. El menor se llamaba Fergus, como su hermano. La hacienda común consistía de una cabra, una gallina, un gallo, un pato, dos gansos, tres cerdos, una vaca, un becerro, un árbol, una hortaliza, heno, un riachuelo o arroyo, una casa, un establo, trastes, algunos muebles, un horno o fogón, una carreta, un perro y un caballo. Más adelante, en su lecho de muerte, descubrimos y descubren los hermanos y la madre de los hermanos, que Fergus señoreaba además un cierto terreno baldío en la vecina comarca de Brandubh. Enumero en principio los artículos de jurisdicción conocida, y esto con la minuciosidad sofocante del testador, para luego mencionar lo del solar, del cual nadie sabía nada y del que Fergus nunca habló, según mis fuentes, para que mis lectores retengan la inteligencia de todo aquello que el patrimonio de Fergus incluía, tanto de los objetos que constituían el haber familiar de acuerdo a lo que pensaban los dos hermanos y la madre, como de los objetos que ya dije más la tierrita de Brandubh, que de acuerdo a la divergente y mejor informada opinión de Fergus eran la suma y término de sus posesiones materiales. El patrimonio de Fergus, pues, se vio desde el inicio interferido por esta disensión. Tampoco quiero que algunos lectores equivoquen el motivo por el cual nombro cada bestia que fisgoneaba por la teneduría, habituados a esas historietas en que las animalias afectan una especie de rol en la trama, pues descontando al caballo, que sí juega un papel importantísimo, los mencionados más arriba no lo vuelven a ser más abajo. Dicho sea de paso: el caballo no habla.

Digo que Fergus, el hijo mayor, tenía como su negocio el mismo del padre, especificar el cual no viene a cuento. Basta decir que Fergus ayudaba a Fergus en las cosas que atañían a las cosechas y tal. No sé yo mucho de esas cosas, conque imaginémonos que eran campesinos que se ocupaban de su campo como se ocupan o se supone que se ocupan de su campo los campesinos. Fergus, el hermano menor, por el contrario, era un holgazán que andaba por ahí. La madre era abnegada. He aquí todos los personajes de la historia.

Me veo ahora en la dificultad de no saber qué poner delante y qué a continuación. Si ventilar las borracherías y fornicios del pequeño Fergus, que se arrastraba de jolgorio a juerga, compartiéndose con la inmundicia y la calígine de los arrabales del pueblo para luego con más brío revolcarse y revolcar el buen nombre de su familia en la pústula de la vergüenza, la tanda de la ignominia y la vesania de la carne, y entonces saludar la discreción y el esfuerzo de su hermano mayor, Fergus, que no sólo era notado, codiciado, alabado y admirado en su municipio de origen por sus buenas partes, su disposición al trabajo y la prosperidad de sus quehaceres, sino en los distritos más alejados de la región, o decir esto primero y aquello más tarde. Lo cierto es que en medio se balanceaba la reputación del padre, Fergus, a quien ya se le imputaban los vicios del hijo menor, ya las virtudes del mayor. Y así, ambas consideraciones eran moneda de una vasta extensión de tierra habitada, por donde a la vez se voceaba la liberalidad de Fergus para ejemplo de los buenos y escarmiento de los malos, y se ladraba contra la incontinente paganía de Fergus, para ejemplo de nadie y escarmiento de ninguno.

La madre aderezaba, tendía y entregaba a Fergus la buena camisa dominical con la misma expresión en el semblante con que, de madrugada, se levantaba palpando la tiniebla hasta hallar a Fergus, de bruces en el portal, lo remolcaba a la alcoba y le limpiaba el vómito del rostro. Quién sabe si mudaría su gesto cuando atendía a Fergus, su marido. No es improbable.

Es de saber que Fergus, el mayor, albergaba un secreto. Estaba enamorado de una huérfana que vivía sola en una casita de la comarca próxima. Era alta, de fogosa cabellera anaranjada y con el rostro cubierto con pecas de igual color. Fergus la amparaba, la alimentaba, la divertía y refocilaba su cuerpo en el de ella, que era firme y joven y pulposo. Entonces se despedía, la muchacha se quedaba triste y él regresaba a su casa. Se amaban con una ternura de animales pequeños. Con el objeto de acezar el misterio y empezar desde temprano a hilar la intriga, cabe señalar que esta muchacha se llamaba Treasa y que la casa donde vivía estaba en los terrenos de los que Fergus, antes de extinguirse, se declaró propietario. No se sabe por qué Treasa vivía allí, tampoco si sabía ella o no de quién era la tierra, aunque yo creo que no lo sabía, y que juzgaba los predios tan mostrencos y al garete como ella misma. También aviso que este asunto de la tierra no era una fabulación agónica de Fergus, una fantasía provocada por los desvaríos de la muerte, pues aparecieron títulos y escrituras cuya existencia nadie habría barruntado y que corroboraban su posición.

Pasó, como ya dije, que Fergus moría, y en medio de la tribulación y los espasmos que daba el alma por arrancársele del cuerpo, dejó a su primogénito, Fergus, la linde del canto familiar, y todo lo que ella abarcaba, contenía y nutría. Es decir, que le dejó todo. El pequeño Fergus, que se hallaba presente en la repartición, bien se creyó penalizado y desvalido, para siempre un apéndice de la manutención fraternal. Y todavía no pensó sino que le amargaban más la hiel del desheredado cuando su padre alcanzó a decirle que le dejaba a él no sé qué tierra, con todo lo bueno que ahí pudiera hallar si atalayaba con precaución y la aprendía a labrar y escardar, pues tuvo para sí que se burlaba. Lo mismo sintieron Fergus, el mayor, y la madre, y se estremecieron, porque la crueldad de un moribundo queda tan fronteriza con la Justicia Divina que no ha de ser más terrible la de un mercenario vengativo. Pero la conjetura era errónea por cuanto condonaba la falsa suposición de que Fergus era un hombre sencillo, falto de la inaccesibilidad mental y privacidad honda necesarias para mantener en secreto algo tan señalizado y presente como una finca. Asombrosamente los desengañó gesticulando al notario para que le entregara a Fergus, su último hijo, el certificado de propiedad. Éste lo recibió con oscuro bochorno. Fergus murió entonces y se llevó consigo el enigma de sus intenciones.

Así pues, Fergus no lo heredó todo, sino todo menos una tierra, y Fergus no lo perdió todo, sino todo menos una tierra. Y ambos se sentían insatisfechos. Porque ninguno de los dos podía hurtarse a la molestia que le ocasionaba saber que su padre había quebrado la integridad del patrimonio, por más que se repitieran, una y otra vez, que la tierra cedida al hijo menor no cualificaba derechamente como ítem patrimonial, pues era más bien un accesorio independiente que jamás había contribuido a la economía hogareña, por lo cual resultaba lo mismo qué cosa se hiciera con él y qué cosa no. En efecto, la herencia del primogénito era una antes de la revelación, dado que no se sabía de más cosas y nadie las concebía o esperaba, y seguía intacta después de la revelación, por idénticas razones, y ni antes ni después había por qué echar algo de menos. Pero la anunciación de Fergus en sus postrimerías había infiltrado agrias dificultades. Sus hijos experimentaban la inquietud de quien tarde se entera que alguno ha desleído heces en la bebida que tanto lo ha refrescado. Porque Fergus, el más joven, era fustigado por la piadosa ternura que transpiraba el acto de su padre y discurría, ayudado del inmerecimiento y la culpa arraigada, que no era correcto y gran injusticia haber quitado a Fergus y sacado de su lote para darle a uno de su ralea. Por su parte, Fergus, el primero, a duras penas lograba hacer conciencia de que nada le hacía falta, puesto que la satisfacción que le brindaba su análisis de la justicia del reparto, al tiempo que se fundamentaba en el hecho de que él no esperaba ni debía esperar lo que nunca había existido sino hasta el momento en que ya era propiedad de su hermano Fergus, era acechada desde algún hueco por la asfixia de sentirse víctima de la usurpación. De modo que la paz de cada uno era una gangrena soslayada, y se sentían conformes toda vez que observaran la precaución de no hurgarse los sentimientos, porque allí pacían, rayados como tigres, los escrúpulos sepultados de su trágica inconformidad. Lo mismo el vidrio de una claraboya nos parece traslúcido si lo miramos de frente, pero desde un ángulo es incapaz de ocultarnos las vetas y las huellas digitales y el sebo untado de los rostros que se aplastan para mirar hacia afuera o hacia adentro…

Con el tiempo la excesiva circunspección con que merodeaban sus respectivas interioridades condensó entre los hermanos una tirantez incómoda. Y la tirantez incómoda acabó por convertirse en una torva rencilla que horadó sus corazones. Y así fue cómo la estudiada obsecuencia que les servía para mantener a raya el encono devino un pudridero de recriminaciones, es decir, que de tanto fisgonear los propios sentimientos para no enemistarse, se enemistaron. Yo quiero contar lo que pasó después de este momento.

El pequeño Fergus no renunció a sus malas costumbres a partir de la muerte de su padre, pero sí redujo la asiduidad con que se entregaba a ellas y relajó la intensidad de sus vicios. Seguía llegando borracho a la casa, pero cada vez lo hacía más temprano; seguía frecuentando mujeres de la vida alegre, pero ahora tenía el buen tino de identificar las más bonitas y rechazar a las que presentaban lesiones venéreas; seguía robando cuando era oportuno, pero descartaba a las ancianas y a los niños de entre las posibles víctimas de sus asaltos. Su lenta regeneración tropezaba con raras excepciones. A veces, por ejemplo, llegaba de madrugada, como en los viejos tiempos, pero sobrio como un pedazo de leña; o bien cedía a familias necesitadas las gordas ovejas que hurtaba de los rebaños. Y así por el estilo, hasta que un buen día se despidió de la mala vida y abandonó las juergas por completo. Tan despacio lo había hecho que nadie se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde. Su hermano mayor fue quien primero notó, retrospectivamente, que su hermano había ido trabajando un cambio radical de su personalidad, la madrugada en que, habiéndose levantado para emprender la faena diaria, halló a su hermano menor enjaezando a Feallmharú, el garañón negro de la casa. Sorprendido de verlo en pie, alerta listo y limpio a esas horas tan chiquitas, Fergus le preguntó a Fergus que para dónde iba y qué tramaba, y Fergus le respondió:

—Voy a ver por fin mi tierra, a ver qué encuentro en ella de provecho, como dijo nuestro padre.

Antes de ese día no había mostrado la más mínima curiosidad por inspeccionar su herencia, acaso porque pensaba que si lo hacía antes de enmendar su vida mancillaría el recuerdo de su padre. Habló con seguridad y aplomo. Verdaderamente parecía una nueva persona; las malas noches lo habían hecho encorvar el espinazo, pues pasaba más tiempo arrastrándose a cuatro patas que caminando con dos, pero ahora se desplazaba erecto y con la cabeza erguida, y se echaba de ver que le llevaba a su hermano mayor unas cuantas pulgadas de estatura. Durante sus días de perdición se la pasaba desaseado y pestilente, su boca un cultivo de musgos y caries, pero eso también había cambiado: se había hecho sacar las muelas podridas y no salía de la casa sino con ropas recién estregadas. Siempre le habían oído hablar con la lengua pastosa de la embriaguez, pero ese no era el verdadero Fergus. El Fergus de ahora hablaba con suma confianza en sí mismo, exhibiendo una autoestima agresiva, arrogante y natural que seguramente había desarrollado en refriegas de barra en las que habría salido victorioso neutralizando a sujetos de cuidado. Fergus sintió arder en su interior un fogonazo de envidia que no logró sofocar. Quiso recordarle que el caballo era suyo y que lo necesitaría más tarde, pero ya Fergus se había alejado dejando tras de sí una estela de polvo. Pudo habérselo gritado, pero consideró que eso lo haría ver como un crío antojadizo y malcriado.

Fergus no podía imaginarse que la tierra que había heredado su hermano era precisamente el vallecito agreste donde vivía Treasa, pero lo averiguaría esa misma tarde de la manera más casual. Fergus, por su parte, se creyó por un instante presa agradecida de un delirio espontáneo cuando, al remontar la primea colina de su propiedad, vio salir de una casita techada con tierra a una espléndida mujer de cabellos rojos que corría hacia él con todas sus fuerzas. Treasa disminuyó la velocidad de su carrera cuando se dio cuenta de su equivocación, y se dio cuenta de su equivocación cuando ya estaba a un paso del jinete: creyó que era Fergus y en cambio era Fergus. La confusión se entiende, no porque los hermanos se parecieran, sino porque Treasa conocía a Feallmharú, el caballo.

Kys t'ou? —saludó Fergus en gaélico. Se preguntaron los nombres y se contestaron. Teresa entendió al instante que se trataba del hermano de Fergus, pero no se le ocurrió decirle a Fergus que ella conocía a Fergus, ni siquiera cuando Fergus se apeó de Feallmharú, le puso las manos en los senos y la estrechó entre sus brazos. Treasa lo condujo al interior de su casa y allí se montaron el uno al otro hasta que el intenso placer casi les hace perder el conocimiento.

Fergus regresó a la casa pasada la hora del almuerzo. Instado por su madre a que se sentara a comer, Fergus anunció que no tenía hambre, que ya había almorzado. Era verdad: Treasa le había permitido hacerle amor y después le había cocinado. Fergus oyó la conversación, pero no sospechó nada… no tenía por qué sospechar nada. Interrumpió su siesta, no obstante, y salió a ocuparse de Feallmharú, anticipando correctamente, que vendría sediento y hambriento, y que su hermano lo habría dejado sin desensillar vagando por ahí. Cuando Fergus vio al caballo supo dónde había estado Fergus.

Más arriba advertí que Feallmharú no hablaba. No pretendo corregirme ahora, pero sí debo recalcar que Fergus, el mayor, era un agricultor consumado. Para él los caprichos y gestualidad de los animales del campo, el calidoscopio de las estaciones, la coreografía del crecimiento de las plantas y las propiedades de la tierra formaban un lenguaje prístino cuyo vocabulario conocía a fondo. Sabía, por ejemplo, que en una tierra bien labrada no prosperan las malas hierbas, como la sarguncia, cuya simiente se esparce adhiriéndose al vellón de las ovejas, las patas de los caballos y los pantalones de los hombres. En su tierra no crecía este abrojo impertinente, ni en las fincas aledañas ni en ninguna de las tierras de pastoreo de Kilkenny, porque los agricultores y el ganado dan cuenta de los brotes, los primeros con la azada, los segundos con los dientes. Feallmharú, empero, tenía la crin atestada de semillas de sarguncia y otros matojos parasitarios. Estaba cansado, pero no en demasía; su fatiga le dijo a Fergus que, a medio galope, el lugar más lejos que pudo haber alcanzado era Brandubh. Brandubh era una comarca de tierra bien labrada, libre de sarguncia, excepto en un lugar: el valle abandonado donde vivía Treasa.

No le permitió al caballo beber un sorbo de agua y lo obligó a recorrer otra vez el mismo trayecto. Cuando remontó la primera colina de la propiedad de su hermano, Treasa salió corriendo a recibirlo con una sonrisa, pero disminuyó la velocidad de su carrera y no ocultó su decepción al darse cuenta de que no se trataba del Fergus que ella creía. Un segundo después volvió a sonreír, disimulando, pero ya Fergus había captado su doblez. Entraron en la casa y ella le regaló un amor desabrido que debió confirmarle a Fergus su traición, de la cual sólo estuvo seguro cuando, antes de irse, le preguntó a Treasa si no había venido nadie por allí y ella le dijo que no.

Fergus retornó al hogar ahogándose en la marea alta de su deseo de venganza, pero cuando llegó no dijo nada. Cepilló a Feallmharú, como siempre hacía cuando llegaba de visitar a Treasa, para que nadie supiera dónde había estado, especialmente su madre, a quien Fergus no osaba contrariar por nada del mundo. Treasa no había preferido inmediatamente a su hermano por pura ligereza, sino porque sabía en el fondo de su corazón que Fergus era un niño mimado, un engreído, y que estaba con ella no a causa de una pasión que eliminaba toda alternativa, sino porque era demasiado cobarde para ir a donde las putas. Conocer a Fergus le brindó un punto de comparación que le permitió entender que no era amor la sucia esclavitud sin compromisos a que la tenía sometida Fergus, separada del mundo, oculta en un erial recóndito para no avergonzarlo y siempre dispuesta a satisfacerlo cada vez que a él lo escociera el apremio de sus bajos instintos. El hermano mayor había acomodado su pacatería, su vileza y su debilidad de carácter dentro de una imagen de hombre trabajador, justo y recto, pero ese truco ya no serviría con Treasa, que al conocer a Fergus, había descubierto a Fergus.

Desde que se apeó del caballo y le manoseó los pechos, Treasa supo que Fergus no pretendía ser más ni menos de lo que le dejaba ver, ni quería más ni menos de lo que le estaba pidiendo. La excitó su seguridad y haber leído en su mirada que realmente la encontraba atractiva, no que se aprovechaba de una manceba en despoblado, como sucedía con Fergus. En la cama, Fergus no era torpe, como su hermano, sino hábil, observador y muy experimentado. Cuando al final del acto la cubrió de arrumacos supo, sin que le cupiera la más mínima duda, que aquello no formaba parte de su repertorio, que Fergus le estaba regalando algo especial. Y se enamoró de él.

Temeroso (de ser descubierto por su madre, desenmascarado por Treasa o confrontado por su hermano), Fergus no volvió a visitar el vallecito. Fergus, al contrario, le dijo a su madre que tomaría esposa, se mudó con Treasa y labró la tierra. Erradicó la sarguncia y prosperaron las papas. Con el dinero de las papas, compró animales, herramientas y semillas. Mejoró la casita donde vivían, embarazó a Treasa con gemelos y construyó un molino. Sembró cereales y se dieron; los molió, los vendió y se hizo rico. A medida que aumentaba el patrimonio de Fergus, disminuía el de Fergus, que se la pasaba borracho día y noche, llevaba prostitutas a la casa y molestaba a las señoras en la iglesia. Pero su verdadera perdición le sobrevino con la muerte de su madre. Dejó de salir de la casa. La sarguncia se apoderó de sus campos y remató en centavos sus animales más finos, incluyendo a Feallmharú, que le cedió a su hermano en trueque por una garrafa de whiskey de malta de su destilería privada.

Pronto los bienes de Fergus se redujeron a la ropa que llevaba puesta y los de Fergus se multiplicaron hasta sumar varios rebaños de cabras, corrales repletos de gallinas, gallos, patos y gansos, piaras de cerdos de raza, vacas lecheras que siempre estaban preñadas por toros selectos, bosques de maderas preciosas, hortalizas impecables, un río, una casa enorme, establos, vajilla de porcelana, muebles importados, hornos de pan y loza, carretas de carga y de paseo, siete perros ovejeros y una dehesa en la que Feallmharú se la lucía como el semental más valioso.

Privilegiado por tal bonanza, es inexplicable que Fergus no le tendiera una mano a Fergus, sumido ahora en la más hórrida miseria, y que para colmo participara en la expoliación de su propio hermano, obteniendo parte de su propiedad a cambio de bebida. Pero sucede que Fergus no era sordo y los chismes que circulaban en Brandubh alcanzaban sus oídos con regularidad fatal. Y las malas lenguas decían que Treasa era hacienda común de los chicos Fergus. Es sabido que los individuos tienen la facultad de percibir y procesar detalles, pero la colectividad no, de modo que los rumores pasaban por alto la posibilidad de que Treasa se hubiera decidido por uno de los dos hermanos. Añadamos a esto que el misterioso y ancestral gusto comunal por la depravación prefiere la versión de la historia en la que Treasa se acuesta con ambos hermanos, por más que todos sepan que sólo se acuesta con uno. Fergus trata de hacer caso omiso, pero es imposible, porque también ha conocido el relato intermedio, el verdadero, en el que Treasa primero es amante de Fergus y después esposa suya. Quiere al mismo tiempo salir de dudas y que no le aclaren nada. Quiere preguntarle a Treasa, pero no quiere oír su respuesta. Sabe que en algún vericueto del chisme está la verdad, pero no quiere saber en cuál exactamente. Lo peor de todo es que los rumores también han llegado a oídos de Treasa, que vive abatida por la zozobra de no estar segura si su marido también los ha escuchado, y si los ha escuchado, si les da crédito o no. Lo que más desea es que Fergus le pregunte, porque si le pregunta ella le dirá la verdad y punto. Pero Fergus no le pregunta y ella no se atreve a dar el primer paso. Con el tiempo la excesiva circunspección con que merodeaban sus respectivas interioridades condensó entre los esposos una tirantez incómoda. Y la tirantez incómoda acabó por convertirse en una torva rencilla que horadó sus corazones. Y así fue cómo la estudiada obsecuencia que les servía para mantener a raya la verdad devino un pudridero de recriminaciones, es decir, que de tanto ignorar el chisme para no enemistarse, se enemistaron.

Casi todo el mundo está de acuerdo en que el responsable de la tragedia fue Feallmharú. Otros opinan que solo fue el detonante de una situación álgida. Hay quienes disculpan al caballo, arguyendo que era perfectamente normal que hiciera lo que hizo, pues el hogar de un equino es allí donde transcurre su infancia y adolescencia, con lo cual cada vez que se le presente la ocasión retornará a él. Yo, sin embargo, no creo en la inocencia de hombres ni de bestias, y me inclino a pensar que el móvil de Feallmharú fue la perversidad, pura y simple.

Esa mañana sucedieron tres cosas que al enganchar entre sí formaron los goznes que le abrieron la puerta a la muerte. La primera fue que uno de los peones de Fergus incumplió por distracción una de las tantas reglas tácitas de la vida del campo: los portones que el caminante atraviesa mientras se abre paso por una propiedad ajena se dejan como se les encontró; cerrados los que estaban cerrados, abiertos los que abiertos estaban. Camino a los establos, este espaciado gañán dejó abierta de par en par una portezuela que hasta pestillo tenía. En cuanto el peón se perdió de vista, Feallmharú, que pacía a su aire, huyó a galope tendido. El segundo lance fue que Treasa, empeñada desde un par de días atrás en demarcar el área para un nuevo corral, pero ignorada por Fergus, agarró ella misma una maza y se puso a hincar los pilotes. El tercer y último evento matinal que programó la desdicha fue que Fergus partió de madrugada a Brandubh a buscar los insumos necesarios para el invierno y se ausentó toda la mañana. Las piezas están en movimiento. Ahora veamos.

En Brandubh Fergus se expone una vez más a las hablillas, a las miraditas, a las risitas a la vergüenza. Él mismo se sorprende cuando, en lugar de sentir rabia contra el pueblo y su veneno, la siente contra Treasa. Es más fácil odiar a una sola persona que a muchas y más fácil aún desquitarse en ella que en todos. Se convence de que tantas personas no pueden estar equivocadas, que Treasa es una mujerzuela que lo engaña nada menos que con su hermano, una cualquiera que anda en la boca de las gentes. De regreso a casa, lejos de la influencia diabólica de Brandubh, Fergus recapacita y se da cuenta de que Treasa sencillamente no tiene tiempo para verse con un amante, mucho menos con uno tan sucio, desmadejado y ebrio como su hermano, que además vivía en las afueras de Kilkenny, a dos horas de camino a caballo. Fergus llega a la casa y ve a un grupito de sus peones holgazaneando en una cerca. Están de espaldas y miran hacia la casa. Tan ensimismados están que no lo sienten llegar. Fergus se acerca sin hacer ruido y descubre lo que les acapara la atención: Treasa, la camisa arremangada y la falda anudada más arriba de las rodillas golpea con arresto los pilotes de su corral, ofreciéndoles a los muchachos un voluptuoso espectáculo. Mira a su alrededor y encuentra una cincha, con la que los azota y dispersa. Los peones se alejan, pero Fergus puede ver que se ríen, que no lo respetan, que le aguantan la perreta por condescendencia. Fergus comienza a caminar hacia Treasa, que aún no lo ha visto, dispuesto a darle un escarmiento.

Treasa ha estado trabajando toda la mañana en una faena de hombres a la que no está acostumbrada. No hace calor, tampoco hace frío, pero la labor la va acalorando a medida que pasan las horas. Se saca el chal, primero, luego el cardigan y por último se arremanga la camisa, desabotonándosela hasta la mitad del escote. Siente las gotas de sudor corriéndole por las piernas y se sube la falda para refrescarse. No se da cuenta de que la espían, de que la codician. Es media mañana y de pronto tiene ante sí a Fergus, que ya está de vuelta. Su marido la mira con cara de pocos amigos, pero Treasa está demasiado cansada como para ponerse a pensar en la razón, así que le dice:

—¿Qué estás mirando? Espabílate y échame una mano, holgazán.

En el trayecto que lo lleva de la cerca donde estaban los fisgones a la parte donde se afanaba Treasa, Fergus vuelve a recapacitar. ¿Qué culpa tenía Treasa de que una partida de sinvergüenzas la mirara con lujuria sin que ella lo supiera? ¿Los incitaba acaso? No. En todo caso trabajaba como una mula y nadie la ayudaba. Estaba semidesnuda, sí, pero, ¿acaso no era suya aquella propiedad para ir y venir por ella como y cuando le diera la gana, indiferente a lo que pudieran pensar y decir los jornaleros de turno y los merodeadores? Mientras más miraba Fergus a su mujer, más hermosa la encontraba, colorada, sudada, jadeante. Treasa le dijo lo que le dijo con desenfado y buen humor. Así lo entendió Fergus, liberando una sonora carcajada. Se rieron juntos un buen rato; por primera vez en mucho tiempo se relajaba la tensión que se había interpuesto entre los dos a causa de las habladurías. Fergus se allegó al galpón de las herramientas y buscó otra maza, para ayudar a su esposa. La pareja se turnaba golpeando un mismo pilote con ritmo regular. Treasa golpeaba, se incorporaba, golpeaba Fergus, se incorporaba, golpeaba Treasa, se incorporaba… El pilote se hundía, asediado. De alguna parte les llegó la música de la alegría de los gemelos, que habían arrinconado a un carnerito. Fergus pensó que la vida era buena y que por nada del mundo debía permitir que se la arruinaran las tórridas fantasías de una aldea ociosa. Treasa pensó exactamente lo mismo. Ambos seguían martillando en silencio, pero contentos. Hasta el momento todo apunta hacia un final feliz, excepto que falta por hacer su aparición el tercer gozne de la desgracia, Feallmharú, que no bien hubo traspuesto la portezuela de la cuadra, galopó sin detenerse hasta llegar a su antigua caballeriza, en la desmantelada finca de Fergus.

Ah, Feallmharú, execrable y malévolo caballo. Con tus nuevos amos nunca te faltaron yeguas ni alfalfa; tienes herrados los cascos y jamás se te ha resquebrajado una pezuña. ¿Qué fuiste a buscar en tus viejos predios? ¿Qué otra razón posible te pudo haber animado que no fuera la de saciar la sed de venganza que no había satisfecho, por pusilánime, tu antiguo dueño? Feallmharú no puede contestarnos, pero aún así no está a salvo. Veámoslo llegar a la casa de Fergus, olisquear sin propósito determinado y desdeñar las pocas veredas francas que aún quedan para abrirse camino a través de lo más tupido de la sarguncia. Veámoslo brincar como un potrillo y rascarse contra la maleza hasta que la cola y la crin se le compactan de semillas. Veámoslo emprender el retorno cuando entiende que ya no hay forma de que se le pegue una más. Dentro de la casa, Fergus, que estaba borracho cerca del fogón, calentándose con los rescoldos de un fuego mal encendido, no se enteró de nada.

Feallmharú vuelve justo cuando Treasa y Fergus han coordinado la alternancia de sus mazas tan perfectamente que se permiten acelerar la frecuencia de los golpes. El cuadrúpedo se pone a pastar delante de ellos. Fergus, que era ya un hombre de campo hecho y derecho, ve que el caballo tiene la crin atestada de semillas de sarguncia y otros matojos parasitarios. Está cansado, pero no en demasía; su fatiga le dice a Fergus que, a medio galope, el lugar más lejos que pudo haber alcanzado era Kilkenny. Killkenny es una comarca de tierra bien labrada, libre de sarguncia, excepto en un lugar: la estropeada heredad donde vivía su hermano. La maza desciende demasiado rápido como para permitirle recapacitar por tercera vez.

 

Fragmento del cuento Tres episodios a caballo (Editorial Isla Negra, 2002)

© Pedro Cabiya

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pedro Cabiya | Puerto Rico, 1971 | Ha publicado Historias tremendas (1999, Premio Instituto de Literatura Puertorriqueña y Pen Club de Puerto Rico) e Historias atroces (2003). Sus cuentos han aparecido en numerosas revistas, periódicos y antologías (Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, Manual de fin de siglo, El rostro y la máscara y Los nuevos caníbales). Es también autor de la novela gráfica Ánima Sola, publicada por Zemí Comics.