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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

DESHAUCIO

 

Ya no oigo oberturas. No las soporto. Quedarán discos de vinilo en uno de los armarios, al fondo de los cajones. No tengo ganas de buscarlos. Algo caerá sobre esas cajas y terminará de quebrarlos, astillarlos. Ya no escucho obras completas, casi ni leo. Veo, desde esta altura, la movilidad incierta de la nube de smog, la irisación de la luz entre sus moléculas. De día. De noche, no se alcanza a ver ninguna estrella. La luna, en plenilunio, es un bache plomizo. Apenas me levanto. El movimiento me produce náuseas.

Acaso venga mi madre hoy. Si de mí dependiera, no abriría. Pero tiene la llave. Viene, abre las ventanas, si no hace mucho viento, como ella dice. Quiere sacarme de aquí, llevarme a su casa. ¿Mi madre o mi abuela? Cada vez se asimilan más una a la otra. El paso sin soberanía, la media voz. Sus trajes se han vuelto de colores recios. Como si la pátina del tiempo debiera ser cor­poral, evidente. Cada vez se mezclan más, es como una síntesis de ambas, aunque una está muerta, lo sé.

Aman la música. Sin atemperaciones. Aman la música. Es la frase más oída desde que recuerdo. La música ennoblece. La música eleva. La música calma las fieras. Aman la música. Pero en casa sólo se oían oberturas. Los platillos ladraban en los rincones, en el vestíbulo. Ensordecía y atemorizaba el fagot. Il Barbiere Di Siviglia, Lohengrin, Tristan et Iseut. Lo decían y se enmasca­raban los rostros, se salían de sí, borboteaban las sílabas.

Vienen así, con esas intenciones. Buscan el tocadiscos que tiré hace tiempo. No hay una vez que no lo hagan. Te sentirías mejor. Mi abuela o mi madre. Sería más sobrellevable. Pensarías en otra cosa. Y buscan. Y cantu­rrean sin ritmo. ¿Recuerdas il trovatore...? Silban. Tararean. Digo que no. No sé si saben que miento. Los compases están alineados, como jeroglíficos en piedra. Como pivotes. Sospecho los matices de cada voz, la acertada inflexión. Pero no recuerdo el rostro de mi padre.

Ni ellas, supongo. Los hombres han pasado por allí como a campo traviesa. Aparecieron por el horizonte, permanecieron el tiempo de la vida, y se desintegraron entre las otras moléculas de la realidad. Sin rastros. Algunos dejaron hijos. La mayoría, casas, títulos mobiliarios. El apellido. Y se reintegraron, ellos, al olvido. Ellas, a la casa primigenia. A parecerse cada vez más a sí mismas. A la música que les eleva el alma. Y las resta de la vida de los demás.

 

-¿El Dr. Arellano, por favor?

-No se encuentra. ¿Quiere pedir cita?

-No, gracias.

 

Cuando toso, cuando empiezan los ataques, largos, intensos, el sofoco, apago la pantalla, elevo la cabeza para respirar mejor. Como si buscara aire. Cierro los ojos. Así descansan. Me seco las lágrimas que provoca el esfuerzo. Entonces dejo el teclado. Apagarlo supone el último mugido. Es un animal viejo. Lento. Sofocado. Sus bufidos suponen el espejismo de una laguna oscura en un brillante desierto. Como si encontrara un remanso del paisaje, doblara sus patas enormes y se echara a dormir. Bufa. Ronronea. Y luego, el silencio. El silencio animal, festivo. El silencio de la jungla. Sin oberturas. No las resisto.

Tengo un CD a pilas. Lo llevo siempre conmigo. Cuando sé que van a venir, lo disimulo con papeles. Para ellas es un aparato infernal. Como la computadora. A mí me lo regaló Ludmila. Enseguida se gastan las pilas. Cuando pasa eso, pido unas pizzas por teléfono. Y cuando viene el motorista, le pido que me compre pilas abajo, enfrente, en la tienda de decomisos. Luego, le doy una propina. Y si quiere, le devuelvo las cajas sin abrir. Y si no, saco las pizzas a la ventana, para que se las coman los gatos, los pájaros que acierten a venir. Yo no puedo comerlas.

A Ludmila le encantaban las pizzas y los helados. Ir al cine. Los aparatos electrónicos. Como a mi padre. Todas las innovaciones de la técnica, hijo, decía. De vez en cuando, traía algún aparatejo, a buen precio, una ganga. Cuando salieron las FM compró la Noblex. A la noche nos íbamos a su dormi­torio a escuchar Radio Francia Internacional, Radio Moscú. A un volumen inaudible. Apenas distinguíamos las pausas entre palabras en esa corriente monótona. Decía que íbamos a leer mientras ellas se quedaban en el salón. Con el estruendo dilatando las paredes, ensanchando la casa.

Ahora parece que las paredes se pliegan sobre sí, unas paredes super­puestas a otras. Como se puede comprender, paso mucho tiempo recostado, sobre una pila de almohadas. La cama se queja, chirrían sus tendones. Mi madre consigue catálogos en los grandes almacenes, con camas especiales de descanso, relajación, 45º de ángulo. Pero, en cuanto me los dan, los tiro sobre la alfombra. Y pasan mucho tiempo ahí, hasta que alguna logra agacharse a recogerlo. Quiero mi cama. Quiero su chirrido, su queja, cuando me muevo, tintinea el vaso en la mesilla, con el agua de ayer, los frascos alineados, el pastillero. Hay un momento que esa vibración me produce nostalgia, un arañón en el pecho. Me giro, ahueco la almohada. Antes, a media luz, con la misma velita sobre un plato, y una tibieza de sándalo, vibraban las pulseras de ella, toda su anillería plateada. Tenía una gran esclava, una serpiente escamada que se rodeaba a sí misma, las fauces abiertas. Provocaba un tenue fulgor, inquieto, en su rostro. Ése fue mi minuto de gloria.

 

-Con Lucila, por favor.

-Aquí no vive ninguna Lucila. Debe tener el número equivocado.

-¿Se han mudado hace poco?

-Que aquí no vive ninguna Lucila. No vuelva a molestar, por favor.

 

Me asomo continuamente. Siento la devoción de las alimañas. Veo la gente pasar. Me fijo en las chicas. Algunas repiten sus horarios, sus gestos. Otras, sólo pasan de vez en cuando, o una sola vez. Los vidrios polarizados no dejan verme, ni la altura. La magia que da la distancia, el incendio del crepúsculo desde aquí. Aunque no sea demasiada. Si fuera más me sentiría como en la noria de Viena, en la fantasía plagiada de pisar hormigas. Ya no me quedan sueños propios. Aunque sean mujeres, las que no tocaré. Como los trenes que se llevan la gente a cualquier sitio, a los aviones. Son como los libros que no leo, o apenas el prólogo. Con esos títulos magníficos que se quedan en la cabeza suspendidos, inertes, polvo de nieve. Los primeros que se me vienen a la cabeza. El mejor, sin duda, Almas Muertas; otro, Bajo el Volcán, La insolencia de Trilce. Maldición eterna a quien lea... Etc., etc...

Siento pasos delante de mi puerta. Casi inaudiblemente se deslizan por el pasillo. A veces confundo sus pasos con su respiración. O con la mía, enra­recida. Y me quedo de este lado, agazapado, esperando que llamen, o se vayan.

No sé si ya habrán señalado mi casa. A veces quiero asomarme al pasillo para ver si se distingue un círculo en mi puerta, un rayón rojo. Pero mi madre, o mi abuela, se olvidan de dejarme la llave. Llego a pensar que es intencionado, que quiere limpiar las marcas antes de que pueda verlas. Pero sé que están ahí.

Algunos golpean levemente, ni atinan a tocar el timbre. Los oigo acer­carse, pasar de prisa una nota por debajo de la puerta, contener la respira­ción e irse sin ruido.

Cada dos meses viene el que lee el contador del agua, pero no me da tiempo a abrirle. Deja un cartoncito blanco, con dos círculos dibujados, como dos relojes, que debo completar con tinta roja. Y enviar, o llamar. No sé por qué aún no han cortado esa corriente. Temen que contamine las aguas de la tribu. Las fuentes, los baños, las alcantarillas. A mí mi abuela me frota con alcohol de romero. Me envuelve momentáneamente el aroma de sus guisos, de su patio. Me quedan ronchones en la piel, circulares, alunados. Parecen señales para el que sepa leer. Una consigna.

Debería llamar a los del agua, pero sólo uso el teléfono para marcar los números que guardo en mi memoria, aunque sé que altero el orden una y otra vez. No logro recordarlos correctamente. Y lo sé porque no encuentro la voz de Lucía del otro lado, ni siquiera el tinte metálico que le daba su contes­tador. Ya ni siquiera recuerdo si vivía en esta ciudad.

Hoy me levanté antes, aunque no va a haber luz. Del sol, digo. No dejó de llover en la madrugada, y la letanía del agua amortiguaba los ruidos de las calles, un tren lejano, los camiones de la basura. Me levanto temprano, a veces, para poder pensar, y concentrarme, sin testigos. Por ejemplo, ahora me acuerdo del panameño que fue testigo de un crimen, en Parquesur. Lo contaba una y otra vez. La navaja que dio sentido a su vida. Aunque no comiera, aunque no tuviera techo. Lo contaba una y otra vez. Lo llevé a casa, para que se lo contara a mi madre. Mi abuela asistía por curiosidad, por gula, superando el desprecio. Fue de las pocas veces que me dejaron llevar gente a casa.

 

-Clínica.

-El Dr. Arellano, por favor.

-¿De parte de quién?

-Luis Tizón.

-Un momento.

- ..............

-Le comunico.

-¿Qué tal, Luis?

- He tenido un sueño.

-¿Qué tal, Luis?

-Mal. Pero he tenido un sueño.

-Dígame.

-Secuestraban a mi padre.

-Su padre ha muerto.

-No necesita recordármelo. Secuestraban a mi padre. Y yo vivía pen­diente del teléfono. Eran mil voces. Pero las importantes no se comunicaban. Eran largos días como renglones en blanco. Tenían miedo de la poli.

-Sí.

-Un día me hacían llegar un mensaje con el muchacho de las pizzas. Debía aguardar, con el dinero metido en un bolso de mi madre, a que llamaran a mi casa. Esperaba en un garaje. Ésa era mi casa.

-Siga.

-Tenía frío. Me recostaba en el asiento de atrás del coche. Cuando me desperté, ya íbamos por las afueras. Por esas casas terrosas del suburbio. Sólo veía las nucas de los dos tipos. Me dolía el cuerpo pero no me habían golpeado. Uno con la voz distorsionada me ofrecía un café, pero en sus manos sólo tenía una bolsa donde había metido el dinero. Se lo pegaba al cuerpo, como si también tuviese frío.

-Tengo poco tiempo, Luis...

-Déjeme terminar. Me avisaban que ya llegábamos al término del viaje. Que me acostara otra vez. Seguía los tumbos de mi corazón sin ritmo. Se salían del asfalto. Intuía la polvareda que se levantaba a nuestro paso, ¿o estaba el campo anegado? Pues nada. Detenían el coche. Me ordenaban quedarme sin respirar al menos quince minutos. Los contaba parsimoniosamente. En eso sentía arrancar un volvo, no lo veía, pero lo sabía. Me incorporé con lentitud. Como si hubiera sido más denso el tiempo de espera. Tenía que salir por la cabina del conductor. A 300 metros había un Volvo blanco, parado. Hice saltar la cerradura del baúl con un pedrusco. Hecha un ovillo estaba mi mujer, tapada con unos cartones.

-Luis, ¿por qué no viene a verme? Así hablamos más tranquilos. Le pongo con mi secretaria y ella le dice el día y la hora.

-No, doctor.

-¿Por qué no? Le vendría bien pasarse por aquí. Hace tanto que no sé de usted. Y ahora me sale con esto. ¿Por qué no se viene? Hoy termino antes.

-No es posible. Hoy no quiero salir.

 

Pero quisiera salir. Quizá sea un momento apropiado, entre los paraguas se pierden mis ojos saltones, mi aliento enfermo. Sólo yo oiría el silbato artificioso de mi pecho, su chirrido. Cuando salía con ella no solía llover, o así lo recuerdo. Tengo la emoción postergada de un encuentro. ¿Qué ciudad era? Sé que hicimos un viaje. Y que había un lago y un aroma umbrío que se estancaba en los árboles. Una humedad alambicada. Yo tenía el calor de sus guantes en mis bolsillos. Y veía su nuca a través de la bufanda. Mi aliento se ensimismaba en el beso, erizando lo más oscuro de su pelo.

Era un verano helado. Había una asamblea de derechos humanos y un senegalés hablaba, concentrado, de la guerra de guerrillas. Había guatemal­tecos huidos, y un yanqui pidiendo a todos fotos de matanzas multitudinarias para un reportaje dominical.

Me basta entornar los ojos para tener una imagen táctil de las cosas, recordar el brillo de tu piel, como a través de un incendio. La nitidez de la nieve, el aroma tibio de los cafés de la ribera, ¿eran los fiordos?, tu mejilla in­clinada a mi mano.

 

-Mamá, ¿me puedes escribir en un papel el teléfono de Ludmila? Ahí, junto al del médico.

-Déjala en paz.

 

Trago continuamente. Parece que la enfermedad se concentra en la garganta. No puedo dejar de tragar. Y me desvía del pensamiento, Siento como si tuviera en mi cuerpo el artefacto de las mareas. La saliva se mueve en oleajes monótonos, dejando en las orillas del cuerpo sus restos de muerte. A veces, me esfuerzo en no tragar. Siento ardor en las encías, y una mezcla ácida de todos los medicamentos. Es inútil. Cuando me contengo de tragar, me imagino como una gran carcasa, un soporte con líquenes y óxidos, va­rado en un puerto. Las aguas entran, y refluyen. Meten cartones, vidrio, manchones de petróleo. Un barquichuelo carcomido, con sus grandes fauces, que todo lo tragan. Esa marea negra; el alimento que te va a matar. Luego, me olvido.

 

-¿El Dr. Arellano, por favor?

-Un momento. ¡Papá, te llaman!

-¿Sí?

-Doctor, han señalado mi puerta.

-...................

-No me diga nada. No pienso salir.

 

Se me viene a la mente una charla de café. Lucía llega, se quita el abrigo oscuro, la bufanda. En vez de un beso, tengo la sensación del roce de su nariz helada contra mi mejilla. Pide algo. Se frota las manos. No sabés lo que me enteré, Luisito. Olga Satie, te suena. La hermana, claro. Después de perder a su hijo, y quedarse viuda, por la guerra, huyó a Buenos Aires. Ense­ñaba piano. Y cuando no le alcanzaba para pagarse una habitación, dormía en los tranvías. Pero lo peor de todo es que guardaba papeles, frases, partituras de su hermano. Cuando ella se murió, todo fue vendido como cartón, como ropa vieja. (Para mí, la música de Satie tiene la textura de la leve luz. Como una vela prendida en un cuarto con corrientes marinas, de cortinados severos, oscuros.)

Oigo como una letanía a las dos viejas quejarse de venir hasta acá. Abren las ventanas, quitan el polvo, amenazan. Tengo fantasías extrañas. Sueño que la enfermedad invade mi cuerpo, lentamente, como una marea. Pero más que mi cuerpo, mi rostro. Que las facciones se me disuelven como mezcladas con agua. Se convierten en una plancha de barro, una acuarela informe. Debería salir de aquí, no tener que verlas, dormir en las estaciones, en los vagones. Llevar mi walkman. No tocar el agua.

Trago mi saliva. Y vuelvo a tragar. Así se me desordena la horma de las frases; las palabras son piezas ajadas de los distintos rompecabezas de la niñez. Son cartones gastados, mordidos, masticados. No sé cuál es la caja de cada cual. Es arbitrario el alfabeto, está lleno de espacios en blanco, de aire que se escurre en la vasta corriente de las horas.

Intento respirar ordenadamente. Hacer alguna flexión. Estoy en los cuarenta y tantos. Debería buscar a mi padre, a mi mujer. Quitarme la ropa señalada. Taparme con una capa, un capirote gris. No me reconocerían. Ni la voz. Un aliento enfermo ha enturbiado los tintes de mi risa. Es una voz aguachirle, entumecida en los jarabes, en las dosis de cada día.

 

-He venido caminando.

- Hace muy bien, muchacho.

-No me trate como a un niño. He bajado a la calle. No sé aún si mi abuela o mi madre me han quitado las llaves del abrigo.

-Su madre no haría eso.

- La otra, sí.

- No hay otra, Luis. Dígame, ¿cómo se encuentra?

-Qué pregunta tan simpática. Qué correcto.

-Usted sabe que me alegro de verlo.

-Aproveche su oportunidad.

-¿Cómo está?

-El tumor viaja por la sangre como por una riada.

-No hay tumores, Luis. Ya sabe lo que decían sus estudios. Si se cuida, no va a haber complicaciones tan pronto.

-Siento cómo se mueve, cómo flota. Viaja con la velocidad de la sangre. Se adhiere a la superficie que encuentre. Ahora está pegado a las paredes de los pulmones. Me provoca silbidos, crujidos, la tos me parte como un relámpago.

-Sí, ya sabe que sus pulmones son lo primero que se encuentra afectado. Empieza así. Cuídese esa garganta, las vías respiratorias. Son las primeras manifestaciones de la enfermedad.

-A veces se quita de ahí y sigue su camino. No se detiene hasta la cabeza. Se inmiscuye en mi cerebro. No me da dolor. Pero me interrumpe, me colapsa el pensamiento. Hace cortocircuitos sobre los nombres, los datos, mis recuerdos. Confundo los teléfonos. No puedo llamar a nadie. No sé cuándo sucedieron las cosas.

-Está sobreexcitado.

-No me diga eso, doctor. Usted sabrá de células, de tejidos. Pero yo sé lo que me pasa a mí.

-No se altere. ¿No pensó en consultar con un psicólogo, alguien con quien poder hablar de esto?

-Para hablar lo tengo a usted, ya que no me va a curar. Para leer mis pensamientos con cierta coherencia, con un espacio en blanco entre uno y otro, tengo mi computadora. También para irlos borrando. No necesito más.

-Yo sé de histología, Luis. Puedo cuidarlo, ir viendo como avanza esto, cambiando medicaciones, evitar el dolor, pero no mucho más.

-Estoy un poco fatigado. Prefiero irme.

-¿Llamo a mi secretaria? Podemos poner otra consulta en tres semanas.

-Déjelo. Yo llamo luego.

 

El cuerpo adquirió autonomía, es un ente distinto de mí, una duplicidad doliente. Ahora se tornó materia, textura, un tejido hecho de pespuntes y clavos, un arsenal metálico que cruje, que chirría. Me hace sentir su presencia como una amenaza, un hostigamiento. Es como un islote que se anega. Preferiría, en verdad, un islote para mí, un montículo remoto donde dejar yacer mi cuerpo, rodeado con troncos marchitos. Colgarlo allí, en alguna rama, dejarlo tirado como una mochila militar. Antes me pertenecía. Tengo el recuerdo de él. He escalado varias montañas. He fornicado en otro país. Hace tiempo, no tengo ningún mapa a mano, y ella está muerta. O se olvidó, que es lo mismo. O supo, como ahora sé, qué es un préstamo, que tiene fecha de caducidad, fin de contrato.

 

Escucho cómo mi padre decía, con sorna, su frase favorita: “Todo médico es un fracasado. Sólo es cuestión de tiempo”. Su voz se me pierde con el zumbido de esta máquina, con las otras voces. Y ahora sé que la frase es de Macedonio. La repetía cuando mi madre, la cohorte de cuñadas, le insistían que se hiciera ver. No aceptó. Yo sí. Y ahora sé que mi cuerpo está herido. De muerte. Como si necesitara ir a un hospital para confirmarlo. Estoy astillado como una varilla de fresno. Puedo sentirlo crujir, sofocarse, doblarse por los pasillos que recorre la respiración. El aire intriga en sus pasadizos que termitas invisibles, eficaces, drenan por mis huesos, por mis músculos sin goz­nes. Es como una avería en la casa, en las cañerías que articulan esta ciudad.

Vuelven a mi puerta. Algunos no ven los indicios, las marcas. Acaso traen la fiebre, el aire enrarecido. No quiero abrir. Aunque por la mirilla veo las caras lavadas, o un abrigo nuevo. No me engañan. Traen la fiebre y la dejan a vivir aquí.

He bajado a la calle. Me envolví el cuello con una bufanda roja, como en otros tiempos. Quería un paseo entre árboles erguidos, puntillosos, pero el otoño trae esas ferias de objetos inútiles, baratijas, el incienso pertinaz. Las casetas parecen militares grises acechando el paso de un ganado envuelto, aterido, sin rostro, en dos filas que van y vienen del matadero.

A veces me detengo en una piedra voraz, de filo ritual, un cartapacio antiguo. Quiero tocarlo. Pero las vendedoras franquean el gesto con ojos de guadaña, con rigores seniles. Seguro que lo saben. Tengo mis manos enguan­tadas pero lo saben. Si viniera Ludmila, ella tocaría, elegiría, habría de pagar con sus manos limpias, entibiadas, con sus uñas de esmalte. Daría confianza el roce de su piel, de su petición. Pero no viene, ya no quiere pasear.

Qué no daría por que la calle se vaciara, fuera una avenida trasno­chada, de estío con luna, acaso cerca del puerto.

La luz no existe. Los sonidos inteligibles no existen. Tampoco el rumor. El viento que subleva el mar tan pronto en rascacielos de agua, tan pronto en abismos de aire, tampoco existe.

 

-¿Señor Tizón?

-Diga.

-¿Señor Luis Tizón?

-Soy yo. ¿Quién habla?

-Soy Teresa, la secretaria del doctor Arellano. Le he concertado una cita con la licenciada Gauna. Anita Gauna.

-Déjelo.

-Le podría hacer un hueco la semana próxima. ¿Le parece bien?

-Déjelo. No me interesa en absoluto.

 

Viene mi madre. Y habla. Y abre las cortinas, las ventanas. Cambia las cosas de lugar. Sube las dos sillas que tengo. Barre. Pasa un trapo. Saca la basura. Escucha mensajes pretéritos en el contestador. Insiste en que es un gran esfuerzo para ella hacer esto. Que si tuviéramos dinero pondría una chica. Que me va a llevar a su casa. Que en las afueras se respira mejor. Que allí al menos no sube escaleras. Que le ayudarían sus cuñadas. Y entre medias cuenta lo que le dicen. Lo que me recomiendan sus vecinas. Que se dé duchas templadas, que respire vapor de eucaliptos. Y que haga cursos de respiración. Una se ofreció para hacerme una carta astral, acaso quitarme los males. Dan entretenimiento hasta en las esquinas. Pero yo quisiera un plan de evasión de mi cuerpo. Salir y tirar la llave en la primera rejilla. Perderlo de vista. O al menos disminuir el volumen que traen las cosas a mis oídos. Oigo las copas abotargadas en la cristalera, la tensión contenida en los armarios. Me concentro para pensar en otra cosa: quién vendrá, quién no vendrá más. Me invento escenas de la infancia. Me interrumpe la tos, y el timbre. Los golpecitos en la puerta de la calle. La fiebre que traen agrede a los sentidos, mis ojos están agraviados, mi atención saturada. El espacio vibra en líneas imper­tinentes entre la pantalla y yo. No hay malecón para la espiral de las luces artificiales.

Quizá no vuelva a salir. Son pertinaces los recuerdos: mi padre que sintonizaba siempre mal la radio, el tipo y la navaja de Parquesur. Me basta entrecerrar los ojos para ver a Lucía, el tejido de su piel como a través de un incendio, tu mejilla que entibia mi mano, el aroma de dos tazas de café.

 

-Doctor, soy Luis. Luis Tizón.

-¿Qué tal, muchacho? Preferiría que me llamara a la clínica.

-Me quieren sacar de aquí.

-¿Quién lo quiere sacar?

-Es mi madre. Quiere llevarme a su casa. Sacarme de acá.

 

Tengo una manta doblada en cuatro sobre mis rodillas. Parezco un viejo. Las vigas del edificio empiezan a desencajarse. Viene mucha gente por aquí: mis tías, las vecinas. No hay hombres en este universo. Rodaron como monedas de níquel poco lustrosas. Vienen y hablan. No beben agua de mi jarra. Ni siquiera me tocan. Y yo pierdo la cuenta de lo que dicen. No las atiendo ni las miro. Me concentro en el aire insípido que trasiega en mi pecho, su esforzado punzón. Abre hendiduras diminutas, imperceptibles ranuras, como horadadas con esos filamentos que van dentro de las bombillas de la luz, incandescentes. Me quitaron de la casa contaminada. Me sentaron bajo una higuera cirrótica. Cuando logro echar la cabeza para atrás veo por entre las ramas fibrosas las nubes que se alejan. Parecen lana cardada.

La abuela abre los baúles, saca cajas del desván. Me trae papeles que no deshizo la humedad, o las mudanzas. Lee fatigosamente un cuento que escribí no sé cuándo. Empezaba así: “Gustaba del sabor de la nicotina en su boca, cruzarse discretamente la lengua por los labios apenas ajados del salitre...” Me entran ganas de fumar. Pero no me dejan. Tampoco hablan de Lucila delante de mí. Ni siquiera de mi padre. Me imagino fumando delante de la pantalla oscura, enmudecida, mi rostro como el de otro transfigurado por el humo. De tarde en tarde, ponen música de Fauré, o de Satie, muy bajito, para no alterarme. Casi ni se escucha. Como si hubiera un muerto en la casa.

 

© Viviana Paletta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viviana Paletta | Argentina, 1967 | Licenciada en literatura hispanoamericana. Premio de Poesía en el I Certamen Literario para la Mujer Argentina 1986. Seleccionada en la Primera Bienal de Arte Joven de Argentina 1989. En 2003 integró la antología Estruendomudo y publicó su libro de poemas El patrimonio del aire. Recientemente participó en Di algo para romper este silencio, libro-homenaje a Raymond Carver, coordinado por el escritor mexicano Guillermo Samperio.