DESHAUCIO
Ya no oigo
oberturas. No las soporto. Quedarán discos de vinilo
en uno de los armarios, al fondo de los cajones. No tengo
ganas de buscarlos. Algo caerá sobre esas cajas y
terminará de quebrarlos, astillarlos. Ya no escucho
obras completas, casi ni leo. Veo, desde esta altura, la
movilidad incierta de la nube de smog, la irisación
de la luz entre sus moléculas. De día. De noche,
no se alcanza a ver ninguna estrella. La luna, en plenilunio,
es un bache plomizo. Apenas me levanto. El movimiento me
produce náuseas.
Acaso venga mi madre hoy.
Si de mí dependiera, no abriría. Pero tiene
la llave. Viene, abre las ventanas, si no hace mucho viento,
como ella dice. Quiere sacarme de aquí, llevarme a
su casa. ¿Mi madre o mi abuela? Cada vez se asimilan
más una a la otra. El paso sin soberanía, la
media voz. Sus trajes se han vuelto de colores recios. Como
si la pátina del tiempo debiera ser corporal,
evidente. Cada vez se mezclan más, es como una síntesis
de ambas, aunque una está muerta, lo sé.
Aman la música. Sin
atemperaciones. Aman la música. Es la frase más
oída desde que recuerdo. La música ennoblece.
La música eleva. La música calma las fieras.
Aman la música. Pero en casa sólo se oían
oberturas. Los platillos ladraban en los rincones, en el
vestíbulo. Ensordecía y atemorizaba el fagot.
Il Barbiere Di Siviglia, Lohengrin, Tristan
et Iseut. Lo
decían y se enmascaraban los rostros, se salían
de sí, borboteaban las sílabas.
Vienen así, con esas
intenciones. Buscan el tocadiscos que tiré hace tiempo.
No hay una vez que no lo hagan. Te sentirías mejor.
Mi abuela o mi madre. Sería más sobrellevable.
Pensarías en otra cosa. Y buscan. Y canturrean
sin ritmo. ¿Recuerdas il trovatore...? Silban. Tararean.
Digo que no. No sé si saben que miento. Los compases
están alineados, como jeroglíficos en piedra.
Como pivotes. Sospecho los matices de cada voz, la acertada
inflexión. Pero no recuerdo el rostro de mi padre.
Ni ellas, supongo. Los hombres
han pasado por allí como a campo traviesa. Aparecieron
por el horizonte, permanecieron el tiempo de la vida, y se
desintegraron entre las otras moléculas de la realidad.
Sin rastros. Algunos dejaron hijos. La mayoría, casas,
títulos mobiliarios. El apellido. Y se reintegraron,
ellos, al olvido. Ellas, a la casa primigenia. A parecerse
cada vez más a sí mismas. A la música
que les eleva el alma. Y las resta de la vida de los demás.
-¿El Dr. Arellano,
por favor?
-No se encuentra. ¿Quiere
pedir cita?
-No, gracias.
Cuando toso, cuando empiezan
los ataques, largos, intensos, el sofoco, apago la pantalla,
elevo la cabeza para respirar mejor. Como si buscara aire.
Cierro los ojos. Así descansan. Me seco las lágrimas
que provoca el esfuerzo. Entonces dejo el teclado. Apagarlo
supone el último mugido. Es un animal viejo. Lento.
Sofocado. Sus bufidos suponen el espejismo de una laguna
oscura en un brillante desierto. Como si encontrara un remanso
del paisaje, doblara sus patas enormes y se echara a dormir.
Bufa. Ronronea. Y luego, el silencio. El silencio animal,
festivo. El silencio de la jungla. Sin oberturas. No las
resisto.
Tengo un CD a pilas. Lo
llevo siempre conmigo. Cuando sé que van a venir,
lo disimulo con papeles. Para ellas es un aparato infernal.
Como la computadora. A mí me lo regaló Ludmila.
Enseguida se gastan las pilas. Cuando pasa eso, pido unas
pizzas por teléfono. Y cuando viene el motorista,
le pido que me compre pilas abajo, enfrente, en la tienda
de decomisos. Luego, le doy una propina. Y si quiere, le
devuelvo las cajas sin abrir. Y si no, saco las pizzas a
la ventana, para que se las coman los gatos, los pájaros
que acierten a venir. Yo no puedo comerlas.
A Ludmila le encantaban
las pizzas y los helados. Ir al cine. Los aparatos electrónicos.
Como a mi padre. Todas las innovaciones de la técnica,
hijo, decía. De vez en cuando, traía algún
aparatejo, a buen precio, una ganga. Cuando salieron las
FM compró la Noblex. A la noche nos íbamos
a su dormitorio a escuchar Radio Francia Internacional,
Radio Moscú. A un volumen inaudible. Apenas distinguíamos
las pausas entre palabras en esa corriente monótona.
Decía que íbamos a leer mientras ellas se quedaban
en el salón. Con el estruendo dilatando las paredes,
ensanchando la casa.
Ahora parece que las paredes
se pliegan sobre sí, unas paredes superpuestas
a otras. Como se puede comprender, paso mucho tiempo recostado,
sobre una pila de almohadas. La cama se queja, chirrían
sus tendones. Mi madre consigue catálogos en los grandes
almacenes, con camas especiales de descanso, relajación,
45º de ángulo. Pero, en cuanto me los dan, los
tiro sobre la alfombra. Y pasan mucho tiempo ahí,
hasta que alguna logra agacharse a recogerlo. Quiero mi cama.
Quiero su chirrido, su queja, cuando me muevo, tintinea el
vaso en la mesilla, con el agua de ayer, los frascos alineados,
el pastillero. Hay un momento que esa vibración me
produce nostalgia, un arañón en el pecho. Me
giro, ahueco la almohada. Antes, a media luz, con la misma
velita sobre un plato, y una tibieza de sándalo, vibraban
las pulseras de ella, toda su anillería plateada.
Tenía una gran esclava, una serpiente escamada que
se rodeaba a sí misma, las fauces abiertas. Provocaba
un tenue fulgor, inquieto, en su rostro. Ése fue mi
minuto de gloria.
-Con Lucila, por favor.
-Aquí no vive ninguna
Lucila. Debe tener el número equivocado.
-¿Se han mudado hace
poco?
-Que aquí no vive
ninguna Lucila. No vuelva a molestar, por favor.
Me asomo continuamente.
Siento la devoción de las alimañas. Veo la
gente pasar. Me fijo en las chicas. Algunas repiten sus horarios,
sus gestos. Otras, sólo pasan de vez en cuando, o
una sola vez. Los vidrios polarizados no dejan verme, ni
la altura. La magia que da la distancia, el incendio del
crepúsculo desde aquí. Aunque no sea demasiada.
Si fuera más me sentiría como en la noria de
Viena, en la fantasía plagiada de pisar hormigas.
Ya no me quedan sueños propios. Aunque sean mujeres,
las que no tocaré. Como los trenes que se llevan la
gente a cualquier sitio, a los aviones. Son como los libros
que no leo, o apenas el prólogo. Con esos títulos
magníficos que se quedan en la cabeza suspendidos,
inertes, polvo de nieve. Los primeros que se me vienen a
la cabeza. El mejor, sin duda, Almas Muertas; otro, Bajo
el Volcán, La insolencia de Trilce. Maldición
eterna a quien lea... Etc., etc...
Siento pasos delante de
mi puerta. Casi inaudiblemente se deslizan por el pasillo.
A veces confundo sus pasos con su respiración. O con
la mía, enrarecida. Y me quedo de este lado,
agazapado, esperando que llamen, o se vayan.
No sé si ya habrán
señalado mi casa. A veces quiero asomarme al pasillo
para ver si se distingue un círculo en mi puerta,
un rayón rojo. Pero mi madre, o mi abuela, se olvidan
de dejarme la llave. Llego a pensar que es intencionado,
que quiere limpiar las marcas antes de que pueda verlas.
Pero sé que están ahí.
Algunos golpean levemente,
ni atinan a tocar el timbre. Los oigo acercarse, pasar
de prisa una nota por debajo de la puerta, contener la respiración
e irse sin ruido.
Cada dos meses viene el
que lee el contador del agua, pero no me da tiempo a abrirle.
Deja un cartoncito blanco, con dos círculos dibujados,
como dos relojes, que debo completar con tinta roja. Y enviar,
o llamar. No sé por qué aún no han cortado
esa corriente. Temen que contamine las aguas de la tribu.
Las fuentes, los baños, las alcantarillas. A mí mi
abuela me frota con alcohol de romero. Me envuelve momentáneamente
el aroma de sus guisos, de su patio. Me quedan ronchones
en la piel, circulares, alunados. Parecen señales
para el que sepa leer. Una consigna.
Debería llamar a
los del agua, pero sólo uso el teléfono para
marcar los números que guardo en mi memoria, aunque
sé que altero el orden una y otra vez. No logro recordarlos
correctamente. Y lo sé porque no encuentro la voz
de Lucía del otro lado, ni siquiera el tinte metálico
que le daba su contestador. Ya ni siquiera recuerdo
si vivía en esta ciudad.
Hoy me levanté antes,
aunque no va a haber luz. Del sol, digo. No dejó de
llover en la madrugada, y la letanía del agua amortiguaba
los ruidos de las calles, un tren lejano, los camiones de
la basura. Me levanto temprano, a veces, para poder pensar,
y concentrarme, sin testigos. Por ejemplo, ahora me acuerdo
del panameño que fue testigo de un crimen, en Parquesur.
Lo contaba una y otra vez. La navaja que dio sentido a su
vida. Aunque no comiera, aunque no tuviera techo. Lo contaba
una y otra vez. Lo llevé a casa, para que se lo contara
a mi madre. Mi abuela asistía por curiosidad, por
gula, superando el desprecio. Fue de las pocas veces que
me dejaron llevar gente a casa.
-Clínica.
-El Dr. Arellano, por favor.
-¿De parte de quién?
-Luis Tizón.
-Un momento.
- ..............
-Le comunico.
-¿Qué tal,
Luis?
- He tenido un sueño.
-¿Qué tal,
Luis?
-Mal. Pero he tenido un
sueño.
-Dígame.
-Secuestraban a mi padre.
-Su padre ha muerto.
-No necesita recordármelo.
Secuestraban a mi padre. Y yo vivía pendiente
del teléfono. Eran mil voces. Pero las importantes
no se comunicaban. Eran largos días como renglones
en blanco. Tenían miedo de la poli.
-Sí.
-Un día me hacían
llegar un mensaje con el muchacho de las pizzas. Debía
aguardar, con el dinero metido en un bolso de mi madre, a
que llamaran a mi casa. Esperaba en un garaje. Ésa
era mi casa.
-Siga.
-Tenía frío.
Me recostaba en el asiento de atrás del coche. Cuando
me desperté, ya íbamos por las afueras. Por
esas casas terrosas del suburbio. Sólo veía
las nucas de los dos tipos. Me dolía el cuerpo pero
no me habían golpeado. Uno con la voz distorsionada
me ofrecía un café, pero en sus manos sólo
tenía una bolsa donde había metido el dinero.
Se lo pegaba al cuerpo, como si también tuviese frío.
-Tengo poco tiempo, Luis...
-Déjeme terminar.
Me avisaban que ya llegábamos al término del
viaje. Que me acostara otra vez. Seguía los tumbos
de mi corazón sin ritmo. Se salían del asfalto.
Intuía la polvareda que se levantaba a nuestro paso, ¿o
estaba el campo anegado? Pues nada. Detenían el coche.
Me ordenaban quedarme sin respirar al menos quince minutos.
Los contaba parsimoniosamente. En eso sentía arrancar
un volvo, no lo veía, pero lo sabía. Me incorporé con
lentitud. Como si hubiera sido más denso el tiempo
de espera. Tenía que salir por la cabina del conductor.
A 300 metros había un Volvo blanco, parado. Hice saltar
la cerradura del baúl con un pedrusco. Hecha un ovillo
estaba mi mujer, tapada con unos cartones.
-Luis, ¿por qué no
viene a verme? Así hablamos más tranquilos.
Le pongo con mi secretaria y ella le dice el día y
la hora.
-No, doctor.
-¿Por qué no?
Le vendría bien pasarse por aquí. Hace tanto
que no sé de usted. Y ahora me sale con esto. ¿Por
qué no se viene? Hoy termino antes.
-No es posible. Hoy no quiero
salir.
Pero quisiera salir. Quizá sea
un momento apropiado, entre los paraguas se pierden mis ojos
saltones, mi aliento enfermo. Sólo yo oiría
el silbato artificioso de mi pecho, su chirrido. Cuando salía
con ella no solía llover, o así lo recuerdo.
Tengo la emoción postergada de un encuentro. ¿Qué ciudad
era? Sé que hicimos un viaje. Y que había un
lago y un aroma umbrío que se estancaba en los árboles.
Una humedad alambicada. Yo tenía el calor de sus guantes
en mis bolsillos. Y veía su nuca a través de
la bufanda. Mi aliento se ensimismaba en el beso, erizando
lo más oscuro de su pelo.
Era un verano helado. Había
una asamblea de derechos humanos y un senegalés hablaba,
concentrado, de la guerra de guerrillas. Había guatemaltecos
huidos, y un yanqui pidiendo a todos fotos de matanzas multitudinarias
para un reportaje dominical.
Me basta entornar los ojos
para tener una imagen táctil de las cosas, recordar
el brillo de tu piel, como a través de un incendio.
La nitidez de la nieve, el aroma tibio de los cafés
de la ribera, ¿eran los fiordos?, tu mejilla inclinada
a mi mano.
-Mamá, ¿me
puedes escribir en un papel el teléfono de Ludmila?
Ahí, junto al del médico.
-Déjala en paz.
Trago continuamente. Parece
que la enfermedad se concentra en la garganta. No puedo dejar
de tragar. Y me desvía del pensamiento, Siento como
si tuviera en mi cuerpo el artefacto de las mareas. La saliva
se mueve en oleajes monótonos, dejando en las orillas
del cuerpo sus restos de muerte. A veces, me esfuerzo en
no tragar. Siento ardor en las encías, y una mezcla ácida
de todos los medicamentos. Es inútil. Cuando me contengo
de tragar, me imagino como una gran carcasa, un soporte con
líquenes y óxidos, varado en un puerto.
Las aguas entran, y refluyen. Meten cartones, vidrio, manchones
de petróleo. Un barquichuelo carcomido, con sus grandes
fauces, que todo lo tragan. Esa marea negra; el alimento
que te va a matar. Luego, me olvido.
-¿El Dr. Arellano,
por favor?
-Un momento. ¡Papá,
te llaman!
-¿Sí?
-Doctor, han señalado
mi puerta.
-...................
-No me diga nada. No pienso
salir.
Se me viene a la mente una
charla de café. Lucía llega, se quita el abrigo
oscuro, la bufanda. En vez de un beso, tengo la sensación
del roce de su nariz helada contra mi mejilla. Pide algo.
Se frota las manos. No sabés lo que me enteré,
Luisito. Olga Satie, te suena. La hermana, claro. Después
de perder a su hijo, y quedarse viuda, por la guerra, huyó a
Buenos Aires. Enseñaba piano. Y cuando no le
alcanzaba para pagarse una habitación, dormía
en los tranvías. Pero lo peor de todo es que guardaba
papeles, frases, partituras de su hermano. Cuando ella se
murió, todo fue vendido como cartón, como ropa
vieja. (Para mí, la música de Satie tiene la
textura de la leve luz. Como una vela prendida en un cuarto
con corrientes marinas, de cortinados severos, oscuros.)
Oigo como una letanía
a las dos viejas quejarse de venir hasta acá. Abren
las ventanas, quitan el polvo, amenazan. Tengo fantasías
extrañas. Sueño que la enfermedad invade mi
cuerpo, lentamente, como una marea. Pero más que mi
cuerpo, mi rostro. Que las facciones se me disuelven como
mezcladas con agua. Se convierten en una plancha de barro,
una acuarela informe. Debería salir de aquí,
no tener que verlas, dormir en las estaciones, en los vagones.
Llevar mi walkman. No tocar el agua.
Trago mi saliva. Y vuelvo
a tragar. Así se me desordena la horma de las frases;
las palabras son piezas ajadas de los distintos rompecabezas
de la niñez. Son cartones gastados, mordidos, masticados.
No sé cuál es la caja de cada cual. Es arbitrario
el alfabeto, está lleno de espacios en blanco, de
aire que se escurre en la vasta corriente de las horas.
Intento respirar ordenadamente.
Hacer alguna flexión. Estoy en los cuarenta y tantos.
Debería buscar a mi padre, a mi mujer. Quitarme la
ropa señalada. Taparme con una capa, un capirote gris.
No me reconocerían. Ni la voz. Un aliento enfermo
ha enturbiado los tintes de mi risa. Es una voz aguachirle,
entumecida en los jarabes, en las dosis de cada día.
-He venido caminando.
- Hace muy bien, muchacho.
-No me trate como a un niño.
He bajado a la calle. No sé aún si mi abuela
o mi madre me han quitado las llaves del abrigo.
-Su madre no haría
eso.
- La otra, sí.
- No hay otra, Luis. Dígame, ¿cómo
se encuentra?
-Qué pregunta tan
simpática. Qué correcto.
-Usted sabe que me alegro
de verlo.
-Aproveche su oportunidad.
-¿Cómo está?
-El tumor viaja por la sangre
como por una riada.
-No hay tumores, Luis. Ya
sabe lo que decían sus estudios. Si se cuida, no va
a haber complicaciones tan pronto.
-Siento cómo se mueve,
cómo flota. Viaja con la velocidad de la sangre. Se
adhiere a la superficie que encuentre. Ahora está pegado
a las paredes de los pulmones. Me provoca silbidos, crujidos,
la tos me parte como un relámpago.
-Sí, ya sabe que
sus pulmones son lo primero que se encuentra afectado. Empieza
así. Cuídese esa garganta, las vías
respiratorias. Son las primeras manifestaciones de la enfermedad.
-A veces se quita de ahí y
sigue su camino. No se detiene hasta la cabeza. Se inmiscuye
en mi cerebro. No me da dolor. Pero me interrumpe, me colapsa
el pensamiento. Hace cortocircuitos sobre los nombres, los
datos, mis recuerdos. Confundo los teléfonos. No puedo
llamar a nadie. No sé cuándo sucedieron las
cosas.
-Está sobreexcitado.
-No me diga eso, doctor.
Usted sabrá de células, de tejidos. Pero yo
sé lo que me pasa a mí.
-No se altere. ¿No
pensó en consultar con un psicólogo, alguien
con quien poder hablar de esto?
-Para hablar lo tengo a
usted, ya que no me va a curar. Para leer mis pensamientos
con cierta coherencia, con un espacio en blanco entre uno
y otro, tengo mi computadora. También para irlos borrando.
No necesito más.
-Yo sé de histología,
Luis. Puedo cuidarlo, ir viendo como avanza esto, cambiando
medicaciones, evitar el dolor, pero no mucho más.
-Estoy un poco fatigado.
Prefiero irme.
-¿Llamo a mi secretaria?
Podemos poner otra consulta en tres semanas.
-Déjelo. Yo llamo
luego.
El cuerpo adquirió autonomía,
es un ente distinto de mí, una duplicidad doliente.
Ahora se tornó materia, textura, un tejido hecho de
pespuntes y clavos, un arsenal metálico que cruje,
que chirría. Me hace sentir su presencia como una
amenaza, un hostigamiento. Es como un islote que se anega.
Preferiría, en verdad, un islote para mí, un
montículo remoto donde dejar yacer mi cuerpo, rodeado
con troncos marchitos. Colgarlo allí, en alguna rama,
dejarlo tirado como una mochila militar. Antes me pertenecía.
Tengo el recuerdo de él. He escalado varias montañas.
He fornicado en otro país. Hace tiempo, no tengo ningún
mapa a mano, y ella está muerta. O se olvidó,
que es lo mismo. O supo, como ahora sé, qué es
un préstamo, que tiene fecha de caducidad, fin de
contrato.
Escucho cómo mi padre
decía, con sorna, su frase favorita: “Todo médico
es un fracasado. Sólo es cuestión de tiempo”.
Su voz se me pierde con el zumbido de esta máquina,
con las otras voces. Y ahora sé que la frase es de
Macedonio. La repetía cuando mi madre, la cohorte
de cuñadas, le insistían que se hiciera ver.
No aceptó. Yo sí. Y ahora sé que mi
cuerpo está herido. De muerte. Como si necesitara
ir a un hospital para confirmarlo. Estoy astillado como una
varilla de fresno. Puedo sentirlo crujir, sofocarse, doblarse
por los pasillos que recorre la respiración. El aire
intriga en sus pasadizos que termitas invisibles, eficaces,
drenan por mis huesos, por mis músculos sin goznes.
Es como una avería en la casa, en las cañerías
que articulan esta ciudad.
Vuelven a mi puerta. Algunos
no ven los indicios, las marcas. Acaso traen la fiebre, el
aire enrarecido. No quiero abrir. Aunque por la mirilla veo
las caras lavadas, o un abrigo nuevo. No me engañan.
Traen la fiebre y la dejan a vivir aquí.
He bajado a la calle. Me
envolví el cuello con una bufanda roja, como en otros
tiempos. Quería un paseo entre árboles erguidos,
puntillosos, pero el otoño trae esas ferias de objetos
inútiles, baratijas, el incienso pertinaz. Las casetas
parecen militares grises acechando el paso de un ganado envuelto,
aterido, sin rostro, en dos filas que van y vienen del matadero.
A veces me detengo en una
piedra voraz, de filo ritual, un cartapacio antiguo. Quiero
tocarlo. Pero las vendedoras franquean el gesto con ojos
de guadaña, con rigores seniles. Seguro que lo saben.
Tengo mis manos enguantadas pero lo saben. Si viniera
Ludmila, ella tocaría, elegiría, habría
de pagar con sus manos limpias, entibiadas, con sus uñas
de esmalte. Daría confianza el roce de su piel, de
su petición. Pero no viene, ya no quiere pasear.
Qué no daría
por que la calle se vaciara, fuera una avenida trasnochada,
de estío con luna, acaso cerca del puerto.
La luz no existe. Los sonidos
inteligibles no existen. Tampoco el rumor. El viento que
subleva el mar tan pronto en rascacielos de agua, tan pronto
en abismos de aire, tampoco existe.
-¿Señor Tizón?
-Diga.
-¿Señor Luis
Tizón?
-Soy yo. ¿Quién
habla?
-Soy Teresa, la secretaria
del doctor Arellano. Le he concertado una cita con la licenciada
Gauna. Anita Gauna.
-Déjelo.
-Le podría hacer
un hueco la semana próxima. ¿Le parece bien?
-Déjelo. No me interesa
en absoluto.
Viene mi madre. Y habla.
Y abre las cortinas, las ventanas. Cambia las cosas de lugar.
Sube las dos sillas que tengo. Barre. Pasa un trapo. Saca
la basura. Escucha mensajes pretéritos en el contestador.
Insiste en que es un gran esfuerzo para ella hacer esto.
Que si tuviéramos dinero pondría una chica.
Que me va a llevar a su casa. Que en las afueras se respira
mejor. Que allí al menos no sube escaleras. Que le
ayudarían sus cuñadas. Y entre medias cuenta
lo que le dicen. Lo que me recomiendan sus vecinas. Que se
dé duchas templadas, que respire vapor de eucaliptos.
Y que haga cursos de respiración. Una se ofreció para
hacerme una carta astral, acaso quitarme los males. Dan entretenimiento
hasta en las esquinas. Pero yo quisiera un plan de evasión
de mi cuerpo. Salir y tirar la llave en la primera rejilla.
Perderlo de vista. O al menos disminuir el volumen que traen
las cosas a mis oídos. Oigo las copas abotargadas
en la cristalera, la tensión contenida en los armarios.
Me concentro para pensar en otra cosa: quién vendrá,
quién no vendrá más. Me invento escenas
de la infancia. Me interrumpe la tos, y el timbre. Los golpecitos
en la puerta de la calle. La fiebre que traen agrede a los
sentidos, mis ojos están agraviados, mi atención
saturada. El espacio vibra en líneas impertinentes
entre la pantalla y yo. No hay malecón para la espiral
de las luces artificiales.
Quizá no vuelva a
salir. Son pertinaces los recuerdos: mi padre que sintonizaba
siempre mal la radio, el tipo y la navaja de Parquesur. Me
basta entrecerrar los ojos para ver a Lucía, el tejido
de su piel como a través de un incendio, tu mejilla
que entibia mi mano, el aroma de dos tazas de café.
-Doctor, soy Luis. Luis
Tizón.
-¿Qué tal,
muchacho? Preferiría que me llamara a la clínica.
-Me quieren sacar de aquí.
-¿Quién lo
quiere sacar?
-Es mi madre. Quiere llevarme
a su casa. Sacarme de acá.
Tengo una manta doblada
en cuatro sobre mis rodillas. Parezco un viejo. Las vigas
del edificio empiezan a desencajarse. Viene mucha gente por
aquí: mis tías, las vecinas. No hay hombres
en este universo. Rodaron como monedas de níquel poco
lustrosas. Vienen y hablan. No beben agua de mi jarra. Ni
siquiera me tocan. Y yo pierdo la cuenta de lo que dicen.
No las atiendo ni las miro. Me concentro en el aire insípido
que trasiega en mi pecho, su esforzado punzón. Abre
hendiduras diminutas, imperceptibles ranuras, como horadadas
con esos filamentos que van dentro de las bombillas de la
luz, incandescentes. Me quitaron de la casa contaminada.
Me sentaron bajo una higuera cirrótica. Cuando logro
echar la cabeza para atrás veo por entre las ramas
fibrosas las nubes que se alejan. Parecen lana cardada.
La abuela abre los baúles,
saca cajas del desván. Me trae papeles que no deshizo
la humedad, o las mudanzas. Lee fatigosamente un cuento que
escribí no sé cuándo. Empezaba así: “Gustaba
del sabor de la nicotina en su boca, cruzarse discretamente
la lengua por los labios apenas ajados del salitre...” Me
entran ganas de fumar. Pero no me dejan. Tampoco hablan de
Lucila delante de mí. Ni siquiera de mi padre. Me
imagino fumando delante de la pantalla oscura, enmudecida,
mi rostro como el de otro transfigurado por el humo. De tarde
en tarde, ponen música de Fauré, o de Satie,
muy bajito, para no alterarme. Casi ni se escucha. Como si
hubiera un muerto en la casa.
© Viviana Paletta |