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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

MALTES

 

He vendido mi alma al diablo. Una trampa, una mariconada tremenda, un chiste del que alguien se debe estar riendo desde el inicio, desde el preciso momento en que Bruno leyó por primera vez a Maltés y quedó como un loco, pensando que ésa era la fórmula, que así debían hacerse las cosas. Perdí mi alma. La empeñé cuando Bruno descubrió que Maltés era su ángel, que debía conocerlo, no importaba cuán lejos estuviera, ni cuánto nos costara llegar hasta él. Tenemos que irnos, Gringa, Maltés está allá. Imagínate, puedo pedirle que lea mi novela, que me ayude a terminarla. Vamos, Gringa, te prometo que allá sí voy a escribir.

Un mal chiste. Bruno y yo sobrevolando la Ciudad Maltés, bajando del avión que nos traía desde Santiago, caminando con aire despistado por el aeropuerto, metiéndonos en el metro. Un par de maletas cada uno. Un bolso de cuero viejo lleno de libros, una mochila verde con mi tesis y mi título universitario, y una foto de mi hermano Pablo en el corazón de la billetera. Un mal chiste. Bruno y yo entrando al primer vagón del recorrido número 66. Todos nuestros bártulos al hombro. Acomodándonos en un asiento trasero, tratando de no llamar la atención con nuestro acento, nuestro equipaje, nuestra cara de sureños perdidos. Oliendo el olor a tabaco del vagón. Tabaco Maltés. Lo leí en la cajetilla arrugada que tenía en las manos un hombre sentado frente a mí. El tipo era negro, hablaba un idioma incomprensible y aspiraba el mismo tabaco penetrante que fumaba Maltés. Maltés. Si estábamos ahí, en ese vagón del metro, cruzando la Ciudad completa, era por él. Habíamos atravesado el océano, habíamos dejado finalmente Santiago. Él tenía nuestra edad cuando llegó aquí, y Bruno quería repetir la hazaña como si de ese modo nos aseguráramos un poco el futuro. Supuestamente, una secreta complicidad se establecía entre Maltés y nosotros al caminar por las mismas calles, al entrar en los mismos bares, al beber, por fin, de su cerveza favorita.

-Llegamos, Gringa. Estación terminal.

Una voz habló por los parlantes en un idioma ajeno. Estación terminal. El vagón del metro vacío. Nosotros ahí atrás, solos, con nuestro cargamento de maletas y cachureos, únicos pasajeros terminales en el recorrido 66. Arriba, a ras de piso, el Barrio Chino. Desde algún rincón de ese lugar Maltés escribía.

Emergimos a la calle por una escalera mecánica. Hediondez, moscas, mugre. Un conjunto de edificios a mal traer, apoyados unos en otros, los muros desarmándose, los vidrios rotos. Latas de zinc colgando aquí y allá desde los techos. Calles agujereadas de tanto adoquín suelto. Un barrio en ruinas. En una esquina una puta vieja peleaba con otra y se rasguñaban la cara. Gritaban fuerte y la gente se asomaba por los balcones para mirar y tirarles agua, mientras los perros del barrio se acercaban a ladrarles a coro y los cabros chicos cooperaban tirando piedras. Pensé en la Facultad, en mis alumnos de Santiago, en mi hermano Pablo. Lo había dejado todo confiada en que Bruno por fin terminaría su novela. Huevona. Siempre supe que pecaba de eso, pero tenía la secreta esperanza de que todo esto valdría la pena. Caminamos por una calle llena de almacenes de comida india y de carnicerías con cabezas de vaca colgando en las puertas. La sangre goteaba y se coagulaba en el cemento de la acera. La licenciada en letras a punto de instalarse en un barrio podrido.

Después de mucho buscar encontramos un espacio en el cuarto piso de un edificio. Puse mi firma en un contrato indescifrable y pagué por adelantado una temporada completa. La posibilidad de devolverme, el eventual pasaje a Santiago cubriendo el arriendo de casi un año. Mi suerte estaba echada, mi alma vendida por diez meses. Subimos los noventa y cinco peldaños que nos separaban del suelo y abrimos la puerta de la que sería nuestra pieza. Una cama en el centro, un escritorio, el baño y un rincón con pinta de cocina. El balcón abierto de par en par. Bruno dejó los bártulos en el suelo y sacó un papel arrugado de su bolsillo. Lo abrió cuidadoso, examinó la dirección que traía anotada desde Santiago y luego salió al balcón. Con la mirada buscó entre los edificios del otro lado de la calle.

-Es ahí, Gringa, mira.

Casi al frente, en el edificio más alto y destartalado del barrio, en el último piso, pude ver una pequeña ventana cubierta con papeles de diario. Adentro, una luz encendida delineaba la silueta de un hombre que se paseaba de un lado a otro.

-Es él, Gringa, está ahí.

Maltés. Nunca imaginamos tenerlo tan cerca. Hasta entonces sólo era una idea, casi un concepto. Ahora estaba al otro lado de la calle. Podíamos ver su sombra caminando al alcance de nuestros ojos. Bruno encendió un cigarrillo y se quedó ahí, en silencio, hechizado por la figura. Yo lo acompañé. Me arrimé a su cuerpo, apoyé mi cabeza en su hombro y me perdí en su abrazo tranquilo. Estuvimos así mucho rato. La noche terminó de instalarse en el barrio y mis ojos comenzaron a cerrarse exigiendo el sueño atrasado. Me separé de Bruno, caminé hacia adentro, y entonces él rompió el silencio pactado hace horas.

-¿Crees que tendré el valor de cruzar la calle, Gringa? ¿Crees que me atreva a golpear su puerta?

No fui capaz de contestar esa pregunta.

Ahora ha pasado una semana y la respuesta acude sola a nuestros oídos. Irrumpió hace un rato en esta pieza, nos despertó de golpe con la forma de un grito callejero. Dormíamos tranquilos después de unos días de mierda. Hemos estado tratando de ordenar la pieza, de arreglar las cañerías, de espantar las ratas. Todavía Bruno no tocaba la puerta del piso Maltés. Aún no le decía hola, soy un chileno como tú, he venido desde el sur a verte, me gustaría que leyeras mi trabajo, que me ayudes, porque solo no me la puedo. Todavía Bruno no ha escrito nada, sus manos no han tomado más que brochas de pintura y llaves inglesas. Dormíamos cansados, con el sonsonete de la calle entrando por el balcón abierto, cuando de pronto se oyeron los gritos.

-¿Qué mierda pasa, Gringa?

Nos despertamos de golpe. Alguien lloraba en la calle. Bruno saltó de la cama y se asomó al balcón. Yo lo seguí y me instalé a su lado. Vimos a una mujer de pie frente al edificio Maltés.

-Es una puta, ¿no?

Sí, era una de las putas del barrio. Quizás la misma que vimos peleando el día que llegamos. Estaba medio en pelotas, cubierta por una sábana sucia, con los ojos hinchados de tanto llorar. Lo tenía encima, gritaba la mujer y sollozaba mientras se tapaba el pecho. Otras mujeres la abrazaban y abanicaban con sus manos de uñas largas y rojas. Las luces del barrio comenzaron a encenderse en los edificios. Viejas, niños, hombres, ojos de todos los tamaños surgían desde las puertas y ventanas para mirar lo que ocurría. De pronto irrumpió el aullido de una sirena, inundándolo todo. Una ambulancia apareció por una de las esquinas y avanzó por la calle hasta detenerse frente a nosotros. Las luces rojas de la baliza teñían los rostros de las mujeres y de todos los copuchentos que espiábamos desde los balcones. Dos hombres salieron del vehículo blanco y subieron rápidos al edificio Maltés. Lo tenía encima, seguía gritando la puta y sus compañeras la consolaban y le tapaban las tetas que se le escapaban por el pliegue de la sábana. Arriba, el piso Maltés se llenó de sombras que se movían y luces de linterna. Podíamos verlo a través de su ventana de diarios viejos. Los hombres no tardaron mucho, enseguida bajaron trayendo un cuerpo envuelto en frazadas. Lo llevaban sin cuidado, agarrado de los pies y de los hombros, dejando colgar la cabeza. Un muñeco viejo con las articulaciones sueltas, una masa pesada y amorfa detrás del grueso envoltorio de lana. Lo metieron tranquilamente en la ambulancia. Ya no parecían apurados, ya no corrían contra el tiempo. Las sirenas se apagaron y las luces de emergencia también. La puta se persignó devota y calló por un momento. Todos los que mirábamos callamos con ella. Silencio. No volaba una mosca en el barrio. La ambulancia partió por una esquina y desapareció. Nos quedamos solos.

Maltés. Nuestro contacto con él se redujo a eso. Un bulto envuelto en una frazada gris. La clave del mundo montada sobre una puta.

Fragmento del cuento Maltés, del libro El cielo.

© Nona Fernández

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nona Fernández | Chile, 1971 | Actriz, narradora y guionista. Ha publicado el libro de cuentos El Cielo y la novela Mapocho. Finalista del Premio Herralde de novela y ganadora del Premio Municipal de Literatura del año 2003. En 2003 es invitada por la Municipalidad de Dordrecht, Holanda, a participar de su programa Ojos peregrinos, permaneciendo becada como escritora en residencia. Actualmente prepara su segunda novela y trabaja como guionista para el área dramática de Televisión Nacional de Chile.