planeta de poliuretano
¿Cómo llenarte,
soledad, sino contigo misma?
Luis Cernuda
Hemos cambiado los cafés con leche
por el fuet y el jamón en la nevera,
por húmedos estropajos solitarios
por ropa puesta al sol en la ventana.
Cambiamos el bullicio de los bares
por el eco de cuartos aún vacíos,
por el olor a pintura, a muebles nuevos.
Por polvo derramándose despacio.
Cambiamos el arrebato en descampados
por cómodos somieres de diseño
por tele en el dormitorio, por semillas
en las macetas rojas de la calle.
Cambiamos el no vernos por el vernos
en la mañana oscura tras la ducha.
Mientras tú duermes yo me visto
y zarpo casi en cueros ahí afuera.
Olvidamos las noches de butacas
de cines con olor a palomitas
por teleseries con sabor a pepinillo
y películas en modernos deuvedés.
Dejamos de citarnos en el parque
para acabar viéndonos cada atardecer
empujando un carrito de la compra
entre estanterías repletas de lechugas.
Perdimos las carantoñas en el coche
por abrazos soñolientos en pijama
que ya no queman pero aún calientan
y apaciguan la batalla de los días.
¿Hemos ganado algo? Me preguntas
mientras persigues las pelusas
con tu arsenal de escobas y de trapos
y con el mango del aspirador.
Aún no sé si hemos ganado
o si seguimos jugando cada viernes
a comprar el cupón por si nos toca
el premio gordo de la convivencia.
Por cierto, ¿te has fijado que, además
de pudrirse la cebolla en la nevera,
ha anidado una familia de gorriones
en la cestita verde de las pinzas?
Parece que a pesar del eco del pasillo,
de las escobas, del arroz con leche azucarado,
de la lejía, de los estropajos,
a pesar de ti, a pesar de mí,
hay algo con vida en este planeta.
milagro
Nunca multipliqué el pan y los peces,
ni caminé sin hundirme sobre lago alguno,
tampoco he convertido el agua en vino,
ni he curado la lepra a los mendigos.
No he sido presidenta de ninguna nación
ni druida en ninguna tribu celta,
ni maharaní de Kapurtala o reina de copas,
ni he sido estrella de Jazz cerca del puerto.
En cambio he hecho otro milagro
que, por cotidiano, no es menos importante
que los que salen reflejados
en los libros sagrados o en los de historia:
he comulgado con ruedas de molino,
me he tomado la sopa con ondas
y me la dieron mil veces con queso.
Pero a pesar de tanto plato indigesto
que trataba de enfermarme
he llegado a hacer, después de todo,
de las tripas, corazón.
cuando menos te lo esperas
Hiciera lo que hiciera
todo lo hacía mal.
Todas las discusiones
eran por mi culpa.
Comprendo
que la mejor compañera
de un cafre
es alguien sin voz ni voto,
que nunca lleve la contraria,
ni proteste, ni pida.
Una especie de perrito
-que me disculpen los canes-
siempre dispuesto a llevar
las pantuflas a su dueño.
O como esos otros chuchos,
que venden en tiendas chinas,
y ponen en las bandejas
traseras de los coches
para que con el vaivén
muevan la cabecita
hasta que se descoyunten
de tanto asentir.
Así debería haber sido:
una muñequita callada,
graciosa con los pocos
amigos que tenías,
amable con tu familia,
comprensiva con tus vicios,
ciega con tus mentiras,
muda con tus ademanes.
Pero te salí rana
y una mañana de viernes,
cuando menos lo esperabas
-fui cruel, lo sé-,
te dejé tirado
en el Bulevar de Avenida de la Paz
exigiéndote que no me dieras
ni un breve beso de despedida.
El domingo al mediodía
volví a verte sentado
allí donde te dejé
hace más de cinco años.
Una chica discutía contigo
mientras la ignorabas
con gesto de fastidio,
y los brazos cruzados.
Te miré con media sonrisa
y pensé en que mi madre
siempre acierta cuando dice
que hay ojos que,
algunas veces,
se enamoran de legañas.
en noches como ésta
En noches como ésta,
de café cortado en restaurante chino,
de cena con amigos,
de tormenta de otoño,
de insomnio creativo,
madrugada de jueves;
en noches como ésta
intento parir un poema,
poner un huevo magnífico,
incubarlo y, con el tiempo,
ver a mis propias palabras
eclosionando,
abriéndose camino
humedeciendo la cáscara
que las envuelve
y caminando sin mí.
En estas noches
una lo recuerda todo
y quiere anotarlo en tinta
como si se tratase
de una enorme fotografía panorámica
llena de rostros, sitios,
peinados anticuados,
niños con granos, pizarras,
abuelos, bicicletas,
música sonando al derecho,
al revés, rayando el viento
como la de un carrusel en la feria.
Esta noche soy
la guardiana del infinito
y vigilo por la ventana
que todo siga en orden,
que el perro del vecino
se acurruque y descanse
y no ladre
a esa rana que pasa
asustada a su lado.
Se oye la alarma lejana
de un coche
reclamando la atención de su dueño,
las gotas cayendo
en el charco del balcón
y él, ajeno al mundo,
durmiendo a mi lado
mientras me da, sin saberlo,
la paz que me falta
en noches como ésta.
Y el café fluyendo por mis venas,
transformándome lúcidamente
en un espíritu insomne.
He recordado a José Hierro
mientras me firmaba un libro
cuatro meses antes de morir.
No sé por qué pienso en él
ahora que estoy pariendo
estos versos.
Esta noche soy la madre muerta
de estas palabras huérfanas
que nacieron sin comadrona,
sin testigos ni anestesia
a finales de verano
o, tal vez, de otoño,
en una noche idéntica
a ésta en la que velas.
© Sonia Sanromán |