MALTES
He
vendido mi alma al diablo. Una trampa, una mariconada tremenda,
un chiste del que alguien se debe estar riendo desde el
inicio, desde el preciso momento en que Bruno leyó por
primera vez a Maltés y quedó como un loco,
pensando que ésa era la fórmula, que así debían
hacerse las cosas. Perdí mi alma. La empeñé cuando
Bruno descubrió que Maltés era su ángel,
que debía conocerlo, no importaba cuán lejos
estuviera, ni cuánto nos costara llegar hasta él.
Tenemos que irnos, Gringa, Maltés está allá.
Imagínate, puedo pedirle que lea mi novela, que me
ayude a terminarla. Vamos, Gringa, te prometo que allá sí voy
a escribir.
Un mal chiste. Bruno y yo sobrevolando la Ciudad Maltés,
bajando del avión que nos traía desde Santiago,
caminando con aire despistado por el aeropuerto, metiéndonos
en el metro. Un par de maletas cada uno. Un bolso de cuero
viejo lleno de libros, una mochila verde con mi tesis y mi
título universitario, y una foto de mi hermano Pablo
en el corazón de la billetera. Un mal chiste. Bruno
y yo entrando al primer vagón del recorrido número
66. Todos nuestros bártulos al hombro. Acomodándonos
en un asiento trasero, tratando de no llamar la atención
con nuestro acento, nuestro equipaje, nuestra cara de sureños
perdidos. Oliendo el olor a tabaco del vagón. Tabaco
Maltés. Lo leí en la cajetilla arrugada que
tenía en las manos un hombre sentado frente a mí.
El tipo era negro, hablaba un idioma incomprensible y aspiraba
el mismo tabaco penetrante que fumaba Maltés. Maltés.
Si estábamos ahí, en ese vagón del metro,
cruzando la Ciudad completa, era por él. Habíamos
atravesado el océano, habíamos dejado finalmente
Santiago. Él tenía nuestra edad cuando llegó aquí,
y Bruno quería repetir la hazaña como si de
ese modo nos aseguráramos un poco el futuro. Supuestamente,
una secreta complicidad se establecía entre Maltés
y nosotros al caminar por las mismas calles, al entrar en
los mismos bares, al beber, por fin, de su cerveza favorita.
-Llegamos, Gringa.
Estación terminal.
Una voz habló por los parlantes en un idioma ajeno.
Estación terminal. El vagón del metro vacío.
Nosotros ahí atrás, solos, con nuestro cargamento
de maletas y cachureos, únicos pasajeros terminales
en el recorrido 66. Arriba, a ras de piso, el Barrio Chino.
Desde algún rincón de ese lugar Maltés
escribía.
Emergimos a la calle por una escalera mecánica. Hediondez,
moscas, mugre. Un conjunto de edificios a mal traer, apoyados
unos en otros, los muros desarmándose, los vidrios
rotos. Latas de zinc colgando aquí y allá desde
los techos. Calles agujereadas de tanto adoquín suelto.
Un barrio en ruinas. En una esquina una puta vieja peleaba
con otra y se rasguñaban la cara. Gritaban fuerte
y la gente se asomaba por los balcones para mirar y tirarles
agua, mientras los perros del barrio se acercaban a ladrarles
a coro y los cabros chicos cooperaban tirando piedras. Pensé en
la Facultad, en mis alumnos de Santiago, en mi hermano Pablo.
Lo había dejado todo confiada en que Bruno por fin
terminaría su novela. Huevona. Siempre supe que pecaba
de eso, pero tenía la secreta esperanza de que todo
esto valdría la pena. Caminamos por una calle llena
de almacenes de comida india y de carnicerías con
cabezas de vaca colgando en las puertas. La sangre goteaba
y se coagulaba en el cemento de la acera. La licenciada en
letras a punto de instalarse en un barrio podrido.
Después de mucho buscar encontramos un espacio en
el cuarto piso de un edificio. Puse mi firma en un contrato
indescifrable y pagué por adelantado una temporada
completa. La posibilidad de devolverme, el eventual pasaje
a Santiago cubriendo el arriendo de casi un año. Mi
suerte estaba echada, mi alma vendida por diez meses. Subimos
los noventa y cinco peldaños que nos separaban del
suelo y abrimos la puerta de la que sería nuestra
pieza. Una cama en el centro, un escritorio, el baño
y un rincón con pinta de cocina. El balcón
abierto de par en par. Bruno dejó los bártulos
en el suelo y sacó un papel arrugado de su bolsillo.
Lo abrió cuidadoso, examinó la dirección
que traía anotada desde Santiago y luego salió al
balcón. Con la mirada buscó entre los edificios
del otro lado de la calle.
-Es ahí, Gringa, mira.
Casi al frente, en el edificio más alto y destartalado
del barrio, en el último piso, pude ver una pequeña
ventana cubierta con papeles de diario. Adentro, una luz
encendida delineaba la silueta de un hombre que se paseaba
de un lado a otro.
-Es él, Gringa, está ahí.
Maltés. Nunca imaginamos tenerlo tan cerca. Hasta
entonces sólo era una idea, casi un concepto. Ahora
estaba al otro lado de la calle. Podíamos ver su sombra
caminando al alcance de nuestros ojos. Bruno encendió un
cigarrillo y se quedó ahí, en silencio, hechizado
por la figura. Yo lo acompañé. Me arrimé a
su cuerpo, apoyé mi cabeza en su hombro y me perdí en
su abrazo tranquilo. Estuvimos así mucho rato. La
noche terminó de instalarse en el barrio y mis ojos
comenzaron a cerrarse exigiendo el sueño atrasado.
Me separé de Bruno, caminé hacia adentro, y
entonces él rompió el silencio pactado hace
horas.
-¿Crees que tendré el valor de cruzar la calle,
Gringa? ¿Crees que me atreva a golpear su puerta?
No fui capaz de contestar esa pregunta.
Ahora ha pasado una semana
y la respuesta acude sola a nuestros oídos. Irrumpió hace un rato en esta pieza,
nos despertó de golpe con la forma de un grito callejero.
Dormíamos tranquilos después de unos días
de mierda. Hemos estado tratando de ordenar la pieza, de
arreglar las cañerías, de espantar las ratas.
Todavía Bruno no tocaba la puerta del piso Maltés.
Aún no le decía hola, soy un chileno como tú,
he venido desde el sur a verte, me gustaría que leyeras
mi trabajo, que me ayudes, porque solo no me la puedo. Todavía
Bruno no ha escrito nada, sus manos no han tomado más
que brochas de pintura y llaves inglesas. Dormíamos
cansados, con el sonsonete de la calle entrando por el balcón
abierto, cuando de pronto se oyeron los gritos.
-¿Qué mierda pasa, Gringa?
Nos despertamos de golpe. Alguien lloraba en la calle. Bruno
saltó de la cama y se asomó al balcón.
Yo lo seguí y me instalé a su lado. Vimos a
una mujer de pie frente al edificio Maltés.
-Es una puta, ¿no?
Sí, era una de las
putas del barrio. Quizás
la misma que vimos peleando el día que llegamos. Estaba
medio en pelotas, cubierta por una sábana sucia, con
los ojos hinchados de tanto llorar. Lo tenía encima,
gritaba la mujer y sollozaba mientras se tapaba el pecho.
Otras mujeres la abrazaban y abanicaban con sus manos de
uñas largas y rojas. Las luces del barrio comenzaron
a encenderse en los edificios. Viejas, niños, hombres,
ojos de todos los tamaños surgían desde las
puertas y ventanas para mirar lo que ocurría. De pronto
irrumpió el aullido de una sirena, inundándolo
todo. Una ambulancia apareció por una de las esquinas
y avanzó por la calle hasta detenerse frente a nosotros.
Las luces rojas de la baliza teñían los rostros
de las mujeres y de todos los copuchentos que espiábamos
desde los balcones. Dos hombres salieron del vehículo
blanco y subieron rápidos al edificio Maltés.
Lo tenía encima, seguía gritando la puta y
sus compañeras la consolaban y le tapaban las tetas
que se le escapaban por el pliegue de la sábana. Arriba,
el piso Maltés se llenó de sombras que se movían
y luces de linterna. Podíamos verlo a través
de su ventana de diarios viejos. Los hombres no tardaron
mucho, enseguida bajaron trayendo un cuerpo envuelto en frazadas.
Lo llevaban sin cuidado, agarrado de los pies y de los hombros,
dejando colgar la cabeza. Un muñeco viejo con las
articulaciones sueltas, una masa pesada y amorfa detrás
del grueso envoltorio de lana. Lo metieron tranquilamente
en la ambulancia. Ya no parecían apurados, ya no corrían
contra el tiempo. Las sirenas se apagaron y las luces de
emergencia también. La puta se persignó devota
y calló por un momento. Todos los que mirábamos
callamos con ella. Silencio. No volaba una mosca en el barrio.
La ambulancia partió por una esquina y desapareció.
Nos quedamos solos.
Maltés. Nuestro contacto con él se redujo
a eso. Un bulto envuelto en una frazada gris. La clave del
mundo montada sobre una puta. Fragmento del cuento Maltés,
del libro El cielo.
© Nona Fernández |