MELANCOLICO
Toma la
fusca y se mira en el espejo. Por eso odia y mata. Por melancólico.
No necesita poses. ¿Para qué? A él no
le gusta tanto eso de exhibirse. Piensa que sus hommies tienen
una terrible necesidad de mostrar la cara al flash, de aterrar
a la gente, de burlarse de la municipal y él no. Por
eso calla. Sólo ríe con esa mueca cuyo trazo
está entre la paz y el ahogo. Sólo apunta hacia
el horizonte que arde. Sólo observa los alrededores
del barrio y el corto trayecto que hacen las balsas de Tecún
a Hidalgo. A veces detesta un poco el ruido que se encargan
de hacer los otros. A veces no se explica cómo llegó.
Claro, dice, llegó cuando se quedó sin nada
y la banda se convirtió en lo único que ha
tenido de este apestoso mundo. Cuando piensa en
el olor amargo de la tierra siente un gran alivio. El mundo
apestoso, repite una y otra vez. La envoltura temporal del
universo es una bolsa de plástico llena de porquerías.
Posee de la vida sólo su esencia y, como tiene de
la vida todo lo que le hace falta, tiene estrictamente lo
que la vida es: una mierda.
Ya no irá al norte
pero aún piensa mucho en aquel paraíso del
que se le expulsó. No sabe por qué si en cualquier
lado la mugre lo invade todo con su capa podrida. Incluso
en ese anhelado país: a mitad de sus limpísimas
calles, en las paredes de sus bancos o en la belleza de una
rubia que patina casi desnuda a orillas de la playa. Confiesa
para sus adentros, ahí donde nadie lo espía
que, sin embargo, extraña aquel aire oscuro cuya fuerza
hacía mover la mugre de una esquina a otra. Y los
barrios y el hip-hop y la ciudad entera, prohibida pero entera
para ellos una vez acabado el trabajo. Es época de
tomates en Arkansas. En las Carolinas, las hojas de tabaco
ya están tupidas y acetosas, casi a la altura de un
hombre, y en Kentucky, las sandías pronto estarán
maduras, haciendo un ruido sordo mientras caen.
Todo por una bicicleta.
Ah, sí. Es mentira eso de que se convirtió en
mara porque su madre era puta y desde que tiene memoria lo único
que había visto hasta antes de irse a California fue
una interminable línea de burdeles en la frontera.
No. El odio puede provenir del odio, de la pobreza, pero
en él vino de la melancólica idea de montar
una bicicleta roja. Una de montaña con brillante aluminio
y frenos de mano.
No pretende echarle la culpa
a nadie. Hasta el momento sólo lleva cuatro muertos
pero todos han sido por azar. El azar como un desencuentro
exacto, dos líneas uniéndose para herir el
infinito. Sabe de sus pocas habilidades y, la violencia,
la violencia sólo es un rictus, el más vacío
y opaco que se haya puesto jamás un hombre. Podrá parecer
contradictorio pero es así. Es triste porque precisamente
detrás de la rutina de asaltar a migrantes como él,
está su fracaso. Simplemente no quiere que ellos inicien
una travesía inútil. De cualquier modo, los
regresarán, como lo deportaron a él que estaba
a punto de subirse a la famosa bicla.
La vio primero en una calle
de su amada y para siempre podrida Guatemala, rodando las
llantas en un lodazal. Es una lástima, pensó.
Una injusticia. Un acto de crueldad. Y logró hallar
una parecida atrás de un aparador más bien
modesto pero de todos modos infranqueable. Las fronteras
están en cualquier sitio. La línea puede multiplicarse
hasta en un ventanal como aquel y la advertencia en itálicas
de “se prohíbe la entrada de perros y mexicanos” cuyo “mexicanos” era
como decir cualquier latino lamebotas porque todos son lo
mismo.
No podía valer más
de lo que ya había acumulado y llevaba en el bolsillo.
Así de terco podía ser, pensando más
en el capricho de un deseo incumplido que la responsabilidad
de guardar ese dinero para comida segura en varios meses,
por ejemplo. Iba a empujar la puerta cuya musiquita de bienvenida
era insoportablemente cursi y a decir “me la llevo”, no en
inglés sino con los dólares que pulsaban entre
sus manos. Iba a hacerlo de no ser porque la mujer aquella
lo sacó mientras su boca gesticulaba algo para él
incomprensible. No fue el inglés. Habló demasiado
rápido. Volvió al aparador para observar las
cadenas metálicas de la bicicleta, las mismas que
pudieron prolongar los golpes ya lanzados, en un acto de
libertad, a la mujer aterrada. Qué idiotez. Todo por
el aparato inofensivo y a la vez diabólico cuyo brillo
rojo latía como un boquete de sangre. Tanto riesgo
por cruzar las dos fronteras para, en un momento de incontenible
ira, arrojar meses de trabajo y los deseos por cumplirse
aún, en la cara y el cuerpo de la gringa.
Los demás se burlan.
De los trece, él es el que menos aguanta. Aspira el
pegamento de una bolsa y no saben ellos si realmente existió la
posibilidad de montarla o es sólo un delirio del thiner
la anécdota de la bici. También por eso, sólo
para cumplirle el absurdo sueño, le hicieron el tatuaje
extendiéndole un triciclo en su abdomen. Se quita
la camisa por el calor, sí, pero lo hace para dejar
lucir las llantas y los manubrios. Hace poco los hommies le
regalaron una de verdad. Fea y oxidada pero al fin bicicleta.
(Se montó en ella y pudo por fin sentir la sensación
de pedalear y pedalear sobre un infinito territorio, el aire
caliente azotándose en su cara o la sensación
poderosa de dejar atrás a los perros cuyos hocicos
babeantes lo asediaron en la carrera).
No quiere ser malagradecido.
Sigue con ellos. A veces los mareros se aburren por no hacer
nada y un enfrentamiento a tiros con los rivales los saca
de la rutina. Como hace poco en que el saldo fue de dos muertos.
El se libró de la persecución de la civil,
quién lo diría, por la Bimex. Eso es la vida.
Pedalear con prisa sintiendo que una bala lo persigue. En
realidad, cada día uno se muere un poco. Es sólo
cuestión de prolongar esa rotunda muerte lo que enardece.
Quizá en eso piensa Wense mientras bebe. Los demás
se pasan la botella, fuman marihuana, aspiran thiner. Han
vencido y dos muertos más del otro bando se suman
a la cuenta. De afuera les llega el sordo repiqueteo de campanas.
Un día me cogeré a
una de esas monjas, dice uno de ellos y el coro ríe.
Wence en cambio observa
por la ventana cómo el viento se deja venir con furia,
levantando el polvo de la calle. No es una calle como las
de St. Louis y descubre que aunque la mugre sea la misma
en cualquier parte, en una calle de St Louis hay la ilusión
de que la mierda puede estar a la altura de un monumental
edificio que ensombrece y empequeñece hasta el más
negro charco de lodo.
Wence observa la densidad
de la tarde. Las gotas comienzan a caer sobre los techos.
Lo llaman. Atrás, Dania se desviste y se deja tocar
por la decena de manos tatuadas. Wence en cambio se detiene
para contemplar un resplandor y trueno simultáneos.
Se acomoda.
Vuelve a aspirar hondamente
hasta que le duele la nariz. No sabe si la ha visto en otra
parte, ni si es producto del chemo pero ella está ahí otra
vez: a mitad de la calle, la mujer desdentada que dice tener
ciento tres años, anuncia con lascivia la revolución
y advierte que todo Guatemala se hundirá en llamas.
A Wense le causa gracia pero también una profunda
pena. En llamas... ¿Más de lo que está incendiado
el mundo? La mujer le sonríe, es su pretexto para
mostrar el vacío de su boca sin dientes y los ojos
desorbitados de locura. Ella comienza a aplaudir, el sonido
es opacado por la lluvia y, sin moverse de su lugar, bailotea
feliz, grotesca como si lo hiciera desde hace un siglo. Ahora
se carcajea escandalosa, tan estridente que en el gesto perdido
de Wenceslao aparece una leve sonrisa.
Los demás no reparan
en él. Mejor aún. No quiere participar en el
rito de cogerse a Dania porque Wence, pese a toda la maldad
que lleva dentro, cree que el cuerpo de una mujer es sagrado. Pero
si la estamos venerando, le reclaman cínicos
cuando lo escuchan. Prefiere evitarlo por más que
Dania –ella se lo ha dicho a escondidas-, lo prefiere a él
con ese carácter un poco soñador... Melancólico,
sería la palabra correcta.
No quiere que lo interrumpan.
Es dichoso viendo a la anciana porque a él le gustaría
estar así de loco. Bueno, parte de la incipiente locura
es permanecer en la banda Tecún- Uman, la más
maldita, la que revolotea por las noches en las orillas del
miserable pueblo, la que se desplaza detrás de los
andenes, la que va y viene pintarrajeando paredes con signos
igual de indescifrables que ellos.
Le gusta su tatuaje, es
una lástima que sea azul pues lo hubiera preferido
rojo como la bici original. Wence despliega risas entrecortadas.
-Ya está loco como
la vieja, sentencia alguien.
La frase se pierde en los
jadeos. Voltea y ve a Dania desnuda, las piernas abiertas,
los ojos cerrados, los brazos extendidos, una muñeca
de traza rota. Probablemente se ha pasado de chemo y ya no
siente la voracidad de los de la clica tal vez ni en el sueño.
Podría cargarse de
valor para quitarlos de encima, rescatar el cuerpo virgen
de Dania y lavarlo y besarlo, pero limpio. Así no
le gusta porque tiene impregnado el sudor, la saliva y la
suciedad de cada hombre que se monta en ella. Podría
decirle que la invita, deadebis, a montarse en su
bicicleta para que sienta eso que él: al menos por
los minutos en los que se pedalea sin cesar, puede evitarse
el aire salado de Ciudad Hidalgo, bajar por una encumbrada
calle sintiendo vértigo –qué atraído
se siente por la caída-, ganar agilidad robando para
huir veloz en la carrera mientras el corazón parece
salirse por la boca y la bala o una piedra parecen tirarlo
aunque no lo alcancen.
Pero no lo hace. La calle
va llenándose de sombras. Dania va cargándose
también de voces cada vez más enfebrecidas.
Se desvanece, ni siquiera tiene fuerzas para gritar. Supone
que a unos cuantos pasos de ellos está Wence, el más
triste de todos. Le supone otra vez los párpados caídos,
la melena gruesa y sin lavar, la boca pálida. Quisiera
decirle que es el próximo y se cuide. Los ha escuchado
decir que por coyón ya no conviene en la
banda. Cuatro muertos es nada. Y eso que han sido pura coincidencia.
La hora del reemplazo. Deberías correr, Wenceslao.
Pinche nombre.
Wence en cambio vuelve por
segunda vez a aquella playa de California, oscura sal incendiada
de pronto por el sol de la tarde. Malditos gringos, perros
infelices, ojalá se pudran.
La lluvia cesa y con ella,
un silencio invade la atmósfera.
Es eso.
Dania balbucea ahogada por
la burbuja de sangre que le sale de la boca.
Entonces él se da
cuenta del acto, del cuerpo herido de la mujer a quien quiso
prestarle la bici para que se sintiera libre al menos por
una vez.
El Durán la ve tendida,
con un gesto de fascinación y horror.
Los demás están
paralizados, enmudecidos, oyendo el frenético aire
azotarse por la puerta.
Por la noche, mañana,
los días que vienen, deberán caminar sobre
la rutina que ni los desgasta ni los fastidia. La vida continúa
en la boca vacía de la vieja loca, en los vagones
del tren a donde acuden para convencer a los mojados que
no tiene caso, que nada tiene caso ya si de todos modos el
retén sólo se prolonga indefinidamente, a las
casetas de inspección para burlar a la migra, a las
putas de los burdeles, cada vez más ancladas a la
carne que a los deseos del norte acariciado como se palpa
en la oscuridad la piel de un gato.
Y continúa también
ese desorden involuntario que les viene de dentro y los lleva
de uno a otro barrio sin saber hasta dónde les va
a durar la máscara. Porque se acaban, cada noche,
con cada muerte, como si cada batalla les quitara un poco
de años.
Y tienen pánico.
Ellos, el Durán que sostiene en sus dedos el cuchillo
empuñado con firmeza en la piel de Dania; Wence, que
la ve aturdido, apretando la mano de impotencia porque sabe
que esto es así, que hoy ha sido ella y que en un
momento tal vez le toque a él, a cualquiera de los
hommies que tienen de la vida sólo un reloj sin geografías.
Chínguense ustedes,
no me metan en esto, guai, advierte Wence aunque en realidad
tenga ganas de desaparecer y llorar. Quisiera decirles que
está harto. Pero no puede. Esas palabras no existen
entre los de la banda. Y sabe que ya lo observan, que le
miden el pánico, el tedio, que ya es un hecho eso
de eliminarlo porque no es posible la renuncia. La fusca,
la dejó cerca del espejo, ahora Durán la toma,
le apunta.
Quien entra no sale.
Se siente mareado y busca
la puerta como puede, a tientas. Pero eso de salir es sólo
para respirar de nuevo porque detrás quizá Durán
o El Poison lo ven correr despavorido mientras sacan el arma,
jalan el gatillo y apuntan con precisión de rutina.
Desearía embarcarse
en alguna góndola para intentarlo otra vez. Cruzar
el umbral de púas. Sentir el viento del invierno en
Texas. Los edificios como espejos duplicando la filosa luz
vespertina. Una negra tendida en la arena. La playa llena
de basura. Algún perro solitario perdido en la oscuridad
de las calles.
Wence corre como si lo llevara
la bicicleta roja. Corre porque el olor a muerte le produce
un sabor amargo.
Ya no llueve.
Corre sobre la calle humedecida.
Hacia ningún lado,
como se anda por la vida.
Hacia ninguna parte.
Del libro Barcos
en Houston
© Nadia Villafuerte |