EL COLOSO Y LA LUNA
Se desliza por su cuerpo de gigante la luz blanca, igual
que el sueño en los ojos muy abiertos de la niña.
Al fondo de la mirada de Candelaria hay un hombre inmenso
sentado a la orilla de la tierra, la cabeza ladeada hacia
la luna. ¿De dónde vino este coloso para habitarle
el sueño?
Está cansada, apenas parpadea. Y en su boca hay un
sabor amargo y seco. Todo el día buscó a su
padre, caminó por las calles de su barrio, entró en
las cantinas, tocó las puertas de cada conocido y
recibió las negativas. No es que le importara mucho
hallarlo, pero su madre se pondría furiosa si no lo
llevaba de vuelta.
La pesquisa la hizo explorar
más allá del
barrio, territorio desconocido. En el límite entre
su calle y la otra unas niñas jugaban rayuela. Candelaria
quiso dejar a la suerte la decisión de ir más
lejos o volver a casa sin novedad, entonces escucharía
los insultos de su madre, quien luego se echaría a
llorar lamentándose por la hija tan inútil
que tenía, la amenazaría con sacarla de la
primaria y ponerla a trabajar de criada.
Apenas era mediodía.
Las niñas aceptaron que
se uniera al juego, pero se burlaban de su suéter
viejo y los zapatos sucios. De un brinco a otro, mientras
ellas cuchicheaban. Candelaria recordaba las mil mañanas
en que su madre, sin importarle que fuera día de escuela,
le ordenaba: No llegó. Vete a buscarlo, y con urgencia
le metía en el bolsillo del suéter una botella
pequeña de ron para así conseguir que la acompañara.
El anzuelo. De un número a otro de la rayuela, Candelaria
iba más concentrada y más enojada. No le gustaba
obedecer a su mamá. No le gustaban las caras de los
vecinos con los que a veces su padre se emborrachaba, la
interrogante inútil que le devolvían: ¿No
llegó anoche tu papá?, mira qué cabrón.
Una de las niñas le preguntó si nunca se bañaba
ni se quitaba el suéter; reía. La otra se acercó y
le sacó la botella, iba a burlarse o a correr a contar
lo que acababa de descubrir, pero Candelaria le arrebató el
frasco y le dio un tirón de cabellos que de todos
modos la hizo correr, llorando, con su amiga detrás.
Hubiera querido patearlas y morderlas. Qué rápido
huyeron de su odio y su sed. Escupió.
No supo cómo. Mientras caminaba para seguir su búsqueda
abrió mecánicamente la botella y se la empinó dos
veces con tragos largos. El ardor en la garganta la hizo
toser. ¿Por qué le gustaba a su papá ese
líquido que dolía y cuyo sabor le pareció horrible?
Ella traía en el pecho un fuego más hondo que
el de ese ron blanco. Volvió a beber, esta vez el
alcohol escurrió por su cuello.
Pasó por la tienda “La Cordobesa”, guardó el
frasco y entró. Una dulce sensación le aflojaba
brazos y piernas, llegó ante el mostrador y compró un
chocolate. Lo abrió despaciosa, torpe, y se lo comió en
rápidos bocados. La tendera no le prestó atención
y sólo le señaló el bote de basura.
Al salir de ahí la orden de buscar a su padre se oía
lejana; en sus orejas burbujeaban perezosos todos los sonidos
del día: pájaros, coches, pasos, voces. La
voz de su madre, no. Se sentía muy cansada, llevaba
mucho rato caminando y recordó que no había
desayunado. Esa delicada sensación de no pisar del
todo el suelo la obligó a arrastrar una mano por la
pared, temerosa de caerse. En una esquina casi chocó con
una mujer que llevaba dos grandes bolsas de supermercado: ¡Candelaria,
allá atrás está tu papá!, advirtió.
A Candelaria, que siempre gozaba del sol en su rostro, ahora
le pareció que en el cielo un reflector cegador y
agobiante se orientaba hacia ella. Palpó sus mejillas
con los ojos cerrados, sonrió al ir reconociendo sus
cejas, la exacta dimensión de cada línea, la
sonrisa crecía, la nariz chata, la barbilla y la cicatriz
que se hizo al caer de un columpio. El cielo, su aparente
lejanía, la obsesionaba cuando más chica: aquella
vez, en lo alto, se soltó y estiró los brazos.
Comenzó a reírse. Hoy no creería posible
tocar el cielo. Abrió la botella y vació en
el suelo lo que quedaba del ron.
Reconoció la calle
que daba a la escuela, una subida muy larga; dos años
atrás su mamá todavía
la llevaba cada mañana, por lo general se le hacía
tarde -le costaba despertar después de las
pastillas que tomaba en la noche-, Candelaria se
caía con frecuencia al tratar de seguir aquel paso
acelerado. Sus rodillas tenían las cicatrices de la
prisa.
Buscó la sombra, por un instante se sintió tan
lenta como la tortuga que un día le robó a
su vecino. Su madre, distraída, pisó al animal.
Pero Candelaria no dejaría que nadie le pusiera el
pie encima. Se defendería de cada burla: por el suéter
roto, los zapatos sucios, las malas calificaciones, las palabrotas
que se le salían.
Dormido, acurrucado contra la pared, ahí en la calle,
estaba su padre. Candelaria sintió mucha vergüenza, ¿qué pasaría
si alguien de la escuela los reconocía? Vio que a
través de la botella ya no se deformaban las cosas,
estaba vacía, y entonces se preguntó ¿Con
qué lo haré volver? No importaba.
No volverían. Se sentó a su lado, subió a
su nariz el olor a orines y alcohol secos, una sensación
de asco la hizo arquearse, pero se contuvo. Pensó que
cuando despertara, él también creería
que, en adelante, la vida estaba sólo en las calles. ¿Para
qué ir a casa? No se separaría de su papá.
No tendría vergüenza. Acecharía para quitarle
las botellas y vaciarlas sin que se diera cuenta. El aire
caliente de la tarde la cubrió con un abrazo suave;
durmió. Oscurecía cuando Candelaria se incorporó.
Hizo una mueca: la cabeza le dolía espantosamente.
Su padre estaba sentado en la orilla de la acera, y para
ella era un gigante que soñaba, un destructor, un
coloso triste. La imagen se destiló en sus ojos, ardiente
y dulce. Vio que tenía entre las manos la botella
vacía. Quiso decir algo, pero sólo tragó saliva.
Algo más quiso salir de su garganta, una bocanada
de veneno, de vómito amargo que ya no podía
retener. Él suspiró profundamente. Ladeó la
cabeza hacia el cielo, la sonrisa un poco estúpida.
La luna, miraba la luna.
© Socorro Venegas |