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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

MELANCOLICO

 

Toma la fusca y se mira en el espejo. Por eso odia y mata. Por melancólico. No necesita poses. ¿Para qué? A él no le gusta tanto eso de exhibirse. Piensa que sus hommies tienen una terrible necesidad de mostrar la cara al flash, de aterrar a la gente, de burlarse de la municipal y él no. Por eso calla. Sólo ríe con esa mueca cuyo trazo está entre la paz y el ahogo. Sólo apunta hacia el horizonte que arde. Sólo observa los alrededores del barrio y el corto trayecto que hacen las balsas de Tecún a Hidalgo. A veces detesta un poco el ruido que se encargan de hacer los otros. A veces no se explica cómo llegó. Claro, dice, llegó cuando se quedó sin nada y la banda se convirtió en lo único que ha tenido de este apestoso mundo. Cuando piensa en el olor amargo de la tierra siente un gran alivio. El mundo apestoso, repite una y otra vez. La envoltura temporal del universo es una bolsa de plástico llena de porquerías. Posee de la vida sólo su esencia y, como tiene de la vida todo lo que le hace falta, tiene estrictamente lo que la vida es: una mierda.

Ya no irá al norte pero aún piensa mucho en aquel paraíso del que se le expulsó. No sabe por qué si en cualquier lado la mugre lo invade todo con su capa podrida. Incluso en ese anhelado país: a mitad de sus limpísimas calles, en las paredes de sus bancos o en la belleza de una rubia que patina casi desnuda a orillas de la playa. Confiesa para sus adentros, ahí donde nadie lo espía que, sin embargo, extraña aquel aire oscuro cuya fuerza hacía mover la mugre de una esquina a otra. Y los barrios y el hip-hop y la ciudad entera, prohibida pero entera para ellos una vez acabado el trabajo. Es época de tomates en Arkansas. En las Carolinas, las hojas de tabaco ya están tupidas y acetosas, casi a la altura de un hombre, y en Kentucky, las sandías pronto estarán maduras, haciendo un ruido sordo mientras caen.

Todo por una bicicleta. Ah, sí. Es mentira eso de que se convirtió en mara porque su madre era puta y desde que tiene memoria lo único que había visto hasta antes de irse a California fue una interminable línea de burdeles en la frontera. No. El odio puede provenir del odio, de la pobreza, pero en él vino de la melancólica idea de montar una bicicleta roja. Una de montaña con brillante aluminio y frenos de mano.

No pretende echarle la culpa a nadie. Hasta el momento sólo lleva cuatro muertos pero todos han sido por azar. El azar como un desencuentro exacto, dos líneas uniéndose para herir el infinito. Sabe de sus pocas habilidades y, la violencia, la violencia sólo es un rictus, el más vacío y opaco que se haya puesto jamás un hombre. Podrá parecer contradictorio pero es así. Es triste porque precisamente detrás de la rutina de asaltar a migrantes como él, está su fracaso. Simplemente no quiere que ellos inicien una travesía inútil. De cualquier modo, los regresarán, como lo deportaron a él que estaba a punto de subirse a la famosa bicla.

La vio primero en una calle de su amada y para siempre podrida Guatemala, rodando las llantas en un lodazal. Es una lástima, pensó. Una injusticia. Un acto de crueldad. Y logró hallar una parecida atrás de un aparador más bien modesto pero de todos modos infranqueable. Las fronteras están en cualquier sitio. La línea puede multiplicarse hasta en un ventanal como aquel y la advertencia en itálicas de “se prohíbe la entrada de perros y mexicanos” cuyo “mexicanos” era como decir cualquier latino lamebotas porque todos son lo mismo.

No podía valer más de lo que ya había acumulado y llevaba en el bolsillo. Así de terco podía ser, pensando más en el capricho de un deseo incumplido que la responsabilidad de guardar ese dinero para comida segura en varios meses, por ejemplo. Iba a empujar la puerta cuya musiquita de bienvenida era insoportablemente cursi y a decir “me la llevo”, no en inglés sino con los dólares que pulsaban entre sus manos. Iba a hacerlo de no ser porque la mujer aquella lo sacó mientras su boca gesticulaba algo para él incomprensible. No fue el inglés. Habló demasiado rápido. Volvió al aparador para observar las cadenas metálicas de la bicicleta, las mismas que pudieron prolongar los golpes ya lanzados, en un acto de libertad, a la mujer aterrada. Qué idiotez. Todo por el aparato inofensivo y a la vez diabólico cuyo brillo rojo latía como un boquete de sangre. Tanto riesgo por cruzar las dos fronteras para, en un momento de incontenible ira, arrojar meses de trabajo y los deseos por cumplirse aún, en la cara y el cuerpo de la gringa.

Los demás se burlan. De los trece, él es el que menos aguanta. Aspira el pegamento de una bolsa y no saben ellos si realmente existió la posibilidad de montarla o es sólo un delirio del thiner la anécdota de la bici. También por eso, sólo para cumplirle el absurdo sueño, le hicieron el tatuaje extendiéndole un triciclo en su abdomen. Se quita la camisa por el calor, sí, pero lo hace para dejar lucir las llantas y los manubrios. Hace poco los hommies le regalaron una de verdad. Fea y oxidada pero al fin bicicleta. (Se montó en ella y pudo por fin sentir la sensación de pedalear y pedalear sobre un infinito territorio, el aire caliente azotándose en su cara o la sensación poderosa de dejar atrás a los perros cuyos hocicos babeantes lo asediaron en la carrera).

No quiere ser malagradecido. Sigue con ellos. A veces los mareros se aburren por no hacer nada y un enfrentamiento a tiros con los rivales los saca de la rutina. Como hace poco en que el saldo fue de dos muertos. El se libró de la persecución de la civil, quién lo diría, por la Bimex. Eso es la vida. Pedalear con prisa sintiendo que una bala lo persigue. En realidad, cada día uno se muere un poco. Es sólo cuestión de prolongar esa rotunda muerte lo que enardece. Quizá en eso piensa Wense mientras bebe. Los demás se pasan la botella, fuman marihuana, aspiran thiner. Han vencido y dos muertos más del otro bando se suman a la cuenta. De afuera les llega el sordo repiqueteo de campanas.

Un día me cogeré a una de esas monjas, dice uno de ellos y el coro ríe.

Wence en cambio observa por la ventana cómo el viento se deja venir con furia, levantando el polvo de la calle. No es una calle como las de St. Louis y descubre que aunque la mugre sea la misma en cualquier parte, en una calle de St Louis hay la ilusión de que la mierda puede estar a la altura de un monumental edificio que ensombrece y empequeñece hasta el más negro charco de lodo.

Wence observa la densidad de la tarde. Las gotas comienzan a caer sobre los techos. Lo llaman. Atrás, Dania se desviste y se deja tocar por la decena de manos tatuadas. Wence en cambio se detiene para contemplar un resplandor y trueno simultáneos.

Se acomoda.

Vuelve a aspirar hondamente hasta que le duele la nariz. No sabe si la ha visto en otra parte, ni si es producto del chemo pero ella está ahí otra vez: a mitad de la calle, la mujer desdentada que dice tener ciento tres años, anuncia con lascivia la revolución y advierte que todo Guatemala se hundirá en llamas. A Wense le causa gracia pero también una profunda pena. En llamas... ¿Más de lo que está incendiado el mundo? La mujer le sonríe, es su pretexto para mostrar el vacío de su boca sin dientes y los ojos desorbitados de locura. Ella comienza a aplaudir, el sonido es opacado por la lluvia y, sin moverse de su lugar, bailotea feliz, grotesca como si lo hiciera desde hace un siglo. Ahora se carcajea escandalosa, tan estridente que en el gesto perdido de Wenceslao aparece una leve sonrisa.

Los demás no reparan en él. Mejor aún. No quiere participar en el rito de cogerse a Dania porque Wence, pese a toda la maldad que lleva dentro, cree que el cuerpo de una mujer es sagrado. Pero si la estamos venerando, le reclaman cínicos cuando lo escuchan. Prefiere evitarlo por más que Dania –ella se lo ha dicho a escondidas-, lo prefiere a él con ese carácter un poco soñador... Melancólico, sería la palabra correcta.

No quiere que lo interrumpan. Es dichoso viendo a la anciana porque a él le gustaría estar así de loco. Bueno, parte de la incipiente locura es permanecer en la banda Tecún- Uman, la más maldita, la que revolotea por las noches en las orillas del miserable pueblo, la que se desplaza detrás de los andenes, la que va y viene pintarrajeando paredes con signos igual de indescifrables que ellos.

Le gusta su tatuaje, es una lástima que sea azul pues lo hubiera preferido rojo como la bici original. Wence despliega risas entrecortadas.

-Ya está loco como la vieja, sentencia alguien.

La frase se pierde en los jadeos. Voltea y ve a Dania desnuda, las piernas abiertas, los ojos cerrados, los brazos extendidos, una muñeca de traza rota. Probablemente se ha pasado de chemo y ya no siente la voracidad de los de la clica tal vez ni en el sueño.

Podría cargarse de valor para quitarlos de encima, rescatar el cuerpo virgen de Dania y lavarlo y besarlo, pero limpio. Así no le gusta porque tiene impregnado el sudor, la saliva y la suciedad de cada hombre que se monta en ella. Podría decirle que la invita, deadebis, a montarse en su bicicleta para que sienta eso que él: al menos por los minutos en los que se pedalea sin cesar, puede evitarse el aire salado de Ciudad Hidalgo, bajar por una encumbrada calle sintiendo vértigo –qué atraído se siente por la caída-, ganar agilidad robando para huir veloz en la carrera mientras el corazón parece salirse por la boca y la bala o una piedra parecen tirarlo aunque no lo alcancen.

Pero no lo hace. La calle va llenándose de sombras. Dania va cargándose también de voces cada vez más enfebrecidas. Se desvanece, ni siquiera tiene fuerzas para gritar. Supone que a unos cuantos pasos de ellos está Wence, el más triste de todos. Le supone otra vez los párpados caídos, la melena gruesa y sin lavar, la boca pálida. Quisiera decirle que es el próximo y se cuide. Los ha escuchado decir que por coyón ya no conviene en la banda. Cuatro muertos es nada. Y eso que han sido pura coincidencia. La hora del reemplazo. Deberías correr, Wenceslao. Pinche nombre.

Wence en cambio vuelve por segunda vez a aquella playa de California, oscura sal incendiada de pronto por el sol de la tarde. Malditos gringos, perros infelices, ojalá se pudran.

La lluvia cesa y con ella, un silencio invade la atmósfera.

Es eso.

Dania balbucea ahogada por la burbuja de sangre que le sale de la boca.

Entonces él se da cuenta del acto, del cuerpo herido de la mujer a quien quiso prestarle la bici para que se sintiera libre al menos por una vez.

El Durán la ve tendida, con un gesto de fascinación y horror.

Los demás están paralizados, enmudecidos, oyendo el frenético aire azotarse por la puerta.

Por la noche, mañana, los días que vienen, deberán caminar sobre la rutina que ni los desgasta ni los fastidia. La vida continúa en la boca vacía de la vieja loca, en los vagones del tren a donde acuden para convencer a los mojados que no tiene caso, que nada tiene caso ya si de todos modos el retén sólo se prolonga indefinidamente, a las casetas de inspección para burlar a la migra, a las putas de los burdeles, cada vez más ancladas a la carne que a los deseos del norte acariciado como se palpa en la oscuridad la piel de un gato.

Y continúa también ese desorden involuntario que les viene de dentro y los lleva de uno a otro barrio sin saber hasta dónde les va a durar la máscara. Porque se acaban, cada noche, con cada muerte, como si cada batalla les quitara un poco de años.

Y tienen pánico. Ellos, el Durán que sostiene en sus dedos el cuchillo empuñado con firmeza en la piel de Dania; Wence, que la ve aturdido, apretando la mano de impotencia porque sabe que esto es así, que hoy ha sido ella y que en un momento tal vez le toque a él, a cualquiera de los hommies que tienen de la vida sólo un reloj sin geografías.

Chínguense ustedes, no me metan en esto, guai, advierte Wence aunque en realidad tenga ganas de desaparecer y llorar. Quisiera decirles que está harto. Pero no puede. Esas palabras no existen entre los de la banda. Y sabe que ya lo observan, que le miden el pánico, el tedio, que ya es un hecho eso de eliminarlo porque no es posible la renuncia. La fusca, la dejó cerca del espejo, ahora Durán la toma, le apunta.

Quien entra no sale.

Se siente mareado y busca la puerta como puede, a tientas. Pero eso de salir es sólo para respirar de nuevo porque detrás quizá Durán o El Poison lo ven correr despavorido mientras sacan el arma, jalan el gatillo y apuntan con precisión de rutina.

Desearía embarcarse en alguna góndola para intentarlo otra vez. Cruzar el umbral de púas. Sentir el viento del invierno en Texas. Los edificios como espejos duplicando la filosa luz vespertina. Una negra tendida en la arena. La playa llena de basura. Algún perro solitario perdido en la oscuridad de las calles.

Wence corre como si lo llevara la bicicleta roja. Corre porque el olor a muerte le produce un sabor amargo.

Ya no llueve.

Corre sobre la calle humedecida.

Hacia ningún lado, como se anda por la vida.

Hacia ninguna parte.

Del libro Barcos en Houston

© Nadia Villafuerte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nadia Villafuerte | México, 1978 | Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Es narradora y articulista. Ha publicado las colecciones de narrativa: Preludio (Omega ediciones, 2002) y Barcos en Houston (Coneculta-Chiapas, 2005). Pertenece a la generación Jóvenes Creadores 2003-2004 del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).